Fascismo eterno

Cómo reconocer el fascismo con otro disfraz

El fascismo no tenía quintaesencia. El fascismo fue un totalitarismo confuso, un collage de ideas filosóficas y políticas diferentes, una colmena de contradicciones.

En 1942, a la edad de diez años, recibí el Primer Premio Provincial de Ludi Juveniles (Juegos Juveniles, concurso voluntario obligatorio para jóvenes fascistas italianos, es decir, para todos los jóvenes italianos). Trabajé con habilidad retórica el tema “¿Deberíamos morir por la gloria de Mussolini y el destino inmortal de Italia?” Mi respuesta fue positiva. Era un chico inteligente.

Pasé dos de mis años de infancia en la SS, los fascistas, los republicanos y los partisanos, disparando a unos y otros, y aprendí a esquivar balas. Fue un buen ejercicio.

En abril de 1945 los partisanos tomaron Milán. Dos días después arribaron al pequeño pueblo donde yo vivía entonces. Fue un momento de júbilo. La plaza principal estaba atestada de gente cantando y agitando banderas, llamando a gritos a Mimo, el líder partisano del área. Antiguo maresciallo [mariscal] de los Carabinieri, Mimo se unió a los seguidores del general Badoglio, sucesor de Mussolini, y perdió una pierna en uno de los primeros enfrentamientos con las fuerzas remanentes de Mussolini. Mimo apareció en el balcón del palacio municipal, pálido, descansando en su muleta, y trató de calmar a la multitud con una mano. Yo estaba esperando su discurso porque mi niñez había sido marcada por los grandes discursos históricos de Mussolini, cuyos pasajes más significativos memorizábamos en la escuela. Silencio. Mimo habló con voz ronca, apenas audible. Dijo: “Ciudadanos, amigos. Después de muchos sacrificios dolorosos… aquí estamos. Gloria a quienes han caído por la libertad”. Y eso fue todo. Se regresó hacia dentro. La multitud gritaba, los partisanos alzaban sus armas y disparaban descargas festivas. Los niños nos apresurábamos a recoger los casquillos, artículos preciosos, pero yo había aprendido que libertad de expresión significa liberarse de la retórica.

Mussolini disfrazado de Mickey. Ilustración de Gianenrico Bonacorsi

Unos días después vi al primer soldado estadounidense. Eran afroamericanos. El primer yanqui que conocí fue un hombre negro, Joseph, quien me introdujo a las maravillas de Dick Tracy y Li’l Abner. Sus cómics estaban brillantemente coloreados y olían bien.

Uno de los oficiales (el mayor o capitán Muddy) era huésped en la villa de una familia cuyas dos hijas eran mis compañeras de escuela. Lo conocí en el jardín de esa familia, rodeado por unas damas que hablaban en un francés tentativo. El capitán Muddy sabía algo de francés también. Mi primera imagen de los liberadores americanos fue entonces ‒después de ver muchas caras pálidas en camisas negras‒ la del negro cultivado en uniforme amarillo verdoso diciendo: “Oui, merci, beaucoup, Madame, moi aussi j’aime le champagne…”. Por desgracia no había champaña, pero el capitán Muddy me dio la primera pieza de Wrigley’s Spearmint y empecé a mascar todo el día. Por la noche ponía mi fajo en un vaso de agua para que estuviera fresco al día siguiente.

En mayo escuchamos que la guerra había terminado. La paz me dio una curiosa sensación. Se me había dicho que la guerra permanente era la condición normal de los jóvenes italianos. En los meses siguientes descubrí que la Resistencia no era sólo un fenómeno local sino europeo. Aprendí palabras nuevas y excitantes: réseau, maquis, armée secréte, Rote Kapelle, gueto de Varsovia. Vi las primeras fotografías del Holocausto, comprendiendo así su significado antes que la palabra. Entendí aquello de lo que habíamos sido liberados.

En mi país hoy hay personas que se preguntan si la Resistencia tuvo un impacto militar real en el curso de la guerra. Para mi generación esta cuestión es irrelevante: entendimos inmediatamente el significado moral y psicológico de la Resistencia. Para nosotros era motivo de orgullo que los europeos no hubiéramos esperado pasivamente la liberación. Y para los jóvenes americanos que pagaban nuestra libertad restaurada con su propia sangre significó algo saber que detrás de las líneas de fuego había habido europeos que habían pagado su propia deuda por adelantado.

