¿Quiénes son los anarkos?

Más precisamente: anarco–narco–porros–punk

Confluye en estos grupos el candor del fanático, la vida bajo esquemas binarios que hacen sencilla la toma de decisiones y más aún la justificación de las acciones, que les proporciona una ficción moral para justificar una amplia variedad de felonías.

Protesta por la muerte de Giovanni López el 4 de junio de 2020 en Guadalajara. Foto Especial.

I

Immanuel Wallerstein fue uno de los teóricos que con precisión narró el surgimiento, trayectoria, fines y problemas de los llamados “movimientos antisistémicos” del sistema–mundo capitalista, como él mismo llamó a nuestra civilización. La historia que contó es larga y profusa y la trató en extenso en obras como Después del liberalismo y en la colección de ensayos Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos.

De manera sucinta, podemos decir que estos movimientos tuvieron un propósito ideológico compartido, consistente en consumar los ideales políticos y sociales de la Modernidad clásica,1 resumidos en el empoderamiento efectivo de la ciudadanía para obtener respeto a sus derechos fundamentales, una vida económicamente digna y voz y voto en las decisiones políticas corrientes.

Wallerstein distinguió entre dos grandes clases de movimientos antisistémicos: los sociales, que intentaban deshacerse de la concentración de poder en una reducida clase privilegiada, y los nacionalistas, que buscaban dar cuenta del poder político y militar de una potencia extranjera.

Ambos constituyeron la época sobresaliente de las revueltas, revoluciones y guerrillas de la posguerra y se extendieron, en África y Centroamérica, hasta la década de los noventa del siglo pasado.

Muchos de ellos habían alcanzado ya el poder, y muchos poderosos que no fueron derrocados habían usado parte de las promesas de los movimientos para mantener la lealtad de la población.

Pero el sociólogo fue enfático en lo que ocurrió con estos movimientos tras la “revolución mundial” de 1968: allí se manifestó de manera contundente el quebranto de la confianza popular en estos movimientos. Muchos de ellos habían alcanzado ya el poder, y muchos poderosos que no fueron derrocados habían usado parte de las promesas de los movimientos para mantener la lealtad de la población. Pero ni unos ni otros pudieron dar cumplimiento a las demandas de la ciudadanía. La movilidad social era parcial e insuficiente, la creencia en el progreso parecía carecer de fundamentos que no fueran solamente ideológicos, y quienes arribaban o permanecían en el poder únicamente velaban por sus intereses privilegiados.

La época que siguió a 1968 fue de desencanto, diseminación y de reacomodos sociales en la lucha antisistémica. Dice Wallerstein:

La conclusión que las poblaciones del mundo derivaron del desempeño que tuvieron esos movimientos antisistémicos clásicos en el poder fue negativa. Dejaron de creer que estos partidos les traerían un futuro glorioso o un mundo más igualitario, y dejaron de otorgarles la base de su legitimación, y al perder la confianza en estos movimientos también perdieron su fe en el Estado en tanto que mecanismo de transformación. Esto no significa que grandes sectores de la población no votaran ya más por esos partidos en las elecciones, pero sí quiere decir que éste se ha convertido ahora sólo en un voto defensivo, para reducir las adversidades o infortunios, pero no ya como la afirmación de una ideología o de ciertas expectativas.2

A continuación, para el cierre del milenio, perpendicular a esto, se consolidó lo que el sociólogo alemán Ulrich Beck ha llamado “La devaluación histórica de las bases de la racionalidad”. Es decir, ha comenzado a perder sustentación la constitución jurídica, argumental e ideológica de lo él llama la primera Modernidad, ubicada en el mundo paneuropeo de los siglos XVIII y XIX, y que llegó quizá hasta el primer tercio del siglo XX. La idea de Estados nacionales fuertes, de ciudadanos comprometidos en solidaridad de masas y la posibilidad de una seguridad jurídica nacional ante los peligros de la interacción social y de la intervención internacional ha quedado en entredicho.

