Carta a Rimbaud

Cuánta maldad estéril y gratuita hay en sus versos

Usted, Rimbaud, no fue destinado a las islas de Oceanía, a los paradisíacos calabozos de la más remota y antigua Mar Océana, donde los milenios no han transcurrido, empalmados como están en un resinoso, pringoso, espeso presente, sino a la no menos arcaica Abisinia.

Una de las escasas fotografías de Arthur Rimbaud que se conocen.

Bien, espero que usted haya quedado harto
de tomar café, de fumar en pipa y de dar latigazos a los esclavos en Abisinia:
su numerosa progenie es igual de enfática y destructiva,
imbuida en ese afán pueril de destruir el mundo, de estrujarlo
como si fuese una caja de golosinas. Cuánta maldad estéril
y gratuita hay en sus versos, como si hubiera sido usted un demonio
arrojado a la tierra a sembrar entre abrojos su holgazanería,
a empollar el huevo de oro donde las serpientes abundan
y construir con palabras un cosmorama, destinado a entretener
las pesadillas del lumpen proletariado. Debió ser usted
un capitán de industria, un banquero o el timonel
de un bergantín transitando cargado de esclavos aguas arriba
por el Nilo, un barco de papiros pegados con saliva envenenada
y estampados con fórmulas rituales e instrucciones milenarias
para el culto y las costumbres cotidianas, como una suerte
de Deuteronomio, que las generaciones postreras leerían
como una suerte de Mahabarata pequeñoburgués, redactado
sobre las rodillas, en las grandilocuentes barricadas de la Comuna. 

Sólo la Francia, después de la sangrienta evacuación de intestinos
que significó su Revolución, tuvo ánimos para apropiarse de Argelia:
durante un cuarto de siglos, los ideales navegaron por las alcantarillas
como un Marat leproso y esmirriado, hasta que fueron a dar al océano,
donde las saladas olas reanimaron algo parecido al orgullo nacional.

Usted, Rimbaud, no fue destinado a las islas de Oceanía,
a los paradisíacos calabozos de la más remota y antigua Mar Océana,
donde los milenios no han transcurrido, empalmados como están
en un resinoso, pringoso, espeso presente, sino a la no menos arcaica
Abisinia, como un caballerango del pequeño capital, como un burgués
de provincias, como un cowboy de Charlestown que soñaba
desde la adolescencia con las arenas doradas del Far West. A traficar
con marfil y con esclavos en los suburbios del Negus, descendiente
de la reina de Saba, en un país más civilizado y prestigioso que Francia,
donde sus delirios pequeño burgueses habrían de cobrar cuerpo y sentido
para un granuja que aspiraba a convertirse en hombre de bien
por la vía más directa, la de la delincuencia internacional, y que, por tanto,
ya no los apreciaba. Esos alcázares suburbanos festonados por banderolas
de fábricas, con silbatos en lugar de olifantes y vagones de carbón
en lugar de elefantes: ya no entendió usted la gramática de la selva
que se traga al hijo de familias como la ciénaga a un mosquito petimetre.

Cuántos jóvenes poetas hispanoamericanos ataron su esqueleto como un jamelgo al travesaño de una farmacia, disfrazados de anarquistas, de comunistas, de poetas de vanguardia, cuando en realidad sólo eran alcohólicos y homosexuales, unos fantasmones del siglo XIX devorados por el cenagoso sol del trópico o la tromba solar del desierto, sudando su librito bajo el sobaco,
subrayado y parafraseando sus versos mal traducidos —aun así, su poesía, como la de Saint–John Perse, suena mejor en castellano que en francés, ese idioma que se nos ha vuelto tan remoto—, poetas enclenques sosteniendo su calavera adherida a las vértebras del cuello como si llegaran de un enjoyado prado de guillotinas.

Qué manera de enloquecer de estos muchachos, tomándolo a usted
como coartada y pretexto, qué decisión de morir antes de los cuarenta años:
el olvido es hoy su Abisinia, su Siberia, su océano Ártico.

Qué infiernillos aldeanos para ellos que vivieron sólo en temporadas,
en espasmos epilépticos. ¿La vida está en otra parte? La muerte está en todas
y llega de manera infalible, sin boato ni aquelarre, sin enigma ninguno.

Cuántas iluminaciones debieron sufrir por parte del sol que se propaga
a través del níquel y el aluminio de los automóviles, en los estacionamientos
donde estos poetas lavaban coches mientras se drogaban con pegamento
y tinta para calzado, la tinta mallarmeana con la que escribieron blasfemias
en la página de seda tensa del aire. Cualquier suburbio fue su Xanadú,
infestado por demonios en pandilla que los asaltaban y los golpeaban.