En mi país hoy hay quienes dicen que el mito de la Resistencia fue una mentira comunista. Es cierto que los comunistas explotaron la Resistencia como si hubiera sido su propiedad personal, pues desempeñaron un papel principal en ella; pero yo recuerdo partisanos con pañoletas de diferentes colores. Pasaba las noches junto a la radio —las ventanas cerradas, el apagón delimitando el pequeño espacio en torno a un halo luminoso solitario‒ escuchando los mensajes enviados por la Voz de Londres a los partisanos. Los mensajes eran crípticos y poéticos a la vez (The sun also rises, The roses will bloom) y la mayoría de ellos eran “messaggi per la Franchi”. Alguien me susurró que Franchi era el líder de la red clandestina más poderosa en el noroeste de Italia, hombre de valor legendario. Franchi se convirtió en mi héroe. Franchi (cuyo verdadero nombre era Edgardo Sogno) fue un monarquista y rabiosamente anticomunista que después de la guerra se unió a grupos muy derechistas y fue acusado de colaborar en un proyecto de golpe de estado reaccionario. ¿A quién le importa? Sogno aún es el héroe soñado de mi niñez. La liberación fue hazaña común de gente de diferentes colores.

En mi país hoy hay algunos que dicen que la Guerra de Liberación fue un trágico periodo de división, y que todo lo que necesitamos es reconciliación nacional. La memoria de aquellos años debería ser reprimida, refoulé, verdrängt. Pero la Verdrängung (represión) causa neurosis. Si la reconciliación significa compasión y respeto por todos aquellos que pelearon su propia guerra de buena fe, perdonar no significa olvidar. Puedo incluso admitir que Eichmann creía sinceramente en su misión, pero no puedo decir “Ok, regresa y hazlo de nuevo”. Estamos aquí para recordar lo que pasó y decir solemnemente que “Ellos” no deben hacerlo de nuevo.

¿Pero quiénes son Ellos?

Si pensamos en los gobiernos totalitarios que gobernaron Europa antes de la Segunda Guerra Mundial fácilmente podemos decir que para ellos sería difícil reaparecer en la misma forma en circunstancias históricas diferentes. Si el fascismo de Mussolini se basó en la idea de un gobernante carismático, en el corporativismo, en la utopía del Destino Imperial de Roma, en la voluntad imperialista de conquistar nuevos territorios, en un nacionalismo exacerbado, en el ideal de toda una nación uniformada en camisas negras, en el rechazo de la democracia parlamentaria, en el antisemitismo, entonces no tengo dificultad en reconocer que la Alleanza Nazionale italiana, nacida del Partido Fascista de posguerra, MSI, ciertamente un partido de derecha, por ahora tiene muy poco que ver con el viejo fascismo. En la misma vena, aun y cuando estoy mucho más preocupado por los varios movimientos de tipo nazi que han surgido aquí y allá en Europa, incluyendo Rusia, no pienso que el nazismo podría reaparecer en su forma original como un movimiento nacional.

No obstante, aun y cuando los regímenes políticos pueden ser derrocados, y las ideologías pueden ser criticadas y repudiadas, detrás de un régimen y su ideología siempre hay una manera de pensar y sentir, un conjunto de hábitos culturales, de oscuros instintos e impulsos insondables. ¿Hay otro fantasma acechando a Europa (para no hablar de otras partes del mundo)?

Ionesco dijo una vez que “sólo cuentan las palabras y lo demás es mero parloteo”. Los hábitos lingüísticos frecuentemente son síntomas importantes de sentimientos subyacentes. Así, vale la pena preguntar por qué no sólo la resistencia sino la Segunda Guerra Mundial fueron generalmente definidas en todo el mundo como luchas contra el fascismo. Si relees Por quién doblan las campanas, de Hemingway, descubrirás que Robert Jordan identifica a sus enemigos con los fascistas, aun cuando piense en los falangistas españoles. Y para Franklin D. Roosevelt “La victoria del pueblo americano y sus aliados será la victoria contra el fascismo y las manos muertas del despotismo que representa”.

Durante la Segunda Guerra Mundial los estadounidenses que participaron en la guerra española fueron llamados “antifascistas prematuros” ‒significando que luchar contra Hitler en los cuarenta era una obligación moral de todos los americanos buenos, pero luchar contra Franco muy temprano, en los treinta, olía agrio porque fue una lucha peleada principalmente por comunistas y otros izquierdistas… ¿Por qué fue usada una expresión como cerdo fascista por americanos radicales treinta años después para referirse a un policía que no aprobaba sus hábitos de fumar? ¿Por qué no dijeron: cerdo Cagoulard [miembro de organización de extrema derecha francesa], cerdo falangista, cerdo ustasha [organización racista croata], cerdo quisling [colaboracionista noruego], cerdo nazi?

