El Artista y el Neurótico

Los edificios de la ciudad guardan millones de vidas. Vidas pasadas, vidas presentes y hasta vidas imaginarias. Hay lugares donde la vitalidad es abundante, pero también hay lugares donde la soledad reina.

Oskar Kokoschka. Retrato de Adolf Loos, 1909. Schloss Charlottenburg, Berlín

Aunque su cama sea individual el Artista vive acompañado. Lo rodean vidas imaginarias, fantasmas que despiertan en la presencia del olor más sutil y del recuerdo más lejano. Cada mañana, al despertar, no puede más que preguntarse si todos despiertan de la misma manera que él —bombardeado por colores, por el arrepentimiento y por la música atonal del pensamiento. ¿Cómo es que un humano puede recuperarse de tanta violencia después de soñar? El Artista ha sido inquilino de una sensibilidad atrabancada desde que tiene recuerdo. Tardó en domar las bestias que lo asaltan, pero lo logró con el tiempo. Ahora pinta colores más fuertes que los que se asoman en la realidad, miedos más profundos que los que se esconden en el subconsciente. Así, la realidad palidece y los colores ya no son cegadores.

El Neurótico, en cambio, no es concurrido ni por los mosquitos. Insectos a los que envidia por su corta vida: una semana. En una semana, se supone, dios creó el mundo. En una semana el Neurótico no logra más que hacer lo mínimo indispensable para sobrevivir. Al despertar siempre es acompañado por un temor de salir del refugio de sus párpados. Párpados que resguardan la tranquilidad de la cercanía a la muerte. Aun así, esta batalla siempre termina, o más bien empieza, con el destello de la realidad.

Los inquilinos del edificio comparten paredes, electricidad, el miedo a la guerra y el desapego estupefaciente que caracteriza al humano moderno. Todos culpan a sus líderes, pero más a sus madres por haberles dado vida durante ese preciso momento en la historia. ¿Por qué no nacer antes, cuando se supone que las cosas eran más sencillas? No hay generación que no se pregunte esto en algún punto. ¿En qué siglo se esconde ese utópico pasado?

Al regresar al edificio el Neurótico se encuentra con el Artista, quien lleva un lienzo bajo su brazo. Nunca habían coincidido, ni siquiera estaban conscientes de sus respectivas existencias. El Neurótico no observa los ojos del Artista sino los de la imagen que carga.

El Neurótico, por otro lado, piensa que esa frialdad que se ha apoderado de él es a causa de la jaula que lo aprisiona. Se pregunta si alguien más se siente de esta manera, pero ve a todos tan resignados que no le queda más que pensar que él es el único que vive bajo la absurda e ineludible represión de la arquitectura. Con cada mudanza resiente más y más a los arquitectos por crear espacios que se asemejan más bien a un dictador. Espacios que dictan una manera de vivir con la que no concuerda y que, día con día, reprime los sentidos, la mente y el alma. Las opciones son limitadas. No le queda más que trabajar para habitar un espacio impositivo y pretencioso; un espacio que le promete felicidad pero que en realidad se ha convertido en la raíz de sus miserias. Ahí no hay espacio para un individuo ni para un creativo, todo está firmado en piedra, como el contrato que lo ata a su propia jaula —una jaula de paredes tan planas, tan rectas, que no logran absorber ni los suspiros del pasado. Es ahí donde cualquier naturaleza humana muere.

Es martes, 3:23 pm. A esa hora el Neurótico acostumbra darle la vuelta a la cuadra para respirar, o tal vez para no pensar. Hoy no ha sido tan puntual. Al vestirse no encontró más que calcetines huérfanos en el cajón. Esto causó que se apoderara de él una tristeza monumental. Vació el cajón en búsqueda de los pares, pero no los encontró. Rendido, prefirió salir descalzo. Ahora camina bajo la sombra de los edificios que se han multiplicado por la ciudad y agradece que por ellos sus pies estarán a salvo.

Al regresar al edificio el Neurótico se encuentra con el Artista, quien lleva un lienzo bajo su brazo. Nunca habían coincidido, ni siquiera estaban conscientes de sus respectivas existencias. El Neurótico no observa los ojos del Artista sino los de la imagen que carga. Es azul, aunque la variedad de colores es abundante. El hombre ilustrado voltea hacia enfrente con una mirada retadora pero muerta. Es como si la persona acabara de fallecer, pero su alma no ha tenido tiempo de partir. En el reflejo de sus pupilas se ve un camposanto, pero el Neurótico no alcanza a percibirlo —está demasiado distraído con la similitud de esta imagen con la de un sueño memorable del pasado.