Usted es el vidente, yo un pobre rey tuerto del sentido común;
no soy el autor de mi existencia sino sólo su cáscara, su osamenta, su víctima,
que alguna vez, una vez sola dio vueltas al caleidoscopio de la locura
en una habitación sobre el voladero, a diez metros del parque Pushkin
donde una vieja indígena había instalado su aquelarre y tzompantli
en torno al pequeño altar que erigiera a Tlazoltéotl y que no era
más que un pequeño montículo de basura. Pero el prójimo es el censor
más arbitrario y atrabiliario. Si usted igualó un cuadro
de Ezequiel y/o Daniel, yo nunca vi el color de las vocales
ni las fábricas transformadas en mezquitas. Sólo una tribu de labios
estampados en el aire, camino de los túneles del metro Cuauhtémoc,
labios sedosos y fértiles, floreciendo en el aire, encima de cinturas
como anillos, en una composición estilo Joan Miró, como runas
y ruinas de un zarpazo sexual que todo lo avasallaba en torno.

Los ojos, como las pinzas de un Cangrejo, apuraban
su voluptuoso objeto, tomándolo por debajo y por la izquierda,
haciendo caso omiso de toda ley de simetría. Las cosas
se hacen esperar durante siglos y luego se precipitan
de súbito: esa danza de bellos esqueletos meneando
de manera flexible y voluptuosa sus cabelleras, mientras
sus carnes bien esculpidas los seguían un metro detrás
como tiernos animales marinos, salaces, prehistóricos:
yo, cíclope del sentido común, rey tuerto entronizado
por el deseo, miraba en cada una de ellas una Galatea montaraz,
mientras ellas me respondían con párpados complacientes,
ofendidos: nadie jamás las había mirado de esa manera,
con el revés de cada párpado, donde se halla estampado
un caracol, un bastoncillo, un caballito de mar
pendiente de sus ancas, de sus espaldas nerviosas,
de sus vigorosos hombros, de sus ojos palpitantes.

El arco iris de los cinco sentidos se reflejaba en el triángulo pélvico
de las muchachas, desde donde me fulminaba con unos colores
aún más puros: mi novia indígena y mi criada española
se multiplicaban como dos panes, como dos peces en esa cornucopia
callejera, como una marejada que no parecía conocer un término.

Esqueletos y cuerpos sincronizados en una danza tan ascética
como voluptuosa, aguardando a que mi cuerpo y mi alma
se unificaran y luego se multiplicaran también para dar término
a la múltiple persecución faunesca. En los puestos de revistas,
inmemoriales en su fragilidad, las modelos desnudas tiritaban
expectantes en su intemperie, aguardando también la consumación
del rito urbano y pagano. El gusano del mezcal, más picante
que el gusano del dogma, embestía con su cabeza la médula
de mis huesos. Mi cabeza era un jarro lleno de ecos precortesianos,
así como del picante humo de los cigarros Príncipes, negros como
habanos, que habían titilado como luciérnagas toda la noche.

Una botella de anís del mico, que mezclada con agua del lavabo
tomaba el color y la consistencia de la leche, completaba
el ágape de esa borrachera, que había durado cuatro días  
sin comer ni dormir. Mi sangre había tomado la consistencia
del soma lunar, y así giraba en el doble molino del corazón
y el cerebro, expulsando imágenes y emociones que fuera de mí
se recomponían bajo la forma de esas estatuas sensoriales,
en el soporte que les habían prestado las distraídas transeúntes.

La sangre latía en las pupilas, en las sienes con un ritmo de tambores.
El corazón era una bomba de plástico que reproducía el Big Bang
como un pequeño simulador de hadrones, un revólver tempranamente
encanecido en el transcurso de aquellas noches de insomnio,
plomizas y lluviosas como un pequeño infierno. No escuché melodía
de flautas ni de ocarinas, de silbatos de barro: sólo ese ritmo de tambores
con el que la anciana casamentera indígena, torva como una abuelastra
me invitaba a desposarme conmigo mismo en el pequeño altar
de Tlazoltéotl, antes de tomar las manos de mi novia indígena y mi criada
española, que era el propósito primordial de aquella ceremonia
de matrimonio salvaje, en compañía de las ninfas y concubinas
que a cada paso me arrojaban un beso, una ajorca, una prímula…  

(P.S.) Usted, Jean Arthur, sabrá apreciar esta prófuga estampa del delirio,
envuelta en una niebla que rememora la infancia, cuando mi madre
me decía, después de barrer mi cuerpo con un huevo y una rama de pirul
(sobre la yema del huevo, semejante a una pupila desorbitada 
aparecía una mancha de sangre, mientras que el pirul, siempre verde
e inmarcesible, se marchitaba al contacto de mi sudor): “Vente, no te quedes…”) ® 

(2 de noviembre al 5 de diciembre de 2021) 

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Publicado en: Poesía

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