El horizonte de la catástrofe

A dos años del desastre de la Deep Water Horizon

Si el capitalismo ha de prevalecer en la historia del mundo por venir, entonces lo que anhelamos es que sea un modo de producción diverso al que ahora se atisba; equilibrado, racional, con bajos niveles de entropía, democrático y bien repartido. El reto está así planteado y, dada la magnitud de la apuesta, no podrá solventarse con menos que una participación global, científica, filosófica, ciudadana y política interconectada.

Hace ya dos años, la tarde del 20 de abril del 2010, tras tres intentos fallidos de echarla a andar, la plataforma acuática semisumergible Deep Water Horizon (contratada por British Petroleum [BP] a la empresa Transocean Inc., especializada en equipo masivo para excavaciones en aguas profundas), ubicada a ochenta kilómetros de la costa de Luisiana, estalló tras el primer intento pretendidamente exitoso de bombear petróleo crudo a la superficie. Durante el accidente, once trabajadores de BP murieron en la torre, la cual se hundió tras un incontrolable incendio de 48 horas, en tanto que el infierno se desataba en las profundidades del Golfo de México: “A 80 kilómetros de la costa, una milla por debajo del agua en el lecho marino, el pozo Macondo de BP arrojaba algo así como un Exxon Valdez cada cuatro días”.1

El daño ambiental, por supuesto, ha sido monumental y lo será durante varias décadas. El accidente ha marcado el inicio del siglo XXI como en su momento el hundimiento del Titanic marcó al naciente siglo XX. Ambos comparten el factor simbólico de lo marino, que remite a los estratos profundos de la mente de la especie; el sustrato arcaico de nuestra naturaleza elemental. En el nivel del desarrollo histórico del capitalismo industrializado la desaparición del Titanic representó el fin de la era del vapor como impulsor principal de la productividad mundial para dar paso al inicio desenfrenado de la era de los combustibles fósiles. El desastre de la Deep Water Horizon, por su parte, representa el inicio de la era de los riesgos impunes y del encumbramiento de la lógica corporativa desregulada de acumulación masiva del capital.

Asimismo, la explosión del pozo de BP (cuyos antecedentes ominosos pueden rastrearse en el estallido del pozo Ixtoc I de Pemex en 1979, el estrellamiento del buque-tanque Exxon Valdez en 1989 y en la destrucción de los pozos petroleros kuwaitís en 1990, por parte del ejército iraquí, durante la Guerra del Golfo) es el corolario de una esencialidad inherente a la Modernidad occidental. Aquella que ha desbocado a la humanidad en el vértigo de una inventiva que hace mucho tiempo dejó de ser un conjunto de herramientas de apoyo para la vida para volverse una malla omniabarcante con vida propia cuyo objetivo único es mantener en funcionamiento perpetuo el sistema global de producción de valor. En ello ha ido el modo de ser y los más recalcitrantes empeños de la especie humana que se extravía en su propia instrumentalidad sin límites.

Es, en consecuencia, el imperio del riesgo interiorizado como irremediable lindero de la acción del hombre en el planeta. El anhelo de integrar a cabalidad las dinámicas naturales a las estructuras socio-técnicas sigue aún lejos de alcanzarse; sin embargo, las capacidades tecnocientíficas ensanchadas (integradas con los procesos administrativos y los intereses político-económicos) han permitido redibujar la cuadrícula de lo natural de maneras nunca antes vistas, hasta lograr hacer que las redistribuciones materiales del sistema social produzcan cotidianamente redistribuciones orgánicas, físicas y químicas en el entorno ambiental. La juntura indisociable del desarrollo tecnológico y la explotación masiva del planeta con fines mercantiles, económicos y financieros marca el modo profundo de ser de nuestra civilización.2 Cualquier otra consideración es, pues, sólo un movimiento de superficie.

