El Gran Agujero de Galicia

La Ciudad de la Cultura de Compostela, o cómo gastar el dinero que no tenemos para atraer a no se sabe quién

A los gallegos nos conocen bien en todo el mundo. O no. Nos soban en tópicos, pues sobran estereotipos. Lo que está claro es que algunos gallegos no se conocen bien a sí mismos y se buscan en profundos agujeros. Por ejemplo, los políticos que nos dirigen, que viven en una realidad paralela, en un universo de fantasía donde todos sus sueños locos, pero sobre todo caros y megalómanos, son posibles.

Uno de los dirigentes que tuvo este país llamado Galicia —nación para algunos, comunidad autónoma de carácter histórico según la Constitución postfranquista, región para otros nostálgicos, patria para los nacionalistas— fue el ex ministro de Franco, el también gallego Manuel Fraga. Luego de fracaso tras fracaso en la política nacional en Madrid, donde no pudo llegar más que a principal dirigente de la oposición con el Partido Popular, se retiró a su tierra natal y “reinó” durante dieciséis largos años. Galicia era entonces, y no mejoró demasiado, una de las zonas más pobres del Estado español, adonde habían empezado a llegar, en forma de maná, los Fondos Europeos, tras la adhesión a la UE en 1986. Fraga comenzó su virreinado —en España le llamamos democracia a escoger entre dos o tres partidos que se han convertido en auténticas sectas que imponen a sus gurús en las listas electorales, sin posibilidad alguna de salirse de este sistema, como está comprobando el Movimiento 15-M— en 1989.

Además de conseguir desviar una autovía que tenía que circundar toda la costa gallega por el norte —Autovía del Noroeste— hacia su villa natal en el interior de Galicia, Vilalba, el viejo conservador quería a toda costa que lo recordasen (en la Transición, al ser él uno de los padres de la Constitución, se libró de que lo procesasen a él y a todos sus camaradas en el futuro por todos los crímenes del franquismo) por algo grande. Y a Quijote Fraga se le ocurrió, junto a su escudero Pérez Varela, inefable consejero de Cultura que confundía los Carmina Burana de Carl Orff con una “buena cantante de este país” (sic, y si no me creen, pueden escucharlo en este enlace, aunque se divertirán más en este montaje de Youtube con su voz presentando una programación cultural) la Ciudad de la Cultura. O lo que es lo mismo, arrasar un monte, el Gaiás, en el que no había nada más que “roleiros”, terrazas de cultivo pinceladas a lo largo de siglos por campesinos, para dar rienda suelta a su megalomanía. Para completar esta chifladura tenía que encontrar a un arquitecto al que también le gustara vender humo y rellenar huecos: el estadounidense conservador Peter Eisenman, quien en varias entrevistas defiende que los gobiernos de derechas realizan mejores obras porque “del consenso no sale nada bueno”.

De cinco años de obras a diez, de 100 millones de coste a unos 500

Manuel Fraga, de quien se decía que era tan inteligente que “le cabía el Estado en la cabeza”, resultó ser un megalómano que quería meter toda la cultura de Galicia en una ciudad con forma de vieira (molusco cuya concha llevan los peregrinos a Compostela como símbolo).

Las obras comenzaron a principios de 2001: se trataba de ocupar 700 mil metros cuadrados, de los cuales urbanizados estarían 175 mil. El coste inicial, tras unos ajustes, pasaba de 108 millones de euros a 133. Incluía varios edificios, a cual más inútil: una biblioteca, como si todos los gallegos fuéramos a ir a leer allí; una hemeroteca, como si aún no existiera internet y no se pudieran colgar todos los periódicos de todas las épocas y de todo el mundo si quisiéramos; un Museo de la Historia de Galicia, mientras el Museo do Pobo Galego que ya hay tiene unas instalaciones tan reducidas que se ha quedado pequeño y por encima con problemas de financiación; un edificio de nuevas tecnologías cuando Galicia es de las comunidades españolas que más fuga de cerebros sufre porque no se invierte en institutos de investigación; un Teatro de la Música, cuando en Santiago se ha construido el Auditorio de Galicia y en otro monte, el Monte del Gozo, hay un auditorio enorme al aire libre que está infrautilizado; un edificio de oficinas (que es en lo que realmente se está convirtiendo ahora este macrocomplejo) y otro, que nadie sabe aún qué pinta, denominado Bosque de Galicia.

