Ecos del Renacimiento de Harlem

La poesía afroamericana desde los años veinte

Poetas como Claude McKay, Georgia Douglas Johnson, Zora Neale Hurston y Langston Hughes, del Harlem Renaissance, dejaron un impacto inconmensurable en la poesía moderna y contemporánea.

I

John Langston Hughes. Fotografía © Cambridge.edu

En la década de los años treinta —hace casi un siglo— el desempleo, las malas administraciones en las que confluyeron corrupción, discriminación racial y malos manejos administrativos, Harlem, New York, se vio severamente afectado y transformado. En 1935 tuvo lugar un motín en el Harlem Neighborhood, lo cual para muchos historiadores de la literatura angloamericana ocasionó la agónica muerte del movimiento.

Aquella revuelta iniciada por los rumores de que un adolescente negro de origen puertorriqueño había sido asesinado a tiros por policías blancos, luego de sustraer una pequeña navaja de bolsillo con valor de diez centavos de una tienda local administrada por un blanco, más de diez mil personas salieron a las calles en Harlem. El incidente acabó con tres muertos, 125 personas arrestadas y más de dos millones de dólares en daños a la propiedad privada. La otrora segura y festiva Arcadia Negra cayó en un marasmo de oscuridad y violencias que culminó en la migración de la mayoría de la gente que había dado vida —y llevado virtud— a Harlem, quedando convertido en una suerte de gueto, al cual los políticos blancos no volverían a aproximarse hasta que se requirió “material de desecho” para acompañar a los Estados Unidos a meter las narices a Europa y Asia al inicio de la década de los cuarenta, y posteriormente a Vietnam y Corea, entre otros laboratorios de la democracia que el imperio WASP exportaría.

Los orígenes del movimiento deben ubicarse luego de la importante migración que tuvo lugar a comienzos del siglo XX, cuando algunos millones de seres humanos afroamericanos, huyendo de los campos agrícolas y el racismo asesino de los caciques y agroindustriales blancos, decidieron abandonar las grandes extensiones territoriales sureñas en buscan de empleos y mejores oportunidades de vida —económicas y culturales—. Se movieron hacia tierras más norteñas y urbanas de los Estados Unidos, más del este y del medio oeste que del oeste oceánico. Cerca de 200 mil afroamericanos se asentaron solamente en Harlem. Estos nuevos pobladores buscaron contratarse en trabajos industriales que habían quedado vacantes luego de darse por concluida la economía de guerra de la primera gran conflagración mundial, puestos que anteriormente ocuparan europeos migrantes (irlandeses, italianos, polacos, checos, balcánicos, bálticos, griegos, entre otros), mientras la juventud blanca estadounidense mantenía presencia en la guerra de las trincheras y los gases en el viejo continente. Entre éstos se encontraban poetas que a la postre se encontrarían entre los más reconocidos del movimiento como Claude McKay, Georgia Douglas Johnson y Langston Hughes, quienes a partir de sus letras y composiciones encontraron el espacio de oportunidad para expresarse, construir su identidad y plasmar su voz, confluyendo en un capital cultural que habría de preservarse en la memoria estadounidense.

Los artistas negros más jóvenes que creamos ahora intentamos expresar nuestro ser individual de piel oscura sin miedo ni vergüenza. Si los blancos están contentos, nos alegramos. Si no es así, no importa. Sabemos que somos hermosos. Y feos también.
—Langston Hughes, “El artista negro y la montaña racial”.

II

Aunque la Guerra Civil estadounidense trajo la libertad formal a los esclavos —la población afroamericana—, no los libró de los prejuicios ni de los estereotipos ni del fanatismo de la piel que se encontraban en el seno del terror y la violencia no monopolizada del Estado, curiosamente en manos de los hijos de quienes habían huido de Europa dos siglos antes producto —en gran parte— de la intolerancia religiosa de la cual eran víctimas. Buscaban en América un nuevo renacer, un “Fundamento” —como el que Donald Trump se empeña si no en reconstruir, sí en legitimar— sobre el cual edificar sus vidas, basado en la libertad (de los blancos), la democracia (dirigida y controlada por los blancos), la república (de los blancos), la Constitución (de los blancos para los blancos) y la tolerancia (geométrica: entre los blancos). La población afroamericana, por su parte, encontraría en la década de los años veinte en el Fundamento de los blancos al Ku Klux Klan y su pogromo de linchamientos a cielo abierto. En respuesta, surgió el “Renacimiento de Harlem”, movimiento que alcanzó su plena realización en todas las artes en la década de los años veinte. En 1918 Georgia Douglas Johnson escribiría uno de los más representativos y mejor escritos poemas del movimiento.