Por ello, más allá del escándalo mediático, no es en absoluto extraño el modo de actuar de la máxima potencia político-militar del planeta, Estados Unidos, en el caso de la catástrofe del pozo Macondo. Antes del desastre estuvo la negligencia estratosférica que se convirtió en connivencia criminal. Un estado de aletargamiento corrupto que lo mismo hizo que se pasaran por alto, con pleno conocimiento de causa, las más elementales medidas precautorias, que se entrara en la espiral de lo improbable como imperceptible. Sobre esto último, dado el renombre mundial que BP se había construido en la industria petrolera (por lo demás utilizando una estrategia consabida: con exceso de publicidad sobre su compromiso ecológico y social), es posible que sinceramente se haya creído que era sumamente improbable que un desastre ocurriera: “El servicio de Manejo de Minerales, la agencia federal que regulaba las perforaciones en mar abierto, había declarado que las posibilidades de una explosión eran de menos de 1% y que, incluso si eso sucediera, no se liberaría mucho petróleo”.3

Pero por otro lado (con mucho el más grave), el gobierno de Estados Unidos, mediante su secretaría encargada de esto, dio carta blanca para que British Petroleum trabajara como mejor le conviniera en el lecho marino del Golfo de México. Así, el Servicio de Manejo de Minerales “había permitido por años que la industria del petróleo se autorregularizara [aprobando] operaciones peligrosas de BP casi sin seguros ambientales”.4 De esta manera, y con base en una sólida red de corrupción, intercambio de favores y, por supuesto, la desatención consciente del Ejecutivo estadounidense, fue posible que los requisitos de seguridad presentados por BP ante el Estado norteamericano fueran una verdadera oda al cinismo:

BP calculó que en el peor de los casos un derrame sería de 162,000 barriles diarios. En otro plan de respuesta al derrame para todo el golfo, la compañía afirmaba que podía recuperar casi 500,000 barriles al día usando tecnología estándar, de manera que el peor derrame causaría el mínimo daño a la pesca y a la vida silvestre en el Golfo, incluyendo morsas, nutrias y leones marinos.

No hay morsas, nutrias y leones marinos en el Golfo. El plan de BP también incluía en su lista para casos de emergencia a un biólogo marino que había muerto hacía años y daba la dirección de un lugar de entrenamiento en Japón como un sitio de abasto para adquirir equipo de respuesta para los derrames. Los desaciertos tan difundidos también habían aparecido en los planes de respuesta de otras compañías petroleras. Simplemente habían sido copiados y pegados de planes más viejos que se habían preparado para el Ártico.5

Hasta hace poco la creencia universalmente difundida es que esto sólo era posible en las repúblicas bananeras del Tercer Mundo, lugares tradicionalmente utilizados por las fuerzas directivas del orden global para toda clase de explotaciones, experimentos económicos y sociales y, sobre todo, para una miríada de prácticas antiéticas que la opinión pública primermundista suele no tolerar en suelo propio. No obstante, el primado del beneficio financiero y el afianzamiento de una posición estratégica en la guerra energética global revelaron que la administración empresarial contemporánea se rige por la dinámica esotérica del mercado y de la geopolítica, que se encuentra allende el escrutinio democrático de los medios masivos de comunicación, la ciudadanía y las organizaciones ambientalistas.

Por ello, más allá del escándalo mediático, no es en absoluto extraño el modo de actuar de la máxima potencia político-militar del planeta, Estados Unidos, en el caso de la catástrofe del pozo Macondo. Antes del desastre estuvo la negligencia estratosférica que se convirtió en connivencia criminal.

El proverbial doble discurso de la política alcanzó su máxima crudeza con el accidente colosal de Deep Water Horizon. La actuación de Estados Unidos en el asunto ha sentado un precedente abyecto: con el nivel de fuerza mundial que posee ha legitimado la ilegitimidad corporativa post-regulatoria. Que esto haya ocurrido de manera más o menos velada desde los tiempos de las compañías fruteras estadounidenses en Centroamérica es verdad; pero lo siniestro del caso del pozo Macondo es que en esta ocasión se ha hecho a la luz del día y sin ápice de remordimiento. Como no había ocurrido nunca antes en su historia, el Estado imperial norteamericano ha dejado a sus ciudadanos a su suerte ante un acontecimiento catastrófico en territorio propio. Este hecho es fundamental para comprender la magnitud de lo que ha representado su papel en los sucesos previos y subsecuentes al derrame pantagruélico de crudo en el Golfo de México. Sin duda no por primera vez en la historia reciente, pero sí por primera vez con tanto desparpajo, el Estado estadounidense ha hecho ver que, ante todo, la lógica que gobierna su actuación como entidad garante de que se cumpla la ley, tanto en el nivel doméstico como en el internacional, está inextricablemente atada a la dinámica ciega de la productividad capitalista.

