hijo del tiempo, Nick,
que ama el futuro,
sus restos,
y hoy destruye

Legionario
del núcleo
—pulpa de la tierra—
asciende
con las baquetas
blasfemas,
a cada golpe
un siglo que se pierde,
y la obra del hombre
desdice su cincel,
cuyas egregias masas
de estatuas, monumentos
y fachadas hizo,
con su puño de punta,
olvidar,
por encumbrarlo,
el amor de las catacumbas,
que en tu versión
de percusiones
apenas era
oro en lo oculto;
mas esta es mi historia
en su corsé
que es nota al pie
de un curso que me excede,
y te miré crecer
en ese ritmo que,
por remoto,
es inconsciente,
que en brava oda esfumó
casi hasta el cero,
dos milenios,
mientras nosotros callamos.
Y en ese dolly,
elogio de los brujos,
aquella toma,
relieve sobrio
en románica piedra,
recorre la vasta fauna
que, desde su edad sombría,
permanece enterrada,
siglo tras siglo,
entre azarosos polvos
volcados por un sudor
de clásica nostalgia,
coreografía de un mensaje
que estuvimos buscando
en lo más frágil
y desterrado del cosmos
—si el cosmos es,
como se dice,
guardia que observa—.
Viene, toro que muge,
trepado en su instrumento de viaje,
conjura mientras anda,
loco en su paciencia
desnuda la rima bruta
del mineral naciente
con que la mente hace,
de su ser,
exacto pulimento,
sube hasta nosotros
y nos expresa
para luego olvidarnos,
mas algo del mensaje
regresa a su ígnea
materia impersonal,
gajo motor
que a expensas
del ojo que lo luce
queda tieso
como eclipse,
lobo apolíneo
que escucha
aquello que se mueve
sobre una esfera atónita
no identificada por nosotros,
los que solo observamos.
Entraste al puro firmamento,
como quien se expande,
sobre tumbas
cuyo interior
habitan ojos que,
entre tambores,
te miran resurrectos;
cada asedio una baqueta,
crótalo que vibra
y advierte un punto muerto,
se accede en telescopio
al lento hueco,
al fondo,
que absorbe el existir;
bajo la hipnosis
de un extraño retorno
el hombre se hace viejo
y por una sola vez
—como si se acogiera
en lo último—
reconoce en la prótesis
sonora
su extensión al sol,
el roce del desquicio
con que la danza cubre
un ánimo tribal,
y en fresco devastado
suman las voces,
las de color
y de garganta,
coro que, impávido,
duerme en la catástrofe,
tambor que es adiós
y sueño
y noche mansa,
hijo del tiempo, Nick,
que ama el futuro,
sus restos,
y hoy destruye. ®