En teoría, en 2004 se entregarían los últimos edificios y en 2005 estaría concluida la magna obra. El caso es que Fraga gobernó hasta 2005, en que se llevó la sorpresa de un bipartito, y no vio la obra terminada. El nuevo gobierno, un bipartito entre un partido socialista desnortado y el Bng, partido nacionalista que ni soñaba tocar poder todavía, no supo qué hacer, si parar las obras, dinamitar todo, o seguir con la locura. Y optó por esto último. Se encontró sorpresas, como que una empresa suministradora de piedra para las cubiertas del monstruo de Eisenman había agotado su material. Por supuesto, la empresa tenía conexiones con el Partido Popular de Fraga. El periódico más vendido en Galicia clamaba contra esta ciudad de la cultura ahora que no estaba Fraga, un gran controlador de la prensa ya desde su etapa franquista, en la cual había sido ministro de Información y Turismo. De repente, La Voz de Galicia —alias “La Coz de Galicia” en boca de sus detractores— descubría que la ciudad de la cultura frago-eisenmaniana ya no hacía falta. Y se cebaba con el nuevo presidente, el socialista Emilio Pérez Touriño, que en 2006 decide paralizar las obras durante catorce meses para redefinir lo que va a ir dentro de aquellos enormes cajones de piedra.

Nuevo gobierno, viejos vicios

El coste actual de este complejo se cifra en unos 400 millones de euros, cuatro veces más de lo presupuestado. Y como ven en las imágenes, aún no se ha terminado. Las últimas declaraciones del actual presidente de la Xunta, de nuevo de la cuerda conservadora de Fraga, el austero Alberto Núñez Feijóo, apuntan a que entre este año y el próximo estará todo rematado. Este nuevo presidente, que ganó por la mínima la mayoría absoluta, iba a sacar Galicia de la crisis en 45 días y en estos dos años que lleva se ha duplicado la cifra de parados. Por supuesto, él no tiene culpa alguna: los malos son los socialistas que gobiernan aún en Madrid, con José Luis Rodríguez Zapatero al frente. Al antiguo escudero de Fraga, Pérez Varela, le sucede ahora otro Varela, Roberto, que se lució al poco de aceptar su cargo de consejero de Cultura diciendo que la cultura gallega estaba “ensimismada”. Tantos años como diplomático en Nueva York lo desconectaron. Tanto, que tiene que echar mano de traductores automáticos para sus discursos en gallego y, la culpa siempre es de la técnica, llega a traducir topónimos gallegos al castellano causando la risa general cuando soltó “Desván de los Monjes” en lugar de Sobrado dos Monxes en un discurso. Roberto Varela es un gran defensor de la ciudad de la cultura, tanto que la mayor parte del presupuesto de su departamento se va para ella, en improvisadas agendas culturales para un público escaso porque, no se lo pierdan, llegar a la Ciudad de la Cultura no es fácil. Apenas hay autobuses y, si vas en coche particular y no conoces Santiago, no hay una sola indicación de su lugar. Tú circulas alrededor pero no sabes cómo meterte: en diez años de obras aún no la señalizaron ni pusieron un entronque desde la autopista al complejo que más caro nos ha salido a los gallegos en todos los tiempos.

Un visionario dramaturgo gallego, Quico Cadaval —no se pierdan, si pueden, su obra Shakespeare para ignorantes— dijo que había que venderle la Ciudad de la Cultura al hipermercado Carrefour. Su estructura se asemeja más a un gran centro comercial en el que pasear los fines de semana con los niños (y así nos lo venden en parte en la página web del complejo). Los visitantes circulan por allí, anonadados, sin nada que llevarse a su carrito si lo tuvieran, asombrados del enorme espacio vacío, a veces ocupado por objetos superados, como los libros que nadie lee en aquel lugar fantasmagórico.