Esa es la razón por la que la actual administración estadounidense, lo mismo que sus antecesoras y las que vendrán en el futuro, en realidad no puede hacer nada para detener el proceso de explotación petrolera con una cantidad cada vez mayor de riesgo. Por el contrario, tenderá cada vez más a fomentarlo y protegerlo, puesto que su posición privilegiada en el mundo capitalista globalizado —que lleva ya casi cien años de ostentar— depende en buena medida de su capacidad para sostener una ventajosa estrategia universal en energéticos y poderío militar. De esta manera, “la administración ha aprobado planes tanto de BP como de Shell Oil para perforar un total de once pozos exploratorios en los mares de Chuckchi y Beaufort, al norte de Alaska”.6 La exploración en las costas de Alaska es la última frontera de la lucha energética estadounidense; en esa extensión territorial norteamericana “se cree que las aguas sin explorar de la región contienen hasta 27 mil millones de barriles de petróleo (cantidad que podría competir con algunos de los mayores campos petroleros del Medio Oriente)”.7

En tales circunstancias la amortización de los desastres en bien del sostenimiento del imperio será la ecuación preceptiva en los tiempos por venir. En consecuencia, el derrame del Golfo causado por el nuevo estado cínico de la administración de empresas y la administración estatal en conjunto terminará en el mero anecdotario macabro de nuestros tiempos. BP sigue tan fuerte como siempre, con sus planes de expansión a toda máquina, forzando al máximo el límite del riesgo en pro del valor de sus inversiones:

Esto es lo que BP tiene guardado para el Ártico: primero, la empresa perforará hasta dos millas bajo su pequeña isla [artificial, hecha de grava comprimida], que ha bautizado Liberty. Luego, en un ingenioso giro, perforará hacia el costado por otras seis a ocho millas, hasta alcanzar una reserva bajo el mar, que según estimaciones contiene 105 millones de barriles de petróleo. Éste sería el pozo de “alcance extendido” más largo jamás intentado, y el esfuerzo ha forzado a BP a llevar la tecnología de perforación más allá de sus límites demostrados… BP, un delincuente reincidente sujeto a multas récord por violaciones internacionales a la seguridad, dice que el proyecto es “uno de sus más grandes retos hasta hoy”, un reto de ingeniería vuelto más peligroso por los planes de operar todo el año en lo que la empresa misma reconoce como “uno de los climas más severos del planeta”.8

Las modificaciones globales del sistema administrativo empresarial, en conjunción con las manifestaciones tecnológicas que el eje energético con fundamento en los hidrocarburos han hecho posible en los últimos cien años, han llegado a un nivel extremo de sofisticación y de saturación. Las necesidades productivas del mundo entero se han vuelto tan grandes que en muchos lugares se está llegando al punto de la hipertrofia. El sistema sencillamente no puede parar por cuenta propia y cada vez parece más claro que la única posibilidad en su interior es intentar sobrellevar su dinámica voraz, al tiempo que resulta ser universalmente aceptado que la única manera de modificarlo de raíz tendría que ser por medio de una catástrofe absoluta, ya sea endógena o exógena. En este ambiente anómalo, hiperdinámico y desbocado, el papel de timonel que el sistema tecno-científico había otorgado a la dirección empresarial administrativa ha quedado en entredicho en el movedizo terreno del capitalismo tardío, ampliamente conocido como época postmoderna.9 En otras palabras, cada vez más se pierde el control real de los procesos industriales al uso.