El mundo que siguió a la Segunda Guerra Mundial es uno de variadas desregulaciones y de pérdida de controles políticos y jurídicos efectivos ante el avance global de la tecnociencia y de la economía de mercado. En pocas palabras, estas dinámicas sistémicas se han agigantado hasta el punto de poseer una lógica propia autorregulatoria que rebasa las condicionantes nacionales que pudieran existir para acotar su funcionamiento. De acuerdo con Beck:

Las pautas colectivas de vida, progreso y controlabilidad, pleno empleo y explotación de la naturaleza típicas de esta primera modernidad han quedado socavadas ahora por cinco procesos interrelacionados: la globalización, la individualización, la revolución de los géneros, el subempleo y los riesgos globales (como la crisis ecológica y el colapso de los mercados financieros globales) […] De hecho, se colapsa la idea misma de controlabilidad, certidumbre o seguridad, tan fundamental en la primera modernidad. Está constituyéndose un nuevo tipo de capitalismo, un nuevo tipo de economía, un nuevo tipo de orden global, un nuevo tipo de sociedad y un nuevo tipo de vida personal, todos los cuales difieren de fases anteriores del desarrollo social.3

Esta circunstancia histórica, ya ineludible, naturalmente ha propiciado la emergencia de nuevas subjetividades políticas y de nuevas individualidades de interacción en comunidad, a las que el teórico alemán llama “la generación del ‘primero yo’, los hijos de la libertad”. Concentra entonces su descripción sobre estas nuevas subjetividades en un segmento específico de la sociedad contemporánea: el de aquellos herederos de la burguesía tradicional de la Modernidad, que en el siglo XX incluyó también a los herederos de la clase media acomodada e ilustrada:

Hemos asistido a una erosión global de la autoridad de los Estados nacionales y a una pérdida general de la confianza en las instituciones jerárquicas. Pero, al mismo tiempo, la intervención activa de los ciudadanos se ha hecho más habitual y ha roto las amarras de las convenciones pasadas, especialmente entre los segmentos más jóvenes y educados de la población. Los espacios en los que las personas piensan y actúan de forma moralmente responsable se están haciendo más pequeños y mayor la probabilidad de que impliquen relaciones personales intensas. Sin embargo, se están haciendo más globales y difíciles de gestionar. Los jóvenes se movilizan por cuestiones que la política nacional excluye en gran medida. ¿Cómo puede evitarse la destrucción ambiental global? ¿Cómo se puede vivir y amar bajo la amenaza del sida? ¿Qué significan la tolerancia y la justicia social en la era global? Estas cuestiones se escapan a las agendas políticas de los estados nacionales. La consecuencia es que los hijos de la libertad practican un alejamiento de la política sumamente político.4

Por supuesto, junto con estos jóvenes herederos de las ventajas educativas de la primera modernidad, que hoy constituyen un conjunto global de intercambio de opiniones instantáneas, vía las redes socio–digitales, también han emergido en esta “segunda modernidad” (el término que Beck prefiere en lugar de “posmodernidad”) los hijos desarrapados del lumpen–proletariado, que hoy se activan de maneras políticamente chocarreras, más con furia que con certeza en contra del sistema social que está a punto de sufrir modificaciones aún impredecibles.

II

Hemos visto con Wallerstein que la semilla de los conjuntos de individuos contestatarios del presente tiene su origen en la ya larga tradición de las agrupaciones antisistémicas, que han proliferado en casi todo el sistema–mundo capitalista desde el inicio de su afianzamiento decimonónico. Grupos que, desde el siglo XIX, han oscilado en los márgenes del Estado con la correcta creencia de que el sistema no cambiará gran cosa por medio de los procesos institucionales creados por él mismo. Aunque con una diferencia central entre entonces y ahora: el quebranto posmodernista de las grandes ideologías.

Si algo aprendimos de la obra de Lyotard hace ya más de cuatro décadas fue el hecho de la acelerada desaparición de los grandes referentes ideológicos de los siglos XIX y XX para dar lugar a regionalismos, fundamentalismos e individualismos. “El gran relato ha perdido su credibilidad, sea cual sea el modo de unificación que se le haya asignado: relato especulativo, relato de emancipación”.5 Dejando sin duda un vacío de poder, como se constató con la caída del bloque comunista hace tres décadas, pero sobre todo de legitimidad política; circunstancia vigente en el mundo occidental hasta hoy.

