Adiós, Peter Handke

Una triste visita a la FIL del Zócalo

En menos de cuarenta minutos perdí el interés en buscar el libro que llevo años tratando de encontrar. Abandonaría a los editores underground de revistas sobre vampiros, asesinos seriales, zombies y demás temas que no sé a quién podrían parecer novedosos.

A medio camino el sol y el calor ya habían ganado el combate contra mi organismo; además, el humo que liberaba el metro Allende envolvía toda la estación tanto como mis pulmones. Pero aun así decidí llegar, arrastrándome, a la Feria Internacional del Libro del Zócalo. La primera y más aburrida edición presencial, después de cancelarse dos años por la cuarentena. Y esto no quiere decir que las anteriores ediciones no hayan sido peores.

Dos tipos sospechosos en la inauguración de la FIL del Zócalo 2021 el pasado 8 de octubre.

Llegué cerca de las tres de la tarde ese día posterior a la inauguración. El calor se manifestaba líquido y caliente como orina de cabra. Los expositores más desgraciados —así decía el gafete colgando de los que ponían gel antibacterial en las manos, los que se encargaban de las máquinas registradoras y de los que custodiaban los libros; es decir, todos los que trabajaban en la feria— eran quienes se encontraban en las dos únicas entradas a la plancha del Zócalo. Llevaban ropa casual, jeans, playera con el logotipo de la FIL; en los pies, zapatos o tenis cuyas suelas se calentaban como un pescado en la sartén, por lo menos les permitían usar una gorra para cubrirse del sol que nos hacía sentir más de 30 grados centígrados. Cuatro de estos individuos custodiaban las entradas: la plancha estaba rodeada por un enrejado que sólo permitía dos entradas, y cada una era custodiada y sanitizada a los dos extremos del cuadro. Eran la mente activa del enrejado.

En el punto más cálido de la plancha y con la luz más cegadora, entré con un único objetivo que creí sería sencillo, y así podía darme el lujo de curiosear entre los stands y las grandes carpas, o peor aún, escuchar los discursos aburridos y blandengues de quienes daban conferencias o leían poemas. Sólo buscaba una edición reciente de una novela de Handke, sí, el premio Nobel del 2019. Y no, no es que lo buscara por Nobel, cuando veo que alguien compra libros de premios Nobel poco después de anunciado el fallo sé que se trata de alguien que no acostumbra a leer libros, sino a coleccionarlos, lo cual no es, en absoluto, mal negocio.

Buscaba esa novela porque, por tal motivo, alguna editorial habría de haberlo editado pronto, pensé; alguien debía haber pagado ya por los derechos de su traducción olvidados hacía años. Y así era. Yo había leído El momento de la sensación verdadera al inicio de la década pasada, pero nunca pude conseguir El miedo del portero ante el penalty, y mi meta era encontrarlo en un lugar tan vasto y con tantos descuentos. Sólo debía encontrar la editorial Alfaguara.

En la página legal del libro, acreditaba todas las traducciones al mismo individuo. He olvidado su nombre, pero al parecer el mismo Fulano de Tal había traducido del latín a Petronio, del alemán a Nietzsche y del ruso a Dostoievski. Sé que algunos libros son traducidos de ediciones estadounidenses o francesas, por ejemplo, pero este gran traductor estaba presente en todos y cada uno de los libros de Tomo.

Después de embarrar mi dosis de alcohol–gel entre las manos me encontré con dos de las editoriales más mediocres y engañabobos: Tomo y Editores Mexicanos Unidos. Cada una de ellas con sus propias carpas que acaparaban gran parte del lugar. La gente salía de ahí feliz con sus ediciones súper baratas de libros de escritores tan distantes como Orwell, Nietzsche, Victor Hugo, Dostoievski o Petronio. Supuestas traducciones del alemán, el ruso, el latín o el francés, por cuarenta pesos. Sin embargo, y baso este hecho en una experiencia propia de hace ya muchos años, pues no sé si siga ocurriendo, en la página legal del libro, acreditaba todas las traducciones al mismo individuo. He olvidado su nombre, pero al parecer el mismo Fulano de Tal había traducido del latín a Petronio, del alemán a Nietzsche y del ruso a Dostoievski. Sé que algunos libros son traducidos de ediciones estadounidenses o francesas, por ejemplo, pero este gran traductor estaba presente en todos y cada uno de los libros de Tomo. Ni el lector más ingenuo creería que un traductor políglota y algunos editores buena onda trabajaran por tan poco dinero, a juzgar por lo que ofrecían; la otra opción, pensé, era que pirateaban y plagiaban otras traducciones y, como no tenían el referente original, simplemente cambiaban las palabras de traducciones antiguas o latinoamericanas para no pagar derechos ni traductores. Tanto Tomo como EMU tienen exactamente la misma reputación.

Caminé entre la multitud que, según escuché, doblaba en cantidad a la del día anterior. A un lado del asta bandera se exhibían caricaturas políticas contra periodistas, escritores, analistas políticos y demás indeseables para el atorrante ser que da discursos todas las mañanas recordándonos que sus decisiones políticas son perfectas. Esto, y la preponderancia de los espacios dados a los tianguis de libros usados —“Libros para leer en libertad”—, de Paco Ignacio Taibo II, le daban un tufo propagandístico a tan magno evento, pues no olvidemos que el pelele de las mañaneras nombró a Taibo gerente editorial del Fondo de Cultura Económica, editorial sostenida parcialmente por el Estado.