Dentro de esta estructura simbiótica de la producción capitalista al uso el petróleo se ha desarrollado como una entidad de abstruso origen natural, pero decididamente tecnologizada, hasta volverse la carne y la sangre de todo lo existente en las diferentes etapas de la industrialización universal, tal y como las conocemos hasta el día de hoy. Nada se mueve en el mundo globalizado sin una redistribución física o química del petróleo en todas sus formas. La dependencia del combustible fósil funciona como una malla de sentido socio-tecnológico que encuadra el modo de ser de la civilización entera. Se ha llegado a la paradoja de que el significado de ese plexo no sólo determina la supeditación petrolera de las necesidades energéticas mundiales, masivas e incesantes, sino la imaginaria transición futura hacia otros principios energéticos —y, en consecuencia, tecnológicos—, como lo ha expresado de manera preclara el príncipe y catedrático saudí Turki al-Faisal: “Cualquier escenario futuro, sin importar qué tan autoengañoso sea, incluirá una mezcla de combustibles renovables y de combustibles no renovables”.10 Ese futuro está marcado en un plazo no menor a media centuria.11

Aunque mañana, como en un escenario de ciencia-ficción clásica, el planeta entero se despertara utilizando exclusivamente energía vegetal, eólica o hidro-marina, únicamente sería para echar a andar de manera alternativa la infinita red tecnológica, fusionada ya con el modo de ser de la humanidad, que la era del petróleo ha hecho posible. Además, por supuesto, de que la mayoría de los componentes de la nueva tecnología provendrían de derivados petroleros, como son los recipientes, motores, ductos, cableado, centros de distribución, transportes, etcétera. En términos filosóficos, el cambio de la energía fósil a las energías alternativas sería puramente pragmático y no ontológico, puesto que el principio de razón instrumental seguiría incólume, tal y como en su momento lo señalara Heidegger: “El desocultar imperante en la técnica moderna es un provocar que pone a la naturaleza en la exigencia de liberar energías, que en cuanto tales puedan ser explotadas y acumuladas”.12

Este ambiente tecnológico monodependiente del petróleo y de acabado mercantil abigarrado, en el que el combustible sedimentado ha devenido asimismo un bien abstracto, puesto que “en la actualidad el comercio de ‘barriles de papel’, o futuros de crudo, es mayor a diez veces el consumo mundial de barriles físicos de petróleo”,13 dictamina los procesos administrativos empresariales que, en última instancia, determinan las capacidades transformadoras de la humanidad industrializada por medio de redes decisorias recursivas. Si tenemos en cuenta que la administración es “el proceso de estructurar y utilizar conjuntos de recursos orientados hacia el logro de metas, para llevar a cabo las tareas de un ambiente organizacional”;14 ambiente definido como “un sistema de actividades conscientemente coordinadas, formado por dos o más personas, cuya cooperación recíproca es esencial para la existencia de la organización”,15 entonces podemos observar que a lo largo del tiempo las necesidades energéticas han hecho a su imagen y semejanza las propiedades atribuidas a la administración empresarial.

El mundo contemporáneo está marcado por el encumbramiento universal de una serie de procesos político-económicos desreguladores, la expansión de dinámicas sociales complejas y el advenimiento de procesos azarosos en el comportamiento del entorno (ecosistémico) del sistema social mundial. “Sus temas y perspectivas centrales tienen que ver con la incertidumbre fabricada dentro de nuestra civilización: riesgo, peligro, efectos colaterales, asegurabilidad, individualización y globalización”.16 La fabricación de riesgos al interior de la sociedad contemporánea en principio remitiría a agentes decisorios específicos y plenamente ubicados. No obstante, la lógica sistémica posmodernista ha traído una nueva fuente de riesgos al ambiente social: los riesgos difuminados. De acuerdo con el investigador español Ignacio Ramonet es posible identificar la siguiente característica nuclear del sistema social posmoderno: “La globalización económica ha creado su propio estado. Un estado supranacional… Este Estado mundial es un poder sin sociedad; este papel lo asumen los mercados financieros y las grandes empresas del que es mandatario, y la consecuencia es que las sociedades que existen en la realidad son sociedades sin poder”.17

Ante las urgencias energéticas del presente, regulaciones, consideraciones éticas, imágenes públicas, previsiones y escenarios de sustentabilidad futura, caen ante la premisa monolítica de solventar a como dé lugar los requerimientos del presente y del futuro inmediato, en una verdadera negación de la prudencia generacional y la visión a largo plazo del bienestar de la especie entera.