Es bajo estos parámetros como deben verse las explosiones “anarquistas” de lo que va del siglo. En primera lugar, son instancias locales de los nuevos actores contestatarios de la globalización de lo que Beck llama la subpolítica: “…por definición ocupa un terreno de nadie entre el mercado y el estado pero que, como tercera fuerza, obtiene cada vez más influencia y exhibe su potencia política respecto a gobiernos, corporaciones internacionales y autoridades”.6 Actores que, en la esfera de influencia cultural mexicana, compuesta por aquellos individuos jóvenes herederos de la clase media que rozó aún los logros del “milagro mexicano”, tuvo su principal modelo a seguir en los disturbios de Seattle en 1999:

The organizers were a hodgepodge of groups —unions worried about competition from cheap foreigner labor, environmentalists worried about the outsourcing of polluting activities, consumer protection groups worried about unsafe imports, labor rights groups worried about bad working conditions in other countries, and leftists of various stripes simply venting their anger at capitalism.7

En aquellos años, una de las agrupaciones decisivas fue el colectivo Ruckus Society, ramificación esteticista y decididamente mediática de Greenpeace cuyo foco de antagonismo fundacional fue explicado por su director, John Sellers, para un reportaje de Rolling Stone al inicio del milenio:

“We had human–rights people wanting to come to our camps”, Sellers says. “Then labor. Then the free–Tibet folks… the combining theme was corporate audacity, the unchecked spread of corporate globalism”. This combination of causes is what makes the Ruckus Society a twenty–first century phenomenon. Global capitalism in the post–Cold War era is hydra–headed target that cannot foreseeably be “ended” the way a war can. It can, however, be badgered, heckled, bullyragged, boycotted, shamed and legislated into reforming.8

Con una membresía diversa y mayoritariamente intelectualizada, el trabajo contestatario de Ruckus recuerda más la interpretación fílmica que de este tipo de grupos hiciera Terry Gilliam en su ya clásica cinta distópica, Twelve Monkeys, de 1996, que a las vandalizaciones de espacios públicos y privados en las metrópolis latinoamericanas del presente.

Por ello, si para los anarquistas posmodernos mexicanos organizaciones como Ruckus Society han podido tener influencia en cuestiones como la estrategia para la toma de calles, plazas y edificios, así como en la viralización de sus actos (“la fantasía de la toma del poder como happening”, como lo describió Carlos Monsiváis9), su genética tiene un vínculo mucho más íntimo con el otro acontecimiento fundacional de estas generaciones, ocurrido a la vuelta del milenio: la huelga, toma y ocupación del campus de Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Para esta tendencia, las demostraciones de violencia efectiva son mucho más contundentes y provechosas para manifestar su repudio al corporativismo local y globalizado.

Una vertiente que también influyó en aquella toma protoanarquista de Ciudad Universitaria fue la corriente del anarquismo underground estadounidense, que se opone al efectismo reformista de Ruckus Society. Para esta tendencia, las demostraciones de violencia efectiva son mucho más contundentes y provechosas para manifestar su repudio al corporativismo local y globalizado. “Theft from corporations is an honorable means of survival, according to his anarchist code”.10

Su naturaleza nodal, sin un vértice y un centro claros, los hace al mismo tiempo menos poderosos, pero también posibles núcleos de resistencias interminables. Su unión con otros actores al margen de la legalidad es clara y recurrente, como Evan Wright lo recoge en su extenso y espléndido reportaje cuya figura central es el paria anarconarco estadounidense simplemente conocido como “Swamp”: “Swamp has supported himself for several years as a pot and LSD dealer. He says he made 200 a day dealing acid in San Diego”.11 El autor recoge también el testimonio de otra anarquista, que se hace llamar “Siren” y sus razones para unirse al movimiento:

She is estranged from her parents, who are, she says, Christian fundamentalists: “My mother doesn’t even listen to music. She is not human. She only listens to Dr. Laura. My father is the ugliest man in the world. I can’t stand his smell”… Six weeks ago, Siren ran off to Eugene [Oregon] and lived under a tarp by the river. “Anarchists give me hope”, she says. “When I’m around them, I forget there is racism and sexism”.12

Una generación después, este patrón de vida debe ser el esquema básico de enganche de decenas de adolescentes y jóvenes en el anarconarco vandálico mexicano. Hay en ellos también el candor del fanático. La vida bajo esquemas binarios que hacen sencilla la toma de decisiones y más aún la justificación de las acciones. Además, proporciona una ficción moral para justificar una amplia variedad de felonías:

They all agree they will try to hit as many Starbucks as possible, though no one can think of a specific offense commited by Starbucks. “It doesn’t matter”, Siren reasons. “There are really only six corporations that own everything in the world. It doesn’t matter who you hit. It’s all the same”.13

Con la información disponible, es empíricamente evidente que la gran mayoría de estos jóvenes proceden de sectores marginales de la sociedad, o bien poseen severos problemas mentales que a ellos mismos los han marginado. Muchos de ellos, probablemente la mayoría, utilizan psicotrópicos de manera regular y provienen de lugares plagados por la violencia. Su estructura de vida y su adhesión a una causa, como la “causa anarquista”, es muy similar a la de las padillas de los ochenta y noventa. Sobre ello, Ioan Grillo ha escrito de manera precisa:

Los maras a los que encontró Lágrima [pandillero hondureño entrevistado por Grillo] eran una clica llamada los Coronado Little Cyclos. Sus líderes habían estado en Estados Unidos, y sus frases en inglés, su ropa y las historias de los barrios de Los Ángeles lo impresionaron. Muy pronto estaba hablando de Coronado, Hollywood y Leeward como si conociera esos lugares. Se aferraba a sus palabras, y ellos disfrutaban su atención.
“Me trataban como mascota. Se divertían rapándome y vistiéndome a su estilo. Me mandaban a comprar bebidas o conseguir comida. Yo estaba contento, porque comía mejor que en casa. Y estaba con esa gente que eran casi gringos. Pensé que estaba logrando algo”.14

Mutatis mutandis, es posible ver un patrón similar en el comportamiento de los anarconarcoporrospunk del México contemporáneo. No intento aquí moralizar (nada más lejano a mis intenciones), sino solamente hacer ver que el aura romántica que algunos quieren ver en estas pandillas pseudopolitizadas está desencaminada, y verlos como libertarios desinteresados es una franca ingenuidad.

III

Con un tono apologético que llega incluso a ser candoroso (especialmente para lo que uno esperaría de una tesis doctoral), en su trabajo “Memorias de la Huelga”, que Marcela Meneses presentó para obtener el grado de doctora por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, comenta, no obstante, algo importante: “Los movimientos sociales reciben la experiencia organizativa de los movimientos anteriores, y está herencia se enriquece y transmite a los movimientos posteriores”.15 Vinculado con esta hipótesis de trabajo, en su descripción del conjunto radical de aquella huelga, Meneses dice:

BUI (Bloque Universitario de Izquierdas): que agrupó a lo que después se conoció como la ultra. Cabe señalar que no sobrevivió como bloque durante todo el movimiento, dada la pluralidad de grupos que lo conformaron, sin embargo, al paso del tiempo, resultó ser la corriente con mayor peso en el movimiento estudiantil. Entre ellos estaba En Lucha por el Socialismo, que también provenía del movimiento del 86 y se concentraba en la Facultad de Ciencias. El Partido Obrero Socialista (POS) que a mediados de la huelga tomó una posición más flexible, y diversos colectivos que después se identificarían como la megaultra, principalmente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), entre ellos Coalición Políticas, que luego se convertiría el Frente de Lucha Estudiantil Julio Antonio Mella (FLE–JAM) y Conciencia y Libertad. Además de los Contracorriente (o también conocidos como “krustys”), militantes de la Liga de los Trabajadores por el Socialismo concentrados en la ENEP Acatlán y en la Facultad de Derecho. Ellos se asumían como la mega ultra por apelar al autogobierno en la Universidad y por impulsar la “alianza–obrero–estudiantil–que–no–se–limita–a–poner–en–jaque–al–sistema–sino–que–busca–derrocarlo”.16

Estos grupos, al cabo de dos décadas, ya están prácticamente desactivados, tanto de la vida pública como de la vida universitaria, pero su manera de operar, tribalista y pandilleril, ha creado escuela tanto en el ámbito universitario como en el conjunto lumpenizado que gravita en torno a ellos. La tesista lo describe así:

Las fracturas entre grupos y corrientes llegaban a tal extremo que ya era común ver la sangre brotar, dientes y otros tantos huesos rotos, mordidas, arañazos, patadas, puñetazos, jalones de cabello de hombres vs hombres, hombres vs mujeres, mujeres vs hombres, mujeres vs mujeres; y por parte de la ultra la portación de objetos para amedrentar a los moderados, como bats de beisbol, cadenas, palos, tubos, bóxers, entre otros, a fin de utilizarlos en las batallas campales, ya para entonces cotidianas.17

