De cómo el de la voz expresa su displacer ante el inesperado encuentro —en el supermercado, of all places— de la antigua amada y su consorte.

para Ricardo Pohlenz
Hablo de la maravilla de vivir en una ciudad–Estado en la que, con suerte, no vuelves a encontrarte jamás con quien no quieres ver ni en pintura, como dice la manida expresión. Hablo también de la macabra pesadilla cuando el encuentro se vuelve realidad.
Traté de cambiar de fila en el supermercado. No funcionó. Ambos me reconocieron y en menos de un segundo los tenía junto a mí, ofreciéndome detalles no solicitados de la que hasta ese momento era la excepcional vida de matrimonio feliz.
Un matrimonio feliz.
Un matrimonio feliz y descortés. ¿O será que a los infelices, a fuerza de desdichas, dolencias y otros infortunios, no nos queda otra que ser en extremo educados, precavidos, incluso corteses?
Al fin, casi sin soplo ni aliento, él cerró el pico para que ella, mi antigua novia de años, escupiera a mi cara su mísera pregunta. Me defendí como pude:
—Yo, qué va: genial: un Romeo sin su Julieta.
Par de miserables. ®
