Comerse el dolor

Cometierra, de Dolores Reyes

Dolores Reyes usa la fantasía como respuesta a la tragedia que nos invade día a día. Una niña con un don especial puede localizar personas desaparecidas al comer tierra.

Dolores Reyes. Fotografía © Big Bang News.

Ojalá que los sentimientos tuvieran un límite. Que al nacer nos asignaran: 417 días de tristeza, 250 litros de lágrimas, cinco semanas de angustia. Llegas al tope y se acabó. Nada de seguir preocupada, abatida o triste. Por desgracia, no es así. Los sentimientos suelen extenderse hasta el infinito. Cuando crees que no puedes más, siempre puede haber un golpe más grande, algo más doloroso, algo más trágico. Sobre todo, siendo mujer y viviendo 24/7 en el estrés de la violencia sistémica. Lo mismo puede venir de la pareja que ha jurado amarte y respetarte, y un día de buenas a primeras te lanza un puñetazo, o con el desconocido que te sigue en una calle solitaria y te ataca para violarte, o la red de traficantes que bien podría secuestrarte y llevarte a un lugar lejano para obligarte a prostituirte.

Ojalá esta preocupación fuera sólo en este país, pero en Cometierra (Sigilo, 2020), Dolores Reyesnos demuestra que puede ser lo mismo en México, en Argentina, en cualquier parte de América Latina o del mundo. Ser mujer es una angustia permanente. Un cronómetro que corre en contra hasta llegar a cero, en el día final.

Dolores Reyes usa la fantasía como respuesta a la tragedia que nos invade día a día. Una niña con un don especial puede localizar personas desaparecidas al, precisamente, comer tierra. Ella cierra los ojos, acerca el puñado de tierra que ha estado cerca de la mujer desaparecida y traga. Entonces la ve, una nueva realidad. Una localización del cuerpo. Un modus operandi

Es desesperante la pulcritud de su prosa. Narra en primera persona, al estilo argentino, lo que esta niña siente, el dolor, la soledad, la desesperación. Tiene un don no pedido que ha encontrado exactamente el mismo día del entierro de su madre, quien también fue víctima de violencia.

Ve a su mamá que es golpeada hasta la muerte por su propio padre. Lo siente y lo padece. La acompaña mientras traga los puños de polvo del cementerio.

¿Es un poder especial o un tormento del purgatorio? Las personas del pueblo se acercan a ella en un grito de auxilio. En la soledad de no encontrar ayuda y ante la desesperanza de organismos públicos incapaces de resolver un caso, o de dar una respuesta. Entonces la niña cometierra las encuentra. Pero también las ve sufrir. Ve a su mamá que es golpeada hasta la muerte por su propio padre. Lo siente y lo padece. La acompaña mientras traga los puños de polvo del cementerio.

Estamos tan desamparadas ante la justicia. Igual que esta pequeña, obligadas a comernos nuestra propia miseria, nuestro propio dolor, a pasarlo a solas, con las imágenes de nuestra mente. Tratando de darle un desenlace justo a esa madre, a esa hermana, a esa amiga, que un día desapareció y que nos negamos a aceptar que ya no está. Todas tenemos derecho a un desenlace digno, a saber lo que pasó. Aunque a veces solamente se pueda realizar a través de la ficción y la fantasía.

Ojalá hubiera un límite para el sufrimiento: ya has pasado tanto que ahora puedes descansar. Por desgracia no es así. Al parecer, las mujeres estamos condenadas a comernos ese dolor, aunque nos sepa a tierra. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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