Bogotá, más desordenada que moderna

Epistolario de Monsieur Tamalè, II*

Ya creo haber viajado demasiado tiempo por Colombia. En ella he visto un país naturalmente inclinado al delito, pervertido desde el comerciante más rico hasta el obrero más sencillo, imitando ambos los vicios que encuentran reflejados en sus políticos.

Uribe, dibujo de Pontet, 2008. Dibujo original a la venta aquí.

I.

A Bogotá llegué después de que un bus me dejara tirado a las afueras de la ciudad, desde donde tuve que caminar hasta el único hostal en que me quisieron hospedar. Bogotá es una ciudad inmensa, pero en verdad más desordenada que moderna; prueba de la ineptitud de quienes la gobiernan, que administran una ciudad tan rica y bella cual si se tratara de una taberna.

Espectáculo que pasma a un hombre de provincia es el de una ciudad desconocida, la primera vez que la visita. Y no hablo apenas de las cosas que saltan a la vista, como son las diferencias de clima, de clase de gente y de estilo de vida, sino más bien de las relaciones humanas, en que hay ciertas cosas extrañas, que deben ser sentidas para poder ser explicadas.

Mi ánimo es el de estar de regreso cuanto antes en mi pueblo, que es donde más a gusto me siento. Los campesinos preferimos los pueblos pequeños, todavía más si fueron una especie de patria común para nuestros abuelos…

II.

En Bogotá todavía me encuentro, un mes hace, y siempre en continuo movimiento. No fue nada fácil encontrar un nuevo lugar de alojamiento, o al menos uno en que el ruido le diera un momento de respiro al pensamiento, que aquí parece condenado a que nadie se lo tome muy en serio.

Tan grande es un solo barrio de Bogotá como lo es todo Puente Nacional, y las casas son tan altas, que parece como si todos sus habitantes se quisieran suicidar. Pienso que una ciudad edificada en los aires, plagada de edificios descomunales, unos encima de otros, está distribuida de forma lamentable, y que cuando todo el mundo sale a la calle, tan solo lo hace para formar una bonita confusión de gente tan intolerante como intolerable.

Quizá nadie creerá que, en el mes que llevo acá, no he podido encontrar a muchas personas que tengan el hábito de saludar. En Bogotá se está siempre de afán, y la gente corre y vuela todo el santo día de acá para allá: se sentirían asaltados si se pararan a saludar, y estafados por la vida si tuvieran que vivirla a otro compás.

Yo, que no estoy acostumbrado a estos trabajos, y que ando a pie sin mudar de paso, me enfado a veces como cualquier bogotano. Vaya y venga que un carro no se detenga para dejarme pasar, o que me entren a la fuerza en un lugar donde no quiero entrar, pero lo que no puedo aguantar son los empujones que periódicamente los otros caminantes me dan: uno que viene detrás y pasa adelante me hace tropezar, otro que surge de la nada me acaba de estrellar, y aquel con el que de cara voy a dar me comienza a insultar.

Las mujeres santandereanas son más hermosas que las bogotanas, pero las bogotanas son mucho más cultas y educadas. Difícil es no embelesarse con las primeras, y no enamorarse de las segundas: aquéllas son más divertidas y risueñas; éstas, más serias, elegantes y modestas.

Tampoco los santandereanos son tan complicados como los bogotanos, ni tienen la rigidez de ánimo, ni las trazas de formalidad que acá se encuentran en todos sus estados. Dicen que esto es todavía peor en los barrios más ricos de Bogotá, donde se hallan familias que no han reído desde la misma fundación de la ciudad. Procede esta seriedad de la poca comunicación que entre ellas hay, pues no se hablan más que cuando así las fuerza la necesidad. La risa, esa suave manifestación que es la dulzura de la vida, no es entre los bogotanos muy conocida: o la encastillan en su casa o en su oficina, o donde puedan seleccionar su compañía, de modo que el humor está, por decirlo así, reservado para las personas conocidas.

Un día que hablaba yo de esto con un habitante de uno de esos barrios, me dijo algo molesto e indignado: “Lo que más me repugna de los bogotanos menos afortunados, y en general de quienes nada tienen de cachacos, es que, aunque se vean obligados a vivir como esclavos, jamás se atreverían a llamarse desgraciados. ¿Qué hay de envidiable en ese tipo de vida, que cifra su alegría en sobrellevar como mejor puede cada día? Un hombre así es tan despreciable como su risa, porque sus móviles son la envidia, la incapacidad y la desdicha; es un hombre que, ansiando vengarse de quien es más afortunado que él, aguanta que lo tiranice la pobreza, a cambio de no tener que ocuparse en ninguna cosa seria; que, fundando su alegría en su incapacidad para lo serio, en su mediocridad y su falta de talento, es tanto más alegre cuanto más digno de desprecio; y que anclado, en fin, a la triste realidad en que vive atado, más dura que cualquier otro candado, se ufana de ser un pobre desgraciado que, celoso de quienes sí gustan del trabajo, se mofa llamándolos aburridos o amargados”.

III.

Hasta ahora no me hago una idea muy clara sobre las costumbres bogotanas, pues he tenido más tiempo para sufrirlas que para estudiarlas. La persona más poderosa que acá habita es el presidente de Colombia. Del palacio en el que vive no es precisamente el propietario, como sí lo son sus vecinos que viven de rentar cuartos en viejos inquilinatos; pero es mucho más rico que ellos, porque saca sus riquezas de los tesoros del pueblo, más inagotables que los de cualquier gran puteadero. En lo único que se esfuerza es en mantener una vieja guerra, sin otra justificación que la de aniquilar a la gente mala para proteger a la buena, y por este portento de la ingenuidad del pueblo se encuentran pagados sus ejércitos, fortificados sus batallones y desperdiciado su armamento. Si hay un desplome financiero, y el país se encuentra sin dinero, se mete en la cabeza que hay que ir a pedir un préstamo al extranjero, y al punto corre a postrarse ante los pies de algún banquero. A tanto llega su mediocridad, que deja todo asunto nacional en manos de la virgen de Chiquinquirá: tanta es la fuerza que en él tiene la fe de solucionar los problemas sin tener que trabajar.

Por otro lado, este hombre es apenas un vasallo, en cuya inteligencia manda un tal Álvaro, quien lo trata como si fuera uno más de sus caballos. Si en algún rincón del país hay un deslizamiento o una inundación, y se tiene que hacer algo para que no sean dos, Álvaro lo persuade de que en política uno vale tanto como dos, y mejor lo manda a decir idioteces en algún canal de televisión. Unas veces le hace demostrar en público que media Colombia está poblada de burros; otras, decir que de su tierra brotan bandidos, nacidos para desprestigiar la honradez del oficio político, y otras mil lindezas por el estilo. Dos años hace que le ordenó nombrar embajador a un pequeño inquisidor, para que defendiera las posturas morales de la nación ante los demás países de la región. Hizo caso su vasallo, que al punto le dio el cargo a aquel fanático, diciendo así de paso que no creía una sola palabra sobre el supuesto laicismo del Estado Colombiano. El odio de este embajador tuvo siempre por objeto a las mujeres, a quienes no puede concebir ocupadas en cosa diferente al hogar y sus quehaceres, y a quienes quisiera privar inmediatamente de los derechos civiles que hoy tienen. Indignadas muchas mujeres con el agravio que se le hacía a su sexo con este nombramiento, decidieron ir a quejarse ante el jefe de gobierno, pero él les demostró que el embajador era un representante digno de Colombia y las creencias religiosas de su pueblo. Y he de confesar que no discurría mal, pues sin duda respondió según los principios de nuestro sacrosanto orden moral. Una vez que en gran parte de Colombia se tienen a las mujeres como criaturas inferiores a los hombres, y que nos dicen nuestros propios embajadores que no merecen cosas mejores, ¿cuál es el caso de darles más derechos de los que necesitan para servir a sus señores?

He aquí una columna de opinión publicada hace unos días por el señor embajador, en las primeras páginas de un periódico bogotano ultraconservador:

“Qué dicha haber nacido en los deliciosos tiempos en que se vivía como lo ordenaba la santa biblia, y no en estos envenenados días, donde ni la virtud ni la castidad son por las mujeres conocidas. ¡Qué dicha sería! La mujer de la biblia vivía como en la mansión de la inocencia divina: inaccesible a los hombres y a sus proposiciones lascivas; se encontraba muy a gusto en la feliz imposibilidad de delinquir; los hombres nunca la mancillaban con sus lujuriosas miradas. Pudorosa como la virgen María, salía siempre a la calle con un velo que la cubría, para dar muerte anticipada a las temerarias insinuaciones masculinas. A su propio marido, al que el espíritu santo había designado para que la bendijera con hijos, ¡cuánto trabajo le costaba hacerse dueño legítimo de un tesoro que con tal tesón era defendido! ¡Qué difícil era para el esposo no poder acostarse con su mujer antes del matrimonio! ¡Qué impaciencia la suya cuando la veía! Impaciencia que ella no satisfacía, y que irritaba aún más con sus obstinadas negativas. Esta clase de mujer prefería quitarse la vida, antes de entregar aquello que más que a cualquier hombre quería; nunca se rendía, ni aun después de que por los votos del matrimonio era vencida; contemplaba a quien dormía a su lado como alguien que la había agraviado, y no como alguien que la había amado; pasaban años antes de que se atreviera a mirarle a la cara sin sonrojarse, como si con la confusión de su rostro quisiera echarle en cara el triunfo que había logrado arrebatarle.

Pero en estos tiempos la mujer ha perdido toda clase de miramiento: se presenta ante el hombre con la mayor parte del cuerpo descubierto, cual si quisiera rogarle por su propio vencimiento; lo sigue a donde va con su mirada, con él baila y se emborracha, lo introduce furtivamente en su casa, y le entrega con hechos lo que no fue capaz de negarle con palabras. En vez del candor que siempre reinó entre los cristianos, resalta en ella un vulgar descaro, al que nunca es posible sentirse acostumbrado. Ay, virgen sempiterna, si aquí estuvieras, te sentirías agraviada con la horrorosa indecencia a la que han caído las mujeres de la tierra; huirías de este ignominioso sitio, y suspirarías por aquel dulce pesebrito, en que pariste a tu hijo, y donde estabas segura del amor divino reflejado en tu marido, al que nunca le perdiste el afecto sumiso que le tenías debido.

¿Qué más he de pensar acerca de las mujeres modernas? El arte de afeitarse las piernas, la insólita manera en que se peinan, el continuo deseo de resaltar su belleza, todo en ellas es mancha de la inocencia, y agravios que le hacen al creador de la naturaleza. Pocas hay que no se precipiten a quebrantar la fe conyugal; casi todas tienen el vicio de la seducción estampado en el corazón; se han desentendido de cada obligación exigida por el pudor, y tratándose de ceder a la tentación, nunca puede resistirlo su espíritu coqueto y pecador. De manera que cuando sus maridos las celan, cuando las amenazan y les pegan, cuando refrenan la lascivia que por dentro les quema, no consiste en que a su infidelidad le teman, sino en que saben que nunca se echa a perder del todo la pureza, y que nunca es tarde para que el pastor corrija el andar de sus ovejas. Pero en todo caso me compadece su suerte: su naturaleza desobediente, amigada tanto tiempo con la vil serpiente, no parece tener destino diferente al del infierno que las acogerá después de la muerte”.

De Álvaro he oído contar cosas que tocan en milagros, y no dudo que se harán difíciles de creer en otros lados como se creen en suelo colombiano. Dicen que cuando empezó su lucha armada con las guerrillas, había en Colombia una muchedumbre de tropas enemigas que solamente sus agudos ojos veían; añaden que las ha estado espantando de las ciudades durante más de veinte años, y que no obstante el infatigable valor con que las ha enfrentado, de su amenaza ni una sola ciudad se ha todavía librado. Delinquen los guerrilleros en tal o cual barrio, se hallan en el palacio, en las cortes, en el senado, en los juzgados, y dicen sin embargo que con ellos no dan sino los ojos de Álvaro. Parece que existen en general, y que no son nada de forma individual; que son un cuerpo, pero sin miembros. Sin duda ha sabido engañar el demonio a los colombianos, por haberlos cegado para reconocer al diablo, pero Dios les ha enviado a Álvaro, a cuyo olfato jamás se le escapará un solo malvado.

IV.

