Los órdenes contrasistémicos contemporáneos

¿Hacia Estados fallidos?

La solución a este dilema entraña la respuesta a la posibilidad misma de existencia de un Estado–nación en las condiciones contemporáneas. Existe la posibilidad real de que no todos los Estados modernos puedan ser viables y exitosos a través del tiempo.

I

Cártel Jalisco Nueva Generación. Captura de pantalla en YouTube.

De acuerdo con la teoría de los sistemas sociales de Niklas Luhmann, el antiguo principio de ordenamiento jerárquico de la sociedad comenzó a mutar en la época moderna, a transformarse en algo diverso. Factores como las aceleradas modificaciones políticas, ideológicas y poblacionales de aquellos tiempos; el surgimiento de nuevas tecnologías y la eficientización en la acumulación de capital, además de las expansiones poblacionales mundiales, determinaron que el orden tradicional se dislocara. El proceso evolutivo de la sociedad, cuya aceleración moderna a partir del siglo XVIII fue sustancial, devino en la conformación de un sistema social que funciona de manera recursiva, cerrada y Lauto generada: “Los sistemas autorreferenciales operan necesariamente por autocontacto y no tienen ninguna otra forma de relación con el entorno que ese autocontacto… son sistemas cerrados, ya que no admiten otras formas de procesamiento en su autodeterminación”.1 Esto ha sido así debido a la inmensidad de los elementos y relaciones que componen al sistema social. Es una entidad altamente compleja que no puede operar sino de manera sistémica: reduciendo la complejidad por medio de enclaves de sentido bajo la lógica sistema/entorno. La complejidad implica un exceso de relaciones posibles dentro del organismo social universal:

[…] al aumentar el número de los elementos que deben mantenerse unidos en un sistema, o para un sistema que hace las veces de entorno, se topa uno con un umbral en el que ya no es posible relacionar cada uno de los elementos. A esta comprobación se puede adherir la determinación del concepto de complejidad: por complejo queremos designar aquella suma de elementos en la que, en razón de una limitación inmanente a la capacidad de acoplamiento, ya no resulta posible que cada elemento sea vinculado a cada otro, en todo momento.2

La complejidad implica también selección. Dentro de un horizonte de posibilidades que rebasa la capacidad de acoplamiento completo de un sistema ante su entorno la única manera de operar ante éste es, desde luego, por medio de la clausura de sus propias operaciones y con selectividad; es decir, el sistema tiene que determinar perpetuamente, de manera autogenerada, los vínculos con los que puede trabajar en relación con su entorno. Por ello, los armazones sociales de ordenamiento vital se convirtieron en subsistemas con estructuras y fundamentos propios. Así, surgió el subsistema político, el subsistema jurídico, el subsistema económico, el subsistema educativo, etcétera. Todos ellos operando de manera ensimismada y siendo entorno para el resto; proveyéndose de “irritaciones” comunicativas y acoplándose a ellas de manera operativa.

Bajo esta lógica, las dinámicas sociales constitutivas del ambiente europeo en los siglos XVIII y XIX experimentaron una mutación histórica mayor al pasar de una estructura jerarquizada a una estructura sistémica. Por supuesto, el proceso implicó tiempo y un proceso de estabilización y ganancia de presupuestos que duró prácticamente siglo y medio (digamos que de la toma de la Bastilla hasta el final de la Segunda Guerra Mundial). La transformación que llevó de la distribución social jerarquizada a la funcional, dio como resultado “una sociedad sin vértice ni centro. La sociedad no se representa a sí misma por uno de sus, por así decir, propios subsistemas genuinos. […] La sociedad moderna es un sistema sin portavoz y sin representación interna. Por esto, precisamente, sus orientaciones básicas devienen en ideología”.3

II

La visión de Luhmann, que fue dueño de una imaginería tecnológica ejemplar, indica la maduración de un proceso social que, de acuerdo con sus presupuestos, es de índole universal, aunque impulsado unilateralmente por la dinámica vital de Occidente. En pocas palabras, el epicentro de la progresión social se ha encontrado en la Modernidad europea, tal y como la conocemos. Este presupuesto tiene diversas consecuencias. El sistema social puede entenderse como un proceso mundial, si es que la impronta paneuropea ha de interpretarse como un impulso hacia la universalización de sus presupuestos de existencia. Su expansión, crecimiento y necesidades intrínsecas pueden tomarse como un a priori global de interacción entre las naciones. La manera de resolver las necesidades inherentes (económicas, políticas, culturales, militares, etcétera) para prosperar en estas circunstancias, desde un punto de vista paneuropeo, puede validarse como una cuestión de facto generalizada.

