El virus que (no) ha entrado en mi vida

Vacaciones en Italia

Encerrada en Roma por una semana, mirando de reojo a un virus que me quieren meter por la mucosa de la información: el Covid-19.

Lunes 9 de marzo

Estoy en Roma, me tengo que repetir varias veces que esto no debe ser un lunes normal en la Roma normal: el vacío es abrumador. El Aeropuerto Internacional Fiumicino se me devela vacío, con sectores cerrados y en reparación, a medida que retiro la valija de la cinta, almuerzo o voy al baño. En un bar un grupo de turistas hindúes se reparte alcohol en gel en partes iguales antes de almorzar hasta terminar el frasco. Y luego de protestar al ver su vuelo cancelado en la pantalla algunos se tiran en los sillones a dormir. En el tren a la ciudad pocas personas se suben a los andenes, pocas y bien desparramadas, respetando la distancia de mínimo un metro. Por la ventana del tren miro por primera vez a Roma y veo un lunes gris y frío.

Andrea Foco, Seguridad y vacío en la estación de tren.

Todavía nadie lo sabía: toda Italia quedaría paralizada; aunque ya se sentía el desinfle en cada rincón. Con mi pareja y mi hija nos acomodamos dentro de un monoambiente a quince cuadras del coliseo. Lo alquilamos por lo barato y la ubicación. Lo habíamos pensado para sólo descansar porque el resto del día pasearíamos por la ciudad unos días, alquilaríamos un auto y saldríamos de aventura al sur hasta la costa amalfitana. Habíamos planeado el viaje por un año. Una hora después de entrar a Italia no podía ni volver a España ni salir para ningún otro lado. El lunes el gobierno italiano decreta que las personas deben permanecer en sus jaulas, que nadie más puede moverse del país y que habrá multas a quienes lo hagan. Pero cuando me asomo a la vereda veo que la vida continúa, que la gente sale a correr y los restaurantes y tiendas están abiertos. Siento que los medios me engañan. Siento que en el televisor duerme un monstruo que en cualquier momento va a sacar sus brazos para agarrarme del pelo, para hacerme una herida con sus uñas, o para volcar torpemente el frasco de alcohol en gel.

Martes 10 de marzo

Amanezco y más países, además de España, cierran sus fronteras al tiempo que Roma se pliega más y más. Voy al supermercado, doy la vuelta a la manzana y descubro una plaza abierta. En los medios la ciudad se aísla y el mundo le pega el portazo a Italia. En mi teléfono hay preguntas que yo todavía no me hice: ¿Hay filas para comprar comida? ¿Es verdad que Roma está desabastecida? ¿La gente se pelea por comida? ¿Roma espera un brote repentino de coronavirus? No quiero ver televisión, porque no comprendo el italiano y porque no quiero despertar al monstruo acabo de hacer las compras, pero vi las góndolas llenas. Me baño y me miro al espejo, estoy desnuda y sola como Roma. Ambas nos mostramos como pocas veces: en silencio y en pausa. Las cosas que encierra el encierro no son siempre las peores. Jugamos como nunca y reímos sonsamente en familia.

Miércoles 11 de marzo

Bauticé al monoambiente como la caja de zapatos. Me queda chico el espacio comprimido de baño, cama y cocina. Pareciera que se quiere meter en el hueco que se me está formando en el pecho. Se cierran todos los negocios menos los supermercados y las farmacias. No tenemos línea telefónica para llamar a nadie. No queda otra, tendremos que salir al consulado argentino y arriesgarnos a movernos una distancia más larga, los tres, con bebé, con el centro de la ciudad militarizada. El mundo ha dejado de ser lo que era, hay que aceptarlo. Lloro y a pesar de no ser católica pensé en el papa Francisco, a unas cuadras de mi caja. Conflictos y discusiones con poca potencia ante lo que es una fuerza mayor. Las vacaciones que nunca empezaron nunca van a empezar, la cosa va de mal en peor. En mi laptop, que está prendida por ahí, leo zócalo: “La OMS ha declarado que el coronavirus Covid–19 pasa a ser de una epidemia a una pandemia”, y le miro a los ojos al señor de anteojos que habla mientras frunce el ceño.

Jueves 12 de marzo

Sin salir de casa, para variar. Me obligo a comer y a dormir. Porque si mamá no come y no duerme, no puede con hija. No pienso responder mensajes. Encierro en el encierro. No pienso bien, hablo mal. Apago todos los aparatos, menos mi cuerpo, que está rígido y duro. Es el último día de hospedaje y nadie nos quiere recibir. El dueño de un departamento que quiero reservar me dice: “Sería como tenerlos presos”. Pero ya estamos presos, señor. Ya no soportamos el monoambiente, señor. Sólo queremos una casa con patio, para dejar de rebotar en las paredes, señor. Pero no hubo caso. “No tengo ganas”, me respondió. Me di cuenta de que el monoambiente está en un sótano. Por la ventana veo los pasos de las personas, veo desde las rodillas hasta los pies. Y cada vez son menos pasos afuera. El corazón me late fuerte con el tema de este señor, esta discusión que yo sola estoy teniendo, porque él ya dijo lo que tenía que decir: “No tengo ganas”. Lo insulté, yo tampoco tengo ganas, señor. Me duele la garganta e imagino cosas feas mientras se hace de noche. La noche de los fantasmas, nada se ve claro en ella. Mi cuerpo necesita hacer actividad física, necesito creer que soy libre, otra vez. Frustración, enojo, tristeza. Sólo necesito dormir para tener paciencia y, sobre todo, para tener fe.