En Bogotá toman mucho café, y hay un montón de sitios en que lo suelen vender: en algunos se chismosea y se habla de política, en otros se leen periódicos, panfletos y revistas. Hay uno de esos en que parecen servir el espresso acompañado de una fuerte dosis de ingenio, pues nadie de los que de allí he visto charlando o leyendo me ha dado la impresión de creerse menos hábil de lo que era antes de beberlo.

Lo que de estos devotos a la cafeína más me indigna, es que a su ciudad y a su país en nada le sirvan, y empleen todas sus energías en estériles disputas políticas. Cuando entré a uno de esos cafés por primera vez, los hallé muy enardecidos en una discusión tan mezquina como soez, en que se trataba de la reputación de una mujer, cuyo mérito, no menos que su hermoso aspecto, difícilmente sobrevivirá el paso del tiempo.

Lo que de estos devotos a la cafeína más me indigna, es que a su ciudad y a su país en nada le sirvan, y empleen todas sus energías en estériles disputas políticas. Cuando entré a uno de esos cafés por primera vez, los hallé muy enardecidos en una discusión tan mezquina como soez, en que se trataba de la reputación de una mujer, cuyo mérito, no menos que su hermoso aspecto, difícilmente sobrevivirá el paso del tiempo. Reconocían ambos partidos que era una excelente periodista, y sólo disentían acerca de sus inclinaciones políticas. Unos y otros pretendían juzgarle, pero sólo un par de estos repartidores de verdades tenían bien afinadas las cuerdas vocales, lo cual no sólo obligaba a gritar más fuerte a sus rivales, sino a que se intercambiasen tan descorteses denuestos desde ambas partes, que más me pasmaba el modo de disputar que el asunto por el que querían matarse. Si alguien, pensaba yo, fuera tan infame como para arruinar la reputación de otro hombre delante de los que actuaban como acusantes, no hallaría demasiadas razones para defraudarse. Bien presumo que su fanatismo, tan quisquilloso sobre la forma de vivir de un desconocido, se inflamaría mucho más sobre la de un conocido. Sea como fuere, me decía también, no quisiera ser amigo de los defensores de aquella mujer, pues nunca fui de los que se meten a alcobas ajenas a hacer y deshacer. Sí así es ahora su celo, ¿qué sería si se les diera alguna razón para perderlo? Disputan además en el idioma más bajo y vulgar, y no se han de confundir con argumentadores de algún valor o calidad, pues se valen de un lenguaje que haría sonrojar a aquel famoso senador que no puede sentarse a cabildear sin escupir e insultar.

Cafetines hay en que se ve como una niebla negra a gentes de esta ralea, que se alimentan con artículos de prensa, y viven resolviendo problemas cuyas soluciones a nadie le interesan. Lo peor es que este oficio no parece ser lucrativo ni siquiera para ellos mismos, puesto que a todos se les ve siempre sucios, sin dinero y mal vestidos.

He visto a una pandilla entera de mendigos atravesar Bogotá, para establecerse en algún café del centro de la ciudad, sin más patrimonio para subvenir la necesidad que una habilidad terrible en el arte de hablar mal de los demás.

V.

Poco hace más de un mes estuve en otro café, donde reparé en un hombre muy cortés, a quien todo el mundo escuchaba con sumo interés. Hablaba de la dicha de vivir en Bogotá, lamentándose de que en un par de días la tendría que dejar. “Tengo un modesto capital -decía- en bienes raíces que rentan casi un millón de pesos semanal, y me tendría por dichoso si no tuviera más que la cuarta parte de ese caudal invertido en una moneda internacional. Cuanto más apuro a mis arrendatarios, cuanto más los amenazo, están ellos más endeudados, y jamás he podido verme con cuatro o cinco millones de pesos ahorrados. Si no fuera por la constante devaluación de nuestra moneda, un banco no me habría ahogado en deudas, y podría seguir viviendo en esta ciudad como quisiera”.

Me fui sin hacer caso de sus quejidos, pero a falta de un mejor oficio, entré inmediatamente en otro sitio, donde oí a otro desconocido, de rostro adusto y amarillo, decir con aire descompasado y compungido: “perdido estoy, no tengo para comer ni siquiera hoy. Bajo mi colchón duermen cientos de billetes que hasta ayer eran de alta denominación, pero con los que ahora no puedo pagar ni una sopa gracias a la maldita devaluación. Me había creído rico, y ahora debo irme a vivir en casa de uno de mis hijos. Si tuviera un miserable pedazo de tierra, quizá no tendría que depender de la generosidad de mi hijo y mi nuera, pero no tengo ni tanta tierra como la que cabe entre estas uñas filosas y puercas”.

Volví la cabeza a otro lado, y vi a uno que decía con tono de voz exaltado: “Bendiga Dios los planes de nuestro ministro de hacienda, y ojalá sigan subiendo las tasas de interés y las hipotecas, y los bandidos de Colombia se queden con todas sus riquezas. Pregunté quién era. “Es un pobre diablo —me dijeron— que le presta dinero a comerciantes arruinados, y que espera que el país se siga desmoronando, pues así necesitarán de él quienes le deban a los bancos, accediendo de paso a pagarle intereses más altos, a firmarle letras de cambio y a hacerle mucho más rentable su trabajo. Como se figura que el gobierno va a quebrar a cuanto comerciante pueda quebrar, no cabe en sí de felicidad, viendo cuántas personas tendrán que recurrir a su actividad”.

Por último, vi entrar a un viejo esnob, de quien antes que se sentara supe que era escritor. Era éste de los que dicen resistir los golpes adversos con impávido pecho, y pasan la mayor parte del tiempo presagiando victorias y trofeos: “Muy bien van los asuntos en los Estados Unidos, donde acaban de elegir presidente al candidato de mi partido, y de lo que seguramente nuestro país sacará enormes beneficios”. En frente de mí estaba un hombre con aspecto de pensador, que sintiendo lástima del viejo esnob, se encogía de hombros cada vez que lo oía impostar su voz. Acercándose por fin a mí, me dijo: “¿Qué le parece a usted este majadero, que desde hace una hora nos está hablando sobre los sucesos políticos del extranjero? Y yo que descubrí ayer tarde que nuestro país está al borde del hambre, y que millones de trabajadores quedarán mañana mismo en la calle, no he dicho una sola palabra a nadie”.

VI.

En esta ciudad hay muchos oficios. Por un poco de dinero cualquiera le vende a uno el secreto para aprender a hacer dinero. Otro le promete hacerlo dormir con los ángeles o los diablos, siempre y cuando procure no despertarlos durante los siguientes treinta años. Se encuentran mujeres adivinas que conocen todos los hechos futuros de la vida, con sólo mirar si tiene uno las manos limpias o cochinas. Médicos muy capaces convierten la belleza en una flor que a diario nace y renace, y que no se marchita si nadie se toma el trabajo de regarle. Otros hay que deshaciendo con su arte los agravios del tiempo, saben restablecer el color a los rostros demasiado amarillentos, y cogiendo a un hombre al que la naturaleza llamaría viejo, lo hacen llegar por el camino más corto al infierno. Aquí es imposible morir naturalmente, a no ser que sea de repente; de otro modo no visita a nadie la muerte, pues bajo cada puente hay un médico que vende antídotos contra toda clase de dolencia inexistente.

Quien pudiese contar a todos los embaucadores que andan por acá a la caza de la ingenuidad, contaría las arenas del mar, y fácilmente podría calcular cuántos tontos hay en la ciudad. Infinidad de escuelas y universidades enseñan lo que no saben: habilidad muy destacable, porque poco arte se necesita para enseñar lo que uno sabe, pero mucha ciencia para enseñar lo que no sabe.

Todos cuantos de acá se van se vuelven más desconfiados de lo que eran al llegar, que a fuerza de perder su caudal lo aprenden finalmente a conservar; y este es quizá el máximo beneficio que sacan los forasteros de su visita a esta hermosa ciudad.

VII.

Cualquiera diría que aquí las familias se gobiernan en las comisarías. Sólo un mero simulacro de autoridad tiene la mujer en su marido, el padre en sus hijos, el tío en sus sobrinos. En todas las contiendas toma parte algún juez, que casi siempre falla en contra de la buena mujer, el padre intachable o el marido fiel.

Hace unos días fui a una de esas comisarías en que dicen que se administra justicia. Antes de llegar, es preciso pasar por entre una infinidad de mujeres que lo invitan a uno a disfrutar de aquellos placeres por los que todos los hombres solemos pagar. Esta escena es bastante divertida, pero se torna aburrida no bien se penetra en las penumbras de unas viejas oficinas, donde sólo se ven personas vestidas con trajes más pálidos todavía que el triste color de sus mejillas. Enseguida se ingresa al lugar donde se ventilan los secretos de muchas familias, y donde se hacen patentes las acciones más viles y las peores mentiras.

Aquí viene un ebrio enumerando los agravios que su mujer le ha aguantado, como motivos para que no se separe de él mientras los unan sus votos sagrados. Con igual modestia dice una mujer que está aburrida de que la consideren una perdida, sin haber gozado de la flor de su juventud todavía: revela los misterios escondidos bajo las sábanas de sus vecinos, quiere que los escudriñen las miradas de los peritos, y que una sentencia le reponga los derechos que su exmarido le quitó sobre sus hijos. No falta el hombre que se atreve a encarar a su mamá, desafiándola a pelear en la calle a puñal, prueba no menos infame para la mujer que la acaba por aceptar, que para el hijo que de ella sale sangrando hacia el hospital. Una muchacha que no se quería embarazar pinta a su amante peor de lo que es en realidad.

El amor litiga sin descanso en este juzgado, y en él sólo se habla de padres estafados, amantes fugados, muchachas engañadas y maridos desgraciados. Según el reglamento que en él es seguido, no todo hijo que nace dentro de una relación ha de reputarse del novio o el marido, y por más razones que éste aporte para demostrar lo contrario, la ley le prueba que está equivocado, ahorrándole el trabajo de tomar bajo su crianza a un pequeño bastardo.

En este tribunal se falla en orden estricto a la legalidad, aunque dicen que la experiencia ha probado que valiera más seguir el dictamen lógico de la realidad, y es algo muy natural, porque hay pocos legisladores que tengan recta la razón, y todo el mundo confiesa que hay muchos que ven las cosas al revés de lo que son.

VIII.

He conocido hombres en quienes era tan natural la honestidad, que ni siquiera se preocupaban por la deshonestidad de los demás; que, adictos al bienestar colectivo, sin esperar ser por eso reconocidos, le servían como por instinto, y lejos de alabarse a sí mismos, no pensaban estar prestando algún servicio. Esos son los hombres que yo alabo y quiero, y no aquellos que como que se sorprenden de ser buenos, y un acto honesto lo reputan por un portento que ha de maravillar al mundo entero.

Si la modestia es un deber para aquellos a quienes la vida dotó de un extraordinario talento, ¿qué diremos entonces de esos insectos que se atreven a ser arrogantes por propio derecho?

En todas partes veo tipos que hablan sin cesar de sí mismos; son sus conversaciones un espejo que retrata a la perfección su falta de mérito; sacan a relucir hasta sus menores contratiempos, y quieren que la dificultad con que los pintan les dé valor ante los ojos ajenos; todo lo han hecho ellos, todo ya lo vieron, todo ya lo pensaron y todo ya lo dijeron; son especie única en el universo, materia sin ningún defecto y manantial inexhausto de buenos ejemplos. ¡Qué insulso y ridículo es el elogio que se dirige al mismo sitio de donde ha salido!

Pocos días hará que me estuvo aburriendo uno de estos hombres con su humanidad, su ingenio, su valor y su capacidad; mas como en esta vida todo tiene un final, al cabo paró de hablar, y de su presencia me pude al fin zafar. Sólo una vez le tuve que decir que me aburría terriblemente en las conversaciones con él: “nada me irrita tanto como las personas no hablan sino de sí mismas, y que a cada frase que dicen se citan”. “Tiene usted razón —me respondió—, todos deberían ser como yo, que tratándose de mí hablo siempre con mesura y proporción: soy rico, bien nacido, divertido, y dicen mis amigos que en la vida jamás los he ofendido; nunca miento, y si algo bueno tengo es que soy modesto cuando me pronuncio sobre mi talento”. Yo estaba sorprendido de tanto cinismo, y decía para mí mismo, mientras él seguía perorando para satisfacción de su egoísmo: dichoso el que tiene tanta inteligencia que sobre sus virtudes jamás exagera, porque teme a su audiencia, y no compromete su mérito ante la capacidad ajena.

IX.