Sin embargo, en su momento, Luhmann hizo una afirmación inquietante cuyo realismo introdujo un cariz de excepcionalidad en su interpretación del devenir global del sistema social: el nivel de maduración de la realidad sistémica difiere de forma regional. Si, impelido por el desarrollo del capitalismo tardío,4 el sistema social presenta la configuración vanguardista que Luhmann describe urbi et orbi, también es cierto que adquiere desviaciones y resistencias conforme avanza por las sinuosidades regionales y nacionales. Es posible ver cómo el despliegue sistémico de la sociedad necesita un ambiente propicio para reproducirse de manera adecuada. La cualidad central de la diferenciación sistémica, según la teoría luhmanniana, es la funcionalidad. Ésta ha surgido de manera natural en ambientes histórico–sociales aptos, desarrollados y maduros. En aquellos donde se ha concentrado el poder productivo y sus agregados de supremacía global, los poderes militar y político internacionales. En este ámbito socio–histórico el paradigma funcional efectivamente abarca la totalidad de las circunstancias sociales posibles, racionalizando y determinando, por medio de la selección subsistémica especializada, las posibilidades comunicativo–relacionales factibles al interior del sistema.

El sistema económico encuentra su opuesto en la economía del tráfico y comercialización de drogas ilegales; las industrias del secuestro, el asesinato por encargo y la prostitución infantil; la imitación, clonación, réplica y puesta en circulación de todos los productos patentados posibles, de gomas de mascar a computadoras; el contrabando de mercancías, que van de zapatos tenis a armas de uso exclusivo del ejército, y la expansión sostenida del mercado informal, cuyos principales productos de oferta y demanda provienen de todo lo anterior.

Cosa diversa ocurre en el Tercer Mundo y así lo destacó el pensador alemán: “Los países en desarrollo, que aún se encuentran en el proceso de diferenciación de sus sistemas funcionales”.5 Atraído como está por medio de la fuerza centrípeta de los centros del poder mundial, como parte de la esfera de influencia geoestratégica de éstos, el mundo subdesarrollado comparte las características sistémicas de esos centros solamente en un cierto nivel. Es decir, en los estratos normativamente globalizados de las regiones tercermundistas el ordenamiento por medio de subsistemas es una realidad. Siguiendo a Luhmann, “La verdad demostrada científicamente, el dinero, el poder organizado por la política y recortado por el derecho…”,6 etcétera, son enclaves de uso corriente en nuestros países. Son la vía de acceso a una tendencia global mayor en la que se encuentran integrados. Es el flanco que comparten con el grado de desarrollo del sistema social global. No obstante, presentan una peculiaridad: la generación de diferentes némesis correspondientes a los principales subsistemas funcionales. En ellos se está conformando un orden a contracorriente en el que las operaciones funcionales de los diversos subsistemas son utilizadas para confrontar al sistema social como un todo. La economía pirata, la política tribal y el aislamiento ciudadano parecen ser ejemplos rotundos en este sentido.

III

Estos fenómenos anómalos comparten los resultados funcionales decisivos de la división subsistémica, y teniendo esto en mente los llamaré contrasistemas7 de una manera muy específica: refiriendo a las organizaciones sociales parasitarias de los subsistemas sociales cuyos objetivos son o bien desviantes o bien francamente opuestos a los fines de los emplazamientos funcionales en los que se encaraman. La diferencia central entre unos y otros radica en sus presupuestos de existencia. Los primeros se basan en un orden institucional sancionado globalmente, en tanto que los segundos dependen mucho más del voluntarismo y de la centralidad de la violencia en sus diferentes manifestaciones como paradigma de su orden interno.

Así, por ejemplo, el sistema económico encuentra su opuesto en la economía del tráfico y comercialización de drogas ilegales; las industrias del secuestro, el asesinato por encargo y la prostitución infantil; la imitación, clonación, réplica y puesta en circulación de todos los productos patentados posibles, de gomas de mascar a computadoras; el contrabando de mercancías, que van de zapatos tenis a armas de uso exclusivo del ejército, y la expansión sostenida del mercado informal, cuyos principales productos de oferta y demanda provienen de todo lo anterior. El sistema jurídico tiene su contraparte en las costumbres y mandatos caciquiles, sean del orden de las tradiciones premodernas de una comunidad o del moderno narcotráfico, o de ambos, en los que se proporcionan sus propias “leyes”, pautas de comportamiento y sanciones a la población que se encuentra dentro de su órbita de influencia en caso de desobediencia o desafío de tales mandatos. El sistema político halla su contradominio en el abundante abstencionismo electoral entre la ciudadanía en principio integrada a éste (un fenómeno de autoexclusión) y, de manera mucho más radical, en los usos y costumbres particulares, vigentes y efectivos, opuestos a su positividad, que van de los de herencia tribal a los impuestos por grupos guerrilleros, religiones sectarias y las mafias en crecimiento metastásico en todo el Tercer Mundo. Asimismo, la desobediencia, la desconfianza y la falta de credibilidad en el grueso de las acciones políticas son ya una constante en esas regiones del planeta.