Un visionario dramaturgo gallego, Quico Cadaval dijo que había que venderle la Ciudad de la Cultura al hipermercado Carrefour. Su estructura se asemeja más a un gran centro comercial en el que pasear los fines de semana con los niños (y así nos lo venden en parte en la página web del complejo)

Los guardias de seguridad, si pones la oreja, te das cuenta de que son improvisados guías y maledicentes cicerones que enseguida te sueltan que el coste de limpiar una sola vez las cristaleras de aquel monstruo de hormigón, piedras raras y metales varios le bastaría para retirarse. También por ellos te enteras de que tienen que ayudar a todo paseante en silla de ruedas y a todos los atribulados padres que se atreven a ir allí con sus retoños más pequeños en carritos de bebé a salvar las escaleras y escalones. A Eisenman, en su soberbia proverbial, se le ha olvidado que existen personas que no caminan sobre dos piernas, aunque él debería hacerlo a cuatro por la cantidad de veces que puedes oír a los turistas ocasionales llamarle “burro”. Con perdón de estos sufridos équidos cuadrúpedos, hoy casi olvidados por estos lares, pero que al menos han ayudado a los labradores en sus pesadas tareas agrícolas. Peter Eisenman, bípedo arquitecto, no ayuda sino a dilapidar el poco dinero que los gallegos podríamos tener para difusión de nuestra lengua y cultura. Sólo por poner un caso: en Galicia hay miles de petroglifos milenarios de los cuales no hay un solo catálogo oficial, todos son hechos por particulares aficionados, porque aún rige una Ley de Patrimonio en la que, no se lo pierdan, se establece que no se puede hacer fotos a estos relieves en piedra.

Roberto Varela es el típico político español que ofrece edificios vacíos y sin utilidad para que “el público pueda apreciar la obra”, como quiere hacer con el Museo de Galicia. Este mismo año, antes de las elecciones autonómicas y municipales, un político valenciano, también del PP, Carlos Fabra, inauguró un aeropuerto sin aviones ni permiso de navegación aérea para que los de Castellón pudiesen pasear por él, “algo que no pueden hacer en un aeropuerto normal” (sic).

Con la Ciudad de la Cultura, Fraga cayó en la trampa de la burbuja inmobiliaria política: en Valencia habían hecho la Ciudad de las Artes y las Ciencias y el ya quebrado parque temático de Terra Mítica; en Barcelona, gracias a las Olimpiadas, la Torre Agbar; en Bilbao un edificio del que apenas se conocen sus contenidos, pero cuyo continente impone, el Museo Guggenheim… Fraga había visto cómo su maestro Franco había llenado de hormigón media España en la época del desarrollismo y casi consigue hacer lo mismo con Galicia en su época de gobierno: se hartó de construir parques empresariales donde no hacían falta; de hacer concentraciones parcelarias que cuando se terminaban había que volver a empezar; fomentó el monocultivo del eucalipto y no consiguió terminar el ciclo de la madera en Galicia, donde nos quedamos con la industria más contaminante; se hartó de llenar de parques eólicos los montes y de minicentrales eléctricas los ríos pero los gallegos nunca tuvimos la energía más barata y no atajó la contaminación de nuestras rías.

Otra de las locuras —donde escribo locura pueden cambiarlo por estupidez— de Fraga fue la búsqueda de petróleo frente a las costas de Galicia. En el año 1994 destinó 400 millones de las extintas pesetas (en euros serían unos dos millones) para buscarlo en aguas cercanas a Portugal. El nuevo gobierno conservador vuelve a la carga, esta vez más al norte y en forma de gas, frente a las costas de Noya, en una zona llamada O Gran Burato. Ya llevan más de un millón de euros destinado a esta empresa. O Gran Burato se traduce en castellano El Gran Agujero. Ése en el que nos están metiendo los políticos a todos los gallegos con sus ocurrencias. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Crónicas antiturísticas, Destacados

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