Sobre la expansión de la estructura sectaria y violenta de los movimientos radicales que terminaron haciéndose con el Consejo General de Huelga, Guillermo Sheridan afirmó en su momento: “El día en el que al CGH le pareció simpático rodear la UNAM de alambre de púas y crear tribunales para expulsar oponentes, no sólo criminalizó su propio movimiento: creó un Estado policiaco para el que los disidentes eran criminales”.18

Esta concatenación de movimientos, de manera cierta, ha dejado su impronta en el bizarro mundo de las interrelaciones entre los herederos del lumpen–proletariado de hace una generación, los contestatarios con alguna instrucción universitaria o preparatoriana, las guardias blancas citadinas mercenarias, conocidas como “porros”, y las tribus de políticos profesionales con intereses mafiosos.

Sobre estos últimos, justamente al inicio de la llamada huelga de la UNAM, en la primavera de 1999, una de las certezas que corrió entre opinólogos, comunicadores y universitarios fue que el Partido de la Revolución Democrática (PRD) fue uno de los instigadores iniciales del movimiento. A la huelga Guillermo Sheridan la llamó “Un carnaval estrepitoso y costosísimo, con boina”. Y en una evaluación diez años después comentó:

Hay quienes dicen ya abiertamente que esa huelga fue causada por las tribus perredistas, como Fernando Belaunzarán, no sólo miembro del PRD sino de su directiva […] el Dr. Ángel Díaz Barriga sostuvo que luego de la huelga la UNAM decidió compartir el poder con el PRD. Esto lo dice un universitario serio, que se dedica a estudiar a la UNAM y que la representó ante los huelguistas. Dice que a raíz de la huelga se decidió (no dice quién) entregar varias direcciones de la UNAM a personas (no dice quiénes) cuyos méritos no son tanto académicos como derivados de su militancia en el PRD. Se pensaría que fue la compra de un seguro multimodal antihuelgas.19

Sin embargo, el PRD fue una organización política de mediana relevancia al cabo en aquel 1999, porque pronto fue marginada del devenir del Consejo General de Huelga (CGH). No obstante, la intención de operar para manipular un movimiento embrollado desde el inicio con la finalidad de obtener ganancias sociales o electorales ha sido una pauta de acción constante de diversos actores políticos de entonces a la fecha.

IV

En las últimas actualizaciones disponibles del sitio www.auditoriocheguevara.org es patente el recurrente apoyo que se pide para personas presas que, por supuesto, son catalogadas como “presos políticos”. Esto seguramente es un membrete edulcorante para generar simpatías a criminales sin más. De hecho, el anuncio de una posada dice simplemente “Posada solidaria por nuestros presos” y un par de nombres que poco o nada dicen. En realidad, lo que esto pone de manifiesto es la socialidad forajida que se ha conformado en este espacio público ocupado por esta estrambótica clase de ciudadanos que se mantiene en constante vaivén dentro y fuera de la ley.

Algo que ha sido corroborado por las propias autoridades de la Ciudad de México, quienes, de acuerdo con la nota de David Fuentes para El Universal manifestaron que:

Investigan a por lo menos ocho grupos señalados como las organizaciones principales de las marchas, protestas, desmanes y daños que se han ocasionado durante los últimos días en la Universidad Nacional Autónoma de México… Se sabe que entre el ala más radical de estos grupos se encuentran exmilitares, narcomenudistas, ciudadanos extranjeros, ladrones y hasta exprofesores de Ciudad Universitaria.20

Entre éstos destaca el “Okupa Che” que, de acuerdo con la nota que analiza la información oficial, alberga a una célula criminal anarquista sudamericana (proveniente de Chile y de Argentina):

…tienen su residencia en el Auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras… cada que salen de Ciudad Universitaria son resguardados por medio centenar de estudiantes y seguidores, lo que ha complicado la implementación de un operativo en su contra, pues es conocido que siempre portan drogas y armas para evitar que sean agredidos por grupos rivales que también se disputan el control de los estudiantes a fin de realizar protestas.21

Si los movimientos subpolíticos de los que habla Beck abrieron el camino para pautas de acción de alto impacto mediático en beneficio de la presión ciudadana organizada (a veces de manera internacional) en contra de lo que se interpreta como daños colectivos del orden institucional global, en México y el resto del Tercer Mundo se encontraron con un ambiente social propicio para una mutación problemática de su estructura y de su intención originales: los enormes sectores depauperados de estas regiones del planeta en constante mímesis con las mafias locales.

