Contra Morena

(o sobre la servidumbre voluntaria)

¿Cuándo votó el pueblo por esto? ¿Qué beneficios trae esto al pueblo mexicano? ¿Qué tiene que ver esto con el buen gobierno en temas como seguridad, salud, economía y educación?

Yo creo que es una pequeña turba. No son representantes populares, héroes emanados de la clase trabajadora, fieros activistas de los movimientos sociales, acompañantes de procesos emancipatorios; tampoco son sobrevivientes de la violencia, madres politizadas de víctimas, especialistas, pequeños o medianos empresarios respetados; en fin, ésta no es la síntesis de las agendas y todos los esfuerzos de cambio. En su mayoría (el grupo más comprometido y vocal, el que rodea a la élite política) sí son, más bien, como los “perdedores” de cada ámbito, los que sienten una suerte de exclusión fatal del círculo rojo; periodistas que desprecian su gremio; académicos sin ética intelectual; políticos que han trabajado décadas en el sistema y que desafortunadamente desatienden la prudencia y ni se conciben como hombres de Estado; escritores con obra publicada, lectores y fama que ejercen sin embargo como “marginales”; comediantes sin humor; jóvenes nihilistas; los ricos “perdedores”, los activistas “perdedores”; los góticos de aquí y allá. Una coalición de oportunistas, nihilistas, de los que sienten esa supuesta tragedia, más unos pragmáticos y políticos profesionales, que es constantemente disciplinada por un líder fuerte.

El círculo duro de Morena no parece ser la gente organizada, sino una caricatura de la gente.

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La característica principal de esta turba, a mi parecer, es una personalidad autoritaria comprendida por ese ir y venir raro entre el servilismo más abyecto y la agresividad arrebatada hacia actores y discursos disidentes; por la fascinación con “el poder”, la fuerza y todo lo que tenga un aura de “poderoso” (con los secretarios de Estado, los políticos fuertes, los gobernadores, con los poderosos “de izquierda”, con cualquier forma de poder centralizado aquí o en el resto de la región); por la romantización acrítica de las Fuerzas Armadas; por la ortodoxia para pensar todo un proceso, toda una época, (es más) toda la historia de México, a partir de un manojo de muletillas partidistas y por la ansiedad antipluralista en general.

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Esa ira (que se activa sistemáticamente) sí tiene raíz en una suerte de resentimiento permanente, que curiosamente no se ha apagado a pesar de que Morena está en el poder, controla el presupuesto, reivindicó su poder territorial en las elecciones intermedias y tiene no sólo presencia en medios sino, prácticamente, brazos mediáticos completos, además de que gestiona la procuración de justicia, es decir, el mercado del castigo o la impunidad.

Esta turba no está triste, se irrita; no busca la reforma, imagina la destrucción. Exige, increpa, decreta, humilla, detesta.

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La difícil relación entre la turba y las minorías mexicanas ha sido uno de los temas del sexenio. El resentimiento puede explicar las olas de ira hacia las minorías pero el asunto es más complejo porque, más allá de las campañas coordinadas de hostigamiento hacia organismos y ciudadanos específicos, en realidad la turba fantasea con suplantarlas; fantasea con su desaparición del espacio público.

El resentimiento puede explicar las olas de ira hacia las minorías pero el asunto es más complejo porque, más allá de las campañas coordinadas de hostigamiento hacia organismos y ciudadanos específicos, en realidad la turba fantasea con suplantarlas

La turba no diferencia, cuando lo hay, lo orgánico de lo artificial. Donde hay política, donde hay mérito, donde hay mérito gracias a la política o pesar de la política. Para la turba detrás de toda minoría hay indudablemente una conjura, una mafia comparable a los cientos de mafias de este país, una treta neoliberal.

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1. Quitar este o aquel privilegio, humillar personajes y organizaciones es irrelevante en términos políticos y culturales porque el prestigio de las minorías se asigna entre pares (los de hoy, los de mañana) y las obras, las carreras, no pueden ser desintegradas con mil tuits o mil mañaneras.

2. Moralmente, si las clases políticas tienen más de personajes de entretenimiento, de magos de feria, las minorías intelectuales tienen más de zapateros, de obreros con años y décadas de especialización que trabajan en jornadas y producen.

