Las mafias en el México contemporáneo

1. La realidad poshegemónica

En un ambiente de ya veinte años de pérdida de la hegemonía estatal, en el que la cohesión se intenta sostener con una chabacana reedición de la ideología nacionalista, y una sociedad desgastada física, emocional y económicamente por la pandemia, la sombra de la insurgencia mafiosa es más larga y ominosa que nunca.

Cártel Jalisco Nueva Generación. Captura de pantalla.

Con esta entrega iniciamos una serie de cuatro textos dedicados al fenómeno de las mafias en el México contemporáneo desde un punto de vista de la antropología filosófica, a saber: 1) La realidad poshegemónica; 2) Elementos económicos del negocio; 3) Algunos factores antropológicos, y 4) El futuro que se vislumbra. Desde hace por lo menos un cuarto de siglo, en México y en Estados Unidos (y también en otras partes del mundo como Colombia, Italia y España) ha habido una abundancia de estudios y análisis sobre el fenómeno mundial de las mafias, en general, y del narcotráfico, en particular. Por ello, la intención no es aportar datos novedosos o historias inéditas, pues a eso se han dedicado numerosos periodistas y estudiosos desde hace una generación con gran eficiencia y sentido de la oportunidad. En cambio, como es propio del análisis filosófico, se intenta vincular lo general con lo particular; observar la estructura de los acontecimientos; entrelazar conceptos y hechos en un panorama global que pueda dar luz sobre algunas dinámicas sociales, culturales y políticas ocultas por los estridentes acontecimientos propios de la actuación de las mafias. El lector dirá si se cumplió el objetivo.

La realidad poshegemónica

El estado de los tiempos

En la cinta The Dark Knight (Nolan, 2008) la acción es trepidante. Apenas se inicia la película, tras un breve paneo aéreo de los edificios citadinos, filmado con drones, estalla una ventana en un rascacielos de Ciudad Gótica y comienza la intensa dinámica criminal de un asalto a un imponente banco céntrico de la urbe.

En esta secuencia inicial destaca también algo que será una constante a lo largo del filme: la luminosidad de muchas de las escenas. Buena parte de la historia transcurre de día, con plenitud solar. El director, Christopher Nolan, envió así dos señales a la vez: una, desmarcarse de la atmósfera protoexpresionista del Batman de finales de los ochenta, de Tim Burton, con su ambientación darky, filmada principalmente en sets cerrados; la otra, establecer su propio realismo fílmico. Sin descuidar, por supuesto, algunas de las mejores secuencias de acción nocturna de los últimos diez años.

Por ejemplo, la captura de Scarecrow (Cillian Murphy) en un estacionamiento semivacío, el rapto de Lau (Chin Han) en las oficinas de su rascacielos en Hong Kong (un millonario chino, lavador de dinero de altos vuelos) y la trifulca en el penthouse de Bruce Wayne (Christian Bale) cuando en medio de una fiesta de recaudación de fondos para la futura campaña a la alcaldía de Harvey Dent (Aaron Eckhart) es allanado por el Joker (Heath Ledger, 1979–2008) y sus rufianes.

En muchas de estas escenas de noche es persistente la cinematografía abundante en escorzos de los rascacielos, los paneos superiores e inferiores de estas inmensas moles de acero y cristal (como las describiera John Dos Passos hace casi cien años), cuya finalidad es rendir alabanzas perpetuas al dios del dinero, única deidad verdaderamente posmoderna.

De hecho, el dinero como fetiche y como tótem de nuestra civilización aparece de manera constante a lo largo del filme: fajos y más fajos de dólares que llenan maletas, camiones, aviones, bodegas. Como en la que el Joker apila los miles de millones que ha robado a la mafia citadina con la única finalidad de cometer una apostasía postcivilizatoria: prenderles fuego, reducir los billetes a cenizas sólo porque sí, revelando así el carácter anárquico y retorcidamente salvífico del personaje.

En este orden de ideas, la trama trata de la circunstancia actual de la sociedad, de los dilemas del Estado sobre los límites y la legitimidad de su pretendido uso exclusivo de la fuerza, el quebranto de los ideales sobre la democracia, los derechos ciudadanos y la rectitud en el ejercicio del servicio público, al igual que la testaruda realidad que revela la acción imparable y contundente de los actores privados, poseedores del gran capital, como el propio Bruce Wayne/Batman, y los participantes criminales de toda índole que han ganado poder y prestigio social a punta de balazos.

