El mal adentro

México, tan lejos de Dios

El problema del mal en el país estaría centrado en la ausencia de la civilidad, de instituciones y leyes efectivas y eficientes, de opciones de desarrollo para la población, de formas de gratificación social. La violencia no es cosa de una esencia maligna.

Como si las razones de la guerra entre grupos del crimen organizado y de éstos contra el Estado mexicano —pese a lo evidente— no tuvieran cierto grado de complejidad, lo que parece sustentar el mensaje oficial y el de gran parte de los medios de información y entretenimiento en México es un discurso maniqueo basado en la división extrema del fenómeno de las causas de la violencia: la lucha del bien contra el mal.

El mensaje es claro: hay buenos y malos mexicanos, pero no desde un punto de vista cívico o ético —si es que la ética pudiera siquiera considerar ambos extremos—, sino prácticamente desde una ortodoxia moralizante y con un trasfondo de carácter religioso: la maldad como una condición, como una esencia y hasta como una entidad que estaría detrás de la desgracia de miles.

La línea del discurso intenta impedir la reflexión a partir de causas inherentes a la debilidad institucional derivada de la corrupción y la ineficiente administración de la justicia a lo largo de la historia mexicana y se enfoca directamente en la ubicación de la maldad como única razón, permitiendo incluso encontrar un parangón entre los mensajes del presidente Felipe Calderón para justificar una guerra con la que sigue intentando legitimarse y aquel fundamentalismo de la ultraderecha expuesto en la frase de George W. Bush ante el Congreso estadunidense para justificar la invasión a Irak en 2003: “Dios está de nuestra parte”.

El punto es reiterativo: “Estamos trabajando por la seguridad, por ejemplo, combatiendo a los malos”, le dijo Calderón a un grupo de chiquillos y chiquillas el 29 de abril en un acto previo al Día del Niño en el que convivió con menores en el Parque Bicentenario del Distrito Federal. No ha sido la primera vez que enfatiza el término. Es así: hay mexicanos buenos y malos, pero, como dice TV Azteca: “Los buenos somos más”.

En medio de la confusión y el miedo que provoca la violencia en prácticamente la mitad de los estados del territorio nacional el mensaje es reduccionista, pero no por ello menos efectivo. Para una población con un fuerte arraigo religioso, ya sea católico o de cualquier otra fe de origen judeocristiano, la maldad es algo que se concibe como existente y es más fácil explicarse lo que ocurre a partir de esa dimensión religiosa que en el análisis de las causas sociales.

El mensaje es claro: hay buenos y malos mexicanos, pero no desde un punto de vista cívico o ético —si es que la ética pudiera siquiera considerar ambos extremos—, sino prácticamente desde una ortodoxia moralizante y con un trasfondo de carácter religioso: la maldad como una condición, como una esencia y hasta como una entidad que estaría detrás de la desgracia de miles.

Más allá del discurso oficial de la Presidencia, los ejemplos de lo argumentado abundan. Ahí está el de un maestro de Édgar, mejor conocido como “el Ponchis, niño sicario”, quien en lugar de exponer razones de peso, si las conocía, sobre el entorno en el que se desarrolló su alumno, prefirió contar a un reportero que era “difícil imaginar que ha sido tan cruel, que estuvo degollando y desmembrando personas… [y que] sí, tenía una tendencia a la maldad”.1

Quizá lo mejor sería no enjuiciar al “Ponchis” por sus crímenes o entender qué falló en su formación como persona, sino recurrir al exorcismo o alguna otra práctica religiosa o mística para ayudarlo. Algunos de los jerarcas católicos que se reunieron a finales de septiembre en el V Congreso Nacional de Exorcistas en la Ciudad de México bien lo hubieran podido sustentar.

En esa reunión, el obispo auxiliar de la arquidiócesis de México, Francisco Clavel Gil, al inaugurar con una misa el encuentro, manifestó que “los mexicanos deben solicitar el poder sanador de Dios para liberar a esta nación de la corrupción, de la droga, de la ambición, del poco respeto a la vida… [Dios] puede curar a este pueblo al que pertenecemos”. ¿Cómo?, quizá con su capacidad omnipotente para combatir al mal.