Hace unos días estuve en una reunión, donde conocí a alguien que sobre todo tema tenía una opinión. En media hora falló sobre tres teorías políticas, cuatro problemas algebraicos y cinco cuestiones metafísicas. Jamás vi opinador tan profesional; nunca se detuvo su lengua ni ante la duda más elemental. Dejaron a un lado la política, hablaron de comida, y decidió magistralmente sobre asuntos de cocina. Quise ponerlo en evidencia, y me puse a hablarle de mi tierra, mas no bien hube pronunciado dos palabras sobre ella, cuando me desmintió de la peor manera, fundándose en la autoridad de un par de artículos de prensa. ¡Virgen santa! —me decía yo en voz baja— ¡Qué persona más mentirosa y charlatana! Apuesto que sabe la hora en que me desperté hoy mejor que yo.

Hace unos días estuve en una reunión, donde conocí a alguien que sobre todo tema tenía una opinión. En media hora falló sobre tres teorías políticas, cuatro problemas algebraicos y cinco cuestiones metafísicas. Jamás vi opinador tan profesional; nunca se detuvo su lengua ni ante la duda más elemental.

Qué mal se ve la vanidad en quienes la tienen en mayor cantidad de la que tienen necesidad. Son gentes que sólo quieren impresionar, pero que, a fuerza de parlotear, y de afectar superioridad, ni siquiera consiguen igualar a los demás. Me resigné, pues, lo dejé que siguiera opinando a placer, y todavía está fallando sobre lo que fue, es y debe ser.

Reciban, hombres modestos, mis parabienes y buenos deseos. Ustedes son el patrimonio sagrado de la historia del género humano. Creen que no poseen nada, y yo les digo que nada les hace falta. Piensan en no igualarse con nadie, y con ustedes nadie puede igualarse. Y cuando acá en mi tribunal los comparo con aquel opinador profesional que de todo sabe juzgar, lo derribo de su pedestal, obligándolo a postrarse ante su trono imperial.

X.

Dicen que hay ciertas monjas colombianas que cuando entran al convento se cortan las nalgas. ¡Ojalá que los curas siguieran el ejemplo de sus hermanas y se quitaran todo cuanto por su profesión no les hace falta!

En verdad que son gentes extrañas, pero creo que hay otras todavía más raras, y son aquellas que saben hablar sin decir nada, y enredar cualquier charla entre las inútiles redes de sus palabras, sin ser posible descifrarlas, copiarlas o hacer algo para recordarlas. Tales hombres son idolatrados por casi todos los borrachos, aunque no tanto como aquellos educados en el arte de aplaudir fervientemente con pies y manos, y aprobar con festiva gracia todo cuanto digan sus amos.

Dicen que hay ciertas monjas colombianas que cuando entran al convento se cortan las nalgas. ¡Ojalá que los curas siguieran el ejemplo de sus hermanas y se quitaran todo cuanto por su profesión no les hace falta!

Conozco otros a quienes les ha ido bien metiéndose en las conversaciones de los poderosos, haciendo que con ellos hable su espíritu andrajoso, su necesidad, su hambre y su sectarismo rabioso. Por lo general empiezan a destacarse metiendo ruido con sus arengas en las calles, y dando golpes en las puertas importantes, para captar la benevolencia de quienes tienen tiempos de sobra para prestarles; y entre su escándalo se vuelve más grande, sus sandeces se hacen mucho más respetables, y por desgracia es ya imposible atajarles.

XI.

Dicen que el hombre es un animal social. Si eso es verdad, creo que un colombiano es más hombre que los demás, pues parece destinado únicamente a la sociedad. Entre ellos incluso he descubierto algunos que no sólo son sociables, sino también socialmente insoportables. Se los encuentra uno en todos lados; en un momento pueblan los cuatro ángulos de cada metro cuadrado; diez hombres así hacen tanto escándalo como un millón de canarios, y a vistas de cualquier incauto semejarían ser más de la mitad del género humano. Están siempre de afán porque tienen el importante deber de preguntar a quienes encuentran de dónde vienen y hacia dónde van. Nadie les puede sacar de la cabeza la idea de que jamás hay que parar de hablar, ni de que de su boca salen palabras de alguna importancia para la humanidad.

Si en cada hogar se llevara un libro de visitas, todos los días se encontraría en él su nombre estampado junto a su firma. Pasan la vida acompañando entierros, festejando nacimientos o asistiendo a casamientos. No entrega un hombre la mano de una sola de sus hijas sin que les cueste a ellos una visita para manifestarle su alegría. A media noche vuelven a su casa abrumados de cansancio, y se acuestan para madrugar al día siguiente a sus acostumbrados trabajos.

Hace pocos días murió uno de ellos, y grabaron este epitafio en su lugar de entierro: “Aquí descansan los despojos del que nunca dejó descansar a otros. Acompañó quinientos sesenta y nueve entierros. Asistió al bautismo de cinco mil ochocientos treinta y un niños. Los préstamos que pidió a sus amigos, siempre en términos distintos, ascienden a ciento treinta millones de pesos y medio millón de pocillos; lo que anduvo por las calles, a nueve mil doscientos kilómetros en las ciudades y a tres mil setecientos en áreas rurales. Era hombre destacado por su conversación y su trato; tenía un caudal importante de novelas, cuentos y relatos, varios poemas que desde su más tierna infancia había memorizado, y miles de frases ingeniosas que de los libros ajenos había copiado. Murió a los setenta años… Y aquí termino, amigo, pues tendría que llenar dos mil tomos de cinco mil libros para decirte la mitad de lo que vio y lo que hizo”.

XII.

Nunca están ociosos quienes quieren diferenciarse de los hombres odiosos; así, aunque yo nunca me ocupo en ningún asunto importante, estoy continuamente ocupado buscando de quién alejarme. Me paso el día seleccionando, y la noche pensando sobre lo que en el día más me ha impresionado; todo me interesa y todo me maravilla, como un organismo en cuya memoria, tierna todavía, se graban impresiones poco conocidas o muy desconocidas. En sociedad no se me recibe muy bien, pero tampoco muy mal. Presumo que se lo debo a mi natural jovialidad, que es causa de que me guste escuchar, y de que las personas me quieran hablar. Muchos bogotanos le ponen reparos a mi acento foráneo, y por eso disfruto la satisfacción de dejarlos pasmados cuando ante ellos me muestro bien educado, pues a algunos les resulta imposible concebir que en la provincia existan los hombres educados. Confieso, sin embargo, que tampoco merecen que me tome el trabajo de desengañarlos, y la verdad es que con ellos puede cargar si así lo quiere el diablo.

Estuve hace unos días en el centro de Bogotá, en casa de un sujeto al que no le gusta que lo vayan a visitar, pero que un día me juzgó digno de ir a tomar parte en su soledad. Desde el primer momento me agradó por lo sencillo y sincero; me hice amigo suyo y él se hizo amigo mío, de manera que varias veces salimos a la calle a hablar de cuanto se nos cruzara en el camino.

Tal costumbre inició una mañana en que caminábamos por las calles de Bogotá, absortos en nuestros propios pensamientos y sin reparar en las conversaciones de los demás. “A usted podrá parecerle —le dije— que soy más chismoso que prudente; le ruego, sin embargo, que me haga el favor de resolverme ciertas dudas, pues me preocupa un poco ver cuánta gente lo saluda y no saber de ella cosa alguna. Tres días hace que en eso se afanan mis pensamientos; no hay siquiera uno entre todos estos sujetos a quien un poco de atención no le haya puesto, y en mil años no adivinaría yo qué vienen siendo, porque son para mí tan extraños como aquel pariente muerto del que inesperadamente me convertí en heredero”. “Pregunte usted lo que quiera —me respondió—, que yo lo instruiré en cuanto pueda; aunque presumo que nada escuchará de mi parte que por sí mismo no haya intuido antes”.

“¿Quién es ese tipo —le pregunté— que tanto le hablado de sus amigos políticos, y que tanta cabida dice tener con los ministros, de quienes tengo entendido que son hombres serios y de muy pocos amigos? Preciso es que sea un hombre distinguido, aunque use un vocabulario que deshonraría al peor de los mendigos. Yo soy forastero, pero me parece que hay unos modales que son comunes a todos los pueblos, que se echan totalmente en falta en este sujeto. ¿O acaso los hombres de mayor jerarquía en Bogotá son diferentes en esto a los demás?”. “Ese —me respondió echándose a reír—, es un traficante que compra alcaldías, gobernaciones y presidencias, que les saca tanta ventaja a los otros en riquezas, cuanto es inferior a los demás por su condición analfabeta. La suya sería la mejor mesa, si tuviera la costumbre de no sentarse en ella. Ya usted vio qué maleducado es; aunque se sobrepone a su analfabetismo con la holgura de su bolsillo que, como él mismo dijo, no es desagradecido con ningún partido”.

“Y aquel gordinflón vestido de negro —seguí— que lo saludó con un beso, ¿por qué lleva un traje tan viejo, el semblante tan risueño y el color del rostro tan amarillento?” “Ese es un confesor —me replicó—, y además casi ya un vice dios. A simple vista parece el hombre más inocente, pero conoce mejor que nadie las flaquezas de las mujeres, quienes tampoco ignoran una sola de las que él tiene”. “¿Cómo así —respondí yo—, si en todo el tiempo que estuvo acá no habló más que en contra de la seducción?” “No siempre hace lo mismo —dijo—, pues a los oídos de las mujeres bellas les habla más de los defectos de sus maridos; en público echa rayos contra el pecado, pero dentro de su confesionario invita a que con él sea practicado”. “Me atrevo a pensar —le dije— que sólo por eso se le debería ahorcar”. “¡Cómo ahorcar! Si para la sociedad es un hombre esencial, que con sus cuidados y consejos dulcifica el placer matrimonial”.

“Si no le molesta —continué—, dígame quién es aquel que nos encontramos ayer: el que iba vestido como una mujer, que hablaba tan mal el español y tan bien el inglés, que no decía ninguna cosa divertida, y cada vez que abría la boca era con el ánimo de decirla”. “Ese —me dijo— es un novelista, un psicólogo que analiza al linaje humano para tener de qué chismosear con su vecina. Tal tipo de hombre no cree haber nacido para vivir en nuestro siglo, y así lo creerá mientras se cuente entre los vivos o, mejor dicho, mientras desconozca lo que es el sentido del ridículo. El hambre lo ha metido en la actividad literaria, donde no se le ha recibido con demasiadas esperanzas, y donde hasta hoy solamente ha cosechado decepciones amargas. Sobre esto compuso alguna vez una poesía, y creo que es lo mejor que ha escrito en toda su vida, porque da la casualidad de que sólo los desdichados como él la entendían. Acaso usted no lo creerá —añadió—, estando tan enterado de la alegría que reina en esta ciudad, pero acá hay hombres que no piensan más que en la manera en que se van a suicidar, y mujeres que no duermen de pensar en cómo les podrían ayudar. Aun así, todo el mundo lo estima, pues su bondad natural hace olvidar enseguida lo mala que es su narrativa. Opinión que comparto yo, pues esta clase de hombres, aún en la decepción, saben mostrarse siempre como son; o al menos no son como esos novelistas que, con la misma falta de talento, pero con más ínfulas de personas finas, van y se dedican a la vulgaridad de defender o atacar posturas políticas en periódicos y revistas”.

 “¿Y ese viejo —le pregunté luego—, que parecía estar tan de mal genio? Al principio creí que era alguna especie de militar, porque no va vestido como los demás: murmura de todo cuanto se hace en Bogotá, y desaprueba a todos los que la han llegado a gobernar”. “Ese es un exalcalde —me respondió— que entre sus oyentes se hace memorable por sus proezas irrepetibles e inalcanzables. No puede aguantar que la ciudad gane algo gracias a los demás, ni que se atrevan a alabar obras qué él mismo no haya hecho inaugurar. Contempla los pocos elogios que ha recibido como la reivindicación de su genio político, no disfruta sino de lo que él hizo, sólo sus triunfos son justos y merecidos, y vive en los tiempos que ya han sido, convencido de que aún perduran y perdurarán por muchos siglos”. ¿Pues por qué —repliqué— dejó de gobernar, si según él lo hizo tan bien?” “No ha dejado de gobernar —me respondió—, sino que el arte de gobernar lo ha dejado a él. Hace poco le dieron una embajada de poca importancia, donde seguramente seguirá hablando de sus hazañas, pero desde donde nunca volverá a la alcaldía bogotana”.