Aparecían montones de gente a cada paso que daba. Había de pie puñados de personas con hijos escuchando a las cuentacuentos que berreaban en los micrófonos, otros tantos recorrían los stands mirando libros que no comprarían, o los zombies que caminaban perdidos de un lado a otro buscando a sus amigos, e incluso los que permanecían absortos en sí mismos en las sillas de las carpas aunque el escenario estuviera vacío. La sana distancia era un chiste que solamente los grandes emporios editoriales, como Penguin Random House, Océano o Planeta, se tomaban en serio. Estas grandes empresas no permitían que entrara demasiada gente no para cuidar su salud, sino para evitar robos. Y esto provocaba que se crearan filas de decenas de personas que esperaban bajo el sol durante algunas horas. Las filas rodeaban estas grandes carpas que también ocupaban grandes cantidades de metros no sólo cuadrados, sino cúbicos, como pequeños supermercados de abarrotes. Para ser honesto, ignoraba si alguno de estos grupos editoriales había absorbido la editorial cuyo stand yo buscaba. Por supuesto, no ignoraba que entre estas tres compañías habían absorbido editoriales de orígenes más humildes como Anagrama, Grijalbo, Seix Barral y qué sé yo. Me dio la impresión de que nunca el escritor estuvo más lejos de sus editores como los lectores de su lectura.

Rendido, hice un recorrido breve a ver si encontraba algo interesante. Compré la biografía del poeta Haro Ibars y las obras completas de Paracelso. Encontré a varios conocidos editores, escritores, periodistas y más ralea que conocí cuando estudiaba Creación literaria. Algunos mostraban sus nuevos trabajos: ediciones de poesía, cómics, eróticos o terror, principalmente; otros, libros sobre indigenismo, feminismo, estridentismo y otros ismos. Éstos, por supuesto, se encontraban en stands pequeños e incluso compartidos: minúsculos cubitos en los que apenas si cabían el producto y el expositor. Quienes menos trabajo tenían y más tristes se notaban eran aquellos que ofrecían publicaciones de editoriales universitarias de los estados de la república. Se veían aburridos, tristes, asoleados y sosos, de vez en cuando alguien curioseaba cinco segundos y seguía su marcha, como ocurría en los pueblos y ciudades de los estados que representaban.

Adiós a las novias con ropas reveladoras de jóvenes coleccionistas nefastos, quienes explicaban la diferencia entre las elegantes colecciones de Valdemar —mas no de las obras contenidas en ellos—, estos libros tan de moda que antes editaban títulos interesantes como La cultura del Apocalipsis y obras de Huysmans, pero que ahora mostraban títulos aburridos en presentaciones lujosas y pesadas.

En menos de cuarenta minutos perdí el interés en buscar el libro que llevo años tratando de encontrar. Abandonaría a los editores underground de revistas sobre vampiros, asesinos seriales, zombies y demás temas que no sé a quién podrían parecer novedosos. Adiós a las novias con ropas reveladoras de jóvenes coleccionistas nefastos, quienes explicaban la diferencia entre las elegantes colecciones de Valdemar —mas no de las obras contenidas en ellos—, estos libros tan de moda que antes editaban títulos interesantes como La cultura del Apocalipsis y obras de Huysmans, pero que ahora mostraban títulos aburridos en presentaciones lujosas y pesadas. ¡Que los coleccionistas iletrados gasten su dinero en estas ediciones para impresionar a otros más tarados que ellos! Adiós a la editorial Porrúa, a la cual tengo aprecio aunque sus libros sean físicamente imposibles de leer sin unos gruesos anteojos, y a la Rodrigo Porrúa, que fraudulentamente se comunicaban con escritores jóvenes y poco conocidos para intentar cobrarles una millonada por publicar sus textos. Adiós plancha del Zócalo, adiós furros y parejas de góticos con hijas vestidas de color rosa, estudiantes pobres, intelectuales mamones, escritores socialité. Adiós, Peter Handke.

Antes de salir me encontré con un monigote pilar de la contracultura en México, reconocí a través de una bocina la voz aguardentosa de Carlos Martínez. Estaba tras una mesa dando alguna conferencia a un público que no rebasaba las diez personas, varias de ellas, a juzgar por la atención que le prestaban, sentadas bajo la pequeña carpa solamente para guarecerse del sol. El editor de la revista Generación, aburrida casi siempre salvo por textos de algunos buenos escritores, hablaba, sí, de sus trabajos recientes, pero no pasaban dos minutos sin que mencionara su afición por las drogas, en especial la cocaína. Esto me afectó raramente porque la primera vez que visité la FIL del Zócalo, hará unos quince años, sin conocerlo, lo encontré sobre un escenario hablando exactamente del mismo tema del que hablaba ahora: drogas y la supuesta contracultura.

Tal vez sea la última vez que visite esta feria por voluntad propia. Y sí es así, es vergonzoso que el ciclo se haya abierto y ahora cierre con la imagen de un individuo que he visto intoxicarse hasta la inconsciencia en público, y que alguna vez le coqueteó a una ex novia en una asquerosa pulquería hípster. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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