3. La función de la crítica justo es aventurar valorizaciones: revelar la charlatanería e investigar, visibilizar y conversar con lo excelente. La crítica siempre es, siempre debe ser, un razonar en público (sólo un comentario, un señalamiento). Nunca debe ser un ajuste político ni un llamado al anatema.

4. Quitándole todos los privilegios, incluso lecumberrizando, a todas las minorías no dejarían de ser minorías (como lo demuestran el siglo XX en general y el siglo XX mexicano en particular).

5. La falta de comprensión sobre estas obviedades nos ha dejado ante un espectáculo raro; ha impregnado la vida pública de un innecesario sentimiento pantanoso.

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Otro rasgo de la turba es el delirio. Primero el delirio de grandeza, por supuesto, de sentirse partícipes, ahora sí, en el corte de la historia, actores en un proceso similar a la Independencia o la Revolución. Pero en realidad con delirio quiero advertir una suma: la falta de realismo político, sentido común, escepticismo, de conciencia histórica y la capacidad para ponderar (según estos u otros valores válidos en alguna comunidad) la importancia o irrelevancia de los asuntos públicos; más la reivindicación de la desmesura como tono y estilo.

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Para la turba nadie, sino ellos, entiende lo que está pasando, lo que ha pasado: todo este sexenio, día a día, evento a evento. Todos están errados y son corruptos y ellos están indudablemente en el lado correcto de la Historia. Es más, la Historia ya se definió: unos ganaron, otros ya fueron empujados para siempre al Gran Basurero de la Historia. Al ubicarse del lado del poder, la turba ganó; el humillado de la semana perdió, lo hemos hecho perder. Más: la verdad no es la verdad; esta estación no es esta estación porque todo es relativo. Depende cómo se vea y quién juzgue. Si alguien tiene una opinión diferente, es porque la pérdida de privilegios distorsiona la capacidad de raciocinio del emisor; se asoma la corrupción, La Mafia de Poder, la CIA, las matemáticas, Claudio X. González. El que critica es un miserable, pues todos los críticos son sicarios hambrientos. Los políticos profesionales y oportunistas del momento han decretado que todos los críticos solamente se expresan por prebendas o intereses ocultos e indecibles. Pero no, nosotros no somos oportunistas, ¡si somos héroes!

El hombre más poderoso de México hoy sigue siendo una “víctima”. Cuando el presidente se presenta como el primer trasgresor de nuestra Carta Magna, está ejerciendo sus libertades; cuando embiste con los instrumentos del Estado, su derecho a réplica. La corrupción ya fue extirpada; la impunidad es cosa del pasado; los militares ya pacificaron las calles.

Morena perdió media Ciudad de México, no porque los capitalinos no votaran por Morena, sino por las conjuras de Mario Delgado y Ricardo Monreal. Los militares no son militares, sino “pueblo uniformado”. El hombre más poderoso de México hoy sigue siendo una “víctima”. Cuando el presidente se presenta como el primer trasgresor de nuestra Carta Magna, está ejerciendo sus libertades; cuando embiste con los instrumentos del Estado, su derecho a réplica. La corrupción ya fue extirpada; la impunidad es cosa del pasado; los militares ya pacificaron las calles. Las personas en situación de pobreza son incapaces de individualismo, egoísmo o ambición. El presidente (un ser humano) es capaz, desde siempre, de “leer” al pueblo. Las clases medias son pinochetistas; las feministas, agentes de la reacción; los activistas, golpeadores de manual.

¡Cuando el delirio es hecho valor público todo es posible! ¡Cuba ya es una democracia liberal! ¡México vive un momento estelar en la historia de la humanidad! ¡Morena, un acontecimiento transtemporal, continental, planetario, intergaláctico!

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La incapacidad para ponderar prudentemente los hechos, que son tan diferentes a las palabras públicas y los discursos, llena a la turba también de un espectacular cinismo y ha abierto la puerta al sistema de partidos y la vida pública a los chiflados. La vida partidista se alegra con la incorporación de patrióticos chiflados, porque el delirio es tolerable, un rasgo de la época, una virtud compartida. Como del lado de Morena todo es aplaudible, llegó el momento de las locuras solemnes, el cenit de los bufones.