Al poco tiempo de que empezáramos de nuevo a caminar, se excitó otra vez mi curiosidad, y le dije: “Le doy mi palabra de no hacerle ninguna otra pregunta, si quiere usted resolverme esta última. ¿Quién es ese joven musculoso, alto, que se peina como un tonto, y que camina directamente hacia nosotros?”. “Ese es un prostituto —me respondió—”. Al decir esto se encontró con unos, vinieron otros, se entremezclaron todos, y se puso a hablar con un loco sobre no sé qué fenómeno meteorológico, de modo que me quedé totalmente solo. Traté de regresar a mi hotel, pero poco después, no sé por qué, el puto aquel me vino a detener, y encarándose conmigo dijo con voz sumamente cortés: “El día está hermoso, ¿quiere que vayamos a dar un paseo por un parque cercano que conozco?” Le agradecí su invitación y su confianza, pero preferí quedarme quieto donde estaba. “He venido a Bogotá —dijo entonces como si se quisiera disculpar— por dar gusto a cierto general, que no me mira mal. Un celoso anda por ahí rabiando un poco, pero ¿qué le vamos a hacer, si no puede complacer al tiempo a todos? Yo me acuesto con varios hombres poderosos, pero jamás me comprometo con uno solo, porque, aquí entre nosotros, no me atraen mucho los mafiosos”. “Sin duda, caballero —le repliqué—, que parece tener usted un empleo de gran interés para el gobierno”. “¡Qué! No tengo más empleo que agradar a ciertas personas poderosas, y quizá asustar un poco a sus esposas. Mi única ocupación se cifra en quitar el sosiego a esas mujeres que piensan tener cautivado al mundo con su belleza, y acaso en poner sus matrimonios al borde de que se pierdan”. “Según entiendo —le dije— mete usted mano en el centro de hombres bastante deshonestos, y fuera de eso lo hace a expensas de nuestros impuestos. Si viviera usted en otras tierras, quizá no comería a costa de las riquezas ajenas, y tendría que ofrecerle su belleza a hombres que se ganaran la vida de una forma más honesta”. Me puse colorado al decir esto, y creo que, si hubiera seguido hablando de políticos que hasta en el placer son deshonestos, seguramente les habría hartado de denuestos. ¿Qué más se puede decir de un lugar donde se toleran semejantes gentes, y el Estado mantiene a un hombre que tiene un oficio como ese; donde se consigue la estimación con la traición, la mediocridad y la corrupción; donde aprecian a alguien que le quita el novio a su padre, a su esposa la madre y a su nieto el amante?

XIII.

Creo que estoy de ánimo como para pasar el resto de mi vida en Bogotá. Sólo hasta ahora noto que estoy en una ciudad hermosa, que encuentro en ella una compañía encantadora, y que donde quiera que vaya me veo rodeado de personas sumamente talentosas, quienes de inmediato me hacen olvidar que también existen las otras. A diario trato con gentes muy buenas, y en lo posible procuro conocerlas; poco a poco mi alma se va desprendiendo de su tosquedad provinciana, y se doblega sin dificultad ante la cultura bogotana. Ya no me pasmo al ver una concurrencia de hombres letrados, y por su sabiduría ya no me siento idiotizado.

Puedo afirmar que sólo desde que estoy acá conozco lo que es la diversidad, y que más he aprendido de ella en un mes de lo que la vida entera me hubiese podido enseñar de haberme quedado en mi pueblo natal. En mi tierra son uniformes casi todas las naturalezas, porque se les ha educado con violencia, y no se muestran las personas como en realidad son ellas, sino como ciertas gentes las obligan a que sean. En esa esclavitud del corazón y el pensamiento no se le permite hablar sino al miedo, que no conoce más que un dialecto, y que se presenta siempre bajo el mismo aspecto. El atropello, arte tan practicado en mi pueblo, aquí se conoce menos: todo habla, todo se ve, todo se oye, se refleja en la cara el pecho, y hay en cada acento, en cada tipo de comportamiento, desde el más educado hasta el más grosero, no sé qué de transparente y sincero.

A diario trato con gentes muy buenas, y en lo posible procuro conocerlas; poco a poco mi alma se va desprendiendo de su tosquedad provinciana, y se doblega sin dificultad ante la cultura bogotana. Ya no me pasmo al ver una concurrencia de hombres letrados, y por su sabiduría ya no me siento idiotizado.

Para gustar a los demás, se necesita de un talento distinto en cada oportunidad, el cual consiste en cierta especie de seriedad intelectual, de la que no todo bogotano parece ser capaz, y tal seriedad, hermanada enteramente con la libertad, es la que ha formado la índole general de esta ciudad. Sólo en Bogotá se siente libre el bogotano, se siente libre el provinciano, se siente libre el pobre, el rico, el bueno y el malo.

La República del esnob

I.

Ayer fui a una biblioteca del centro de la ciudad, y conocí por azar a una mujer que la solía frecuentar. Tenía cara de mujer sumamente inteligente, trazas de dama educada y decente, y modales que impresionarían incluso al hombre más indiferente. Tan pronto le dije lo que había ido a buscar, prometió satisfacer mi curiosidad, e incluso enseñarme algunas cosas más.

“Primero —le dije— me gustaría saber qué son todos esos tomos gruesos que ocupan casi todo este piso completo”. “Esos son –—respondió— los tratados de derecho”. “Muchos hay —le dije—; menester es que en épocas antiguas estuviese muy oscura la justicia, y que ahora sea tan clara como la luz de este día. ¿Queda algo por escribir todavía? ¿Se desconoce hoy alguna doctrina?” “¡Que si queda! —exclamó— ¡Que si queda! Casi tanto como sobran leyes ridículas”. “Entonces —le repliqué—, ¿exactamente qué es lo que han hecho todos estos autores?”. “Estos tratadistas —continuó ella— no han indagado en qué consiste la justicia, sino más bien en lo que creían que de su aplicación les serviría: nunca la han reputado como una ciencia que contiene dogmas dictados por la misma naturaleza, sino como una vieja deidad que le puede dar autoridad a sus propias creencias. Por eso mismo han malinterpretado todo su sentido, y puesto a cuestión de tormento cada uno de sus principios. Su justicia es un país donde hacen correrías miles de pandillas; un campo de batalla donde se embisten facciones enemigas, que se encuentran, lidian y se matan de mil formas distintas… Junto a los de los tratadistas del derecho tiene usted los libros escritos por los santos legisladores de otros tiempos, las leyes eternas del cielo y el infierno, y los decretos dictados por el cartel de alias Pedro, todos ellos ininteligibles por dos hechos muy concretos: por lo que llaman derecho, y por el modo en que tratan de imponerlo”. “Ah, mujer —continué—, vamos un poco más despacio, y dígame algo sobre este tipo de derecho tan arbitrario”. “Amigo mío —dijo—, la devoción inflama los pechos predispuestos al fanatismo, dirige al cerebro espíritus que en todo sitio reconocen la presencia del maligno, y de aquí proceden todos los éxtasis que llevan al delirio. Dicho estado de delirio, que se perfecciona con la ayuda de ciertos libros, es lo que luego degenera en extremismo, y ya sabe usted que un extremista no es más que un devoto convertido en asesino. Ahí tiene usted el ejemplo de los monjes que condenan todo cuanto se hace en la noche, que se fraguan en la imaginación cuantos pecados engendra el demonio del amor, que los reúnen y los someten a comparación, y los hacen objeto eterno de su maldición. Dichosos se creen que son si no entra parte de ellos en su propio corazón, o si no los hace cómplices de algún pecador, al que más bien deberían regresar al camino de la salvación… Ya ve usted que yo sólo me sé expresar con absoluta libertad, con mucho desorden, quizá, y que le digo todo lo que se me ocurre pensar. Naturalmente soy sincera, con quienquiera que desee indagar sobre esta clase de materias. Bien habría podido hablarle con admiración ciega, diciéndole sin sentimiento alguno de vergüenza: estas son obras en que habla por voz propia la naturaleza, libros que resaltan por su inteligencia, escritos en una prosa maravillosamente bella; pero, o le engañaría yo a usted diciéndole eso, o me juzgaría usted con merecido desprecio”.

En eso estábamos, cuando llamó a la mujer para no sé qué asunto un bibliotecario, quedando interrumpida nuestra charla hasta el siguiente sábado.

II.

Volví el día señalado, y me condujo mi amiga al lugar opuesto en que me había dejado. “Acá están los gramáticos —dijo—, los glosantes y los opinadores asalariados. Luego —continuó— vienen los oradores que persuaden sin tener razón, y los historiadores que sienten la obligación de convencer al lector de que los hechos pasados fueron tal como ellos dicen que son. Aquí están los libros de metafísica y política, que tratan sobre materias muy distintas, pero desde el mismo punto de vista: el de la necedad y la mentira. Los de física, donde todavía no se encuentran leyes suficientes para explicar mecánicamente la vida. Los libros médicos, monumento a la fragilidad humana y al poder de los curanderos, que infunden miedo, aun cuando traten los achaques más leves del cuerpo, mostrándonos la muerte como inevitable término de ellos, y hablándonos a la vez de las virtudes de ciertos remedios que, descubiertos por ellos, alcanzan para hacernos inmortalmente eternos. Junto a ellos están los que explican la anatomía del cuerpo, que contienen tanto la descripción de músculos y huesos como los nombres ridículos que les han puesto, sin curar con ello de sus dolencias a los enfermos, ni menos aún de su ignorancia a los médicos. Estos son los de química, ciencia que unas veces reside en las clínicas, y otras en sus pabellones de psiquiatría, siendo igualmente buenas para ella ambas mansiones curativas. Ahí tiene usted los libros de la santa ignorancia, como son los que hablan de maravillas sobrehumanas, tan execrables como las materias que tratan, y tan risibles como los de astrología judiciaria”.

“¿Qué dice usted, mujer? ¡Los libros de astrología judiciaria! —le repliqué—. Pero si son esos los que en Colombia más apreciamos, los que son norma de todos nuestros actos, y el norte de todo cuanto a llegar aspiramos. Los astrólogos son nuestros sabios, y aun los que deciden sobre nuestros asuntos más delicados”. “Siendo así —me respondió—, creo que vivimos bajo un imperio mucho más duro que el de la corrupción. Mucho me compadece un gobierno, y todavía más un pueblo, que se deja dominar por los astros del universo”. “Nos servimos —contesté— de la astrología, como otros países lo hacen del álgebra y la estadística, pues cada nación tiene una ciencia bajo la cual regula toda su política”. “Aunque nunca han dicho tantos disparates todos los matemáticos de otros sitios —me dijo—, como lo ha hecho aquí uno solo de nuestros adivinos. En esta pobre tierra todavía se piensa que el concurso fortuito de los planetas es una cosa tan cierta como las soberbias leyes que aún nos falta descifrar de la naturaleza… Si comparáramos las opiniones sobre la materia en Colombia y en la antigua Grecia, la victoria de la astrología no sería pequeña, y vería usted si podían salir airosos los mejores pensadores de aquella época, y la tremenda opinión que tendríamos sobre su manera de entender la ciencia”.

Se interrumpió aquí la conversación, y fue menester citarnos para otra ocasión.

III.

El siguiente martes me llevó a la sala de humanidades. “Acá están los poetas —me dijo—, es decir, los autores que tienen por oficio encadenar los sentidos, y ahogar la razón a fuerza de versos bonitos, tal como en tiempos antiguos se enterraba bajo hermosos sepulcros a los hombres ricos. Bien los conoce usted, pues no faltan en las provincias, donde parece que el sol brilla para encender la imaginación de quienes allí habitan. Estos de acá son los poemas épicos…” “¿Qué significa eso de poemas épicos? —la interrumpí—. “La verdad es que no sé. La gente instruida dice que solamente lo son La Ilíada, La Odisea y La Teogonía; que los demás, por más que así los quieran llamar, no lo son ni lo serán jamás. Añaden que no es posible escribir obras parecidas, y esto es más extraño todavía”.

“Estos de acá —continuó— son los que componen tragedias, que a mi modo de ver son los poetas por excelencia, y los dueños de nuestras pasiones más excelsas. Muy cerca suyo están los autores de comedias, que señalan nuestros vicios con una ingeniosidad estupenda. Estos son los que escriben sobre otros autores, los recopiladores, que desprecio tanto como aprecio los anteriores. Luego vienen los líricos, que cifran su arte en la melodía y el ritmo, y que atormentan con sus rimas a quienes tienen sanos los oídos. Esos de allí son los más peligrosos de cuantos hasta aquí hemos visto, y son los que afilan epigramas y aforismos, que son cuchillos penetrantes que hacen hondas llagas en los heridos, y para las que aún no existe remedio alguno conocido. Vea usted aquí las novelas, cuyos autores no son más que malos poetas, que exageran a la par la lengua del corazón y la cabeza, y pasan sus vidas escarbando en las intimidades ajenas, pero sin acercarse nunca a las profundidades de su naturaleza”.