En México no es desdeñable el eco antiguo de las padillas punk de los ochenta, como Los Panchitos y una multiplicidad de grupos de Ciudad Neza. Aquellas palabras de su manifiesto de principios de la década de los ochenta aún son aplicables para los violentos desarrapados de la actualidad: “Temblamos de frío y de odio, pero estamos juntos, y somos los mismos que todos temen, no queremos a nadie”.22 Aunque, por supuesto, para determinar si hay un vínculo social intergeneracional directo entre aquellos pandilleros punk y los “anarquistas” de hoy, más allá de una postura antisocial común, sería necesario un estudio antropológico pormenorizado que excede los alcances del presente texto.

En el rastreo de las características de los autodenominados anarquistas de la actualidad Guillermo Sheridan ha ofrecido un panorama esclarecedor de ellos:

El anarquismo actual es un sazonado revoltijo de caos y las fantasías emancipatorias punks; un recocido en el que caben lo mismo veganos santones que idólatras de la droga y/o la pólvora y/o sangre. Y, desde luego, es inevitable suponer que detrás de ello hay motivos como desigualdad, pobreza y racismo y, sobre todo, la perfecta combinación de ignorancia y violencia. El neoanarquismo aporta, para compensar, una instantánea tribu, camaradería internacional y, con la atención de los medios, una rápida sensación de grandeza.23

Por ello, no es de extrañar que hoy se manifiesten en contra del racismo, ayer en favor del feminismo y quizá mañana en contra de la apropiación estatal de los recursos para el retiro.

Aquí es importante clarificar que no parecen estar plegados con ninguna corriente gubernamental específica; son efectivamente independientes y muchos jóvenes desclasados han encontrado allí un sentido de pertenencia e identidad, muy similar al de las grandes pandillas citadinas de los años ochenta. No obstante, el ambiente de mafiopolítica mexicano (y latinoamericano) ha permitido que sus cabecillas alquilen a estos grupos como contingentes de choque al servicio de diversos sectores políticos, como fue clara su rentabilidad para el morenismo durante todo el sexenio de Enrique Peña Nieto.

Esta concatenación de movimientos, de manera cierta, ha dejado su impronta en el bizarro mundo de las interrelaciones entre los herederos del lumpen–proletariado de hace una generación, los contestatarios con alguna instrucción universitaria o preparatoriana, las guardias blancas citadinas mercenarias, conocidas como “porros”, y las tribus de políticos profesionales con intereses mafiosos.

Hay que subrayar que el estado de alquiler no implica necesariamente cooptación orgánica. Una manifestación ejemplar de esto la tuvimos con las imágenes virales que siguieron a una violenta protesta (el 5 de junio pasado) ante el edificio de la Embajada de Estados Unidos en México, en la colonia Cuauhtémoc de la capital del país, de una anarco–activista fustigando primero a la policía de la Ciudad de México para, posteriormente, ser magullada por elementos de esta corporación con jaloneos y puntapiés y, finalmente, el indulto de la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, a toda acción cometida por estos grupos vandálicos.

Esto revela el carácter fronterizo de estas agrupaciones: son lo suficientemente independientes para ser reprimidos por la policía y, al mismo tiempo, son lo suficientemente rentables para cuando el gobierno requiera de sus servicios como para ser perdonados por la máxima autoridad de la ciudad más importante del país.

Que los grupos vandálicos son autónomos y que solamente alquilan su capacidad disruptiva a diferentes actores dispuestos a pagar lo ratifica lo siguiente. De acuerdo con la columna, “En tercera persona”, de Héctor De Mauleón en El Universal,24 las autoridades capitalinas engrosaron el expediente que poseen sobre algunos de los cabecillas de estos grupos de choque. Dice el periodista: “El documento del gobierno capitalino consultado por el columnista indica que entre los actores principales de los saqueos y los destrozos fueron identificados Raúl Antonio González Hernández, alias Teddy, y Héctor Tlahtoani Vargas Enguilo, alias Chino”. Personajes que, según detalla De Mauleón, tienen ya un historial de destrozos y detenciones policíacas.

