El cártel de los usuarios, II

Los menesteres del ocio, VII

El dinero fácil se ha tornado difícil en el Consejo de Cultura, pues cada vez son más numerosos y más hábiles los delincuentes que se lo disputan.

Fotograma de El proceso, de Orson Welles, 1962.
El viejo burócrata, despedido cada trienio,
cada sexenio gira en la puerta de cristal,
donde se entra tan fácilmente como se sale.
Aunque cada vez la flecha trazada con tinta roja en el muro
adquiere para él un solo sentido, y quienes entran
lo empujan, con resolución juvenil,
como si fuese una bolsa de tamaño humano
que contiene la basura de todo el Consejo.
De nada le vale su nombre de héroe
de la Independencia, puesto por azar o por error
en el registro civil a los hijos de puta,
su hígado como una piedra donde orinan las víboras,
capaz de soportar cualquier ácido
pero que últimamente se desmorona
por el orín del tedio y de los años de servicio.
El par de putillas a las que ha adiestrado
para que enriquezcan su oficio de mecanógrafas
con propinas y sobresueldos vespertinos,
cada vez le responden con mayor contumacia
y contumelia, a medida que se sienten
más autónomas, más avezadas. Son idénticas
y el cliente potencial apenas distingue
a una de la otra. Con débiles pupilas,
el burócrata a veces también las confunde: son iguales
a cualquier secretaria, pero más soeces infames, en el
uniforme que disfraza a medias su oficio clandestino.
Los drogadictos disfrazados de poetas y críticos
se han acostumbrado a patear este fardo,
al mueble apolillado que obstruye
la puerta giratoria. Que nunca tuvo otros vicios
que el rencor y el tedio. Que mira el mundo desplegarse
a través de sus pupilas acuosas, sílfides que nadan
en la superficie oblonga de sus lentes. La burocracia
es implacable, a pesar de sus maneras insípidas
y la frigidez de su rostro, guarda una brasa interior
en la que se refractan las gemelas, como
unas bailarinas en la resbaladiza tabla del organigrama
por donde el viejo no volverá a trepar,
aunque lo intente con uñas y dientes.
El débito sexual es meramente simbólico
entre el gremio de los escritores y sirve
para apuntalar algo más que un pacto suicida:
el consuetudinario contrato por el bistec y la caguama.
No son ellos, pues, los usuarios, sino los altos burócratas
del par de mecanógrafas que a veces se ponen gorras de marinero
y botas de piel, en estrambóticos atuendos
que sirvan para atraer y atizar, en su leal ignorancia,
el macilento deseo de los directores y subgerentes
de este edificio y los vecinos: las pordioseras del sexo bajan
con ellos en la hermética caja de plomo del ascensor,
con la lentitud del mercurio que está a punto de
derramarse.
La cultura es el burdel de la burocracia general
e inclusive de los mandos medios de la iniciativa privada.
Los jóvenes artistas sirven a los mismos fines,
malditos no, psiclípticos, con los viejos pederastas
que son leones y lenones del organigrama. Así completan
lo que becas y premios no alcanzan nunca a sufragar:
el tributo semanal a los dealers, en los abarrotados
y oscuros excusados de los bares de viernes,
donde la vida se despereza como una bestia inflable,
urdida toda ella con terciopelo y chaquira
como un delfín que regurgitando se fuga.
Ellos son el cártel de los usuarios, insisto, pacífico
sindicato de consumidores, que no portan armas
sino sólo dinero en efectivo, pues su fuerza radica en el
número.
No hacen manifestaciones callejeras, aunque son
tan orgullosos y beligerantes como el Movimiento Arco Iris,
cuyos amplios y minuciosos círculos intersectan.
No tienen un ombudsman ni un procurador
que vele por sus derechos: se valen por sí mismos
a mordiscos y puntapiés, en los bajos fondos
de la selva selvaggia suburbana, donde nacieron
y donde mueren acuchillados o aplastados por automóviles
fantasmáticos, en las vinosas noches de viernes.
Ninguno de ellos aspira a llegar a la vejez
como este fardo, la piedra de tropiezo que obstruye
la puerta giratoria, donde pasado y presente
gentilmente se ceden el paso. Burócrata de la vieja escuela, que arranca limosnas y estipendios a sus pupilas —repito—,
y que ellas ceden por lástima o lascivia, con la misma
facilidad con que los escritores tiran el dinero:
a través de ellas contempla la vida, como un vasto
y minucioso espectáculo, que cada día entiende menos. ®

(14 de septiembre de 2021)

Lea “El cártel de los usuarios, I”.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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