De bardos y leyendas

O biografía y narrativa

¡Que no se llame filósofo el que no sea capaz de vivir lo que dicta al mundo desde su pensamiento! A lo mucho será un conocedor de la filosofía, un maestro o doctor en filosofía, un profesor, pero nunca un filósofo.

Schopenhauer. Ilustración de Mitch Francis.

Últimamente he estado revisando artículos y documentales sobre un conjunto de temas de los que quiero hablar. Pero me di cuenta de que, antes de hacerlo, debía fundamentar lo que iba a decir. Así, pasé largas horas pensando cuál era el punto que quería defender —o, en este caso, atacar—. Tras varias semanas pensando llegué a la conclusión de que debía hacer una distinción entre la narrativa y la biografía. Sobre todo, asumiendo que la idea de “narrativa” es la que predomina en la filosofía y casi en cualquier ciencia. Pero, por alguna razón, esta categoría no se basta a sí misma cuando se quiere entrar en la realidad. Antes de proseguir creo que es necesario que empiece por definir y trazar mi marco categorial.

En una charla con el doctor Mauricio Beuchot se me dio la siguiente definición: la narrativa es una argumentación distinta, que se usa cuando el ejemplo o paradigma (o ícono) que sirve de personaje de la narración es mejor que la argumentación lógica. “Por ejemplo, MacIntyre hace una argumentación narrativa: usa la historia para probar cosas propias de la filosofía”. Por tanto, la “narrativa” es contar una historia cuya argumentación lógica no es tan importante; algo así como una “anécdota” (para efectos del presente, le daremos el nombre de “leyenda”) que se cuenta, tratando de plantear un conjunto de tesis o, al menos, de hipótesis sobre un tema dado. La narrativa parece, pues, un medio eficaz desde el cual podemos “probar”, “justificar”, “persuadir” o “explicar” algo. Y esto porque, muchas veces, la argumentación meramente lógica se nos manifiesta como lejana.

El bardo es tan importante como la leyenda que cuenta. No podemos concebir a uno sin el otro. Sí, tal vez varios bardos podrían contar la misma leyenda, pero no del mismo modo —y eso cambia mucho las cosas—.

Es cierto que el “conjunto de historias” apunta a una posible realidad que, ajena o no a la lógica, se nos manifiesta como palpable. Sin embargo, la narrativa tiene un punto ciego, similar al de la argumentación lógica. En esta última se nos dice que no importa quién dice las cosas, sino lo que dice. En el apartado de “falacias” de la lógica clásica a esto se le llama “falacias a la autoridad” y tiene un correlato positivo y uno negativo. Positivo cuando damos por bueno un argumento sólo por quien lo dice (falacia ad verecundiam) y negativo cuando descartamos algo sólo por quien lo dice (falacia ad hominem). Así, hasta cierto punto, lo que nos debe importar no es quién dijo algo, sino lo que dijo.1 De manera similar, la “narrativa” que nos cuenta una historia nos pide que atendamos a la historia y no a quién cuenta esa historia. Debemos, pues, ver los escenarios, los personajes, los diálogos, las situaciones, etc., pero nunca al escritor o narrador (lo llamaré “bardo”). Justamente lo que aquí quiero plantear es un pequeño vuelco. El bardo es tan importante como la leyenda que cuenta. No podemos concebir a uno sin el otro. Sí, tal vez varios bardos podrían contar la misma leyenda, pero no del mismo modo —y eso cambia mucho las cosas—. Lo mismo sucede en la música. No es lo mismo escuchar una canción con x autor que con otro. Hay buenos y malos covers. No es lo mismo escuchar una pieza de Bach en manos de Martha Argerich que en manos de Andras Schiff. En argumentación lógica a esto lo llamo “argumento a la vida filosófica”, que es algo que Michel Onfray ya ha visto en sus obras.2 Mientras que en “narrativa”, el nombre análogo es “biografía”.