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No importa la pretensión grotesca por extender, inconstitucionalmente, en 2021 el mandato del ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; la opacidad de los programas sociales; el aumento de la pobreza; el número de periodistas y activistas asesinados en estos tres años; la miríada de desaparecidos; la captura de instituciones autónomas; el asedio al aparato científico y la academia; el espectacular fracaso de la política de seguridad y la consecuente consolidación territorial del narcotráfico; los feminicidios, las fosas, la tasa de homicidios; los muertos por covid (y el exceso de mortalidad); la falta de proyecto educativo; la espectacular (histórica) indolencia gubernamental ante tanta muerte e inseguridad; la errática estrategia diplomática; la corrupción en la revocación de mandato; el ornamento priista, centralista e innecesario que es el Complejo Bosque Chapultepec o la evidente persecución judicial a opositores. No. Porque para la turba lo único importante es la disciplina.

Si el presidente defiende causas justas, la turba defenderá causas justas; si el presidente defiende causas aberrantes, la turba defenderá, cínicamente, causas aberrantes. Si el presidente chista, la turba atacará acompañando al poder, coordinada por el poder. Si el presidente descansa, la turba descansará; si habla, trabajará.

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El cinismo es una feliz aceptación en la perfección del proyecto que sólo delata su vacío ideológico y, por eso mismo, no tiene peso cultural (histórico) más allá de la coalición actual. Es espectáculo, gesto. La utilidad práctica de los gestos y actos cínicos radica en que les permiten a los morenistas conservar su posición lacaya en la turba, para mantenerse cerca del erario, los medios, el poder y del supuesto paso a la historia —casi de manera parasitaria—, en lo que esperan el nuevo reacomodo de las élites políticas.

Eso es todo. Ahí radican los incentivos que animan la farsa.

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Ahora bien, uno de los mayores peligros de la turba es el nihilismo republicano: la falta responsabilidad para con la comunidad política, como si los 120 millones de mexicanos no dependieran de cierta columna institucional compartida. Hay en la turba un abierto desprecio por las instituciones del Estado mexicano (entidades producto del trabajo de décadas de mexicanos), que es más representativo de los intereses y las preferencias del presidente y sus amigos, que de los intereses y las preferencias del pueblo mexicano o la clase trabajadora.

La falta de responsabilidad con el proceso de militarismo sin precedentes puede configurar escenarios políticos indeseables. Tampoco nadie se beneficia (en esta república) de un entendimiento infantil e ignorante sobre la estructura real de la economía mexicana, la relación entre México y los mercados o sobre la integración comercial, política y cultural con Estados Unidos.

La destrucción del INE implicaría apagar el derecho a voto de los mexicanos y poner de tajo fin a la democracia mexicana. Irresponsabilidades en la gestión del Banco de México podrían arruinar la estabilidad macroeconómica, condición necesaria para el desarrollo y la reducción de la pobreza. Los ataques a la libertad de expresión (o las omisiones gubernamentales que la imposibilitan) merman el derecho a la información de todos los mexicanos (derecho mancillado con cada muerte de un periodista o un activista). Si se vicia el Coneval, no podremos evaluar los programas sociales. Sin INEGI, no podremos evaluar políticas públicas, hacer investigación o conocer el estado de las cosas en el territorio. México, una de las principales economías en el mundo, no se puede dar el lujo de desaparecer instituciones de excelencia como el CIDE. La falta de responsabilidad con el proceso de militarismo sin precedentes puede configurar escenarios políticos indeseables. Tampoco nadie se beneficia (en esta república) de un entendimiento infantil e ignorante sobre la estructura real de la economía mexicana, la relación entre México y los mercados o sobre la integración comercial, política y cultural con Estados Unidos y los millones de mexicanos que dependen de esa relación.

La ofensiva desde el poder efímero en contra de instituciones y acuerdos útiles, probados y necesarios para la estabilidad del país son gestos completamente antirrepublicanos y de un infantilismo ignominioso que México no necesita. Ésta es una agenda de destrucción nihilista, de nuevo, una agenda que representa no las exigencias, intereses, opiniones o antagonismos del pueblo, sino los antagonismos y las preferencias del Presidente y sus amigos (y sus historias políticas, intelectuales, culturales y personales), así como su estatura moral y cívica.  