Mussolini no tenía filosofía alguna: sólo tenía retórica. Fue un militante ateo al principio y después firmó la Convención con la Iglesia y dio la bienvenida a los obispos que bendijeron los estandartes fascistas. En sus primeros años anticlericales, según una leyenda creíble, pidió a Dios, a fin de probar su existencia, derribarlo ahí mismo.

Mein Kampf [Mi lucha] es un manifiesto de un programa político completo. El nazismo tenía una teoría del racismo y del pueblo elegido ario, una noción precisa del arte degenerado, entartete Kunst [arte degenerado], una filosofía de la voluntad de poder y del Ubermensch [Superhombre]. El nazismo fue decididamente anticristiano y neopagano, mientras que el Diamat [materialismo dialéctico] de Stalin (versión oficial del marxismo soviético) fue abiertamente materialista y ateo. Si por totalitarismo uno significa un régimen que subordina todos los actos del individuo al Estado y a su ideología, entonces el nazismo y el estalinismo fueron verdaderos regímenes totalitarios.

El fascismo italiano fue ciertamente una dictadura, pero no fue completamente totalitario, no por su suavidad sino por la debilidad filosófica de su ideología. Contrario a la opinión común, el fascismo en Italia no tuvo una filosofía especial. El artículo sobre fascismo firmado por Mussolini en la Enciclopedia Treccani fue escrito por o básicamente inspirado en Giovanni Gentile, pero refleja una noción hegeliana tardía del Absoluto y del Estado Ético que nunca fue plenamente realizada por Mussolini. Mussolini no tenía filosofía alguna: sólo tenía retórica. Fue un militante ateo al principio y después firmó la Convención con la Iglesia y dio la bienvenida a los obispos que bendijeron los estandartes fascistas. En sus primeros años anticlericales, según una leyenda creíble, pidió a Dios, a fin de probar su existencia, derribarlo ahí mismo. Después nombraba a Dios en sus discursos y no le importaba ser llamado Hombre de la Providencia.

El fascismo italiano fue la primera dictadura de derecha que tomó un país europeo, y todos los movimientos similares posteriores vieron una suerte de arquetipo en el régimen de Mussolini. El fascismo italiano fue el primero en establecer una liturgia militar, un folklore, incluso una manera de vestir ‒mucho más influyente, con sus camisas negras, que lo que Armani, Benetton o Versace llegarían a ser. No fue sino hasta los treinta cuando aparecieron movimientos fascistas en Gran Bretaña con Mosley, y en Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Grecia, Yugoeslavia, España, Portugal, Noruega e incluso en Sudamérica. Fue el fascismo italiano el que convenció a muchos líderes liberales europeos de que el nuevo régimen estaba realizando interesantes reformas sociales y que era una alternativa revolucionaria moderada a la amenaza comunista.

No obstante, la prioridad histórica no me parece razón suficiente para explicar por qué el fascismo se convirtió en una sinécdoque, es decir, en una palabra que podía ser usada para diferentes movimientos totalitarios. Esto no es porque el fascismo contuviera en su estado quintaesencial, por así decirlo, todos los elementos de cualquier forma posterior de totalitarismo. Al contrario, el fascismo no tenía quintaesencia. El fascismo fue un totalitarismo confuso, un collage de ideas filosóficas y políticas diferentes, una colmena de contradicciones. ¿Puede uno concebir un verdadero movimiento totalitario que combine monarquía con revolución, Ejército Real con milizia personal de Mussolini, otorgamiento de privilegios a la Iglesia con exaltación de la violencia por la educación del Estado, control estatal absoluto con libre mercado? El Partido Fascista nació proclamando que establecería un nuevo orden revolucionario, pero fue financiado por los más conservadores entre los terratenientes que esperaban de él una contrarrevolución. Al principio el fascismo fue republicano. Pero sobrevivió veinte años proclamando su lealtad a la familia real, mientras el Duce (Líder Máximo incuestionable) fue un hombro–con–hombro con el Rey, a quien también ofreció el título de Emperador. Pero cuando el Rey lo repudió en 1943, el partido reapareció dos meses después, con apoyo alemán, bajo el estandarte de una república “social”, reciclando su viejo guion revolucionario, ahora enriquecido con sobretonos casi jacobinos.

