Caminos de fuga

Diario de un espectador, XXIX

Las cosas cotidianas resultan a veces las más importantes. Unos novios que se pelean bajo la lluvia. Una familia que ríe mientras camina en la noche y un audaz bladerunner torea autos en la avenida Vallarta. La poesía de Merwin y las canciones de Jaime López, la autobiografía de Graham Greene. Tantas cosas…

Jaime López.

Atmosféricas. El guayabo y el jazmín le platican a la noche. El rojizo resplandor crece como un incendio en el corazón. Va un poema de W. S. Merwin traducido brillantemente por Juan López Vergara Newton y Sergio Ortiz.

Lugar

El último día del mundo
yo quisiera plantar un árbol
para qué
no por la fruta
un árbol frutal
no es lo que plantaría
quiero un árbol que esté
en la tierra por primera vez
cuando caiga
el sol
y que el agua
le toque las raíces
bajo la tierra llena de muertos
y que las nubes pasen
una por una
encima de sus hojas.

* * *

Unas cuantas escenas callejeras. Los novios se pelean bajo la lluvia, gritos y lágrimas oídos desde una lenta bicicleta que pasa. Padre e hijo tras las guayabas, trepan al árbol que está en la calle y ríen mucho. La familia que avanzaba en la noche, también muerta de risa: el papá y la mamá, cada uno empujando sendo carrito de verduras, con un chiquillo en cada uno, son ejemplo de entereza y alegría. Un Blade Runner extraordinaire atraviesa Vallarta, toreando a cuerpo limpio los coches, a la altura de Simón Bolívar, enfrente, justo, de la casa de Chato y Conchita, o sea de la casa del Doctor Farah, hoy en día el delicioso café de Los Arrayanes y sus estupendos patios y jardines. Ese bleidruner, entonces, somos todos sus aprendices. La vida, ah, qué espectáculo.

* * *

Jaime López es un genio. Es el más underrated de nuestros trovadores, es más, es el mejor. Es, toute proportion gardée, nuestro Lou Reed, por la actitud; nuestro Bob Dylan même, por la maestría en sus letras. Vale unas diez veces más que Milanés o Rodríguez, ídolos de la secta de Morralito Venceremos. Es también nuestro Jacques Brel por su dicción y su eficacia para transmitir lo que canta. Puede que se parezca a Maxime Le Forestier en su cruda dulzura… en fin. Su lírica es tan buena o más que la del Sabina. Desde Toncho Pilatos nadie en este país había sabido blusear como el señor López, maestrísimo. Va la letra de una canción preciosa que se llama “Arar el aire”.

Ven que quiero hablarte al oído/ tararear la melodía muy muy suave/ mientras toca un grupo a lo lejos/ imagina que a tus pies/ está el cantante/ creo estar haciendo tierra/ a pesar de los pesares/ o es si no que sólo estamos/ ai nomás arando el aire/// ven amor recárgate en mi hombro/ haz de cuenta vida mía que es un baile/ desconéctate por un momento/ no hagas caso del desdén y del desaire/ siento que se van haciendo/ nuestros sueños realidades/ o si no es que sólo andamos/ ai no más arando al aire algo habrá tras nomás/ andar arando al aire/// toma lo que queda de mi cuerpo/ sigue dura la batalla allá en la calle/ te daré el jardín de las delicias/ con las lágrimas más negras de este valle/ estos corazones nuestros/ laten a una misma sangre/ o si no es que sólo andamos/ ai nomás arando al aire/ algo habrá tras nomás/ andar arando al aire/ algo habrá tras nomás/ andar arando al aire/ algo habrá tras nomás/ andar arando al aire/ algo habrá tras nomás/ andar arando al aire.

Tiene otra canción no olvidable que se llama “Ay Inés”: “Ora resulta que te gusta Juan/ de mis amigos puede decirse el más vulgar…”.

* * *

Un puñal en la muñeca, un hachazo en el corazón, tres lanzas en el sexo, un venablo en cada ojo, ay, cazadora, mira cómo me has puesto. Cazas de noche, ay Cretense del alucinante jardín triangular, y nunca supe escapar a tus suaves venenos y al aliento de tus senos diminutos, a tu pelo de delirio, a tu toisón castaño. Cuatro flechas en el costado, sansebastián de petatito, una bayoneta en el alma y aquí la tengo enfrente y todavía llora versos, ay Diótima de mis más negros y dorados días en el último piso de un hospital de ultramar. Ahuates en la planta de los pies, hormigas rojas en el ánima, días y noches —como quinientas— sin conocer tus días, ay Rojizo resplandor.

* * *

Ways of escape. Así se llama una autobiografía de Graham Greene. La otra autobiografía va encontrándola uno al paso de toda su obra deslumbrante. Vías de escape. Caminos de fuga. Atajos monte arriba. Gran lección: en toda circunstancia y lugar se ocupa tener una alternativa de fuga. Ante una banda de rufianes o enfrente de una mujer desvestida. Saber hacerle el paso del desdén a otras musas peregrinas. Y luego vivir para contarla. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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