Similarmente, en los disturbios de Guadalajara del pasado 4 de junio, cuando un individuo de estos anarco–grupos prendió fuego a un policía de la ciudad. Están suficientemente alquilados para causar caos ante un adversario político, pero son suficientemente independientes para dar rienda suelta a su psicopatía individual sin importar que esto pueda revertirse políticamente para su arrendador.

Su flexibilidad para alquilarse hace pensar que, mientras se encuentran disgregados, muchos de estos jóvenes han de servir como mulas, narcomenudistas y cobradores de extorsiones al servicio de los numerosos grupos del crimen organizado nacional. Un análisis antropológico de su circunstancia cotidiana sin duda revelaría esto. De esta manera se genera un bucle por el que pendulan entre lo antisistémico (la violencia con enarbolación de alguna causa) y lo contrasistémico (el fomento de las dinámicas criminales antiinstitucionales).

Justamente esta presencia del crimen organizado a largo y ancho de la república es fundamental para comprender el uso político de estos grupos con pago (monetario o paralegal) de por medio.

Su flexibilidad para alquilarse hace pensar que, mientras se encuentran disgregados, muchos de estos jóvenes han de servir como mulas, narcomenudistas y cobradores de extorsiones al servicio de los numerosos grupos del crimen organizado nacional.

El componente de la violencia desbordada es la constante intergeneracional en estos conjuntos marginales que convergen en vagas causas con supuestas reivindicaciones sociales. Esto los hace propicios para que liderazgos interesados los coopten como tropas de choque. A veces, dando alguna gratificación monetaria; aunque la mayoría de las ocasiones, para los que fungen como “tropa”, el ejercicio de la violencia es la gratificación en sí misma.

En la última década, digamos que desde las movilizaciones en apoyo al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) hasta las recientes andanadas en contra de la Embajada de Estados Unidos en México, ha habido suficiente evidencia formal, y sobre todo informal, de que estos jóvenes son organizados por células mercenarias de choque, conocidos desde hace décadas como “porros”, al servicio de intereses políticos específicos.25 Es decir, los jóvenes antisociales realizan funciones de operarios; los porros, de supervisores, y funcionarios gubernamentales y políticos electos, de gerentes.

El funcionamiento es evidente y ha habido manifestaciones en las que ya no se ven ciudadanos de buena fe y contestatarios ingenuos que rodean a estas vanguardias del golpeteo, sino que son exclusivas concentraciones de contingentes con intereses específicos y violencia radical, como fue el caso del referido ataque a la embajada estadounidense y su continuación en vCasa Jalisco, de la colonia Polanco.

Ahora bien, si ha quedado establecido el vínculo de los anarkos con los intereses políticos, con la mediación de mercenarios estables como son los porros, es importante no olvidar la penetración del crimen organizado en la estructura política nacional, que en diversas zonas de la república opera como verdaderas oficinas de representación de las mafias, tanto locales como nacionales. El investigador de la mafia y la corrupción internacional Edgardo Buscaglia ha sido claro al respecto:

Los municipios que no dan cuenta patrimonial a nadie (Estado o sociedad); las entidades federativas con sistemas judiciales feudales que no están sujetos a sistemas de control de calidad en la provisión de servicios o de control patrimonial de sus gobernadores, y la presencia de actores políticos de dudoso origen compitiendo en los procesos electorales sin controles patrimoniales como los que operan en algunos países: todo este ambiente de baja gobernabilidad proporciona un caldo de cultivo para la captura del Estado por parte de grupos criminales. Esta fragmentación creciente del sistema político mexicano ha dejado a los municipios y a las entidades federativas a la deriva y a merced de la captura, cada vez más desenfrenada, de grupos criminales en una pugna caracterizada por la violencia y la corrupción.26

En consecuencia, la opinión pública —tanto la fanatizada como la de buena fe— debería ser más cauta antes de vanagloriar a los políticos como Enrique Alfaro o Claudia Sheinbaum cuando, plenos de demagogia, se pronuncian a favor o en contra de las acciones de los anarco–narco–porros–punk, puesto que más allá de las acciones delictivas de éstos, la totalidad de la clase política mexicana está en entredicho, hasta que se demuestre lo contrario. ®