En efecto, la trama revelará el tipo de guerra que “el guasón” ha iniciado. Una contra el Estado, contra el orden establecido, contra los valores realmente existentes de la metrópoli. Por eso, su asalto inicial (su manera de presentarse en sociedad) es contra un “Mob Bank”, puesto que, en la Ciudad Gótica del siglo XXI, mafia y Estado son indistinguibles.

Todo ello bajo la contundente representación de la megalópolis como el enclave agigantado en el que son evidentes las limitaciones y las posibilidades de la interacción social en el mundo contemporáneo. La megaurbe es, pues, sinécdoque de la continuidad de las urbes (por usar una adaptación de la conocida figura cortazariana) a lo largo y ancho del planeta, cuya totalidad interconectada habrá de conformar el cariz del mundo financiero, globalizado y postindustrial en el que vivimos.

Así, la secuencia de apertura con el asalto a un banco de la mafia sienta las bases de la intriga de la película, en la que las dos caras del orden social vigente, el gubernamental y el criminal (que se hayan ampliamente solapados en la historia de Nolan) son intervenidas por un “bulto en el mecanismo” (Sloterdijk dixit): la aparición del caos terrorista postideológico en la figura de un payaso macabro.

En efecto, el artífice del evento criminal es el Joker, presentado así desde prácticamente el inicio mismo de la película por el director. Sus propios compinches se dicen entre sí que, con ese atraco, el entonces nuevo criminal gótico debe estar “tan loco como dicen”. Ni ellos mismos tienen idea clara de quién es este personaje. Comentan entre ellos: “The Joker: he uses make up to scare people, you know, war paint”. En efecto, la trama revelará el tipo de guerra que “el guasón” ha iniciado. Una contra el Estado, contra el orden establecido, contra los valores realmente existentes de la metrópoli. Por eso, su asalto inicial (su manera de presentarse en sociedad) es contra un “Mob Bank”, puesto que, en la Ciudad Gótica del siglo XXI, mafia y Estado son indistinguibles.

La circunstancia mexicana

Si bien durante los pasados cien años ha habido una abundante discusión en las ciencias sociales sobre el concepto de hegemonía, es posible sintetizarlo diciendo que la hegemonía política implica consenso y coerción, privilegiando siempre la posibilidad de lo primero por medio de acuerdos, afinidades culturales, intereses compartidos o convencimientos ideológicos. Cuando declina lo primero se eleva lo segundo, que incluso puede terminar en actos de represión efectiva y permanente. Cuando la pendiente de la hegemonía llega al punto de la carencia de consensos mínimos la coerción exacerbada genera efectos tanto antisistémicos como contrasistémicos,1 que pueden llegar incluso a la guerra civil y al quebranto del Estado.

Es raro que este proceso se verifique de golpe y depende, entre otros factores, del nivel de institucionalidad disponible, de la solidez de las fuerzas estatales de represión y, por supuesto, de la verosimilitud de la ideología a mano para crear ficciones de solidaridad ciudadana y bien común.

Un ejemplo vivo de lo difícil que puede ser este proceso lo tenemos en la Venezuela contemporánea. Después de poco más de dos décadas de iniciado el chavismo, la ideología nacionalista y de supuesta reivindicación social sigue haciendo mella en amplios sectores de la población, que conciben la acelerada depauperación social como un sacrificio en aras de un pretendido bien mayor, al tiempo que se ha consolidado una cúpula mafiopolítica, cínica y cleptómana. Venezuela es un Estado fallido que, contra todos los pronósticos, no vive una guerra civil.2

Las reacciones al incremento de la coerción (que principalmente es física, como ha ocurrido contra las protestas raciales en Estados Unidos, pero también administrativa, como con el recrudecimiento hacendario en el México morenista), pueden verificarse bajo esquemas antisistémicos, haciendo suyas demandas reivindicatorias de la sociedad civil (o parte de ésta, como con el neozapatismo o el feminismo radical), o bien, sesgadas por intereses económicos y autoritarios particulares, pueden darse bajo esquemas contrasistémicos como en los amagos de levantamiento armado de las insurgencias criminales capitalistas.

En el caso mexicano, estas últimas han tenido un desarrollo peculiar, puesto que históricamente las mafias se han desenvuelto en simbiosis con el Estado. A diferencia de la otra nación latinoamericana paradigmática en la producción y exportación de estupefacientes (lo que no excluye el consumo y el comercio locales), Colombia, en México el crecimiento explosivo de las organizaciones delictivas, principal pero no exclusivamente del narcotráfico, ha ocurrido en combinación con las estructuras y actores estatales.

