Concha Urquiza. El poema ahogado

Todas son las mismas aguas

Busco, lanzando estos esbozos sobre su vida, desvelar las respuestas de su misteriosa muerte, pero no hay un hecho concreto que me lleve hasta esa tarde; estos datos sólo dan fe de la inquietud total que habitaba en Concha.

Concha Urquiza.
Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
—Héctor Viel Temperley, “El nadador”.

Los brazos de la mujer penetran el agua. Sus piernas son dos aletas que se hablan entre sí, se responden con un ritmo gemelo. Los brazos de la mujer como flechas, avanzan y atacan, una pausa, si la hay, es para tocar el aire y volver a sumergirse; conocen bien su destino. El pecho de la mujer se infla, su cabeza gira de un lado al otro, traga vida, hunde su cara, abre los ojos que miran el azul que para ella es más azul que nunca, sonríe o así parece, pero sin desatender el nado, sin que su respiración se altere; las burbujas que salen de su boca guardan letras que al salir del agua dicen algo que nadie oye, ni ella puede oírlas, sólo el sonido de su respiración y de su cuerpo desde adentro, sólo el corazón que late le habla, pero la mujer no teme este silencio, lo ha ido buscando. La mujer pronto se aleja, el sol alcanza a pintarle la espalda a ese pez que nada hacia la muerte; no mira atrás, las aguas la llaman y ella las obedece, las ha elegido para que sean su tumba, el líquido sudario que la absuelva de la vida. Pueden verse por última vez sus brazos, y, a manera de despedida, su dorso emerge, aguanta unos segundos, y otra vez, ahora para siempre, en las aguas se pierde.

En la vida de Concha Urquiza confluye la precocidad de su poesía y la precocidad de su muerte. Sus primeros poemas son publicados en revistas siendo apenas una niña, y llegada su adolescencia tiene una participación en el cine ganando un concurso hecho por Revista de Revistas, con un texto llamado “Moby Dick. Novela cinematográfica”.A los dieciocho años deja su natal Morelia para vivir en Nueva York; luego, llega el despertar político y espiritual, la adhesión a partidos comunistas y después su ingreso en un convento que abandonará meses más tarde para comenzar a dar clases de lógica e historia de las doctrinas filosóficas.

Busco, lanzando estos esbozos sobre su vida, desvelar las respuestas de su misteriosa muerte, pero no hay un hecho concreto que me lleve hasta esa tarde; estos datos sólo dan fe de la inquietud total que habitaba en Concha, un malestar casi, que la hizo buscar, buscarse, en formas de pensamiento tan distintas unas entre otras, como radicales.

Conocidos de la poeta la describían como una excelente nadadora; imposible morir ahogada, y menos en las circunstancias en las que murió: en aguas quietas y seguida por uno de sus amigos más cercanos hasta su muerte.

Concha murió en una laguna que pertenece a la bahía de Todos los Santos ubicada al sur del puerto de Ensenada, llamada Estero de Punta Banda. Las versiones se dividen en dos: suicidio y accidente. Pero un accidente es a su manera la consecuencia de un acto que pedía terminar en eso, el accidente es la respuesta a una petición hecha en silencio y por debajo. Conocidos de la poeta la describían como una excelente nadadora; imposible morir ahogada, y menos en las circunstancias en las que murió: en aguas quietas y seguida por uno de sus amigos más cercanos hasta su muerte (los dos habían decidido bajar de la lancha en la cual hacían un recorrido acompañados por otro grupo de amigos, y llegar nadando hasta la orilla).

En sus poemas no hay rastros de agua. Ni olor a sal o arena. Ningún verso que deje en manifiesto su deseo de morir mar adentro. En comunión con el mar. La mujer vuelve sombra su obra, su vida, su muerte, se abstiene pronto de los círculos intelectuales, no deja pistas ni notas de despedida; mejor callar. Sus poemas toman distancia de ese episodio final, pero al leerlos partiendo de él las palabras adquieren un vaivén como de ola, mojan al papel.

El poeta busca regresarle a las palabras esa fuerza que tuvieron cuando fueron dichas por primera vez; hacerlas regresar a la primera boca que las pronunció, recordar las cualidades con las que fueron creadas; querer decir mucho, no sólo querer decir algo.

Resulta natural que Bolaño se haya inspirado en Concha Urquiza para la creación del personaje llamado Césarea Tinajero, esa poeta hecha de humo, desconocido fantasma como la misma Concha, que es pieza central en la novela de Los detectives salvajes.

El agua como metáfora del origen. El agua entendida como el principio. Ir al agua para ir a uno mismo. Donde lo más primitivo del hombre aguarda, donde la calma y la revolución más violenta se abrazan. “Si Dios ha de escucharnos alguna vez, ha de ser en la profundidad de las aguas”, dijo la poeta Alexandra Barroso. El poeta busca regresarle a las palabras esa fuerza que tuvieron cuando fueron dichas por primera vez; hacerlas regresar a la primera boca que las pronunció, recordar las cualidades con las que fueron creadas; querer decir mucho, no sólo querer decir algo. Y entrar al agua, a ese inmenso vientre, es volver al estado puro de las cosas, sin conceptos. El poeta se sumerge para volver a ser hombre. Para volver a casa.

Todas son las mismas aguas. Las mismas brazadas que dio Jeff Buckley en aquel río Wolf, la misma manera de abandonar su cuerpo y hundirlo esa noche, como Paul Celan se hundió en las aguas del Sena, dando un perfecto clavado desde el Puente Mirabeau. Todas son las mismas aguas. Como Virginia Woolf, con los bolsillos llenos de piedras se arrojó al río Ouse; tal vez ese río, el de Buckley, el Sena, que escuchó los versos finales de Celan, que no fueron sino un contundente chapoteo; tal vez esas aguas donde ellos se ahogaron conectaban con la laguna donde Concha Urquiza nadó por última vez.

Mi corazón olvida
y asido de tus pechos se adormece:
eso que fue la vida
se anubla y oscurece
y en un vago horizonte desaparece.
—Concha Urquiza, “Dicha”. ®
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Publicado en: Libros y autores

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