Hubo una sola arquitectura nazi y un solo arte nazi. Si el arquitecto nazi fue Albert Speer, no había lugar para Mies van der Rohe. Similarmente, bajo el gobierno de Stalin, si Lamarck estaba correcto, no había lugar para Darwin. En Italia ciertamente hubo arquitectos fascistas pero junto a sus seudocoliseos hubo muchos nuevos edificios inspirados en el racionalismo moderno de Gropius.

No hubo un Zhdanov fascista que estableciera una sola línea cultural. En Italia había dos premios de arte importantes. El Premio Cremona estaba controlado por un fascista inculto y fanático, Roberto Farinacci, quien fomentó el arte como propaganda. (Recuerdo pinturas con títulos como Escuchando por radio el discurso del Duce o Estados mentales creados por el fascismo). El Premio Bergamo era patrocinado por el culto y razonablemente tolerante fascista Giuseppe Bottai, quien defendió el concepto de arte por el arte y los muchos tipos de arte vanguardista que habían sido prohibidos en Alemania por corruptos y criptocomunistas.

No hubo un Zhdanov fascista que estableciera una sola línea cultural. En Italia había dos premios de arte importantes. El Premio Cremona estaba controlado por un fascista inculto y fanático, Roberto Farinacci, quien fomentó el arte como propaganda.

El poeta nacional [de Italia] fue D’Annunzio, un dandy que en Alemania o en Rusia hubiera sido enviado al pelotón de fusilamiento. Fue designado como el bardo del régimen debido a su nacionalismo y su culto al heroísmo ‒el cual de hecho estaba mezclado con influencias de la decadencia francesa fin de siécle.

Consideremos el futurismo. Uno pensaría que pudo haber sido visto como una instancia del entartete Kunst junto con el expresionismo, el cubismo y el surrealismo. Pero los primeros futuristas italianos eran nacionalistas; apoyaron la participación de Italia en el Primera Guerra Mundial por razones estéticas; celebraron la velocidad, la violencia y el riesgo, todo lo cual parecía conectarse con el culto fascista a la juventud. Mientras el fascismo se identificó con el Imperio Romano y redescubrió las tradiciones rurales, Marinetti (quien proclamó que un automóvil era más bello que la Victoria de Samotracia y quiso matar incluso la luz de la luna) fue no obstante designado miembro de la Academia Italiana, que trataba a la luz de la luna con gran respeto.

Muchos de los futuros partisanos y de los futuros intelectuales del Partido Comunista fueron educados por la GUF, la asociación de estudiantes universitarios fascistas, que se suponía era la cuna de la nueva cultura fascista. Esos clubes devinieron en una suerte de mezcolanza intelectual donde las nuevas ideas circulaban sin ningún control ideológico real. No porque los hombres del partido fueran tolerantes del pensamiento radical, sino porque pocos de ellos tenían el equipamiento intelectual para controlarlo.

Durante esos veinte años la poesía de Montale y de otros escritores asociados al grupo llamado los Ermetici fue una reacción contra el estilo grandilocuente del régimen, y a esos poetas se les permitió desarrollar su protesta literaria desde lo que fue visto como su torre de marfil. El humor de los poetas Ermetici era exactamente el reverso del culto fascista al optimismo y al heroísmo. El régimen toleró su evidente aunque socialmente imperceptible disensión porque los fascistas simplemente no prestaban atención a lenguaje tan arcano.

El poder legislativo devino una mera ficción y el poder ejecutivo (que controlaba al poder judicial y a los medios de comunicación) emitía directamente nuevas leyes, entre ellas las de preservación de la raza (gesto italiano de apoyo formal a lo que devino en Holocausto).

Nada de esto significa que el fascismo italiano fuera tolerante. Gramsci fue puesto en prisión hasta su muerte; líderes de oposición como Giacomo Matteotti y los hermanos Rosselli fueron asesinados; la prensa libre fue abolida, los sindicatos desmantelados y los disidentes políticos confinados en islas remotas. El poder legislativo devino una mera ficción y el poder ejecutivo (que controlaba al poder judicial y a los medios de comunicación) emitía directamente nuevas leyes, entre ellas las de preservación de la raza (gesto italiano de apoyo formal a lo que devino en Holocausto).

* * *

La imagen contradictoria que describo no fue resultado de la tolerancia sino del trastorno político e ideológico. Pero fue un trastorno rígido, una confusión estructurada. El fascismo estaba filosóficamente descoyuntado, pero emocionalmente adherido con firmeza a algunos fundamentos arquetípicos.