“Yo sufrí leyendo muchas de estas novelas y poesías —le dije—, pero de haber sabido que existían tantas parecidas, me hubiesen disgustado más todavía. Son tan poco naturales como los querubines celestiales, y atadas en extremo a pequeños ideales: por veinte capítulos de trivialidades se necesita pasar antes de que una mujer se anime a envenenar a su amante. No siendo, pues, posible que haya variedad en los sucesos, sus autores se valen de inventos peores que los males que pretenden solucionar con ellos, como son los hechos mágicos y los portentos. Porque supongo que no se acomoda usted con el relato de un mago que hace brotar de la tierra un ejército de dragones alados, ni con un coronel retirado que espera por una carta durante más de treinta años. Pues esas son nuestras novelas: aventuras tan insulsas que nos empalagan la cabeza, y que si alguna idea nos dejan al finalizarlas es que mejor habría sido no leerlas”.

IV.

Hoy recibí esta carta de parte de un reconocido erudito, y no dejó de sorprenderme lo que en ella hallé escrito:

“Seis meses ha que reclamé gran parte de una herencia familiar. Cosa muy agradable es tener un caudal, cuando se le sabe emplear. Yo no soy ambicioso, ni aficionado a los artículos lujosos, y casi siempre estoy encerrado en mi propio manicomio, donde vivo a mis anchas como un auténtico loco. Acá es donde reside un amante más de la venerable antigüedad”.

“Antes que entre colombianos, me habría encantado nacer entre los antiguos griegos o romanos. Pero no tuve esa suerte, y hube de conformarme con lo poco que me ofreciese la Colombia del siglo veinte. Verdad es que gracias al trabajo de mi familia en tierras colombianas pude adquirir estas preciosidades persas que hoy adornan mi casa. Hace pocos días me salí del negocio del café, para comprar una réplica de la escultura que Praxíteles hizo de Friné. También he vendido una de las fincas agrícolas que tenía uno de mis tíos, para adquirir un espejo que perteneció a Diógenes el cínico, y tengo la satisfacción de ver reflejada en él mi cara, como alguna vez se reflejó la de aquel sabio al que nada le importaba. Además, he comprado una moneda de cobre que circuló en la Roma de los doce emperadores. No creo que en toda mi casa haya un solo mueble fabricado después de la caída del sacro imperio romano. Poseo una pequeña colección de textos escritos en griego, y a pesar de que me he devanado los sesos tratando de entenderlos, quiero seguir sirviéndome de ellos, puesto que los libros traducidos no son tan correctos, y cualquier idiota puede leerlos. Aunque nunca he atravesado las fronteras de esta tierra maldita, no por eso tengo menos intenciones de conocer las vías que en tiempos de los romanos existían. Hace poco leí sobre un camino que hay en Gran Bretaña, construido por un procónsul de las Galias, justo dos semanas antes de que al nazareno lo crucificaran. Pero me tiene muy molesto que hayan puesto en él incontables postes de cemento, de trecho en trecho, para señalar la distancia que hay entre los pueblos, y me enfurezco al ver en fotos todos esos adefesios, en lugar de las preciosas columnas que había en otros tiempos; por eso estoy dispuesto a hacer que algún día las restablezcan esos británicos majaderos, dejando debida constancia de ello en mi testamento”.

Antes que entre colombianos, me habría encantado nacer entre los antiguos griegos o romanos. Pero no tuve esa suerte, y hube de conformarme con lo poco que me ofreciese la Colombia del siglo veinte. Verdad es que gracias al trabajo de mi familia en tierras colombianas pude adquirir estas preciosidades persas que hoy adornan mi casa.

“Si tiene usted, amigo mío, algunos manuscritos antiguos, me haría un gran favor si quisiera compartirlos. Estoy dispuesto a pagar lo que me pida por ellos, dándole, aparte del precio, algunos de mis textos inéditos, que le probarán que no soy un miembro inútil de la república literaria de los griegos. Notará usted, entre otras, una obra donde hago ver que la quinta línea del primer discurso de Demóstenes sobre la corona es enteramente apócrifa, y le pasmará aún más una que corrobora con completa seguridad, después de revisar los fragmentos de una carta de Juvenal, que un simple carnicero fue el primero en pronunciar la famosa frase “divide y vencerás”; se sorprenderá también con una breve reseña en que demuestro que Pericles era un hombre de cabeza pequeña. Fuera de eso le enviaré un libro, dividido en ocho tomos y cuarenta y cinco capítulos, en que comparo las similitudes entre un verso de Homero y otro de Virgilio… Pero mejor paro acá, porque tengo que abordar un asunto de suma gravedad, tratándose de enmendar un epigrama de Marcial, desfigurado lastimosamente en época medieval”.

V.

El hombre de cualidades intelectuales casi nunca es bien recibido en las buenas sociedades. Pocas gentes le impresionan; se aburre con personas que se empeña en tener por toscas; es imposible que deje de mostrar que le incomodan, y así se granjea toda clase de enemistades enojosas. Queriendo agradar apenas cuando le nace, no se cuida demasiado en ser agradable. Es inclinado a criticar, porque ve más cosas que los demás, y las examina a mayor profundidad. Siempre gasta más de lo que tiene. Le salen mal sus proyectos, puesto que le juega todo lo que tiene a ellos. Su mirada, que abarca un largo trecho, le muestra objetos que parecen estar muy lejos, razón por la que le hacen menos impresión las dificultades que proceden de ellos, que sus correspondientes remedios, que encuentra siempre dentro de su propio intelecto. Por regla general, es el hombre mediocre quien consigue la aprobación universal. Todo el mundo se complace en darle a él, y en quitarle a aquél. Mientras la envidia se ceba con el que piensa, y nada le perdona, lo suple todo en favor del que no usa la cabeza, declarando en su abono la imbecilidad propia y ajena.

Y si a tantos inconvenientes vive sujeto el hombre inteligente, ¿qué diremos de la suerte de quienes apenas comen lo que leen? Siempre que pienso en su desdicha, me acuerdo de la carta de un sabio a una de mis amigas, la cual copio enseguida:

“Querida amiga, yo soy un hombre que puede pasar diez noches seguidas observando los astros que sobre nosotros giran, y cuando quiero descansar la vista, agarro un microscopio y examino la anatomía de una pulga o una hormiga. Soy muy poco comunicativo, y no conozco a uno solo de mis vecinos. Mas aunque no tengo tratos con nadie en mi barrio, tengo en él tal fama de hombre extraño, que al cabo me veré forzado a mudarme para otro lado. Cinco meses hará que me llenó de improperios un vecino, por haberle hecho a su nieta un hijo que según él era mío. La propia nieta se puso de su parte, y mientras me echaba mil maldiciones por preñarle, su hermano mayor intentaba acuchillarme, a mí y a tres perros de la calle, a los que estaba alimentando en ese instante. Desde entonces, cada vez que pasa frente a mi casa alguna mujer embarazada, de inmediato mis vecinos fallan que ha pasado antes por mi cama. Otra vecina, que se le había perdido a su marido, se vino el otro día a desmayar justo encima mío, y como le dije que no podía dormir conmigo, se puso a gritar que yo era un pervertido. Creo que nunca me libraré de la malicia de estas mujeres, que con sus proposiciones indecentes me atormentan continuamente, profetizándome una pronta muerte si no accedo a lo que quieren”.

A casi todo sabio lo acusan de loco resabiado, lo cual no tiene nada de extraño. Cada uno de sus enemigos se vive diciendo a sí mismo: “Yo tengo tanto talento como el autor de este o aquel libro. No obstante, ese hombre me lleva ventaja: es fuerza que tenga tratos con el diablo o con la mafia”. Hoy, cuando ha empezado a pasar de moda semejante tipo de acusación, ha tomado otro color, y apenas puede el desdichado escritor evitar que le acusen de homofóbico o acosador. No importa que a la larga su inocencia quede demostrada: ya se abrió la llaga, que nunca quedará bien cicatrizada. Veinte años después le dirá con mucha hipocresía la joven feminista que le hizo perder gran parte de su vida: “La verdad es que no creía que fuera usted culpable de lo que decían; lo que sí sé es que se vio obligado a explicarse ante el tribunal de justicia de la prensa hablada y escrita. De manera que su sola necesidad de justificarse fue la que acabó por perjudicarle”.

Si escribe una sátira política, que por suerte sea muy leída y difundida, le suscita mil querellas de naturaleza policiva. Irritarán contra él a algún periodista, por una aventura sucedida diez años atrás con una de sus primas, y por olvidarlo querrán que su palabra se haga mezquina y cautiva. Con todo esto es más libre aún que aquellos esclavos que entierran la verdad por un pequeño salario; que, si valoran todas sus imposturas, las venden a medio centavo cada una; que pisotean la constitución del pueblo, disminuyen sus derechos, y aumentan los de sus señores y dueños; que dan al político, quitan al trabajador y a sus hijos, halagan los vicios de ladrones y asesinos, y engañan a la posteridad con sus malos libros, tanto más abiertamente cuanto menos hombres de juicio existan para contradecirlos.

Mas aquí no paran los trabajos para el tipo de autor del que hasta acá vengo hablando; no paran en haber vivido aterrorizado por el juicio que de su obra harán quienes en ella se vean retratados: al cabo sale a la luz el libro que tantos quehaceres le ha dado, y le ocasiona enojos por todos lados. Pensaba algo, y en su escrito así lo ha sustentado, sin saber que otro que vivió dos mil doscientos años antes había ya demostrado lo contrario. Vaya aun si pudiera esperar algún reconocimiento. Pero no: a lo sumo, lo reconocerán aquellos que se han aplicado a su mismo género de estudios.

El pueblo desprecia a los hombres que tienen atestada la cabeza de pensamientos, y éstos le pagan teniéndolo por un idiota que nunca usa el cerebro.  Entre tanto, los que profesan un excesivo gusto por lo mediano quisieran que se sepultara a todo el linaje humano en el mismo olvido en que ellos serán sepultados. Aquel a quien le hace falta un talento se desquita haciendo alarde de despreciarlo por completo, y removiendo ese obstáculo que hay entre él y el mérito, se cree igual al que durante mucho tiempo se ha esforzado por obtenerlo.

VI.

He oído mentar una especie de tribunal al que llaman prensa, que es el menos respetado de cuantos tribunales hay en la tierra, porque dicen que las pocas veces que acierta, reforma el público sus sentencias, y le impone leyes que se ve obligado a seguir para garantizar su supervivencia. Mucho tiempo hará que para asentar su autoridad publicó el código de su verdad; código hecho a la medida de un par de viejos, cuyos hijos ya están muertos, y cuyos nietos toman hoy parte en los altos cargos del gobierno.

Los miembros de este tribunal no tienen más ocupación que opinar para escandalizar. La mentira y la calumnia se introducen naturalmente en sus artículos y columnas, y una vez están iniciados en la impostura, les entra la manía de la censura, que no los abandona nunca. Tiene este cuerpo tres o cuatro cabezas, todas repletas de contradicciones e incoherencias; sus tres o cuatro bocas no articulan más que ideas ajenas, y sus orejas desean que siempre resuene en ellas la grosería, el irrespeto y la indecencia. De sus ojos hay poco que saber, porque al parecer su oficio consiste en mirar y no ver. No se tiene en pie más que un momento, porque el tiempo, que no conserva sino lo bueno, le embate sin aspavientos, y destruye lo poco o mucho que haya hecho. Dicen que siempre tuvo manos muy codiciosas, cosa que a mí no me consta, y que por tanto dejo que decidan quienes conozcan mejor su historia.

VII.