A diferencia de la otra nación latinoamericana paradigmática en la producción y exportación de estupefacientes (lo que no excluye el consumo y el comercio locales), Colombia, en México el crecimiento explosivo de las organizaciones delictivas, principal pero no exclusivamente del narcotráfico, ha ocurrido en combinación con las estructuras y actores estatales.

No que en el largo periplo del narcotráfico colombiano no haya habido diversos grados de colusión entre el gobierno y los capos, de los cuales el caso del presidente Ernesto Samper (en el cargo de 1994 a 1998) ha sido uno de los más graves e inquietantes. No obstante, la circunstancia histórica de Colombia tiene la particularidad de mantener una férrea oligarquía que ha intercambiado el poder nacional (vía el bipartidismo con una sólida democracia de élites) y que, especialmente, mantiene fuertes barreras sociales con el resto de sectores de la sociedad. Esto ha hecho que la colusión no se vuelva fusión. Paradójicamente, el clasismo oligárquico colombiano ha impedido la amalgama de gobierno federal y mafias de la droga.3 No así en México.

Desde hace por lo menos medio siglo el narcotráfico fue un negocio regulado por el Estado. Durante la larga era priista fue tratado bajo el mismo carácter corporativista que el resto de las organizaciones productivas así vinculadas al régimen. Como bien lo describe Ioan Grillo en El narco con un ejemplo paradigmático:

Salinas también quiso reorganizar el comercio de estupefacientes. Cuando llegó a la presidencia, el indiscutible padrino de México era Miguel Ángel Félix Gallardo… En 1989, por orden de Salinas, el jefe de la policía Guillermo González Calderoni detuvo al jefazo Félix Gallardo, de 43 años a la sazón, en un restaurante de Guadalajara.4

Grillo retoma la tesis estándar de que, tras la caída federal del PRI, se perdió el control central del narco, desatándose la guerra civil entre las propias mafias, y de éstas contra los diversos representantes de la autoridad del Estado.5 Si bien los acontecimientos validan esta idea, hay que añadir que justamente la pérdida de la hegemonía priista llevó a la disgregación nacional del control gubernamental del narcotráfico, encontrándose muchos gobernadores y munícipes con que no tenían ni el poder de fuego ni la protección federal para fungir como jefes de plaza. El resultado fue que, a lo más, los gobernadores pudieron convertirse en gerentes de los narcos, y en el caso de las presidencias municipales, en meros empleados de segundo orden.

Esto, por supuesto, no obstó para que las mafias más grandes y lucrativas se acercaran a los más altos niveles del poder federal en este nuevo ambiente de trabajo criminal, como lo evidencia el caso del otrora poderoso secretario de Seguridad, Genaro García Luna, quien sin duda es sólo una muestra de una tendencia vigente en todas las administraciones presidenciales de lo que va del siglo.

La posesión del poder

En el texto “Sobre el poder”6 Niklas Luhmann diferenció entre acción individual, dependiente de la voluntad y la libertad; la influencia, que incluye el control de la acción de los demás por medio de las sanciones, y el poder político, determinado por la especialización del ejercicio de las sanciones positivas y negativas de carácter universal. El análisis del sociólogo, como de costumbre, es rico y profundo y no entraré aquí en los pormenores. Por ahora solamente me concentraré en la siguiente distinción relativa al tema central: en términos analíticos, las mafias concentran poder por medio de la influencia, en tanto que la política lo hace por medio de la institucionalidad.

Sobre lo primero dice Luhmann: “Amenazando con sanciones se puede obtener que el otro haga algo que de otro modo no haría. Este poder sin embargo sigue siendo un poder demasiado elemental: acontece sólo cuando existe la posibilidad de dejar que acontezca”.7 Esta característica no es menor y, además de la extendida psicopatía del sicariato (asunto que trataremos en la tercera entrega), es una de las razones estructurales de la abundancia de torturas y asesinatos en el diverso universo de las mafias nacionales.