Viernes 13 de marzo

“Desayunamos y vamos al consulado”, se dijo en la caja sin que nadie abra la boca. Mi pareja ya había ido el día anterior y quedamos en lista de espera para el próximo vuelo de repatriación del día lunes. Pero hoy el maldito monstruo disfrazado de información volvió a vomitar y dijo que Argentina cerraba sus fronteras a los países infectados. Y aquí nosotros, en el vórtice de la escena mundial, pero sin línea telefónica y sin confiar en el resultado de mandar un correo electrónico a la dirección que nos dieron en el consulado. La familia unida, con gorros de lana y con un papel en la mochila que dice que podemos salir y venir desde el consulado hasta la caja. Nuestro superpoder, ese papel en italiano que no estábamos seguros de cómo completarlo y que nadie había firmado pero que igual nos dio el empujón para salir.

Andrea Foco, Militar en Roma.

Me tiemblan las piernas camino a la estación del metro, la escalera mecánica que baja hasta el subsuelo de Roma es la más empinada que vi en toda mi vida. En el andén, sin fuerzas militares luciendo de costado sus armas, recién ahí, en el vacío de oxígeno y de miedos, dejo de temblar. Vuelven los escalofríos cuando otra escalera mecánica me invita a subir y ¿salir al exterior? Respiro aire verde, de botas, de armas y boinas y caras serias. En mi mundo antiguo, ese mundo en el que empezaban mis vacaciones, se sentían estas cosas sólo en las películas bélicas, cuando todo termina y quedan las ruinas. Esta es la Roma hoy: vacía y problemática, y en mi imaginario panicoso la arquitectura alguna vez atractiva pasó a ser cómplice del apocalipsis. Parece que todo se está por caer. Pasé por varias tiendas de vestido de novia cerradas hasta llegar al edificio del consulado. Viernes 13. Tocamos el timbre cuando la cónsul abría la puerta para mandar a su casa a un loco, a un señor desprolijo, el típico que aparece en los guiones desacomodando la tragedia, volviéndola menos formal. “Váyase a su casa por favor, acá estamos en emergencia por el coronavirus”, dijo la funcionaria. Ni bien salió el loco, ni bien dio por terminada su picardía, entramos nosotros, los nuevos paranoicos. En el consulado la cosa fue por demás sencilla, lo más complicado fue hablar con tres metros de distancia. Teníamos nuestro lugar asegurado en el vuelo de lunes y nos mandaron a casa, como al loco. Si algo pasaba, ellos se comunicaban. Una vez en mi caja no me importó que lo único que vi en esa breve aventura al exterior haya sido la Fontana Di Trevi, aunque sí me sentí molesta de que la moneda que tiré con mi deseo rebotó en el cemento. Ya ni desear se puede.

Lunes 16 de marzo

No puedo sentir el alivio de volver a casa, todavía estoy en estado de vigilia constante. No se cómo es el virus que (no) ha entrado en mi vida. Me parece que es todo irreal en el aeropuerto, hay gente que baila tango y hay gente desesperada.

Andrea Foco, Vacío en el aeropuerto.

Me mareo en el despegue. Reviso que no me duela la garganta, ningún síntoma, puse en la declaración jurada de salud que nos hacen firmar. No dormí, amamanté. Caras largas detrás de tantos barbijos. Aterrizar la nave y siento el sacudón. Si hay virus en el avión, de seguro que lo hay, ya no me importa. Si hay mundo después de este mundo, ya no me importa. Empieza la cuarentena argentina.

Andrea Foco, Tango en el Aeropuerto de Roma.

¿Por qué será que, al menos un tiempo, nos hace bien estar adentro de nuestra casa, entre la heladera y el calor de la cocina, entre las propias sábanas y los propios olores? Lo político del hogar, el arrope necesario. Puede que el espíritu humano sea eso: casa, cama, cocina. Puede, también, que sólo así las cosas funcionen, que la humanidad encuentre su recuperación en la distancia con los otros y en nuestras propias paredes, en la supervivencia. Arañándolas o pintándolas, no importa. De menor a mayor, hoy muchos estamos adentro porque queremos cuidar el afuera. Me parece que el espacio y el tiempo que ahora tengo son dos hilos donde tirar para conectar con lo propio y con mi propia historia, con la reflexión que viene después de la adaptación psíquica y física de estos últimos días. Mientras pasaban las cosas sólo podía estar, en el mejor de los casos, escribir alguna cosa. La interconexión hoy es amenaza, pero jamás dejará de ser amparo. Esto es lo que me dejó el virus que (no) ha entrado en mi vida. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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