En esta hablaré de novelistas y poetas, en especial de los que se juntan en festivales y ferias, donde cada año halla ocupación su ociosidad y su pereza. Son los miembros más inútiles del Estado, y cien años de su palabrería han producido lo mismo que hubiera resultado si se hubiesen quedado callados. No obstante, se creen sujetos muy importantes, porque discurren sobre magníficos ideales, y defienden posturas netamente liberales. El fundamento de sus conversaciones es una frívola y grotesca chismosería; no hay secreto matrimonial que no presuman penetrar; saben cuántos amantes tiene el político más insignificante, cuántas veces les hace el amor antes y después de acostarse, y dormirían ellos mismos en su cama con tal de enterarse de las medidas que están próximas a tomarse. No bien han concluido con el presente cuando se lanzan a hablar de lo que viene, y poniéndose el traje de videntes, opinan sobre lo que en el mundo ha de evitarse y hacerse. Cogen de la mano a un ministro medio tonto, y alabándole por un liderazgo que no tiene, le prescriben otro que jamás tendrá tampoco. Lo mismo hacen desaparecer pobres que aparecer ricos, y destruyen siglos de desigualdad con un solo golpe de su progresismo; tienden puentes sobre cada río, pavimentan y embellecen todos los caminos, industrializan el campo y educan al campesino, y demuestran que de los problemas que resuelven en sus escritos no ignoran sino la manera de sufrirlos.

Hace unos días leí por casualidad una columna periodística, firmada por uno de estos novelistas, que guardé por parecerme tan reveladora como ridícula, y que más o menos algo como esto decía:

“Rara vez me engaño yo en mis proyecciones políticas. A mediados del año pasado, pronostiqué que el centro se quedaría con la cámara y el senado. Verdad es que como aún vivía Álvaro, temiendo que se rieran de mí sus fanáticos, lo anuncié en términos algo enigmáticos, al punto de que invité a votar por él y no por mi candidato. Así que procuraré ser un poco más claro en las elecciones del próximo año… Yo soy el vasallo más celoso de los bienes del pueblo colombiano. Yo fui quien animé a uno de mis amigos a escribir un libro en que se demostraba que Ernesto era el hombre más digno de cuantos gobernantes han merecido el renombre de dignos. Hace mucho tiempo que estoy componiendo un poema épico que será todavía más honroso para la historia de este pueblo, si algún gobierno se digna a protegerlo, siendo mi ánimo probar que nunca ha sido vencido por las armas nuestro ejército, y que cuanto se ha hablado sobre sus abusos son meros inventos. En muchos pasajes me veo obligado a aconsejarlo, para abstenerme de censurarlo, y me jacto de que lo que más reluce en mi obra es su tono democrático… etcétera”.

Acá hay gentes que se aplican juiciosamente a las letras; no sé, empero, por qué todas ellas escriben novelas. Presumir de ingenio es la manía por excelencia de los bogotanos, y la manía de los que presumen de ingenio, componer novelas, cuentos o relatos.

Acá hay gentes que se aplican juiciosamente a las letras; no sé, empero, por qué todas ellas escriben novelas. Presumir de ingenio es la manía por excelencia de los bogotanos, y la manía de los que presumen de ingenio, componer novelas, cuentos o relatos. No hay, sin embargo, algo peormente imaginado. La naturaleza ha dispuesto que las cursilerías de los hombres sean efímeras, y las novelas bogotanas las inmortalizan. Sus autores deberían contentarse con haber aburrido a cuantos vivieron con ellos, y no hacer penar con su ingenio a los hombres de los tiempos venideros; quieren que su talento triunfe del olvido, que sepa la posteridad que una vez estuvieron vivos, y que no ignore que fueron tipos supremamente aburridos.

Si se me pregunta, diría que los escritores que más desprecio son estos novelistas, que por todas partes van recogiendo chismes de cocina y que, con su prosa afectada y ridícula, imprimen fruslerías que a no ser por su editor nadie leería. Quisiera que al menos respetaran al chismoso de la cocina, pues se me figura una especie de conducta abusiva sacar las ideas de donde inicialmente fueron concebidas, exponiéndolas a una simplificación que quizá no tienen merecida.

Escribo sobre este tema porque estoy que reviento por una novela que no pude leer completa, tan abultada que parecía contar la historia de la humanidad entera; pero me he quebrado la cabeza con ella, y no he aprendido sino a compadecer a una vieja llamada Eva.

Álvaro, domador de caballos

I.

El presidente eterno de Colombia es viejo, y no hay ejemplo alguno en nuestros anales de un hombre que haya gobernado el país durante tanto tiempo. Dicen que posee el talento de hacer que en todo le obedezca su séquito; por las mismas reglas gobierna su familia, sus caballos, sus mulas y sus fincas, y muchas veces le han oído declarar que el gobierno que más le gusta es el militar, o el de alguna monarquía oriental, ya que para él el ejercicio del poder ha de ser estrictamente dictatorial.

He estudiado su naturaleza, y hallado en él contradicciones que no caben en ninguna cabeza: tiene un lacayo fiel que en todo le suele obedecer, pero que es tan brillante como aquel Margites que se casó sin saber lo que tenía que hacer con su mujer; es adicto a su religión, pero no puede sufrir al pastor que le insinúa que hay que saber perdonar para poder pedir perdón; evita y le tiende trampas a la ley, y quiere que quien lo juzgue no se atreva a decirle lo que debe hacer; le gusta contar muertos, y le asusta tanto ver a un hombre recto al frente de sus ejércitos, que preferiría cedérselo al bando contra el que furiosamente está combatiendo. Creo que posee más caudales que cualquier otro gobernante, y aun así vive lamentándose de su pobreza como si fuese un monje mendicante. Se complace en remunerar a quienes mejor lo saben adular, pero con tal largueza premia su fidelidad, o más bien su mediocridad, que de todos ellos sospecha que algún día lo van a traicionar; a veces el que le presta por una noche a su querida, o el que le cede la silla de la mesa en que toma su comida, es preferido al que ha aniquilado heroicamente a cien tropas enemigas. Piensa que no debe ponerse límite a la generosidad de un gobernante en la distribución de favores personales, y sin averiguar si posee algún mérito quien los ha recibido, cree que lo tiene porque él mismo lo ha escogido, de suerte que se le ha visto señalar de traidor a quien alguna vez escogió como sucesor, y entregarle el gobierno que siguió a uno que en servir para nada se especializó. Es bondadoso y humano, especialmente con los caballos, y tiene más establos en sus casas de campo, que un techo para ofrecerle a un solo colombiano necesitado. Su escolta es tan grande como la de los viejos reyes orientales; tan numeroso su ejército privado, tan vastos sus recursos y tan inagotable su erario.

El presidente eterno de Colombia es viejo, y no hay ejemplo alguno en nuestros anales de un hombre que haya gobernado el país durante tanto tiempo. Dicen que posee el talento de hacer que en todo le obedezca su séquito; por las mismas reglas gobierna su familia, sus caballos, sus mulas y sus fincas.

He aquí algunos apartes de lo que sobre él dijo ayer en la radio nuestro actual jefe de Estado:

“Siempre hubo señales patentes precursoras del nacimiento de nuestro amado presidente, como si la naturaleza hubiese padecido una especie de crisis al tenerle, y con sumo esfuerzo lo hubiese engendrado la omnipotencia celeste. Ningunas fueron, en efecto, tan portentosas como las que acompañaron a Don Álvaro en su nacimiento. Dios, que por los altos juicios de su providencia había determinado enviar un soldado para encadenar al diablo, dos mil años antes de la creación puso su orina en un vaso, que transmitiéndose de uno a otro santo, y de uno a otro abuelo de Álvaro, se detuvo en él al cabo, en prueba de que era descendiente auténtico del padre eterno y bienaventurado. Para honrarlo, no permitió que nadie más fuera en ese día alumbrado, ni que ningún otro niño fuese circuncidado. Vino al mundo ya con la circuncisión y, tan pronto nació, brilló en su rostro la valentía y la decisión; tembló aquella noche la tierra, cual si lo hubiera parido ella; se postraron los dioses falsos, se derrumbaron los templos budistas y mahometanos, fue despeñado en lo hondo del mar el diablo, no salió de allí hasta que hubo nadado durante cinco años, y huyó a suelo venezolano, donde finalmente armó su ejército de demonios malvados. Esa noche puso Dios un obstáculo entre el hombre bueno y el malo, que éste no pudo atravesar por más que quiso intentarlo; perdió su fuerza el comunismo, y con él el terrorismo, y se oyó un grito divino que resonó en todos los oídos: “he enviado al mundo a quien debí enviar en vez de mi hijo”.

“Cuenta Josefo Belisario, historiador bogotano, que para criarlo se juntaron generaciones de pájaros, de nubes y árboles, y todos los escuadrones de ángeles, queriendo granjearse el honor de educarle. Decían los pájaros en sus gorjeos que lo conveniente era que lo criaran ellos, porque con más facilidad podían hacerle atravesar los cielos. Los árboles, murmurando, replicaban: “nosotros somos mejores, pues le podemos alimentar con frutos frescos de todos los sabores”. “No, no —protestaban las nubes desde lo alto—, que lo dejen en nuestras manos, y lo cuidaremos de morir bajo el inclemente sol chamuscado.  Enojados dijeron entonces los ángeles: “no hay nadie mejor que nosotros para educarle, cuidarle y alimentarle”. Se oyó en esto una voz del cielo, que puso punto final a todos los argumentos: “No será criado por manos humanas, porque santas han de ser las tetas que lo amamantaran, las manos que lo tocaran, la cama en que descansara y la casa en que gobernara”.

Con pruebas tan palpables de la santidad de Álvaro, habría que tener el corazón endiablado para no adorarlo. ¿Qué más podía hacer el señor para justificar su misión, menos que trastornar su propia creación, y acabar con los pobres de esta miserable nación?

En no sé qué comedia he visto que ciertos miembros de una comisión europea, al verse en la necesidad de aterrizar en Bogotá de urgencia, decidieron bajar del avión para probar a qué sabía la almojábana con aguapanela. Los llevaron ante la presencia de Álvaro, que dictaba leyes a sus vasallos desde el lomo de un caballo, mientras azotaba a un pobre zoquete de palo, que en cuatro años no había hecho nada distinto a engordar como un marrano. Tenía alrededor de cincuenta y cuatro escoltas bien armados; un sombrero, de corte antioqueño, impedía que el sol le quemara el pelo, y un traje descolorido y viejo, que además le quedaba pequeño, lo arropaba como a cualquier pordiosero. Más altivo todavía que mal vestido, preguntó a los europeos qué se decía de él por esos días en el extranjero. Creía que su fama iba de un continente a otro: muy diferente del hombre aquel, de quien se decía que había hecho tambalear a todo el imperio inglés, éste creía que en todo el universo no se hablaba más que de él.

Cuando Álvaro se levanta de la mesa, pregona que ya pueden comer los demás habitantes de la tierra, y este bárbaro, que no cena más que sesos humanos, y es el propietario de medio país habitado, considera como esclavos suyos a los demás colombianos, y los insulta periódicamente como si se tratara de su ganado.

II.

El otro día estuve en un lugar de mala muerte en que había una conferencia de todo tipo de gente, y noté que la atención general recaía completamente en lo que decían dos borrachos que en pie ya no podían tenerse: “Confesemos —decía uno— que las mujeres de ahora son muy distintas a las que tratábamos en otros tiempos: antes eran amigables, complacientes, respetables, pero hoy son de una grosería inaguantable”. “Todo ha cambiado —dijo entonces el otro—, no es ahora como cuando todavía éramos jóvenes nosotros: veinte años atrás, todo el mundo se alegraba de vivir en Bogotá, tenía dónde dormir y dónde despertar; era feliz la ciudad, en ella sólo se pensaba en reír y en bailar, y ahora lo normal es que la gente muera de tristeza y en la más penosa soledad”.

Enseguida el primero se puso a hablar de política: “Por supuesto —exclamó—, que en estos tiempos no hay gobierno, si no, muéstreme un solo presidente que se parezca a Ernesto. Muy amigo mío era el doctor Ernesto, y amigo de los buenos; todo mi sueldo me lo pagaba él mismo y siempre a tiempo. ¡Qué bien arreglado estaba el palacio! Era rico el pueblo colombiano, y de esos buenos años no le queda ya ni un mísero centavo”. “Habla usted, caballero —interrumpió de inmediato un tercero— del tiempo más portentoso que jamás conoció este pueblo. ¿Puede encontrarse algo más democrático que lo que en aquella época hizo Ernesto para acabar con el narcotráfico?” “¿Y le parece a usted poca cosa que con él se hayan acabado para siempre las bombas?” —añadió otro que hasta ese instante no había abierto la boca”. “Muy cierto es lo que han dicho —me dijo en voz baja un desconocido—. Estos son los auténticos liberales, quienes con tanto escrúpulo defienden sus ideales, que desde hace treinta años aguantan hambre mientras vagabundean por las calles”.