Con una perspectiva un poco más amplia, el coordinador general de exorcistas de la misma arquidiócesis descartó que la maldad mostrada por los cárteles se deba a la influencia del diablo, porque obedecería a razones más terrenales como la desintegración familiar y el ansia de poder.

Sin embargo, terminó por considerar que la falta de fe —en el Dios judeocristiano— “abre puertas a la maldad y endurece el corazón”, lo cual según dijo explicaría en parte por qué en algunas vidas comienza a predominar el mal.2

Finalmente, la apreciación de los religiosos sigue pasando por el tamiz de una lucha entre dos bandos: el mal y el bien.

¿Otro botón de muestra? En un breve artículo de opinión en el diario La Razón, Sophia Huett —una blogger que se asume como “comunicadora de corazón”— afirma que “la maldad” ha llegado a México. Su referencia a los crímenes cometidos por sicarios del narcotráfico cuestiona “qué tipo de persona ordena” una ejecución de hombres y mujeres indefensos, y responde que “no es tema de gobierno, ni de políticas migratorias, ni de Estado fallido. [sino que] Es, desde la concepción más simplista, tema de maldad humana… una maldad que se expande y pudre a los hogares con drogas y a instituciones con corrupción. Una maldad que contamina a jóvenes que prefieren declararse privados de oportunidades que construírselas”.3

Esa maldad que señala Huett, como la que arrastra a cientos de jóvenes de ciudades como Juárez, Chihuahua, o Culiacán, Sinaloa, entre otras severamente afectadas por la violencia, echaría por tierra las reflexiones hechas por Héctor Domínguez Ruvalcaba al citar un estudio del antropólogo José Valenzuela Arce, en el que considera la exclusión social que enfrentan los jóvenes mexicanos en gran parte del país como una de las tantas razones de la violencia.4

Esa exclusión que impide a los jóvenes tener cabida en proyectos de sociedad —formación académica, trabajo bien remunerado, gratificaciones entre la comunidad, movilidad social, respaldo institucional, entre otros— “limita el goce de los privilegios de la ciudadanía, los jóvenes ‘viven un presentismo intenso, pues el futuro es un referente opaco que solapa la ausencia de opciones’”.

No se trata pues, como amplía Domínguez Ruvalcaba, de que “la mitad de los jóvenes mexicanos, aproximadamente, vive bajo la línea de la pobreza” y de ahí algunas motivaciones por seguir el camino del crimen que otorga beneficios económicos a corto plazo. Lo que estaría pasando, según ese discurso maniqueo que parece buscar su predominio entre las voces que tratan de explicar y justificar lo que ocurre en México, es que entre ese sector de la población del país hay quienes sucumbirían a la maldad porque ésta existe e influye en ellos. Cualquier hipótesis que busque sustento en la violencia estructural que les impide tener una mejor calidad de vida se descarta frente a un ¿razonamiento? como ese.

Vale hacer un paréntesis y tratar de referir, bajo riesgo de pasar por superficial en el tema, que incluso ese concepto de maldad, que parece sustentar el discurso oficial, el de las instituciones religiosas y otras voces expuestas como las televisoras mexicanas, e incluso empresas privadas como la Coca Cola, estaría ya torcido per se.

Según san Agustín, la maldad es una consecuencia de la caída del hombre, y los males que lo acongojan son resultado del pecado original, es decir, del alejamiento de Dios y del camino que Él ha dictado para seguir en su gracia. Para el obispo, la maldad no es una esencia ni mucho menos una entidad, sino la ausencia del bien, es decir, la ausencia de Dios. El hombre que sucumbe al mal, según el filósofo, lo hace porque se deja arrastrar por pasiones y ambiciones sin menoscabo de las consecuencias que puedan traer para él o para los otros. El problema del mal y del sufrimiento no viene del Creador, sino del hombre que elige apartarse del camino de Dios.

Con esa premisa del discurso maniqueo es más importante lanzarse en lo que, quizá in extremo, pueda considerarse una cruzada impulsada por el bien que definir y poner en práctica políticas públicas que tiendan a mejorar las condiciones de desarrollo de un país que está tan… ¿mal?