El propio Schopenhauer experimentó esto en sus viajes, al punto de que se enorgullecía de no ser un filósofo de mero papel, sino alguien que había “leído en el libro de la vida”. Pero a veces parecía olvidarlo…

La hipótesis es que la biografía o, en su defecto, “el argumento a la vida filosófica” es tan importante como la narrativa o los argumentos en sí mismos. Lo que quiero decir es que la noción clásica de que uno no debe ver a quien dijo algo sino sólo lo que dijo es errada. Por supuesto que no se trata de cambiar el orden de los factores y ahora centrarnos únicamente en la persona y olvidar lo que está diciendo, no, de lo que se trata es de ver ambas cosas y de ver si encajan. Por ejemplo, en el caso del “argumento a la vida filosófica” lo importante sigue siendo analizar si el argumento se sostiene por sí mismo, pero añadiendo el si la persona que lo dijo puede sustentarlo desde su propia vida. En caso de que así sea, el argumento se vuelve aún más poderoso, en caso contrario, no es que se derrumbe, pero sí pierde fuerza; quedaría cojo. En castellano tenemos un par de dichos que hacen alusión a esto: “Hay que predicar con el ejemplo” y “Obras son amores y no buenas razones”. Así, predicar con el ejemplo es el mejor argumento o predicar con el ejemplo refuerza significativamente nuestro argumento. Si yo planteo que no hay que maltratar a los animales y, sin embargo, en mi vida diaria voy por ahí pateando perros, esto no quiere decir que la gente deje de pensar en lo que he dicho, a saber, si maltratar animales es ético o no, pero lo que sí sucede es que lo que estoy diciendo se desvanece en una nube confusa. ¡Ya basta de decir sin hacer! Ése es uno de los grandes problemas de la filosofía. Crítica al que considero una de mis mayores influencias: Schopenhauer, quien alguna vez dijo que no tenía que vivir tal como pensaba. No, querido Arthur, así no puede funcionar el mundo. Querer separar la lógica de la ética es tan burdo como quien dice que política y ética no tienen nada que ver o que “la moral es un árbol que da moras”. Es bueno que tengamos “descifradores” del mundo, predicadores de la verdad, pero necesitamos, más aún, “practicadores”, héroes de ella. Que lo que digamos sea producto no sólo de una mera reflexión teórica y abstracta, sino producto de nuestras vivencias y de un convencimiento práctico. El propio Schopenhauer experimentó esto en sus viajes, al punto de que se enorgullecía de no ser un filósofo de mero papel, sino alguien que había “leído en el libro de la vida”. Pero a veces parecía olvidarlo…

Desconozco en cuántas ciencias podría aplicarse lo que estoy diciendo, pero al menos pienso que en la filosofía debería ser así. ¡Que no se llame filósofo el que no sea capaz de vivir o tan siquiera intentar vivir lo que dicta al mundo desde su pensamiento! A lo mucho será un conocedor de la filosofía, un licenciado, maestro o doctor en filosofía, un mero profesor de filosofía, pero nunca un filósofo.

Recuerdo lo que dice M. Ricard en su libro El monje y el filósofo cuando le cuenta a su padre —el filósofo Jean–François Revel— cómo se enamoró del budismo, a saber, viendo algunas películas, en las que aquellos sabios encarnaban lo que predicaban. Revel le contesta, con un dejo de nostalgia, que la filosofía occidental así era en sus orígenes, con hombres de la talla de Sócrates. Pero eso se fue perdiendo…

Eso es lo que estoy diciendo, que pensar y decir una cosa y hacer otra es un acto de incongruencia que le resta puntos a lo que digo y que, si bien no lo descalifica por completo, sí dificulta el que se le tome en serio, pues si yo, el que dice algo, no soy el primero en hacerlo, ¿cómo puedo pretender que otros lo hagan? Es como el cuento de Pedro y el Lobo, en el que un pastor engaña a sus vecinos haciéndoles creer que el lobo está en el pueblo; miente tanto que el día que de verdad sucede ya nadie le cree. Así pasa con los argumentos, los cuales pueden ser analizados desde la pura razón, pero no cobran vida hasta que alguien los pone en práctica. Y lo ideal sería que lo hiciera el mismo que los lanzó al aire.

Insisto, mi postura parte de una base ética —una especie de “ética de la retórica y la dialéctica”—, pero tal como Nietzsche, no entiendo cómo algo podría no partir desde ahí. Todo lo que decimos y hacemos conlleva ya una carga ética o moral. Mas esto no sólo es ético, pues termina impactando, sí o sí, en el tratamiento y en la postura con la que se enfrenta uno a las teorías o discursos y, a partir de ello, a cómo convive con esa realidad. ®

Notas
1 Hay algunos matices, como el “argumento a la autoridad”. La línea divisoria entre la “falacia a la autoridad” y el “argumento a la autoridad” es muy tenue, por lo que no siempre queda claro cuando estamos en una u otra posición.
2 Cfr. Onfray, Michel (2007), La inocencia del devenir, Madrid: Gedisa, y Onfray, Michel (2007), La comunidad filosófica, manifiesto por la universidad popular, Madrid: Gedisa.

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Publicado en: Ensayo

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