Se me figura que siempre juzgamos el progreso en virtud de cierto retroceso, y no me maravillo de que todavía haya quien añore los malos tiempos de Ernesto, de que el pueblo colombiano quiera seguir mamando eternamente de las tetas de Álvaro, y de que considere a quienes lo han saqueado como seres divinos e inmaculados, que vinieron a morir en su nombre crucificados. Muy bien se ha dicho que, si hicieran un Dios los triángulos, seguramente le darían tres lados.

III.

Muchos tipos de gobierno he conocido desde que empecé a amigarme con los libros, que no es ahora como en épocas antiguas, donde en todas partes regían casi las mismas leyes políticas.

Varias veces me he afanado en averiguar qué clase de gobierno era el más propenso a la igualdad, y creo que es aquel que consigue el bienestar de la mayor parte de la sociedad con menos dificultad, de suerte que el más eficiente ha de ser aquel que conduce a la gente del modo como con su naturaleza mejor se aviene. Me parece que los castigos compasivos o crueles no son los que hacen que sean obedecidas las leyes. En los países donde las penas son moderadas, las temen tanto como en aquellos donde son horrendamente tiránicas.

He visto que tanto en los gobiernos crueles como en los compasivos son siempre graduales los castigos, y más suaves o estrictos, según sean más leves o graves los delitos. La imaginación y la consciencia se adaptan naturalmente a las costumbres de nuestro lugar de residencia: la sola amenaza de ser encarcelado, o apenas una insinuación de que será acusado, hacen tanta impresión en el ánimo de un hombre criado en un país democrático, como asusta la pérdida de un brazo al que creció en uno tiránico. Cierto grado de privación se mira con cierto grado de preocupación, y cada cual toma parte en él como lo puede hacer mejor: la desesperación sume en el más hondo dolor al inocente condenado al mismo mes de prisión que no le quitaría un solo día de sueño al experimentado ladrón.

No noto, por otra parte, que en China, en Colombia o en Siria, se observe mejor la equidad y la justicia que en Dinamarca, Finlandia o Suiza, ni que disminuyan las conductas delictivas por el temor a las duras penas que las castigan. Por el contrario, contemplo en esos Estados un manantial eterno de vejaciones a los seres humanos. Encuentro a la policía, que allí es la ley misma, más cruel y abusiva que en cualquier clase de tiranía. Veo que en las épocas de mucho rigor y obediencia se producen continuamente motines y revueltas, y que cuando finalmente cae el tirano o el déspota, nadie conserva la suficiente sensatez para acabar con la violencia; que esa nueva forma de violencia fortifica la pobreza y la aumenta; que estos países viven de revuelta en revuelta, y que en ellos no media intervalo alguno entre una y otra guerra; que la menor diferencia política produce una gran masacre campesina, tan prevista para quien la ordena como imprevista para sus víctimas.

IV.

En días pasados fui a almorzar con un abogado, que me invitó a comer para que le costeara su plato, y a quien le dije una vez que de comida ya estaba hartado: “Me parece, amigo, que avergonzaría usted tragando a un mendigo”. “Así debe comer —me respondió— todo aquel que quiera descollar en esta profesión”. “¿Y es que para ser buenos profesionales es indispensable que mastiquen como malos animales? ¿Acaso no pueden aprender mejores modales? “Razón tiene usted en decir que somos ordinarios, pues en verdad no nos interesa pasar por hombres educados, y eso mismo hace que nuestro trabajo sea tan necesario”.

Cuando vi que se explicaba con tanto desparpajo, seguí diciéndole: “Bueno, hace rato que almorzamos, y no he visto aún el expediente de mi caso”. “¿Cómo lo va a ver si no lo tengo a mano? No sé si lo recuerda pero, cuando acepté ocuparme de su defensa, la primera cosa que le advertí fue que no me presionara para que le rindiera cuentas. Ya tengo redactada en mi cabeza su demanda, de tal manera que no me falta más que escribirla y presentarla para ganarla. Por lo demás, ¿de qué le podría servir a usted un documento? Mis casos parten siempre de lo hipotético, y sólo pasan al papel luego de que mi cerebro los haya examinado al revés y al derecho”. “¿Y es imposible, eminencia —le dije— que los saque usted de su cabeza antes de que me toque pagar otra cuenta? Porque, al fin y al cabo, ¿para qué me sirve todo lo que usted ha pensado, si aún no está en las salas de ningún juzgado? ¿Cómo podrá juzgarse pronto mi causa si ningún juez la ha revisado? “Si entendiera usted la práctica -replicó- quizá no hablaría como habla: nosotros conocemos muchos magistrados, con quienes también almorzamos; sus almuerzos sí los pagamos, para que se hagan cargo de nuestros casos”. “¿Y a veces no toman también a su cargo el pedirles que dejen de hacernos perder el tiempo y embolatarnos? -le respondí-. Están armados para dar al traste con nuestra paciencia, y no es que ustedes se afanen mucho por socorrerla; entre tanto, los que tenemos que pagarles salimos a la palestra con armas desiguales, contra hombres que quizá hayan encontrado una forma más rápida de sobornarles”.

V.

La mayoría de los gobiernos están compuestos por hombres de cortas luces que el acaso ha puesto a la cabeza de los pueblos, y que casi nunca persiguen otro objeto que su propio antojo o provecho. Como desconocen la alteza y la dignidad de la obra que deben desarrollar, se divierten imaginando pueriles formas de gobernar, conformándose con el gusto de la gente vulgar, pero desacreditándose con quienes sí se toman la molestia de pensar. Algunos han tenido incluso la afectación de valerse de un idioma diferente al de su nación, cosa ridícula en un administrador, porque, ¿cómo se ha de obedecer a quien se expresa en otra lengua y con otra voz?

Cierto es que por los cambios naturales que proceden del tiempo, antes que de los seres humanos, a veces es necesario mudar la forma de gobernarlos, pero estos cambios son tan imperceptibles como raros, y cuando suceden se han de asimilar con extremo cuidado, poniéndoles tantos reparos, que el pueblo colija naturalmente que el gobierno de su país es algo sagrado, y que muchos trabajos habrá de tomarse quien desee cambiarlo.

Aunque la verdad es que acá siempre se gobernó muy mal, anteponiendo la riqueza particular a la equidad general. De ahí que muchas leyes sean imposibles de cumplir, y el espíritu de justicia encuentre ahí una razón para que se deban eludir: remedio peor que el mal que con él se quiere corregir. Sea cual sea la ley, siempre se ha de obedecer, mirándola como el espíritu general, al cual se debe conformar cada caso particular.

El hombre que durante tanto tiempo ha reinado en Colombia acaba de mudarse al otro barrio. Mucho dio que hablar mientras vivió, y todo el mundo calló segundos después de que murió. Tramposo y cobarde hasta en sus últimos instantes, parece que incluso a la muerte trató de sobornarle.

Confieso, no obstante, que han hecho nuestros legisladores muchas leyes obsoletas, retrógradas e imprudentes, como la de dar a los hombres algún tipo de autoridad sobre las mujeres. Ninguna cosa ocupa más inútilmente a jueces y magistrados, ninguna da tanto poder a los abogados, y ninguna perjudica más al Estado, que aquella donde el género define los derechos de los ciudadanos. Esta potestad tan injusta es precisamente la de que los hombres más abusan; es la más estúpida de las magistraturas, la única que estriba en la desigualdad absoluta, y es anterior a todas las otras locuras.

No quiero concluir sin anotar lo descabellado que es el espíritu legislativo colombiano. Dicen que de las leyes de los norteamericanos han copiado una infinidad de artículos innecesarios, y aun perjudiciales para el pueblo colombiano, y no han adoptado enteramente la igualdad que aquellos han establecido como el primer mandato de sus ciudadanos.

VI.

El hombre que durante tanto tiempo ha reinado en Colombia acaba de mudarse al otro barrio. Mucho dio que hablar mientras vivió, y todo el mundo calló segundos después de que murió. Tramposo y cobarde hasta en sus últimos instantes, parece que incluso a la muerte trató de sobornarle.

Aunque, desde luego, no sólo reflexiones morales despertó este gran acontecimiento. Cada cual pensó de inmediato en su propio provecho, y en sacarle alguna ventaja a la memoria del muerto. Como el presidente de turno, biznieto ilegítimo del difunto, no sirve sin su bisabuelo para un culo, un senador, tío suyo, ha sido nombrado nuestro capataz único y absoluto. El viejo había dejado un testamento que determinaba los puestos de los siguientes tres gobiernos, pero este hábil senador fue al congreso, y habiendo alegado sus derechos de nacimiento, hizo anular las disposiciones de su tío abuelo, que aspirando a sobrevivirse a sí propio pretendía gobernar hasta después de muerto.

Se parece nuestro congreso a aquellos restos humanos que descubrimos sepultados bajo el suelo, pero que nos revelan la existencia de algún viejo cementerio. La legalización de tiranías es casi la única tarea que practica, y es siempre una rama del poder innecesaria e indigna, a la que ninguna coyuntura podría proporcionarle algo de valor o vida. Estos vastos senados han corrido la suerte de casi todos los asuntos humanos, rindiéndose al tiempo que todo lo ha derribado, a la corrupción que todo lo ha enfermado, a la voluntad de poder que con todo ha arrasado. Pero es un mayordomo estatal que con el pueblo se quiere siempre congraciar, dándole muestras de respeto a su simulacro de libertad, mostrándosele como apoyo de su orden institucional, y vendiéndosele como cimiento de su débil legalidad. 

VII.

Aquí se siguen y desaparecen los puestos igual que los aguaceros: en apenas tres meses y medio he visto cambiar dos veces al ministro de gobierno. Hoy se asignan los cargos del gobierno inglés como los asignaban los fundadores de su parlamento, pero está muy lejos que siquiera en eso nos pongamos acá de acuerdo. Verdad es que no hilamos nosotros tan fuerte como los escoceses o los ingleses, persuadidos de que no hay diferencias entre la administración de un país y la de un pesebre.

Acá, además, se gastan más artes y se vive más lejos de la realidad. Es menester que todos los ministerios conciban sin cesar nuevos proyectos; que gasten al menos tres cuartas de su tiempo oyendo los infinitos planes de quienes atracan para ellos; que despachen desde oficinas impenetrables para el pueblo, pero sagradas para sus amigos traquetos; que tengan ocupada la cabeza en pequeñas ideas, milagrosas obras y estúpidas promesas; y que, atrapados en su mediocridad, se priven de la práctica de la honestidad, y a veces hasta de la misma dignidad.

Apenas Álvaro se mudó al otro barrio, pensaron en encontrar a un nuevo iluminado, sintiendo que se encontraban desamparados, y sin saber exactamente qué hacer para reemplazarlo. La ilimitada idiotez de su último sucesor los había disgustado, y finalmente resolvieron desterrarlo. Para el efecto crearon cinco o seis nuevos partidos, e incluso incluyeron allí a algunos de sus antiguos enemigos, pero el resultado fue tan nocivo que decidieron volver a conformar un solo cuerpo de bandidos. Cuando gobernaba Álvaro, era Colombia un cuerpo postrado con mil dolores orgánicos; su ungido llegó al gobierno, quitó la carne sana y dejó todos los huesos enfermos. Ha venido luego un hablador que emprendió su curación, y diciendo después de causarle mucho dolor que le había restituido la respiración, no hizo más que aumentarle la hinchazón.

Ahora son pobres todos cuantos hace cinco años eran ricos, y los pobres de entonces son hoy casi mendigos. Jamás se tocaron tan de cerca la riqueza y la pobreza. El charlatán aquel ha vuelto el gobierno como un sastre vuelve un trapo viejo, colocando los puños donde iba el cuello, y poniendo al revés lo que estaba al derecho. ¡Qué de males inesperados, increíbles para los mismos que por él habían votado! No convirtió Dios con más prontitud a la mujer de Adán en nada. Qué de antiguos millonarios azotados por policías armados, y acaso hasta por sus viejos subordinados. Todo esto ocasiona escenas muy raras. Los desgraciados que vivieron en la miseria hasta hace pocos años encarecen hoy su pasado, les restituyen a sus nuevos compañeros de vecindario los palos que de ellos recibieron mientras vivía Álvaro, y gritan a viva voz indignados: ahora sí todos estamos igualmente arruinados. ¡Qué desorden en el Estado! ¡Qué confusión de estratos! No se ven más gentes que se hagan a un caudal. Yo me imagino que se empezarán pronto a desquitar con sus hijos, y que dentro de un siglo no existirá ni el recuerdo de que alguna vez existimos.