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Como bien escribe Jesús Silva–Herzog Márquez —uno de los críticos más lúcidos del proceso de concentración de poder acentuado a mediados este sexenio— en La casa de la contradicción(Taurus, 2021): a contracorriente de la reivindicación de ciertos símbolos, la cultura política de Morena ha mostrado ser anticardenista, antijuarista y antimaderista en diferentes aspectos. Anticardenista, entre otros temas, en su visión infantil del Estado y su aversión desmedida hacia las minorías. Antijuarista y antimaderista, entre otros temas, en su abierto desprecio a la división de poderes, la transparencia, la Constitución y el derecho.

También es nuevo y diferente en el estilo de gobernar del presidente (como populista posmoderno) el gusto por el espectáculo, la exhibición y el teatro: ese amor por las poses épicas, las escenas dramáticas, el escenario y el micrófono. Así como la megalomanía, que lo acerca más a las decenas de casos de caudillos y gobernadores megalómanos en la historia de México que a los Juárez, Madero o Cárdenas. Hay en el presidente, asimismo, un belicismo, un rencor raro e inagotable que parece “nuevo” —como también apunta Silva–Herzog Márquez en su ensayo.

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Morena es un partido de cultura política autoritaria. Pues quien dota de contenido la vida del partido, casi el vocabulario de todos sus miembros, quien moraliza a los lacayos y las huestes, no es nadie más que el presidente. Para los políticos profesionales, particularmente los de las entidades, Morena ha significado el vehículo en boga para acceder al poder. Morena: unas muletillas a repetir, una moral pública a seguir, una forma de sonreír, unos actores con los cuales tomarse fotos, la estética política del momento. En este sentido, quizá Morena ha sido una organización que ha permitido más el reordenamiento horizontal de la clase política que la introducción vertical del pueblo en las decisiones públicas.

Morena ha sido una organización que ha permitido más el reordenamiento horizontal de la clase política que la introducción vertical del pueblo en las decisiones públicas.

Reflexionando sobre este cascaron vacío y autoritario que ata a los oportunistas, los pragmáticos, la turba y el presidente, incluso John Ackerman en 2021 en la ya semiorwelliana La Jornada avanzaba la idea de convertir a Morena (ya concebido como vehículo vaciado o “en crisis”) en un partido plebiscitario, en un partido de Estado.

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Fuera del partido, Morena aspira no a una democracia sino a una suerte de absolutismo democrático (una tiranía con agenda social). Es decir, un despotismo con legitimidad democrática: para el pueblo, sin el pueblo. Ésa es la idea de “democracia” del presidente, que es una idea rousseauniana y autocrática. Huelga decir que el presidente, ya a estas alturas, no va a negociar alternativas o desviaciones mínimas a su proyecto, ni a escuchar otras voces, sino las encuestas de aceptación. Estas encuestas, además, han sido interpretadas por los morenistas como cheque en blanco para usar el poder central y los recursos públicos (de todos) con límites legales flexibilizados, en completa impunidad, como botín. Este contexto de ilegalidad autoritaria posiblemente ha abierto, asimismo, espacios de corrupción (uso de recursos públicos para fines privados), que todavía desconocemos.

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Para ganar las diferentes querellas en el espacio público y mantener el mando autoritario, son varias las estrategias que ha utilizado el presidente, como 1) rebasar, una y otra vez, por la izquierda a sus adversarios, o 2) buscar la muerte moral de organizaciones y ciudadanos con difamaciones sistemáticas, entre otras. Además, está la figura retórica del pueblo, que también le ha servido al gobierno como escudo: las críticas a Morena son tomadas, automáticamente, como ofensivas en contra de la agenda social y los intereses del pueblo, como si los programas sociales hubieran sido inventados en 2018. Muerto el debate de ideas, reducido todo a gresca, el mote “neoliberalismo” ha sido utilizado asimismo para estigmatizar y cancelar actores (sin mayor discusión).

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El pueblo que no gobierna, pero que sirve como imagen retórica para justificar la presencia de un grupo de personas en el poder que ha asumido utilizar, arbitrariamente, los recursos públicos con respeto flexible por leyes. Como si ellos, Él, fueran el único camino posible para el beneficio del pueblo o para avanzar al futuro.

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Algunos de los nuevos servidores públicos creen que es normal atacar e insultar desde el gobierno a los ciudadanos. Éste es un entendimiento también raro del servicio público, aberrante por donde se le vea en términos históricos. Una cultura política estatal instaurada, de nuevo, por el presidente efímero, no emanada ni del marco de la Constitución ni de las preferencias e intereses del pueblo o de los servidores públicos profesionales, con años o décadas en el Estado.

