El bladerunner y el replicante

Diario de un espectador, XIX

Cada cosa es Babel, pero en cada cosa y cada gente existe una vocación granjera o cazadora, replicante o bladerunner. Así se pueden distinguir las ciudades o los arquitectos, los escritores y los músicos…

Roy Batty, replicante.

Atmosféricas. Viene, como siempre, ah Borges, la lluvia desde el pasado. Un trueno estupendo abre el tiempo de aguas. Es el primer temporal para el joven can: de él se apodera un terror que viene de milenios. Granizo, remolinos de aire, y en la calle la gente corría y corría. Una tela de plata cubre al jardín, lo purifica. Al día siguiente, una chuparrosa bajo la pérgola cumple sus tareas con renovado gozo. Pero el calor, se sabe, sigue por lo pronto como una nube implacable. Esperando el día de San Juan, el Bautista, que cada año vierte sobre el mundo el agua lustral de sus bendiciones.

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Ciento treinta y cuatro años después la historia es la misma, nomás los personajes cambian. A caballo va el jinete/tocando el tambor del llano, dijo desde Granada Federico. Dos se suceden ahora, ambos con el apelativo de Juan Evangelista, ambos serenos, tal vez, mientras advierten el augusto peligro del inescrutable ánimo del caballo que dominan, por ahora. Saben los dos que todo está perdido, que todo está por ganarse. Sueñan ambos con acueductos que crucen los potreros o las ciudades, con las cosechas de trigos o de almas, con el fervor de capillas a erigir, con las calmas páginas de L’Illustration Française que al atardecer serán recorridas, con la fidelidad de los perros echados en el primer arco del corredor, con el equipal desde donde, al calor del tequila, podrán terminar las páginas del inmortal Matías Sandorf, el de Julio Verne. Con las mujeres que nunca les hicieron caso, con otras que saben esgrimir ahora el puñal del olvido y el delirio. Jinetes en alazanes, sombreros de ala corta como cumple a su temple, miran el reino que para ellos estaba y que naufraga ya ante el implacable machete de la eternidad y la gloria.

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Circunstancia de quien cambiaba el rumbo del planeta:

“Uno de los escasos policías–espías que fue admitido a esta caverna llena de humo fue sacudido por los caóticos hábitos de Marx:

“Lleva la existencia de un verdadero intelectual bohemio. Lavarse, acicalarse y cambiar su ropa son cosas que raramente hace, y gusta de emborracharse. Aunque seguido está ocioso por innumerables días, trabajará día y noche con incansable resistencia cuando tiene mucho trabajo por hacer. No tiene tiempos fijos para irse a dormir o despertar. Seguido permanece despierto toda la noche, y luego se acuesta totalmente vestido en el sofá hacia mediodía y duerme hasta la noche, interperrito por las idas y venidas del mundo entero.”

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Los escualos son escuálidos. Lo esencial: un cuerpo poderoso y perfecto, la dentellada justa, la muerte impresa en toda su piel. Como ciertas mujeres.

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Cazador y granjero/ bladerunners y replicantes. Hipótesis Deckard, dedicada a todos los Limónov–Zapoi que han sido. Dice una docta teoría que desde siempre, aún antes de que ciertos nómadas descubrieran la hortaliza, los hombres forman dos partidos opuestos y complementarios: los que escogen el sedimentarismo y los que perseveran en la búsqueda de la presa. La seguridad, siempre relativa, y el riesgo, a veces calculado y otras demencial. Unos son la masa que da pie a la formación de las civilizaciones, otros son el fermento y la sal de la tierra que hace posible la supervivencia y la esperanza. Unos viven en el vuelo gallináceo y la tibieza de la tribu, los otros vagan en el borde de todas las navajas. Pero, como dice JRR Tolkien, no todos los que se dan a la errancia están perdidos. Philip K. Dick lo dijo muy claro para el siglo XX y los que le siguen: de allí el avatar que inventó para Caín y Abel, para Héctor y Ulises: el bladerunner y el replicante. Cada cosa es Babel, pero en cada cosa y cada gente existe una vocación granjera o cazadora, replicante o bladerunner. Así se pueden distinguir las ciudades o los arquitectos, los escritores y los músicos… Si hay suerte, comparece la lucidez y es posible examinarse, asumirse, tomar partido. Hay quienes nacen granjeros y un día se vuelven nómadas; hay quienes son replicantes por herencia o costumbre y se convierten, en el camino a Damasco, en los más osados blederunners. Innumerables los ejemplos, con San Pablo como arquetipo. Entre los escritores contemporáneos: Rostand, Claudel, Greene, Waugh, Papini. Entre las bandas de rock: los Beatles, los Stones, la de Dylan o Cohen, Beirut… Y así se puede seguir en muchos campos. El novísimo libro de los bladerunners comienza de la misma manera que Moby Dick: Call me Deckard.

El bladerunner nunca se conforma, arde, quiere todo el tiempo más, ah Kerouac, perdido entre las garras de la heroína, entregado a humildes tareas cotidianas —Maestro Palacios— o sufriendo los más altos transportes místicos, como Santa Teresa. Busca, rompe, incomoda, se la juega a fondo cada día. No es necesariamente la violencia o el salvajismo lo que los distingue. Pueden ser como Luis Barragán, quietos monjes de la serenidad y el erotismo (la némesis perfecta, el replicante casi simétrico, en un espectacular y exitoso Mario Pani). Pueden ser como el plácido Rubens, como el papa Francisco, como el Pípila o los Niños Héroes, como el mismísimo Maximiliano de Habsburgo o el Joven Macabeo Miramón. Hay corredores de la navaja de todos los estilos y talantes. La nómina de los replicantes puede ser de una extensión inagotable, también en todos los campos. La llamada 4t, au grand complet, es una replicante de pizarrón. Jan Palach, en cambio, tiene una capilla especial en las catacumbas de los bladerunners, al igual que Jim Morrison o Rimbaud o The Clash o Corto Maltés.

El escaso y esencial partido de los Limónov–Zapoi es ahora un avatar contemporáneo de los amantes del filo de todas las cosas. Eduard Limónov, el ruso, escritor, mercenario, dandy extraordinaire, su vida de lumbre y cálculo felino y locura, tan frecuentemente inmerso en las borracheras itinerantes y pendulares que denominan zapoi, es uno de los agentes actuales de esta conflagración silenciosa o estruendosa que por ahora va justificando la vida de los hombres, salvándola de la letal mediocridad, del suicida conformismo de los replicantes, de los borregos y los satisfechos. Arda, pues, la vida. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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