Sobre lo segundo, afirma:

1)

Las sanciones negativas se comunican recurriendo a la amenaza; o simplemente se anticipan estas sanciones negativas de tal suerte que ya no se hace necesaria la amenaza explícita… Las sanciones negativas son, por tanto también, negativas en la medida en que el medio que se sustenta en ellas está conformado precisamente para su no utilización.8

2)

En el caso del poder [político] es necesaria una destreza peculiar comunicativa que se acople a la situación, de tal suerte que salga a relucir el potencial de amenaza, sin que se llegue a la amenaza. Se remite por ejemplo en lugar de ello a estructuras y se construye con el paso del tiempo una red increíblemente fina de regulaciones…9

Y 3)

Pero de allí no se puede concluir que el poder sólo es posible como acción de entendimiento, con ciertas reservas de aplicación en caso de disparidad. El observador de segundo orden ve que en toda comunicación política se trata de la disposición de amenaza o de coacción en caso de urgencia. De otra manera no se trataría de un actuar político sino de una discusión académica, de un concurso de belleza…10

Así, el poder político cuenta con una diversidad de formas de coacción que rebasan incluso la legitimidad ideológica, encarnadas en la institucionalidad y, de éstas, destaca el derecho como manera universalmente sancionada de lograr la obediencia por medios aceptablemente disuasivos. Algo que, por supuesto, las mafias no tienen a su disposición.

En México y en Estados Unidos se ha debatido con abundancia si realmente las mafias mexicanas quieren hacerse con el poder del Estado. Las posturas que han sostenido diversos actores y comentadores de la vida pública se pueden resumir en dos: la propuesta de Sam Quinones acerca de que en México existe una insurgencia criminal capitalista que, aprovechando la debilidad estructural del Estado, quiere hacerse con el poder de éste,11 y la de Jorge Fernández Menéndez, que ha afirmado que las mafias no intentan obtener el poder del Estado, sino establecer poderes regionales, acotados y paralelos.12

En realidad, las dos posturas no están estrictamente contrapuestas y la segunda puede ser el paso inicial para pasar a la primera. En su ya clásico ensayo sobre el particular Quinones fue claro en su apreciación:

Mexico’s gangs had the means and motive to create upheaval, and in Mexico’s failure to reform into a modern state, especially at local levels, the cartels found their opportunity. Mexico has traditionally starved its cities. They have weak taxing power. Their mayors can’t be reelected. Constant turnover breeds incompetence, improvisation, and corruption. Local cops are poorly paid, trained, and equipped. They have to ration bullets and gas and are easily given to bribery. Their morale stinks. So what should be the first line of defense against criminal gangs is instead anemic and easily compromised. México has been left handicapped, and gangs that would have been stomped out locally in a more effective state have been able to grow into a powerful force that now attacks the Mexican state itself.13

La postura del analista es que la debilidad organizativa del Estado en su periferia ha permitido que ésta sea tomada por las asociaciones criminales, no sólo ya con el uso desmedido de la fuerza, sino ocupando las estructuras legalmente establecidas por medio de la imposición de munícipes, jefes de área y comandantes de policía; al observar las ventajas que esto les reditúa han comenzado a probar la posibilidad de incrementar los niveles de ocupación que pueden tener: a las capitales de los estados y, de ahí, a la capital misma del país.

Ahora bien, desde la época de la publicación del artículo de Foreign Policy, comenzando por la airada respuesta del entonces embajador de México en Estados Unidos, Arturo Sarukhán Casamitjana, muchos han afirmado que las mafias no tienen ni interés ni capacidad para dirigir la institucionalidad estatal. Pero, de manera similar a otras tendencias sociales de este siglo, es necesario pensar de manera distinta las insurgencias criminales en relación con las insurgencias nacionalistas del siglo pasado.

La toma del Estado poshegemónico en las circunstancias contemporáneas de rebelión mafiosa, si es que se llega a completar por las buenas o por las malas, significa el control completo de aquellas estructuras que de alguna manera impiden la plena prosperidad del negocio. Policía de élite, gobernabilidad interior y hacienda pública a la cabeza de éstas. Además del armamentismo y de los cuadros de psicópatas a sueldo, cuentan para lograrlo con una masa de apoyo activa que ya no se concibe como un pueblo patrióticamente ideologizado, sino como una comunidad de intereses inmediatos, muchos de ellos solventados por las mafias.

También las fuerzas armadas entran en los objetivos de cooptación de esta insurgencia latente y, en el caso de una escalada masiva, no sería raro que amplios sectores del ejército se pasaran al bando de los insurgentes criminales capitalistas, algo que ya se ha ensayado en reducidas cantidades con los Zetas, el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación.