Así llegamos a mi segundo punto. Hubo solamente un nazismo. No podemos etiquetar al falangismo hipercatólico de Franco como nazismo, pues el nazismo es fundamentalmente pagano, politeísta y anticristiano. Pero el juego fascista puede ser jugado de muchas formas, y el nombre del juego no cambia. La noción de fascismo no es distinta a la noción de juego de Wittgenstein. Un juego puede ser competitivo o no competitivo, puede requerir alguna o ninguna habilidad especial, puede involucrar o no involucrar dinero. Los juegos son actividades diferentes que sólo exhiben algún “parecido de familia”, como lo dijo Wittgenstein. Consideremos la siguiente secuencia:

1 2 3 4
abc bcd cde def

Supongamos que hay una serie de grupos políticos en el que el grupo uno es caracterizado por los rasgos abc, el grupo dos por los rasgos bcd y así. El grupo dos es similar al grupo uno porque tienen dos características en común; por las mismas razones, el grupo tres es similar al grupo dos, y el grupo cuatro similar al grupo tres. Nótese que el grupo tres es también similar al grupo uno (tienen en común la característica c). El caso más curioso es el del grupo cuatro, obviamente similar al tres y al dos pero con nada en común con el uno. Sin embargo, debido a la serie ininterrumpida de similitudes decrecientes entre los grupos uno y cuatro, permanece, debido a una suerte de transitividad ilusoria, un parecido de familia entre los grupos cuatro y uno.

El fascismo se convirtió en un término para todo propósito porque uno puede eliminar una o más características de un régimen fascista y éste seguirá siendo reconocible como fascista. Elimínese el imperialismo del fascismo y todavía tendremos a Franco y Salazar. Elimínese el colonialismo y aun tendremos el fascismo balcánico de los ustashes. Añadamos al fascismo italiano un anticapitalismo radical (el cual nunca fascinó mucho a Mussolini) y tendremos a Ezra Pound. Añadamos el culto de la mitología celta y el misticismo del Grial (del todo ajeno al fascismo oficial) y tendremos a uno de los más respetados gurús fascistas, Julius Evola.

Pero, a pesar de esta confusión, creo que es posible delinear una lista de características fascistas típicas de lo que me gustaría llamar Fascismo Ur o Fascismo Eterno. Estas características no pueden ser organizadas en un sistema; muchas se contradicen entre ellas y también son típicas de otros tipos de despotismo o de fanatismo. Pero basta que una esté presente para que el fascismo coagule en torno a ella.

1. La primera característica del fascismo eterno es el culto a la tradición. El tradicionalismo es por supuesto más viejo que el fascismo. No sólo fue típico del pensamiento católico contrarrevolucionario posterior a la revolución francesa sino que nació en la era helenista tardía como reacción contra el racionalismo clásico griego. En la cuenca mediterránea, gente de diferentes religiones (la mayoría de ellas aceptadas indulgentemente por el Panteón romano) empezó a soñar con una revelación recibida en el amanecer de la historia. Esta revelación, de acuerdo con la mística tradicionalista, había permanecido oculta largo tiempo tras el velo de los lenguajes olvidados ‒en los jeroglíficos egipcios, en las runas celtas, en los rollos de religiones poco conocidas de Asia.

Esta nueva cultura tenía que ser sincrética. El sincretismo no es únicamente, como dice el diccionario, “la combinación de diferentes formas de creencia o práctica”; tal combinación debe tolerar contradicciones. Cada uno de los mensajes originales contiene una veta de sabiduría, y aun y cuando parezcan decir cosas diferentes o incompatibles es sólo porque todos aluden, alegóricamente, a una misma verdad primordial.

Mussolini. Clip art.

En consecuencia, no puede haber avance del aprendizaje. La verdad ya ha sido pronunciada de una vez y para siempre, y nosotros sólo podemos permanecer interpretando su oscuro mensaje.

Uno sólo tiene que ver el syllabus de todos los movimientos fascistas para encontrar a los principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi se nutrió de elementos tradicionalistas, sincréticos y ocultistas. La fuente teórica más influyente de las teorías de la nueva derecha italiana, Julius Evola, fusionó el Santo Grial con Los protocolos de los sabios de Sión, la alquimia con el Santo Imperio Romano y Germano. El sólo hecho de que la derecha italiana, a fin de mostrar su apertura de mente, recientemente haya ampliado su syllabus para incluir obras de De Maistre, Guenon y Gramsci es prueba evidente de su sincretismo.

Si hurgas en los anaqueles de lo que en Estados Unidos se etiqueta como New Age encontrarás incluso a san Agustín, quien, hasta donde sé, no fue fascista. Pero la combinación de san Agustín con Stonehenge es un síntoma de fascismo eterno.

