Enfrentábamos el horizonte

Sobre Crónica de un salto, de Christian Luna

Libro cruento, libro de la iniciación, la Crónica de un salto es el tipo de texto que a cualquiera nos hubiera gustado escribir en la barricada de los veinte años.

El autor y su vástago.

Crónica de un salto es el libro que cerró la afortunada colección editorial del IMCS en su administración 2014–2017. Libro de despedida en más de un sentido, el volumen de prosas del joven autor Christian Luna (Saltillo, 1990) se revela ante el lector por su poder, su brevedad y su concisión.
Desmarcado de productos literarios insuficientes, inmersos de cierta “norteñidad” folclórica que la crítica asoció de manera fallida a la literatura hecha desde y acerca del semidesierto, Crónica de un salto es un libro de la juventud, suerte de bildungsroman que en primera persona nos deja entrever el ojo agudo del reportero, el pasmo del muchacho impávido ante la hostilidad y la maravilla un territorio de aridez ambivalente:

El verano sacaba los neandertales a satisfacer el ansia. Bob Dylan quedó atrapado en las ramas del trueno y Pink Floyd terminó mascado por el pitbull amarrado en el techo vecino. Enfrentábamos el horizonte. Despedíamos al sol. Él me enseñó la pugna. En una ocasión, después de lanzar fuerte hacia las ramas del durazno, lo vi llorar.

Libro cruento, libro de la iniciación, la Crónica de un salto es el tipo de texto que a cualquiera nos hubiera gustado escribir en la barricada de los veinte años. En la prosa de Christian Luna —como en la de los grandes prosistas mexicanos (García Galiano, Soler Frost)— brotan las vetas y la genealogía de la poesía, la lengua nos enseña sus dientes: “La maldad no daba avisos, sólo nubes, montañas y un motor perforando la tierra. La oscuridad del barro vs. la fatiga de la grava y el aroma del chapopote”.

La parquedad violenta

Libro escueto, diario en clave, paisaje en rompecabezas, la Crónica de un salto es un censo del descubrimiento, muestrario de la desolación y el enigma:

¡Vaya que era lúcida! Su náusea brillaba. Los dos vivíamos en los suburbios de la ciudad. La pasábamos en los montes cercanos a las fábricas que rodeaban las casas de interés social. Su padre trabajaba en la misma empresa de tostadores y licuadoras que mi madre. Siempre bromeábamos con la posibilidad de llegar a ser medios hermanos.

De forma simultánea, las prosas de este libro apuestan por una visión singular, un deslinde de individualidad, una pugna contra la generalización:

¿Qué dirán de los millennials? Me da igual. Jamás defendería a una generación entera. Yo vivo y cargo con las dificultades que eso conlleva. Las que me tocan. Y he estado pechobajotierra amenazado por la posible explosión de una granada… da igual).

El primer libro del también reportero participa a su vez de una tercera dicotomía que revela sus fulgores y sus flaquezas. La parte débil del libro —apenas un par de párrafos— es cuando el autor se obstina en redundar a través de una especie de apunte sociológico lo que ya antes dejó entrever en la prosa. La parte lúdica del texto es cuando éste rompe la cuarta pared y le habla al lector y se pone a hacerle guiños. La parte potente del libro es su cargar lírica, su rabia:

Estoy sentado en medio de una plaza comercial. No se cómo llegué a este punto de mi vida en donde me siento extranjero en mi pequeño pueblo. Es una mezcla de confusión y angustia. No suelo visitar estos lugares. Mucha gente en un mismo espacio no puede ser síntoma de buena salud. Me refiero a la salud del lugar: una plaza comercial es un lugar enfermo.

Y los símbolos. Ese montón de centros secretos que todo libro que se precie guarda para el lector: las visiones internas de los muchachos mirando el monte y la lejanía y las fábricas. Un hombre pintado de negro, sentado en una silla, deteniendo el tráfico. La ubicuidad de la música. El desierto de lo real. El polvo. La poesía como un contrapeso y una salvación. El acoso de la locura, el viaje y el futuro: ese tren que imprevistamente nos golpea en el rostro. ®

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Publicado en: Libros y autores

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