Cautivado por la posibilidad de ser comprendido, cautivado por las coincidencias, el Neurótico siente esperanza. Para alguien tan apático su alta sensibilidad no puede más que parecer ironía. Aun así, su indiferencia nunca estuvo preparada para combatir la ilusión. Por primera vez después de mucho tiempo fue seducido por la sedación de sentir. El Neurótico podría haberse quedado sedado por días enteros, pero la imagen se esfumó junto con el Artista. No le quedó más que despertar de su trance.

Con rabia hacia el Artista por el efecto de su obra, el Neurótico grita: “Psicótico, éste no es un lugar para sentir, aquí las paredes rebotan cualquier impulso por vivir”. El Artista no sabe a quién van dirigidas las palabras; tampoco sabe que el Neurótico es un neurótico, ni que él mismo es un artista. Entonces lo ignora, piensa que le habla a alguien más ya que para ser psicótico debes de afectar a tu alrededor —él nunca le dio tanto valor a sus acciones, mucho menos a sus obras.

Qué fácil es pensar que la creación pasa inadvertida, que no afecta a los que la ven, ni a los que la habitan. El Neurótico sabe que esto no es verdad. Se encuentra atormentado por los ojos muertos que le regresaban la mirada, esterilizado de cualquier sentimiento por la arquitectura impositiva que lo rodea. Entonces se sienta en su sala y no hace nada, pero tampoco se aburre; ese es un sentimiento infantil —el Neurótico simple y sencillamente se entretiene suprimiendo sus pensamientos, que no es trabajo fácil.

Qué fácil es pensar que la creación pasa inadvertida, que no afecta a los que la ven, ni a los que la habitan. El Neurótico sabe que esto no es verdad. Se encuentra atormentado por los ojos muertos que le regresaban la mirada, esterilizado de cualquier sentimiento por la arquitectura impositiva que lo rodea.

El Artista vive en el piso de arriba del Neurótico. No deja de pensar en ese extraño encuentro que trajo consigo miedo al futuro. Miedo de la certeza que lo único que le depara es la miseria. No sabe de dónde proviene este sentimiento, pero lo siente en la boca de su estomago. Él no se atreve a culpar a la arquitectura, ni a su vecino, entonces petrifica esa sensación y la expulsa de su ser—Pinta un ruina que se esconde entre la neblina; un arquetipo del romanticismo que solía detestar, pero por el cual ahora siente una entrañable e inexplicable empatía.

El Neurótico ha aprendido a silenciar el alma, pero nunca pensó en el poder de una imagen. Es por eso que los ojos del retratado azul se escabulleron hasta lo más profundo de su mente. Desea ver ojos tan cerca de él cómo los de la pintura, que ahora rondan por su mente, pero no hay nadie a su alrededor. Sólo ve esas paredes que podrían ser las mismas que las de un hospital o, con un poco de suerte, las de un mortuorio—y es que hasta la belleza y la perfección pueden desvanecer cualquier rastro de humanidad. Dominado por la idea que las paredes deben de guardar dentro de ellas recuerdos del pasado, el Neurótico no duda en apuñalarlas. Busca dentro de ellas los restos de su memoria, un pasado cálido. Usa con toda la ira del mundo un cuchillo mantequillero para destrozar la creación de un desconocido arquitecto, a quien culpa por crear paredes tan silenciosas, paredes que guardan recuerdos tan intangibles. Escarba, sin culpa, sin remordimiento, y con una paciencia obsesiva.

Las horas pasan y todos sospechan que el mundo sigue igual; ignoran la posibilidad del caos. Con un último ataque a la pared, las paredes se comienzan a desmoronar. El Artista alcanza a dar su ultima pincelada antes de que el piso debajo de sus pies comience a caer.

Todo cae. La pintura.
El cemento. Las memorias.
Los cuerpos.

Con un sospechoso tinte profético, la imagen de las ruinas es enterrada por ruinas de verdad. Los cuartos del edificio revientan con polvo que parece humo. Los ceniceros que habitaban el edificio, ya no guardan cenizas, si no escombros. Nada es lo que fue, pero la eternidad se ve prometedora. El Artista cayó sobre El Neurótico, ofreciéndole un abrazo de conciliación eterno —Lástima que ya no tienen paredes dónde esconderse. ®

Publicado originalmente en Galimatías.

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