Notas

1 De manera genérica, se establece que la “Modernidad clásica” o “primera modernidad” comienza en el siglo XVII, en lo intelectual, y se consolida en los siglos XVIII y XIX, en lo político y en lo social. El área geográfica donde alcanzó plenitud fue en Europa occidental y, posteriormente, en sus excolonias exitosas, como son Estados Unidos, Canadá, Australia y, más tarde, Nueva Zelandia, lo que Wallerstein llama “el mundo paneuropeo”.
2 Véase Wallerstein, Immanuel, Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos, Contrahistorias, México, 2008, p. 148.
3 Véase Beck, Ulrich, La sociedad del riesgo global, Siglo XXI Editores, Madrid, 2006, pp. 2–3.
4 Ibíd., pp. 22–23.
5 Véase Lyotard, Jean François, La condición posmoderna, Cátedra, Madrid, 1989, p. 73.
6 Beck, Ulrich, op. cit., p. 60. Como ejemplos de estos nuevos participantes en la zona umbrosa, pero dinámica, de la política global, el autor dice: “Apenas es necesario seguir esforzándose en demostrar que, en el campo de la política medioambiental global, hasta ahora se ha logrado poco más, en el mejor de los casos, que proverbiales gotas de agua en el océano. Sin embargo, al mismo tiempo los diversos movimientos espectaculares de boicoteo que se han desarrollado en todo el mundo trascendiendo la diversidad cultural han evidenciado que la impotencia de la política para tratar con el bloque industrial es una impotencia referida al escenario clásico, dado que han aparecido en escena poderosos actores de una globalización desde abajo, especialmente organizaciones no gubernamentales (ONG) como Robin Wood, Greenpeace, Amnistía Internacional o Terre des Homes. La ONU calcula que existen ahora unos 50,000 grupos de este tipo en el mundo…”, pp. 59–60.
7 Véase Smith, Noah, “The Dark Side of Globalization: Why Seattle’s 1999 Protesters Were Right”, The Atlantic.com.
8 Véase Baum, Dan, “You say you want a Revolution?”, Rolling Stone núm. 872, 5 de julio de 2001, p. 83.
9 En “La violencia del CGH”, Letras libres, marzo de 2001.
10 Véase Wright, Evan, “Swamp’s Last Day on Earth”, Rolling Stone núm. 837, marzo de 2000, p. 46.
11 Ibídem.
12 Ibíd., p. 49.
13 Ibíd., p. 50.
14 Véase Grillo, Ioan, Caudillos del crimen. De la Guerra Fría a las narcoguerras, México, Grijalbo, 2016, p. 257.
15 Véase Meneses Reyes, Marcela, “Memorias de la huelga estudiantil en la UNAM 1999–2000”; tesis doctoral de la Universidad Nacional Autónoma de México para obtener el grado en Ciencias Políticas y Sociales (orientación sociología), p. 55.
16 Ibíd., pp. 71-72.
17 Ibíd., p. 85.
18 Véase Sheridan, Guillermo, “La universidad como bastión”, Letras libres, marzo de 2000.
19 Véase Sheridan, Guillermo, “Vuelta a Copilco”, Letras libres en línea.
20 Véase Fuentes, David, “Investigan a 8 grupos que dañan a la UNAM”, El Universal.com, 7 de febrero de 2020.
21 Ibídem.
22 Citado por Chantres, Jordi, “Temblamos de odio y de frío pero estamos juntos: ¡Mierdad Punk!”, Agente provocador.
23 Véase Sheridan, Guillermo, “Anarko pensamiento selecto: las damas”, El Universal en línea.
24 “Vándalos debidamente reclutados y organizados”, El Universal en línea, 11 de junio de 2020.
25 Véanse, por ejemplo, Lara, Ricardo, “Porros instrumentos para autoridades y políticos”, Milenio.com y la intervención de Eduardo Guerrero en el programa “La hora de opinar” de Leo Zuckerman, comentando sobre los desmanes de la Ciudad de México y de Guadalajara.
26 Véase Buscaglia, Edgardo, “La paradoja mexicana de la delincuencia organizada: policías, violencia y corrupción”, p. 276.

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Publicado en: Política y sociedad

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