Los malos en México, esto es, quienes integran el crimen organizado, ya sea en las instituciones —por colusión y complicidad— o fuera de éstas, se habrían entonces alejado del camino de la gracia divina. Reiterando lo dicho en párrafos anteriores, en un país donde el pensamiento religioso o místico se superpone todavía en la mayor parte de las veces a la razón y al análisis objetivo, un discurso como el anterior adquiere fuerza y conlleva a legitimar y justificar casi cualquier acción para combatir a ese mal. O, como mínimo, a no cuestionar causas más concretas como la descomposición social producto de la pésima administración de la política, la economía y la justicia durante décadas en el país.

Con esa premisa del discurso maniqueo es más importante lanzarse en lo que, quizá in extremo, pueda considerarse una cruzada impulsada por el bien que definir y poner en práctica políticas públicas que tiendan a mejorar las condiciones de desarrollo de un país que está tan… ¿mal?

Lo importante, así, es sumarse irreflexivamente a ese discurso y apoyarlo. Respaldar el mensaje presidencial, asumir como estrategias motivacionales campañas y proyectos cuyo propósito es mejorar la imagen institucional frente al público consumidor de contenidos y productos comerciales como la de TV Azteca bajo el slogan de “Somos más los buenos”, la supletoria de los vacíos o incapacidades institucionales impulsada por Televisa en Iniciativa México y los mensajes de “Tienes el valor o te vale”, o incluso la de Coca Cola al decirnos que “Hay razones para creer en un mundo mejor”.

En el paroxismo de alejarnos de la objetividad y de insistir en buscar las razones reales de la crisis de violencia que vivimos hoy día en México, podríamos hasta comprarle la idea a Coca Cola y proponer un guión para un nuevo spot comercial de esa campaña. Para ello tomaríamos como referencia uno de los spots ya existentes en el que se afirma que “Por cada arma que se vende en el mundo… veinte mil personas comparten una Coca Cola”.

Basándonos en que a finales de 2007 —cuando el conflicto entre narcotraficantes comenzó a gestarse con mayor violencia hacia fuera de su campo de acción y el Gobierno Federal declaró la guerra a los malos— se consumieron casi 130 litros per cápita de Coca Cola en el país, tendríamos que en total se habrían consumido 260 botellas de 500 mililitros por cada mexicano en ese año. Esa cifra nos daría un aproximado de 28 mil 600 millones de botellas de medio litro consumidas en total anualmente, confiando en que seguimos tomando cantidades similares de esa bebida. A partir de ello podríamos expresar que por cada uno de los 50 mil mexicanos que han muerto baleados, torturados, decapitados o disueltos en ácido, todavía nos quedan 572 mil “sonrisas” por cada botella del refresco destapada, lo que nos permite tener razones para creer puede haber un México mejor, sin maldad.

Lejos del ridículo que representa la propuesta anterior, queda la opción para buscar cómo combatir esa malignidad en entenderla desde el punto de vista científico como el que plantea el fisiólogo e investigador del Instituto Politécnico Nacional (IPN) Marcelino Cereijido en su libro Hacia una teoría general sobre los hijos de puta [México: Tusquets, 2011], en el que el científico busca explicaciones relacionadas con el estudio de la conducta humana basadas en el entorno en el que éste se desarrolla.

O quizá más bien podríamos retomar el concepto de san Agustín sobre el mal y considerar que de la misma manera en que la maldad se hace presente por alejarse del camino de lo Divino, la violencia prevaleciente en México se debe a que la sociedad se ha “alejado” de la justicia social. Que en el país hemos creado una ciudadanía en la que pasar por encima de la ley no tiene generalmente, para quien lo hace, consecuencias muy graves. Basta recordar la cifra: prácticamente 99 por ciento de los delitos cometidos en México quedan impunes.

El problema del mal en el país estaría centrado en la ausencia de la civilidad, de instituciones y leyes efectivas y eficientes, de opciones de desarrollo para la población, de formas de gratificación social. La violencia no es cosa de una esencia maligna. México no está tan lejos de Dios, más bien parece estar muy lejos de ser una nación con un Estado que pueda garantizar a sus ciudadanos una vida segura y con expectativas de futuro. ®

Referencias
1. El Universal.
2. La Jornada.
3. La Razón.
4. Héctor Domínguez Ruvalcaba, “Ciudad Juárez: La vida breve”, Nexos no. 390, julio 2010.

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Publicado en: Destacados, El mal, Octubre 2011

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