Fue durante esta década de los veinte cuando el movimiento encontró su verdadero florecimiento, teniendo como epicentro el “vecindario” de no más de cinco kilómetros cuadrados: Harlem (THE… Harlem). Las calles se convirtieron en el centro neurálgico donde la vida artística y cultural tenía lugar: músicos, poetas, pintores, escritores e intelectuales negros marcaban el ritmo de la vida y el tiempo. Dueños y administradores de cafés, bares, disqueras y estudios de grabación, prensa y editoriales, tugurios, teatros y cabarés, propiedades en su mayoría de afroamericanos, delimitaban y organizaban el espacio. El bullicio y el sentido de triunfo que daba esta camaradería servía como plataforma de lanzamiento para nuevos creadores e innovadoras de la palabra y el sonido, de la literatura y el canto. Importantes obras tempranas fueron Harlem Shadows de Claude McKay, Cane de Jean Toomer y la antología de James Weldon Johnson The Book of American Negro Poetry. Durante esa segunda década de los años veinte Harlem se convirtió en la capital negra del mundo, particularmente cuando el Club Cívico fundado y dirigido por blancos decidió celebrar los éxitos literarios de Countee Cullen y W.E.B. DuBois.

The Heart of a Woman
Georgia Douglas Johnson (1880–1966)

The heart of a woman goes forth with the dawn,
As a lone bird, soft winging, so restlessly on,
Afar o’er life’s turrets and vales does it roam
In the wake of those echoes the heart calls home.  
The heart of a woman falls back with the night,
And enters some alien cage in its plight,
And tries to forget it has dreamed of the stars.

El editor y crítico literario Alain Locke abrió el espacio en un número de la revista Survey Graphic dedicada a los artistas afroamericanos de Harlem intitulado Harlem: Mecca of the New Negro, el cual se convertiría en un libro de culto. A través de Cullen el movimiento se acredita y muchos jóvenes, hombres y mujeres se acercan y articulan con el movimiento desde lugares muy aislados dentro de los Estados Unidos; ya no se trataba sólo de un movimiento artístico. Cullen asume y prodiga la primacía de la poesía entre las artes: “El lugar de la poesía en el desarrollo cultural de una raza o pueblo siempre ha sido de importancia”. La poesía afroamericana de Harlem por momentos establecería una relación intelectualmente “parodística” con la poesía blanca, por un lado; lo anterior, sin dejar de constituirse dentro de la tradición —histórica— nacional y universal de la poesía, por otro lado.

A pesar de todos estos esfuerzos, nunca infructuosos ni desmerecedores en lo absoluto, el apoyo económico y el mecenazgo más importante para la realización y divulgación de su obra, y muchas veces el mismo público consumidor, era en gran parte blanco. La obra de Claude McKay de 1917, The Harlem Dancer, todavía anterior a la consolidación del movimiento, da cuenta de la ambivalencia generalizada de la “creatividad” afroamericana, la cual tomaría cierta distancia hasta los años veinte. La forma del soneto de esta obra de McKay intensifica las contradicciones entre la bailarina moderada y sus patrocinadores desenfrenados.

The Harlem Dancer
Claude McKay (1889–1948)
APPLAUDING youths laughed with young prostitutes    
And watched her perfect, half–clothed body sway;    
Her voice was like the sound of blended flutes    
Blown by black players upon a picnic day.    
She sang and danced on gracefully and calm,
The light gauze hanging loose about her form;    
To me she seemed a proudly–swaying palm    
Grown lovelier for passing through a storm.    
Upon her swarthy neck black, shiny curls    
Profusely fell; and, tossing coins in praise,      
The wine–flushed, bold–eyed boys, and even the girls,    
Devoured her with their eager, passionate gaze;    
But, looking at her falsely-smiling face    
I knew her self was not in that strange place.