Por supuesto, la diseminación del poder decisorio de esta guisa opera de manera nebulosa y resbaladiza solamente en un lado de la ecuación, aquel referente a los controles posibles para los flujos financieros, mercantiles, energéticos; pero sí que tiene beneficiarios específicos en el polo de la obtención del plusvalor, la retroalimentación industrial y la obtención de beneficios asequibles de manera impune a lo largo y ancho del planeta. Por ello, la construcción de enclaves productivos riesgosos no es casual ni imprevista, sino que, de manera ominosa, se echan a andar con pleno conocimiento de causa. Hay quienes están dispuestos a correr los riesgos, puesto que los beneficios de semejante envite están perfectamente focalizados, en tanto que los perjuicios posibles se encuentran, lo mismo virtual que fácticamente, en una zona pantanosa en la que, en última instancia, todas las partes interesadas (estados, ciudadanía, medios masivos de comunicación y organizaciones no gubernamentales, inter alia) terminarán por perderse. “Existe una estructura básica de poder dentro de la sociedad mundial del riesgo, que divide a quienes producen y se benefician de los riesgos y a los muchos que se ven afectados por esos mismos riesgos”.18

El estado de cosas de la sociedad actual ha llegado a un punto de saturación tan grande que los controles construidos a lo largo del nacimiento y encumbramiento del orden mundial basado en los Estados nacionales ha devenido insuficiente. Actualmente, la transición completa de la Modernidad clásica a la época posmoderna implica “una profunda crisis institucional de la primera fase (nacional) de la modernidad industrial”.19 En el campo de las necesidades de producción masiva de todo cuanto existe en el mercado global (necesidades, por lo demás, autoimpuestas por la propia dinámica capitalista) esta crisis se manifiesta en el hecho de que las regulaciones de toda especie tienden a distenderse, cuando no a desaparecer, ante la presión del principio del valor.

En el terreno de las necesidades energéticas que subyacen a todo esto el principio de la generación incesante de esos bienes estratégicos cada vez más se vuelve la única ley imperante para el despliegue de su producción desmesurada a lo largo y ancho del planeta. Ante las urgencias energéticas del presente, regulaciones, consideraciones éticas, imágenes públicas, previsiones y escenarios de sustentabilidad futura, caen ante la premisa monolítica de solventar a como dé lugar los requerimientos del presente y del futuro inmediato, en una verdadera negación de la prudencia generacional y la visión a largo plazo del bienestar de la especie entera.

En el ámbito de la administración de empresas los mejores desarrollos del siglo XX, caracterizados por la irresoluble tensión entre los ideales de eficiencia total, que incluyen eficiencia humana y ambiental, y el irreductible fundamento del sostenimiento exitoso de las entidades capitalistas a lo largo del tiempo, han mutado hasta convertirse en entramados decisorios puramente pragmáticos abiertos a modificaciones casuísticas de sus propios protocolos, normativas y procedimientos, con la única finalidad de sostener el mencionado fundamento de preservación exitosa de la acumulación del plusvalor presente y futuro. De esta manera, la empresa posmodernista se convierte en una entidad cínica que, por ejemplo, puede invertir millones de dólares en campañas ambientalistas al tiempo que en su desempeño cotidiano envenena el ecosistema en cantidades muy superiores a lo que esas campañas pudieran retribuir en beneficio social.