La realidad contrasistémica no hace sino introducir elementos de fragmentación dentro del sistema social. Provoca una dispersión social mayor sin retroalimentación positiva. Si la realidad subsistémica vive al costo de la hiperespecialización y la comunicación estricta y regulada entre sus componentes, la expansiva realidad parasitaria recién señalada cancela la posibilidad de integración al sistema, condenando a quienes la viven a permanecer en una ceguera doble: la del orden sistémico genuino y la de su opuesto. Cabría pensar si esto no provocará en el mediano plazo el cortocircuito del sistema, por utilizar una precisa figura luhmanniana. En una palabra, lo que se ha experimentado en el Tercer Mundo de manera montaraz en el último cuarto de siglo es la inacabada funcionalidad social en medio de una paradoja: ésta genera sus propios enclaves rebeldes nihilistas —es decir, contrasistémicos— que al mismo tiempo la utilizan y la atacan. El previsible estado futuro de esta dinámica contradictoria es que terminará por corroer al sistema social tal y como lo conocemos en la actualidad.

La cuestión fundamental que aquí se presenta es si en medio del despegue evolutivo hacia la plena funcionalidad de numerosos países tercermundistas la aparición explosiva de los entramados contrasistémicos representa una irrupción de virulencia retrógrada, o bien significa la emergencia de un sustrato inexorable que nunca pudo ser realmente solventado por las intentonas modernizadoras de los pasados cien años.

El contraste entre la interpretación sistémica de la sociedad y la fenomenología contrasistémica recién esbozada pone de manifiesto una circunstancia social acuciante: la viabilidad estructural de las regiones donde esto se verifica. El índice de factores propiciatorios del acelerado desarrollo anómalo es extenso y remite a la historia y la cultura de cada nación, pero es común a los rasgos determinantes de muchos de los países del Tercer Mundo una notable inmadurez sistémica junto con su contraparte, el enquistamiento jerárquico del orden social. La incepción de las dinámicas contrasistémicas puede verse como una reacción del arcaísmo históricamente sedimentado en estos países en contra de la plena modernización de éstos; la sólida base social de éstas revelaría la precaria impronta progresista en estas naciones, una falla mayúscula en la manera de socializar, educar e incluir políticamente a sus ciudadanos.

Al mismo tiempo, esta realidad puede interpretarse como la interrupción del traslado evolutivo de un sistema político bidimensional (centrado en el ejercicio del poder entre un arriba y un abajo) a uno tridimensional (conformado por política/administración/público),8 con la consecuente problemática que ello implica: anquilosamiento estatal, inmadurez ciudadana, apatía y autoexclusión; ingredientes que abonan dinámicas disolutivas mayores, como las que caracterizan a los Estados fallidos:

Un Estado fallido es un país cuyo gobierno ha perdido el control de su territorio. La función gubernamental decae y en algunos casos desaparece. Estos Estados no pueden proteger a sus ciudadanos. La indicación más conspicua del fracaso estatal es el quebranto de la ley y el orden y la consecuente pérdida de seguridad personal. Cuando los gobiernos pierden el monopolio de poder, el Estado de derecho comienza a desintegrarse.9

La cuestión fundamental que aquí se presenta es si en medio del despegue evolutivo hacia la plena funcionalidad de numerosos países tercermundistas la aparición explosiva de los entramados contrasistémicos representa una irrupción de virulencia retrógrada, o bien significa la emergencia de un sustrato inexorable que nunca pudo ser realmente solventado por las intentonas modernizadoras de los pasados cien años. La solución a este dilema empírico entraña la respuesta a la posibilidad misma de existencia de un Estado–nación en las condiciones contemporáneas. Es decir, existe la posibilidad real de que no todos los Estados modernos puedan ser, en sí mismos, viables y exitosos a través del tiempo. ®

Notas
1 Niklas Luhmann, Sistemas sociales, México: Alianza–UIA, 1991, p., 56.
2 Ibid., pp. 46–47.
3 Niklas Luhmann, Teoría política en el Estado de bienestar, Madrid: Alianza, 1994, pp. 43–44, los subrayados están en el original.
4 Para la definición clásica del capitalismo tardío véase Fredric Jameson, Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism, Londres: Verso, 1991, donde el autor establece que “Junto con las formas de los negocios transnacionales [contemporáneos], sus características incluyen la nueva división internacional del trabajo, una nueva y vertiginosa dinámica en las transacciones bancarias y accionarias, nuevas formas de interrelación mediática, automatización y cibernetización, y la relocación de la producción a áreas avanzadas del Tercer Mundo…”, p. xix. La traducción es mía.
5 Niklas Luhmann, Teoría política en el Estado de Bienestar, p. 59.
6 Ibid., p. 42.
7 Utilizo el término “contrasistémico” para diferenciarlo de “antisistémico”, cuya acepción, de acuerdo con el teórico que más ha trabajado sobre el tema, Immanuel Wallerstein, implica la aceptación de los principios fundamentales del Estado–nación moderno, sólo que, de acuerdo con la ideología antisistémica, éstos han de ser utilizados en beneficio de las capas sociales tradicionalmente excluidas o minimizadas en su interior. Entre otras, véase Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos, México: Contrahistorias, 2008.
8 Niklas Luhmann, Teoría política en el Estado de bienestar, pp. 61–66.
9 Véase Lester K. Brown, “Failed States” en Playboy (USA edition), agosto de 2011, pp. 48–49. La traducción es mía.

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Publicado en: Política y sociedad

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