La actuación de la bailarina en sí misma encarna estas mismas tensiones entre la libertad y la moderación, ya que su cuerpo semidesnudo y los movimientos sueltos que se balancean ocultan su desdén por el público. Su actuación dancística es superada por la forma estereotipada racial que imprime a sus movimientos tipológicos de la belleza africana sexual y natural. Y el hablante se da cuenta de que permanece invulnerable para los demás espectadores, incluso si satisface sus expectativas. Pero mira con falsas sonrisas, sabedora del lugar en el que se encuentra. La audiencia puede devorar su forma, pero no puede devorarla a ella. En 1919 Claude McKay en el advenimiento de la etapa de consolidación del Renacimiento de Harlem, escribiría uno de sus más grandes poemas: If We must die.

If We Must Die
Claude McKay (1889–1948)
If we must die—let it not be like hogs
Hunted and penned in an inglorious spot,
While round us bark the mad and hungry dogs,
Making their mock at our accursed lot.
If we must die—oh, let us nobly die,
So that our precious blood may not be shed
In vain; then even the monsters we defy
Shall be constrained to honor us though dead!
Oh, Kinsmen! We must meet the common foe;
Though far outnumbered, let us show us brave,
And for their thousand blows deal one deathblow!
What though before us lies the open grave?
Like men we’ll face the murderous, cowardly pack,
Pressed to the wall, dying, but fighting back!
While it breaks, breaks, breaks on the sheltering bars.

Langston Hughes adoptó un punto de vista más radical, rechazando lo que denominó la normalización poética y literaria estadounidense caracterizada por el sello de la blancura. En sus esfuerzos por asegurar un lugar para los poetas afroamericanos en la tradición literaria angloamericana, que incluyera y se basara en criterios universales de la verdad y la belleza universales, como lo dispuso en su Manifiesto de 1926 —ya mencionado—: “El artista negro y la montaña racial”, en el que Hughes declara su independencia artística no sólo de los árbitros del gusto poético dominante, sino de cualquiera que restringiera su libertad artística. Ahí afirma:

Los artistas negros más jóvenes que creamos ahora intentamos expresar nuestro yo individual de piel oscura sin miedo ni vergüenza. Si los blancos están contentos, nos alegramos. Si no es así, no importa. Si la gente de color está a favor, nos alegrará. Si no es así, su disgusto tampoco importa. Construimos nuestros templos para el mañana, fuertes como sabemos y estamos en la cima de la montaña, libres dentro de nosotros mismos.

La mayoría de los poemas escritos por los contemporáneos de Hughes, incluyendo aquellos en los que el tema racial era central, tenían un tratamiento angloeuropeo; si bien en palabras de ellos mismos: blanco.

Aunque Hughes tenía aproximadamente la misma edad que muchos de los poetas del Renacimiento de Harlem, caracterizó sus diferencias artísticas como generacionales. Hughes afirma que la mayoría de sus propios poemas son de tema y tratamiento raciales, derivados de la vida que conoce. En muchos de ellos intenta captar y mantener algunos de los significados y ritmos del jazz. Aunque el ensayo polémico de Hughes enfrentó las formas poéticas tradicionales escritas para lectores blancos con las poéticas derivadas de las formas populares negras y escritas para los negros, los poetas del Renacimiento de Harlem compartieron la esperanza de que la poesía pudiera combatir el racismo al representar la vida afroamericana con formas estilísticas innovadoras.

La mayoría de los poemas escritos por los contemporáneos de Hughes, incluyendo aquellos en los que el tema racial era central, tenían un tratamiento angloeuropeo; si bien en palabras de ellos mismos: blanco. El soneto en particular fue una forma tradicional que satisfizo las exigencias de la modernidad negra con sorprendente sutileza y potencia. Una de esas demandas fue la complejidad del propio Harlem, donde los afroamericanos experimentaron oportunidades sin precedentes para vivir y trabajar con autodeterminación.