En el contexto contemporáneo de la transición del mundo moderno a los saldos que de él queden todo parece indicar que los que sustituirán el poder de los Estados nacionales son las corporaciones multinacionales, quienes ensayan ya un nuevo principio que, a la larga, pasará tan inadvertido como lo es en la actualidad la posesión exclusiva del uso de la fuerza por parte de los Estados: el monopolio sobre la generación, el uso y el manejo de los riesgos industriales. Es decir, la capacidad unilateral para decidir cuándo, cómo y por qué se toma un riesgo y, muy especialmente, qué hacer o qué no hacer en caso de que el daño entrañado se materialice. Si bien es cierto que en el último ramalazo de la administración tardo-moderna actual, “en el manejo del riesgo, casi siempre el principal objetivo de una empresa es evitar los costos asociados con un accidente industrial, un boicot de consumidores o una demanda por agresiones al medio ambiente”,20 la realidad es que, debido al poder acumulado y al manejo supranacional y posnormativo que poseen, las grandes corporaciones tienden cada vez más a la completa pasividad en el manejo de los daños sociales y ambientales que su labor diaria produce. Si, como dice Wallerstein, el principio del valor será cada vez más la única piedra de toque de la nueva era de consolidación definitiva (ajena a los poderes estatales), desregulación y universalización del poder corporativo,21 entonces la tendencia actual a no hacer nada para remediar los desastres provocados por los procesos industriales será la norma incuestionada en el futuro previsible. Así, las catástrofes ecológicas del presente se perfilan como la ominosa cotidianidad del mundo por venir.

Podría ser que, como en las pesadillas de la ficción científica umbrosa, la detentación de la vida y la muerte de los seres humanos y sus ecosistemas vitales radique en poderes decisorios impersonales, altamente tecnificados y con una racionalidad puramente financiera.

El Estado-nación moderno surgió en el turbulento entorno de la caída del mundo medieval con sus presupuestos feudales, teológicos y terranos; el arrojo marítimo europeo, su ansia de dominación de todo lo exógeno y el pujante modo de producción capitalista conformaron al cabo el orden mundial que hemos conocido hasta hace muy poco tiempo.22 En ese lance transformador del mundo de la vida quienes quedaron en los estratos cupulares impusieron de manera imperceptible un principio que durante mucho tiempo permaneció incuestionado: el monopolio del uso (legalizado) de la fuerza.23 Sin el recurso a la fantasmagoría religiosa medieval, junto con la adquisición del poder, en el seno de la burguesía que se hizo con la exclusividad de la capacidad de decisión socio-política en la Europa posmedieval, surgieron numerosas y sesudas maneras de dar solidez moral a ese principio. Buena parte de la filosofía política moderna tejió con ese hilar. No obstante, bien pensado, ¿por qué habría de ser así? ¿Por qué un grupo con intereses perfectamente definidos e identificados debería tener el poder exclusivo para controlar la vida y la muerte de todos los demás? En nuestros días, con infortunio, sólo se lo han cuestionado fundamentalistas y criminales de toda laya y calaña. En cambio, lo que debería prevalecer en un cuestionamiento civilizado de ello sería la idea de que nadie, ni quienes están al mando de los Estados nacionales, debería poder disponer de la existencia de los demás.

Por esa razón, en el presente, cuando se vive una mutación sistémica mayor que afianza con ritmo acelerado la concentración del poder en manos de las corporaciones, es todavía el momento de actuar en consecuencia, puesto que la solidificación de ese Estado de cosas en el mediano plazo pudiera dar lugar a una nueva ola ideológica de legitimación de un sistema social a la medida de las necesidades organizacionales globalizadas y nada más. Podría ser que, como en las pesadillas de la ficción científica umbrosa, la detentación de la vida y la muerte de los seres humanos y sus ecosistemas vitales radique en poderes decisorios impersonales, altamente tecnificados y con una racionalidad puramente financiera.

Si el capitalismo ha de prevalecer en la historia del mundo por venir, entonces lo que anhelamos es que sea un modo de producción diverso al que ahora se atisba; equilibrado, racional, con bajos niveles de entropía, democrático y bien repartido. El reto está así planteado y, dada la magnitud de la apuesta, no podrá solventarse con menos que una participación global, científica, filosófica, ciudadana y política interconectada. Es decir, con una toma de acción universal como sólo el capitalismo tecnocientífico puede hacer posible. ®

Notas
1 Véase Joel K. Bourne, “Un dilema profundo” en National Geographic en español, octubre de 2010, p. 10.