Si esto no ha ocurrido de manera plena en los once años que median entre el artículo de Quinones y el presente es porque ya hay un grado suficiente de cooptación de mandos federales clave en áreas como las aduanas, el control del tráfico aéreo, los puertos y los mandos policíacos y militares, entre otros. Diríamos que se ha consolidado una toma silenciosa de ciertas estructuras del Estado imprescindibles para el funcionamiento de las empresas criminales.

También las fuerzas armadas entran en los objetivos de cooptación de esta insurgencia latente y, en el caso de una escalada masiva, no sería raro que amplios sectores del ejército se pasaran al bando de los insurgentes criminales capitalistas, algo que ya se ha ensayado en reducidas cantidades con los Zetas, el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación.

No obstante, al ser la generación desmedida del valor el objetivo primordial de la avanzada criminal, sería suficiente la combinación de una personalidad criminal caudillista junto con amplio poder de fuego y la percepción de que desde el Estado se está mermando su negocio para prender la chispa de la rebelión en forma. Si ese individuo es Rubén Oseguera Cervantes, “el Mencho”, aún está por verse, pero hay fuertes indicios en ese sentido.

En una de las mejores investigaciones periodísticas sobre este capo del narcotráfico, “The Brutal Rise of El Mencho”, Josh Eells afirma:

CJNG specialize in methamphetamine, which has higher profit margins than cocaine or heroin. By focusing on lucrative foreign markets in Europe and Asia, the cartel has simultaneously maintained a low profile in the U.S. and built up a massive war chest, which some experts estimate is worth $20 billion. “These guys have way more money than Sinaloa,” says a former DEA agent who spent years hunting the cartel in Mexico (and who requested anonymity for security reasons). According to another U.S. investigator, “Mencho has been very, very aggressive —and so far, unfortunately, it’s paid off.”14

El negocio es boyante y el mercado internacional no deja de crecer. Probablemente sea de las empresas delictivas más lucrativas que hayan existido en suelo mexicano y Oseguera la dirige en consecuencia: “According to one source who met Mencho, he’s a shrewd businessman who doesn’t drink, doesn’t have lovers like other cartel leaders do and trusts almost no one”.15

En un bucle que obliga a salvaguardar la lucrativa empresa, junto con los inmensos recursos para hacerlo que ésta genera, el CJNG posee el ejército privado más numeroso y preparado del que se tenga noticia. De acuerdo con un informante de la DEA en Guadalajara que habló con Eells para su reportaje, hasta hace tres años los cálculos eran de cinco mil efectivos, con instructores israelíes, rusos y desertores del Ejército mexicano. El armamento es de última generación y no escatiman en calibres y capacidades tecnológicas de las armas.16

El reportaje recuerda también su prestancia para entrar en combate y la eficacia despiadada al hacerlo. Tienen en su haber dos momentos inauditos en el historial asesino del crimen organizado en México: la emboscada y matanza de quince policías federales (de la gendarmería peñista) en una carretera de Jalisco, y poco tiempo después el derribo de un helicóptero EC–725, Super Cougar, del Ejército mexicano con el siguiente saldo: “Eight soldiers and one police officer were killed. The lone survivor, an intelligence officer named Iván Morales, suffered burns to more than 70 percent of his body”.17

Asimismo, “el Mencho” no vacila en ordenar ataques y amenazas contra servidores públicos de alto nivel: “Then there was the time (never publicly reported) that Mencho sent a severed pig’s head to the attorney general in Mexico City as a warning. ‘They put it right on his doorstep, in an ice chest’, the former field agent says. ‘I was surprised it was only a pig’”.18 Y, por supuesto, la reciente embestida contra el secretario de Seguridad de la Ciudad de México, Omar García Harfuch, en las Lomas de Chapultepec.19

Por todo lo anterior, en un ambiente de ya veinte años de pérdida de la hegemonía estatal (proceso que comenzó desde 1988), en el que la cohesión se intenta sostener desde el actual Poder Ejecutivo con una chabacana reedición de la ideología nacionalista de la revolución institucionalizada, que en realidad ya sólo apela a los nostálgicos de mayor edad,20 y una sociedad desgastada física, emocional y económicamente por la pandemia de covid–19, la sombra de la insurgencia mafiosa es más larga y ominosa que nunca. ®