2. El tradicionalismo implica el rechazo del modernismo. Los fascistas y los nazis rindieron culto a la tecnología, mientras que los pensadores tradicionalistas usualmente la rechazaron como negación de los valores espirituales tradicionales. Sin embargo, aun y cuando el nazismo estuvo orgulloso de sus logros industriales, su enaltecimiento del modernismo fue sólo la superficie de una ideología basada en la sangre y la tierra (Blut und Boden). Su rechazo del mundo moderno fue disfrazado de refutación del modo de vida capitalista, pero principalmente concernía al rechazo del espíritu de 1789 (y de 1776, por supuesto). La Ilustración, la Era de la Razón, fue vista como el inicio de la depravación moderna. En este sentido el fascismo eterno puede ser definido como irracionalismo.

El pensamiento es una forma de mutilación. En consecuencia, la cultura es objeto de sospecha en la medida en que es identificada con actitudes críticas. La desconfianza del mundo intelectual siempre ha sido un síntoma de fascismo eterno, desde la supuesta declaración de Goering (“Cuando escucho hablar de cultura me llevo la mano a la pistola”) hasta el uso frecuente de expresiones como “intelectuales degenerados”, “cabezas de huevo”, “esnobs decadentes”.

3. El irracionalismo también depende del culto a la acción por la acción misma. La acción como bella en sí debe ser tomada sin reflexión previa. El pensamiento es una forma de mutilación. En consecuencia, la cultura es objeto de sospecha en la medida en que es identificada con actitudes críticas. La desconfianza del mundo intelectual siempre ha sido un síntoma de fascismo eterno, desde la supuesta declaración de Goering (“Cuando escucho hablar de cultura me llevo la mano a la pistola”) hasta el uso frecuente de expresiones como “intelectuales degenerados”, “cabezas de huevo”, “esnobs decadentes”, “las universidades son nidos de rojos”. Los intelectuales fascistas oficiales estuvieron principalmente comprometidos con atacar a la cultura moderna y a la inteligencia liberal por haber traicionado los valores tradicionales.

4. Ninguna fe sincrética puede resistir la crítica analítica. El espíritu crítico hace distinciones, y distinguir es un signo de modernismo. En la cultura moderna la comunidad científica valora el desacuerdo como una forma de mejorar el conocimiento. Para el fascismo eterno el desacuerdo es traición.

5. Además, el desacuerdo es un signo de diversidad. El fascismo eterno crece y busca el consenso mediante la explotación y exacerbación del miedo a la diferencia. La primera apelación de un movimiento fascista o prematuramente fascista es una apelación contra los intrusos. Así, el fascismo eterno es racista por definición.

6. El fascismo eterno deriva de la frustración individual o social. Ésta es la razón de que uno de los rasgos típicos del fascismo histórico sea la apelación a una clase media frustrada, clase sufriente por una crisis económica o con sentimientos de humillación política y atemorizada por la presión de grupos sociales más bajos. En nuestro tiempo, cuando los viejos “proletarios” se están convirtiendo en pequeñoburgueses (y el lumpen está en gran parte excluido de la escena política), el fascismo de mañana encontrará su audiencia en esta nueva mayoría.

Los intelectuales fascistas oficiales estuvieron principalmente comprometidos con atacar a la cultura moderna y a la inteligencia liberal por haber traicionado los valores tradicionales.

7. A la gente que se siente privada de una identidad social clara el fascismo eterno le dice que su único privilegio es el más común, haber nacido en el mismo país. Éste es el origen del nacionalismo. Además, los únicos que pueden proveer identidad a una nación son sus enemigos. Así, en la raíz de la psicología del fascismo eterno está la obsesión con una conspiración, posiblemente internacional. Los seguidores deben sentirse acosados. La manera más fácil de disolver la conspiración es la apelación a la xenofobia. Pero la conspiración debe venir también de adentro: los judíos son usualmente el mejor blanco porque tienen la ventaja de estar adentro y afuera al mismo tiempo. En Estados Unidos una instancia prominente de la obsesión con la conspiración se encuentra en El nuevo orden mundial de Pat Robertson pero, como hemos visto recientemente, hay muchas otras.