Zora Neale Hurston. Fotografía © The Paris Review.

Durante el segundo lustro de la década de los años veinte el Renacimiento literario de Harlem vivió sus más grandes logros. Un ejemplo de ello fue la antología de Alain Locke The New Negro: An Interpretation, la cual incluía obras de Langston Hughes, Jean Toomer y Zora Neale Hurston. Para entonces, ya nadie negaba que se tratara de un movimiento cultural que había rebasado las fronteras del noreste estadounidense y la esfera artística, encontrando ecos que al Estado y a quienes gustaban de practicar el racismo y la discriminación racial atléticamente les provocaría urticaria y el “mal de los ardientes”. Pero una tremenda crisis económica mundial estaba en curso, y uno de los primeros actores del escenario mundial y estadounidense en caer enfermo en cama fue precisamente la cultura afroamericana en torno al Harlem Renaissance. En 1921 Langston Hughes escribe otro de los más célebres poemas que produjo del movimiento que tuvo como epicentro Harlem, “The”.

The Negro Speaks of Rivers
Langston Hughes (1902–1967)

I’ve known rivers:
I’ve known rivers ancient as the world and older than the
     flow of human blood in human veins.
My soul has grown deep like the rivers.
I bathed in the Euphrates when dawns were young.
I built my hut near the Congo and it lulled me to sleep.
I looked upon the Nile and raised the pyramids above it.
I heard the singing of the Mississippi when Abe Lincoln
     went down to New Orleans, and I’ve seen its muddy
     bosom turn all golden in the sunset.
I’ve known rivers:
Ancient, dusky rivers.
My soul has grown deep like the rivers.
Diario con la noticia de la muerte de James Weldon Johnson.

III

El movimiento resultó en el advenimiento de una “intelligentsia negra”, masa crítica de afroamericanos graduados de la universidad y un complejo de factores sociales, económicos, políticos, tecnológicos y locales que llevó, como a otros artistas modernos, a los poetas afroamericanos a confiar en que la poesía podría lograr la fuerza necesaria para transformar la sociedad. En el influyente Prefacio de 1922 al libro de poesía negra estadounidense James Weldon Johnson afirmó que la medida final de grandeza de todos los pueblos es la cantidad y el nivel de la literatura y el arte que han producido. Y más aún, que ningún pueblo que haya producido grandes obras de arte y literatura ha sido considerado por el mundo claramente inferior.

Los poetas del Renacimiento de Harlem tenían una confianza extraordinaria en las capacidades de las formas poéticas indagadas, adaptadas, tratadas y experimentadas sobre las ya existentes para configurar y modelar el mundo cambiante que deseaban

Los poetas del Renacimiento de Harlem tenían una confianza extraordinaria en las capacidades de las formas poéticas indagadas, adaptadas, tratadas y experimentadas sobre las ya existentes para configurar y modelar el mundo cambiante que deseaban, a través del dominio de la forma y ofreciendo otras nuevas de lectura a lo que parecían ser sólo repeticiones de la tradición. En 1923 la poeta y periodista estadounidense Angelina Weld Grimke escribió The Black Finger.

The Black Finger
Angelina Weld Grimke (1880–1958)
I have just seen a beautiful thing
Slim and still,
Against a gold, gold sky,
A straight cypress,
Sensitive
Exquisite,
A black finger
Pointing upwards.
Why, beautiful, still finger are you black?
And why are you pointing upwards?
Angelina Weld Grimke. Fotografía © San Francisco Bay Times.

Encontrándose en su máximo apogeo el movimiento y captando cada vez más la atención de admiradores y el temor de otros, de todos colores en el primer caso e invariablemente blancos en el segundo, en 1925 Countee Cullen escribe Incident. Este poema suele considerarse —como los otros que han sido aquí transcritos— uno de los que definieron favorablemente la épica harlemeana.

Incident
Countee Cullen (1903–1946)
Once riding in old Baltimore,
Heart–filled, head–filled with glee,
I saw a Baltimorean
Keep looking straight at me.
Now I was eight and very small,
And he was no whit bigger,
And so I smiled, but he poked out
His tongue, and called me, ‘Nigger.’
I saw the whole of Baltimore
From May until December;
Of all the things that happened there
That’s all that I remember.