2 Por supuesto, para los fines exclusivamente humanos, esto se haya imbricado con lo que de cierta manera podríamos llamar “desarrollo” y “progreso” de la especie. Desde una perspectiva eminentemente antropomórfica no pueden sino reconocerse diversos logros de la civilización capitalista en su fase última (al respecto véase el ensayo contiguo de Efraín Trava, “Vivir en el antropoceno”), pero aquí quiero destacar la parte problemática.

3 Ibid., p. 12.

4 Véase Tim Dickinson, “El derrame, el escándalo y el presidente” en Rolling Stone México, no. 87, julio de 2010, pp. 62-63.

5 Véase Joel K. Bourne, “Un dilema profundo”, op. cit., p. 14.

6 Véase Tim Dickinson, “El próximo desastre de BP” en Rolling Stone México, no. 88, agosto de 2010, p. 51.

7 Ibidem.

8 Idem, pp. 51-52.

9 El autor que ha hecho la equiparación clásica entre capitalismo tardío y posmodernidad es, por supuesto, Fredric Jameson, véase, Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism, Londres: Verso, 1991.

10 Confróntese Turki al-Faisal, “Don’t Be Crude” en Foreign Policy no. 174, septiembre/octubre de 2009 (número especial dedicado al petróleo: “Oil: The Long Goodbye”), p. 102.

11 Véase Michael Grunwald, “Seven Myths About Alternative Energy” en Foreign Policy no. 174, fuente citada, pp. 130-137. Otras fuentes consideran que esto podría ser en menos tiempo, pero no menor a una generación: “Actualmente, el petróleo representa 35% del consumo energético primario del mundo, el carbón representa 29% y el gas, 24%. (La energía hidráulica y la energía nuclear en conjunto representan 12%; la energía renovable, menos de 1%.) La mayoría de los pronósticos razonables no anticipan que la mezcla energética global sea muy diferente en 2030”; véase, Christof Rühl, “La energía global después de la crisis” en Foreign Affairs Latinoamérica, vol. 10, no. 3, 2010, p. 148.

12 Confróntese Martin Heidegger, “La pregunta por la técnica” en Filosofía, ciencia y técnica, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2007, p. 128. Para un análisis pormenorizado de las reflexiones heideggerianas sobre la tecnología véase Jorge Enrique Linares, Ética y mundo tecnológico, México: FCE-UNAM, 2008, capítulo “Martin Heidegger: al encuentro con la esencia de la técnica”, pp. 43-109.

13 Cfr. Daniel Yergin, “Is Still the One”, en Foreign Policy no. 174, fuente citada, p. 90.

14 Confróntese Hitt, Black y Porter, Administración, México: Pearson-Prentice Hall, 2005, p. 8.

15 Confróntese Idalberto Chiavenato, Administración de recursos humanos, Bogotá: McGraw-Hill, 2002, p. 7.

16 Confróntese Ulrich Beck, La sociedad del riesgo global, Madrid: Siglo XXI Editores, 2006, p. 30.

17 Véase Ignacio Ramonet, “Globalización, ética y empresa” en Adela Cortina (ed.), Construir confianza. Ética de la empresa en la sociedad de la información y las comunicaciones, Madrid: Trotta, 2003, pp. 99-100.

18 Ulrich Beck, op. cit., p. 25.

19 Ídem, p. 51. Cursivas en el original.

20 Confróntese Philip Kotler y John A. Caslione, Caótica: administración y marketing en tiempos de caos, Bogotá: Norma, 2010, p. 44.

21 Al respecto, véase su obra Conocer el mundo, saber el mundo, México: Siglo XXI Editores-UNAM-CIICH, 2007.

22 Sobre el sentido de la expansión europea marítima, a partir del siglo XVI, así como la interconstrucción del avance conquistador capitalista con la rapiña sin más, véase Peter Sloterdijk, En el mundo interior del capital, Madrid: Siruela, 2007.

23 Sobre el desarrollo político, económico e ideológico del moderno Estado-nación véase Immanuel Wallerstein, Después del liberalismo, México: Siglo XXI Editores-UNAM-CIICH, 2005.

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Publicado en: Abril 2012, Destacados, ¿Nos estamos acabando el mundo?

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