Violencia y desigualdad

I.

La paz contribuye enormemente a la riqueza de la sociedad. Prueba palpable de esto son los países del norte del hemisferio, que siendo los pueblos más pacíficos a lo largo y ancho del mundo entero, son asimismo los más prósperos en sus asuntos financieros. Nada llama tanto al bienestar como la paz, y la prosperidad que a toda parte la suele acompañar: la primera se hace amar por cuenta propia, y nuestras necesidades nos llevan a los lugares donde se encuentra la otra.

En el país donde hallen los hombres tranquilidad abundante, que les permita velar por sus hijos y sus padres, la economía crecerá de manera inconmensurable. La sola igualdad de oportunidades, que por lo general produce igualdad de comodidades, infunde abundancia y libertad en todas partes, y por todo el Estado las esparce. No sucede así en las naciones sujetas al poder arbitrario de la guerra, donde casi todas las riquezas las poseen quienes viven de ella, mientras los demás gimen en la más extrema pobreza.

La paz contribuye enormemente a la riqueza de la sociedad. Prueba palpable de esto son los países del norte del hemisferio, que siendo los pueblos más pacíficos a lo largo y ancho del mundo entero, son asimismo los más prósperos en sus asuntos financieros.

Por otra parte, si uno se halla falto de comodidades, y sabe que sus hijos han de nacer para miserables, o evitará a toda costa engendrarles o, si lo hace, temerá tenerlos para condenarles a las mismas condiciones económicas de sus padres.

Bien sé que el hombre sin educación puebla su país sin reflexión, sea cual sea su situación, porque no se detiene ante ninguna precaución, y porque cuenta siempre con la herencia segura de unas manos y un azadón, que lo obligan a seguir su instinto de animal procreador. ¿Mas de qué le sirve al Estado esa inmensa muchedumbre de niños que a diario nacen en la miseria? Muchos de ellos mueren en manos de la partera, los que sobreviven casi nunca prosperan, se enferman con demasiada frecuencia, hasta que finalmente se los lleva alguna de las tantas enfermedades que engendran la mala nutrición y la pobreza; y los que de todo ello se libran llegan a la edad adulta para que los arrastren a la guerra, donde mueren a manos de otro miserable que sólo en la fuerza de las armas encontró una manera de escaparle a la indigencia.

Los hombres se parecen a las plantas, que no crecen bien donde no están bien cultivadas: la evolución humana se atrasa en la guerra, y casi siempre degenera. Un ejemplo notable de esta aserción lo ofrece nuestra nación. Es tan perjudicial su guerra, que el miedo de los jóvenes a que los involucren en ella los obliga a ser padres en edades muy tiernas, y en medio de una lamentable pobreza. Tantos nacimientos producen una multitud de pequeños que se han de buscar en las calles o en los cementerios, porque la miseria, la enfermedad, el hambre y los malos gobiernos han acabado prematuramente con ellos.

II.

En Colombia reinan la esclavitud y la desigualdad. Ni los libros, ni el mérito, ni aún las más brillantes demostraciones de heroísmo, eximen a un hombre de la muchedumbre donde se halla confundido. El reconocimiento apenas se conoce, y dicen que el primero en Colombia es el que mejores amistades íntimas hace en la noche.

Un hombre adinerado es aquel que pone a políticos, periodistas y magistrados a que le hagan sus mandados, que habla a cualquier hora del día con el jefe de Estado, y que tiene a sus nobles descendientes educándose para abusar durante muchos años más de sus paisanos. Si con esto puede disfrazar su avaricia bajo una máscara de buen empresario, o fingirse apasionado al progreso del pueblo colombiano, se presume el más feliz entre todos los seres humanos.

No hay acá otros magnates que aquellos que deciden sobre los asuntos monetarios del gobierno: son magnates por derecho natural de nacimiento, que gozan de todo el crédito que ha de pagar la parte restante del pueblo. Aquí los hombres ricos, mejor dicho, son como los magos de circo que para ejecutar sus trucos se valen siempre de la ingenuidad de los niños.

La principal divinidad de los colombianos es la cocaína, y la principal sacerdotisa que le ofrenda sus víctimas es la política. Los que en torno a ella andan van siempre muy bien escoltados, y unas veces sacrificadores, otras sacrificados, le ofrecen a su ser adorado la carne y la sangre de millones de seres humanos.

III.

No hay lugar en todo el planeta donde la fortuna sea tan mudable como lo es en estas tierras. Cada día suceden tragedias que despeñan al buen trabajador en la miseria, y encumbran al ladrón en raudo vuelo hacia la cima de las riquezas. Se maravilla el nuevo rico de lo rentable que es el delito, y el pobre campesino de lo perverso que es el destino.

Portentosa me parece la naturaleza en el modo en que ha repartido sus riquezas. Si sólo a los hombres decentes se las hubiera otorgado, no las diferenciaríamos en absoluto de lo que consideramos honrado, ni sabríamos que valen tanto como el trabajo que por conseguirlas nos hemos tomado. Aunque cuando uno examina de cerca a quienes han matado y robado por obtenerlas, a fuerza de despreciar la indecencia, acaba por despreciar las riquezas.

El cuerpo de lacayos es tan respetable en Colombia como lo es en cualquier otro lado. Siempre estuvo conformado por magnates desgraciados, abogados arruinados, periodistas mal pagos, y todo tipo de hombres enemistados de por vida con el trabajo.

El cuerpo de lacayos es tan respetable en Colombia como lo es en cualquier otro lado. Siempre estuvo conformado por magnates desgraciados, abogados arruinados, periodistas mal pagos, y todo tipo de hombres enemistados de por vida con el trabajo; por personas que cuando por sí mismas no pudieron alimentar a sus familias, lo hicieron resaltando las cualidades físicas de sus hijas, tomándolas por una especie de boñiga para abonar tierras áridas e improductivas.

IV.

Tan caras están las drogas con los crímenes que el gobierno les carga, que parece no tener ánimo diferente a que se delinca para poder comprarlas. Yo, cuanto más contemplo las matanzas a las que la droga está asociada, más le miro como la peor dádiva que la naturaleza hizo a la nación colombiana, puesto que si con algo se ha mancillado la historia de nuestro pueblo ha sido con su espíritu traqueto, que es casi la única fuente de sus episodios violentos.

Lo digo en oprobio del Estado colombiano: sus leyes vedan el tráfico de drogas a sus ciudadanos, y aun así los lleva a cometer actos que suponen una afrenta a su condición de seres humanos, mientras que estando regulado en países mejor educados, no parece que los arrastre a pagarlo perjudicando a las demás partes del Estado. Todo es contradicción en el espíritu de la ley colombiana: se supone que para formar una buena nación fue redactada, pero hasta hoy sólo ha servido para hacerla mucho más cruel y malvada.

Mas cuando desapruebo que se promulguen leyes estrictamente prohibitivas, no por ello prescribo el uso indiscriminado de sustancias psicoactivas. Sé que es natural que se busquen remedios contra el aburrimiento y la tristeza, con tanto afán como contra las otras dolencias, pero también sé que las pócimas que alegran el ánimo y suavizan las penas no ofrecen sino una pequeña realidad placentera. No hay cosa tan efímera como los consuelos sacados de las sustancias psicoactivas, la voluntad divina, la infalible astrología, y la condición humana vista como la peor de todas las desdichas. Pretender suavizar el mal con el razonamiento de que nacimos desdichados es quererse burlar: más vale sacar el ánimo de la sencillez animal, y mirar al hombre como sensible, en lugar de juzgarle sólo como racional. Mientras el cerebro esté unido con el cuerpo, sin cesar lo tiranizará a su antojo y provecho. Si el movimiento del cerebro es muy lento, si se le fuerza a aplacar los impulsos de sus sentimientos, si no tenemos una cantidad suficiente de ellos, nos apesadumbramos y nos entristecemos; pero si tomamos drogas que puedan modificar la disposición natural de nuestro cerebro, se tornará el cuerpo capaz de recibir impresiones alegres por un momento, y así goce recobrando su vida y movimiento, mucho no tardará en caer de nuevo en el más profundo abatimiento.

Epílogo

Ya creo haber viajado demasiado tiempo por Colombia. En ella he visto un país naturalmente inclinado al delito, pervertido desde el comerciante más rico hasta el obrero más sencillo, imitando ambos los vicios que encuentran reflejados en sus políticos. He visto un país entero, en que se reputaba la honradez como un bien ingénito, convertirse en el último entre todos los pueblos; cometer infamias a los hombres virtuosos y buenos, y violar la justicia con el vil pretexto de que otros la habían violado antes que ellos; invocar leyes inhumanas en amparo de las acciones más villanas, y calificar de necesaria la violencia, la tortura y la desaparición forzada.

He visto desterrados a los trabajadores del campo, pisoteados sus derechos humanos, trastornados sus sueños cercanos y lejanos. He visto políticos codiciosos, ufanos con su insolencia de hombres poderosos, indignos instrumentos del furor mafioso, gobernar para unos en perjuicio de otros, y clavar el puñal en el pecho más humilde y bondadoso. He visto otros más canallas comprar por casi nada, o apropiarse de tierras robadas, al costo de miles de familias asesinadas.

He visto encenderse en toda la nación colombiana una insaciable sed de riquezas inmediatas. He visto firmar un detestable pacto para enriquecerla del modo más fácil y rápido, no por medio de la industria y el trabajo, sino a través del narcotráfico, o de la ruina del Estado y el envilecimiento de sus ciudadanos.

He visto a un gobierno yéndose a dormir diciendo: “hoy he dejado a cientos de inocentes muriendo, mañana me levantaré a dejar morir al resto”. Otro que decía: “voy con mi ejército a asesinar a quienes debería proteger de los violentos”. “Ya veo —decía otro— que mejor no podrían ir los negocios. Verdad es que cuando tomé posesión de estas tierras, dejé en la calle a una familia entera, que acabé con la honradez de dos doncellas, y no permití que dieran sepultura a una abuela: el padre morirá sin dinero, y la madre ya ha muerto de tristeza y desespero; mas no he hecho nada distinto a lo que me ordenó con su voto el pueblo”.

Con asombro he contemplado la debilidad del pueblo colombiano: cuerpo demacrado que no se sustenta con ningún régimen moderado, sino con remedios excesivamente amargos, que le dejan exhausto, y le consumen sus miembros desgastados.

Los representantes del pueblo, que con el poder del dinero consiguen sus empleos, llegan a gobernarlo con cientos de miles de impuestos, y lo asolan como si fuese un enemigo pendenciero. Una vergonzosa dirigencia política, que sólo por sus antojos se guía, ha dejado estéril el suelo, yermos los campos, asolados los pueblos y totalmente arruinados la agricultura y el comercio.

En esta empresa criminal reina la vileza, y están expuestos a toda clase de violencias los campesinos que cultivan la tierra y los obreros que generan las riquezas. La industria estatal no está afianzada, por lo que nadie se cuida de conservarla, y no hay empresa pública colombiana que el interés de quienes gobiernan no quiera ver privatizada.

A tal punto desconocen estos bárbaros los libros, que de la guerra nunca se han desentendido; y mientras los demás países trabajan en su progreso, permanecen ellos estancados en sus viejos enfrentamientos, sin pensar en dar ningún paso nuevo, que les permita acabar con la guerra antes de que la guerra acabe con ellos. De las artes no tienen práctica alguna, o a duras penas la tienen en la literatura. Ineptos para la industria, no se rebajan a vivir de la agricultura, y piensan que hacen un gran favor al campesino permitiéndole que coseche algunas frutas.

¿Qué delito mayor que el que comete un gobierno, pervirtiendo las costumbres de un país entero, avillanando sus ánimos honestos, oscureciendo el brillo de su genio, y mancillándolo con el universal desprecio? ¿Qué dirá el hijo ignorante, cuando se vea obligado a sonrojarse por la ignorancia de sus padres? ¿Qué dirán sus nietos, cuando sepan que el hierro fue lo único que aprendieron a utilizar sus abuelos? No dudo que muchos se verán tentados a borrar de su historia un largo trozo de memoria que los deshonra, y que dejarán a esta generación deshonrosa sepultada en la parte más honda de alguna tierra pantanosa, en que se ha precipitado ella propia.

Esta es, en realidad, la verdadera imagen de nuestra sociedad, que antes de que empiece a pensar, seguirá siendo una simple espectadora de los progresos de las demás. ®

* Véase Cartas Persas, de Montesquieu. Primer Epistolario, aquí.

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Publicado en: Narrativa

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