El racismo es el tema recurrente, sobre todo en los poemas aquí citados de Cullen y Hughes, y fue el tema y motivo discursivo sobre el que giró la poesía del Renacimiento de Harlem. Por lo general lo lograron las poetas y los poetas afroamericanos empleando palabras e ideas simples, versos sencillos y concisos para transmitir su mensaje a los lectores, sobre un problema añejo en una versión moderna y accesible para todos. Este último poema usa un lenguaje poema que toma la forma de una balada, con un ritmo que pudo estar basado en el jazz o el blues ligeros, de cuya tradición estos poetas se vieron influenciados de manera importante. Incident alterna entre el tetrímetro y el trímetro yámbico, forma común de la poesía antigua, con un patrón de rima de la forma ABAC, lo cual ofrece una evidencia de la influencia ‘modernista’ y ‘culta’ que tenían muchos de estos poetas. No eran ningunos improvisados, pero sí muy molestos para algunos, blancos en su mayoría.

IV

En octubre de 1929 una caída del mercado de valores provocó la Gran Depresión, en la que millones de personas quedaron sin trabajo. Los artistas afroamericanos se quedaron sin presupuestos y audiencias disponibles. En la década de los treinta la pobreza extrema se volvió la preocupación más importante de los poetas, incluyéndola como tema y motivo de sus creaciones. Debido a la Gran Depresión muchos llegaron a creer que la economía no se volvería a recuperar nunca. Asimismo, pensaban que en la nación de las barras y las estrellas —la de los discursos más atronadores sobre la libertad y la democracia—, para que los afroamericanos pudieran tener acceso a la igualdad de la ley y la justicia, se requería de cambios significativos en la legislación y la organización política convencional, pero otros —poetas incluidos— llegaron a considerar que esos cambios sólo podrían llegar mediante un movimiento revolucionario.

Casi todos los poetas asociados con el Renacimiento de Harlem escribieron sonetos. Hughes es la excepción significativa. Criticar el racismo estadounidense y exaltar la herencia africana y la cultura afroamericana estuvieron entre los motivos y las líneas temático–discursivas del movimiento de Harlem.

Aunque los poetas afroamericanos habían empleado el soneto de manera reiterada antes de la década de los veinte, la extensión de dos páginas de los sonetos de Claude McKay en The Liberator durante lo que se conoció como The Red Summer, periodo de intensa violencia racista después de la Primera Guerra Mundial, fungió como oportunidad para que los escritores afroamericanos mostraran la eficacia política que podía dársele a la prosodia tradicional, que podría hacer que el tema incendiario proporcionara a las formas convencionales de hacer poesía (blanca) alcances y significados que hasta entonces no se habían visto. Los sonetos Liberator de McKay criticaban a los Estados Unidos por el incremento en la tasa de linchamientos y disturbios que se venían dando desde el término de la Segunda Guerra Mundial, caracterizados por la hipocresía, el capitalismo y el imperialismo. Casi todos los poetas asociados con el Renacimiento de Harlem escribieron sonetos. Hughes es la excepción significativa. Criticar el racismo estadounidense y exaltar la herencia africana y la cultura afroamericana estuvieron entre los motivos y las líneas temático–discursivas del movimiento de Harlem.

El Harlem Renaissance fue el primer movimiento artístico afroamericano concertado y políticamente autoconsciente por definirse a sí mismo como una comunidad posesclavista y posagraria, engendrando así una transformación generalizada que abarcaba un imaginario de identidad cuyos alcances traspasó las fronteras clasistas, educativas y nacionales. Los poetas del Harlem Renaissance dejaron un impacto inconmensurable en la poesía moderna y contemporánea, inspirando el movimiento de las Artes Negras (Black Arts) de los años sesenta y setenta, así como los movimientos artísticos internacionales de la diáspora africana, conocidos como Negrismo en el Caribe y Négritude en el mundo francófono, que retomarían otros filósofos y pensadores dentro y fuera de los estudios poscoloniales. ®

¡Black Lives Matter!

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