Ésta es una nueva cultura de servicio público, orgullosa de su cretinismo, que debe ser repudiada en el presente y absolutamente olvidada en el futuro próximo por el bien del servicio público mexicano, el objetivo deseable de su profesionalización y por el bien de la relación entre el Estado y los ciudadanos.

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Centralización de poder sin límites. Cooptación de órganos autónomos. Reacomodo de la oligarquía. Gatopardismo de los mercados de crimen. Persistencia de la impunidad y la maquinaria de muerte. Misma estructura económica. Pretensión hegemónica de la conversación de un país. Búsqueda sistemática de la muerte moral de críticos. Discursos esquizofrénicos. Servilismo indigno. El monopolio del cretinismo de los servidores públicos. Lacayos con delirios de grandeza. Creciente militarismo. Más poderes metaconstitucionales al presidente. Uso de la turba como músculo para distorsionar el espacio público. Oscuridad, veneno, sordidez. Regresión autoritaria.

Ilustración del autor.

¿Cuándo votó el pueblo por esto? ¿Qué beneficios trae esto al pueblo mexicano? ¿Qué tiene que ver esto con el buen gobierno en temas como seguridad, salud, economía y educación?

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La coerción presupuestal, como toda coerción económica, sí es un ataque violento al gremio académico y cultural, que ha sido acompañado de un proceso (continuo, sistemático) de estigmatización, difamación y hostigamiento. El mensaje y la conclusión son desagradables, porque es un ejercicio de poder: incomodar, humillar, callar. En este tema el Gobierno Federal ha renunciado a llegar a un equilibrio con las minorías, creando un espacio de continuo desosiego e incertidumbre; es como si el Estado, en esta relación completamente asimétrica, con todas sus instituciones, con su capacidad policial, hubiera sido puesto contra ti, te detestara. Este uso cruel (detallado, artesanal) de los instrumentos institucionales para difamar a ciertos ciudadanos y organizaciones es una desafortunada innovación para la historia reciente de las estrategias coercitivas suaves de nuestras democracias y la compleja historia de la relación entre las minorías y el Estado mexicano.

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El Presidente acertó históricamente al hacer el alegato a favor del pueblo. En democracia, sí, debe mandar la gente, quienes financian el Estado. Desafortunadamente en Morena y en la turba no se ven reflejados todos esos intereses de un pueblo tan diverso y complejo como el mexicano. El Estado nunca debió ser propiedad de una camarilla, de una minoría de empresarios corruptos y frívolos, es cierto. Pero tampoco lo debe ser de un Uno, de una opinión. ®

Notas

* Este texto fue escrito en octubre de 2021.
** Este texto es un adelanto de Sopa de huesos (2022), libro conformado por veinte ejercicios literarios góticos, de próxima publicación con el colectivo Red de Reproducción y Distribución Vicente Guerrero Saldaña.
*** En 2017 escribí en Replicante una reseña sobre el libro Cartas a una joven desencantada con la democracia (Sexto Piso, 2017) de José Woldenberg, que, si fue leída, creo que fue mal interpretada. La reseña pretendía hacer un examen crítico de varios de los puntos ciegos del diagnóstico del autor sobre la transición democrática, publicados en una editorial de literatura joven. Era un texto escrito en un momento de tensión en el país, la segunda parte del sexenio de Enrique Peña Nieto, en un contexto más estático, pero de mayor pugna ideológica. Mi reseña era una rabieta y ya; una rabieta además que, escrita a mis veintisiete años, traía varios excesos críticos, hasta crueles, sobre todo al final del texto. Sin contradecir todo lo escrito, sería de una mezquindad inmensa de mi parte no decir que 2021–2022 le está dando la razón al autor a ciertos argumentos desarrollados en ese libro, así como a los argumentos de otros autores de su generación. En este momento de autocratización —aquí y fuera de México—, la experimentada voz de José Woldenberg —indudablemente, un mexicano ejemplar— recobra relevancia; incluso irónicamente ese libro, dado este contexto, ya es de primera importancia.
Me parece justo hacer este pie de página.

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Publicado en: Política y sociedad

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