8. Los seguidores deben sentirse humillados por la riqueza y el poder ostentosos de sus enemigos. De niño fui enseñado a pensar en los ingleses como la gente de las cinco comidas. Comen más frecuentemente que los pobres pero sobrios italianos. Los judíos son ricos y se ayudan unos a otros a través de una red secreta de asistencia mutua. Sin embargo, los seguidores deben estar convencidos de que pueden derrotar a sus enemigos. Así, mediante un continuo desplazamiento del foco retórico, los enemigos son muy fuertes y muy débiles al mismo tiempo. Los gobiernos fascistas están condenados a perder guerras porque son constitutivamente incapaces de evaluar objetivamente la fuerza del enemigo.

9. Para el fascismo eterno no hay lucha por la vida sino que la vida es vivida para luchar. Así, el pacifismo es negociar con el enemigo. Es malo porque la vida es guerra permanente. Sin embargo, esto produce un complejo de Armagedón. Ya que los enemigos deben ser derrotados, debe haber una batalla final, después de la cual el movimiento tomará control del mundo. Pero tal “solución final” implica una posterior era de paz, una Edad de Oro que contradice el principio de guerra permanente. Ningún líder fascista ha sido capaz de resolver este predicamento.

10. El elitismo es un rasgo típico de toda ideología reaccionaria en la medida que es fundamentalmente aristocrático, y el elitismo aristocrático y militarista implica cruelmente desprecio por el débil. El fascismo eterno sólo puede apelar a un elitismo popular. Cada ciudadano pertenece a la mejor gente del mundo, los miembros del partido son los mejores entre los ciudadanos, todos los ciudadanos pueden (o deberían) convertirse en miembros del partido. Pero no puede haber patricios sin plebeyos. De hecho, el líder, sabiendo que su poder no le fue delegado sino conquistado por la fuerza, también sabe que su fuerza se basa en la debilidad de las masas; éstas son tan débiles que necesitan y merecen un gobernante. Debido a que el grupo está organizado jerárquicamente (de acuerdo con un modelo militar), cada subordinado desprecia a sus propios subordinados, y cada uno de ellos desprecia a sus inferiores. Esto refuerza el sentido de elitismo de masas.

11. En tal perspectiva, todos son educados para convertirse en héroes. En toda mitología el héroe es un ser excepcional, pero en el fascismo eterno el heroísmo es la norma. Este culto al heroísmo está estrechamente ligado con el culto a la muerte. No es casual que un lema de los falangistas haya sido Viva la muerte. En las sociedades no fascistas a la gente laica se le dice que la muerte es desagradable pero que debe ser enfrentada con dignidad; a los creyentes se les dice que es la manera dolorosa de alcanzar la felicidad sobrenatural. En contraste, el héroe del fascismo eterno ansía la muerte heroica, publicitada como la mayor recompensa para una vida heroica. El héroe del fascismo eterno está impaciente por morir. En su impaciencia, frecuentemente manda a otros a la muerte.

12. Debido a que la guerra permanente y el heroísmo son juegos difíciles de jugar, el fascismo eterno transfiere su voluntad de poder a los asuntos sexuales. Éste es el origen del machismo (que implica desdén por la mujer e intolerancia y condena de los hábitos sexuales no comunes, desde la castidad hasta la homosexualidad). Debido a que el sexo mismo es un juego difícil de jugar, el héroe del fascismo eterno tiende a jugar con armas ‒hacerlo así deviene en ejercicio fálico sucedáneo.

Para tener [hoy] una buena instancia de populismo cualitativo ya no necesitamos la Plaza Venecia de Roma o el Estadio de Nuremberg. En nuestro futuro hay un populismo de televisión o de Internet, en los cuales la respuesta emocional de un grupo selecto de ciudadanos puede ser presentada y aceptada como la Voz del Pueblo.

13. El fascismo eterno se basa en un populismo selectivo, populismo cualitativo podría decirse. En una democracia los ciudadanos tienen derechos individuales, pero los ciudadanos en conjunto sólo tienen impacto político desde un punto de vista cuantitativo ‒uno sigue las decisiones de la mayoría. Para el fascismo eterno, en cambio, los individuos como tales no tienen derechos, y el Pueblo es concebido como una cualidad, una entidad monolítica que expresa la Voluntad Común. Ya que ninguna cantidad grande de seres humanos puede tener una voluntad común, el Líder pretende ser su intérprete. Los ciudadanos, habiendo perdido su poder de delegación, no actúan; sólo son llamados a cumplir el papel de Pueblo. Así, el Pueblo es sólo una ficción teatral. Para tener [hoy] una buena instancia de populismo cualitativo ya no necesitamos la Plaza Venecia de Roma o el Estadio de Nuremberg. En nuestro futuro hay un populismo de televisión o de Internet, en los cuales la respuesta emocional de un grupo selecto de ciudadanos puede ser presentada y aceptada como la Voz del Pueblo.