Referencias

1 Para una explicación de mi diferenciación entre movimientos antisistémicos (siguiendo a Wallerstein) y contrasistémicos, véase aquí mismo en Replicante el texto «Quiénes son los anarkos
2 Un puntual panorama de la historia contemporánea de Venezuela, desde el punto de vista del análisis politológico, puede verse en VV.AA., The Collapse of Venezuela. Foreign Affairs Anthology Series, Council of Foreign Relations, Nueva York, 2019.
3 Un certero resumen de esta característica colombiana, junto con la revisión de un siglo de violencia ininterrumpida, puede verse en el magnífico ensayo de Forrest Hylton, “Colombia: la hora crítica” en New Left Review en español, núm. 23, noviembre–diciembre de 2003, pp. 47–90.
4 Grillo, Ioan, El narco. En el corazón de la insurgencia criminal mexicana, México: Urano, 2012, pp. 129–130.
5 Afirma el analista: “La pregunta es: ¿por qué prosperaron los cárteles mexicanos durante el primer decenio de la democracia? Es trágico decirlo, pero el mismo sistema que prometía esperanza era débil a la hora de controlar a las mafias más poderosas del continente. Puede que el régimen anterior hubiera sido autoritario y corrupto, pero tenía métodos infalibles para contener el crimen organizado: desmantelaba unas cuantas redes representativas y sangraba a las demás. Casi todos los estudiosos mexicanos admiten hoy este particular y es un tema recurrente en este libro: la guerra de la droga está indisolublemente unida a la transición democrática”. Ibíd., pp. 25–26.
6 En Metapolítica núm. 20, vol. 5, octubre–diciembre de 2001, pp. 11–39.
7 Ibíd., p. 12.
8 Ibíd., p. 16.
9 Ibídem.
10 Ibíd., p. 21.
11 Un par de años después Grillo sustentó lo mismo en El narco (op. cit.): “Los matones mexicanos acribillan normalmente las comisarías de policía con armas ligeras y lanzagranadas; secuestran en masa a funcionarios y abandonan sus cuerpos mutilados en lugares públicos, y en cierta ocasión incluso secuestraron a un alcalde, lo ataron y lo mataron a pedradas en una calle importante. ¿Quién afirmaría sin inmutarse que no es un cuestionamiento de la autoridad vigente?”, p. 27.
12 Así lo sostiene en el libro fundacional que le dio prestigio como analista de las mafias mexicanas, El otro poder (México: Punto de lectura, 2004): “Mucho se ha hablado de la posibilidad de que el país se convierta en un narcoestado. El concepto es erróneo: el conflicto en que está involucrado México como sociedad en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado en sus distintas vertientes no tendrá como resultado el control del Estado por el narcotráfico y sus aliados; el futuro no será la transformación de México en un narcoestado. El desafío es otro, quizá hasta más peligroso: la construcción de un poder paralelo, alternativo, dual, que le dispute constantemente al Estado el control sobre la sociedad, la política y la economía de la Nación”, p. 15.
13 Quinones, Sam, “State of War” en Foreign Policy núm. 171, marzo–abril de 2009, p. 79.
14 Disponible en Rolling Stone en línea.
15 Ibídem.
16 Después de la circulación electrónica de dos videos en los que el CJNG presume el compromiso, la organización y el equipamiento de su fuerza de matones de élite, mientras amenaza al grupo rival de Santa Rosa de Lima, al tiempo que explícitamente intenta congraciarse con el gobierno, el inepto secretario de seguridad federal, Alfonso Durazo, declaró que ningún grupo criminal puede vencer a las fuerzas del Estado (véase la nota en El Universal en línea). Su afirmación es frívola, puesto que las prácticas de guerra de guerrillas, el uso extendido de actos de terrorismo y la lealtad asesina de los miembros del ejército criminal pueden ser suficientes para doblegar a los poderes federales en una vanguardia completa. Durante la época de las guerrillas nacionalistas hubo numerosos ejemplos de ello.
17 “The Brutal Rise of El Mencho”, op. cit.
18 Ibídem.
19 Una puntual recensión del hecho, acompañada del contexto político en derredor, puede verse en “Serpientes y escaleras”, la columna de Salvador García Soto en El Universal del 8 de julio de 2020, “García Harfuch salvó la vida, pero no la grilla”. Y sobre el aftermath está la penetrante columna de Raymundo Riva Palacio en Eje Central, “Estrictamente personal”, del 1 de julio de 2020, “El miedo de García Harfuch”.
20 Una precisa síntesis general de los nuevos populismos, como el de López Obrador y el de Donald Trump, puede verse en el ensayo, “Mexico’s Postmodern Populism” de Ángel Jaramillo Torres en American Affairs, vol. II, núm. 4, invierno de 2018, pp. 3–16.

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Publicado en: Política y sociedad

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