Debido a su populismo cualitativo, el fascismo eterno debe estar contra los gobiernos parlamentarios corruptos. Una de las primeras sentencias pronunciadas por Mussolini en el parlamento italiano fue “Podría haber transformado este sordo y sombrío lugar en un campamento para mis manípulos” (subdivisión de la legión romana tradicional). De hecho, inmediatamente encontró mejor albergue para sus manípulos, pero poco después liquidó al parlamento. Ahí donde un político arroja dudas sobre la legitimidad de un parlamento porque no representa la Voz del Pueblo, podemos olfatear al fascismo eterno.

14. El fascismo eterno se expresa en neohabla. La neohabla fue inventada por George Orwell en la novela 1984 como lengua oficial del Ingsoc o Socialismo Inglés. Pero los elementos del fascismo eterno son comunes a diferentes formas de dictadura. Todos los libros de texto nazis y fascistas usan un vocabulario empobrecido y una sintaxis elemental a fin de limitar los instrumentos del razonamiento complejo y crítico. Pero debemos estar alertas para identificar otras clases de neohabla, aun si toman la forma aparentemente inocente de un talk show popular.

* * *

La mañana del 27 de julio de 1943 me enteré, de acuerdo con reportes de radio, que el fascismo había colapsado y Mussolini estaba bajo arresto. Cuando mi madre me envió a comprar el periódico vi que los diarios en el puesto más próximo tenían diferentes encabezados. Después de leerlos vi que cada periódico decía cosas diferentes. Compré a ciegas uno de ellos y leí un mensaje en primera plana firmado por cinco o seis partidos políticos ‒entre ellos la Democracia Cristiana, el Partido Comunista, el Partido Socialista, el Partido de Acción y el Partido Liberal.

Hasta entonces yo creía que había un solo partido en cada país y que en Italia ése era el Partido Nacional Fascista. Ahora había descubierto que podían existir varios partidos al mismo tiempo. Debido a que yo era un chico listo, inmediatamente comprendí que tantos partidos no podían haber nacido de la noche a la mañana y que debieron haber existido por algún tiempo como organizaciones clandestinas.

El mensaje principal celebraba el fin de la dictadura y el regreso de la libertad: libertad de expresión, de prensa, de organización política. Por primera vez en mi vida leía las palabras “libertad”, “dictadura”, “liberación”. Había renacido como un hombre occidental libre por virtud de estas nuevas palabras.

Debemos mantenernos alertas para que el sentido de estas palabras no sea olvidado de nuevo. El fascismo eterno aún está alrededor de nosotros, a veces en ropaje común. Sería mucho más fácil para nosotros si apareciera alguien en la escena mundial diciendo: “Quiero reabrir Auschwitz, quiero a los Camisas Negras desfilando de nuevo por las plazas italianas”. La vida no es tan simple. El fascismo eterno puede regresar bajo los disfraces más inocentes. Nuestra obligación es desenmascararlo y apuntar nuestro dedo a cualquiera de sus nuevas formas ‒cada día en todas las partes del mundo. Las palabras de Franklin Roosevelt del 4 de noviembre de 1938 merecen ser recordadas: “Me atrevo a hacer la desafiante declaración de que si la democracia americana deja de moverse hacia adelante como una fuerza viva, buscando día y noche mejorar por medios pacíficos a la mayoría de nuestros ciudadanos, el fascismo se fortalecerá en nuestra tierra”. Libertad y liberación son tareas interminables.

Permítanme terminar con un poema de Franco Fortini:

En el antepecho del puente
Las cabezas de los colgados
En el riachuelo fluyente
El esputo de los colgados.
Sobre el adoquín de los mercados
Las uñas de los formados y fusilados
Sobre el pasto seco de los espacios abiertos
Los dientes rotos de los formados y fusilados.
Mordiendo el aire, mordiendo las piedras
Nuestra carne ya no es humana
Mordiendo el aire, mordiendo las piedras
Nuestros corazones ya no son humanos.
Pero hemos leído en los ojos de los muertos
Y traeremos libertad a la tierra
Apretada fuerte en los puños de los muerto
yace la justicia a ser cumplida. ®

Publicado originalmente en The New York Review of Books el 22 de junio de 1995. Copyright © Umberto Eco. Traducido de la versión inglesa de Stephen Sartarelli por Ramón Cota Meza.

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Publicado en: Ensayo

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