Filosofía, racionalidad y sensatez

Entrevista con Manuel Cruz

Si decidimos mantener la definición según la cual la historia de la filosofía es la historia del preguntar, entonces se impone puntualizar que es la historia del preguntar cada vez mejor. Porque incluso las preguntas que parecen subsistir, cuando uno las analiza con detenimiento, constata que subsisten, pero con matices diferenciales importantes en muchos casos.

Manuel Cruz

Presentemos a nuestro entrevistado como lo hace Wikipedia: A través de su contribución filosófica y también mediante su trabajo editorial, Manuel Cruz ha desempeñado en los últimos veinte años un activo papel en la actualización de las referencias y diálogos de la filosofía española con problemáticas y enfoques procedentes de otros contextos filosóficos. No sólo ha prestado atención al ámbito europeo sino también al americano —tanto norte como sur— siendo de especial importancia su labor de permanente conversación con el pensamiento en América Latina.

Su proyecto bio-bibliográfico resulta coherente con su propia visión de la filosofía como “tarea de pensar”, que no sería sino una forma de medirse con el sentido del pasado, con los desafíos del presente, así como con las incertidumbres y oportunidades del futuro. Su sostenida presencia pública en los principales foros de debate nacionales se corresponde con una visión de la tarea filosófica como aportadora de herramientas de racionalidad en la construcción de la vida en común. Sus campos de trabajo incluyen, en un movimiento pendular, la filosofía de la historia y la historia de la filosofía contemporánea, pues el compromiso en la determinación del sentido del presente acompaña, en su opinión, la labor de todo aquel que se aproxime a la comprensión de las corrientes de pensamiento que tratan de acometer en cada momento histórico esta tarea. La vigilancia de la plasticidad del pasado y el pulso al presente marcan el ritmo de su escritura filosófica, orientada por un sentido de la responsabilidad con el futuro.

Actualmente es director de las colecciones Pensamiento Herder en Editorial Herder, Pensamiento contemporáneo y Biblioteca del Presente, ambas en el sello editorial Paidós, y codirector de las colecciones Filosofía, hoy (Santillana) y Biblioteca Iberoamericana de Ensayo (Paidós México). Forma parte del consejo de redacción de numerosas revistas de su especialidad, tanto nacionales como extranjeras. Colaborador habitual de los diarios españoles El País, La Vanguardia y El Periódico, y de los argentinos Clarín y La Nación, así como en el programa La Ventana de la cadena SER; ha publicado también numerosos artículos en revistas científicas especializadas. Respecto de la función que debería tener la filosofía en la sociedad actual dice: “Me conformaría con que fuera capaz de jugar algún papel, esto es, que sirviera para introducir algún tipo de racionalidad y sensatez en una situación que está derivando crecientemente hacia el absurdo, sin más criterio de sentido por parte de quienes tienen poder que el cálculo electoral a corto plazo”.

Hasta aquí la Wiki. Empieza la conversación.

—¿Le parece bien que le coloquen la etiqueta de filósofo mediático?

—Sólo puedo contestar que depende. En España el término tiene con frecuencia connotaciones negativas, como si el filósofo que está presente en los media necesariamente banalizara sus mensajes, y eso, según algunos, lo descalificaría automáticamente. El reproche, por supuesto, no se sostiene: basta con hojear cualquier periódico europeo de primera línea para comprobar que la presencia de pensadores de primer nivel en sus páginas es algo habitual. En todo caso, no deja de chocarme que en muchas ocasiones el reproche displicente hacia todo lo que suene a mediático venga de parte de colegas que, por otra parte, constantemente están repitiendo tópicos como el de que el filósofo no se debe encerrar en su torre de marfil, el de que la filosofía tiene inscrita en su ADN una voluntad crítica insobornable y otros lugares comunes análogos. Si aceptamos, como suele hacerse, que en el mundo actual la nueva ágora son los medios de comunicación de masas, el filósofo en cuanto ciudadano se debería sentir obligado a dejar oír su voz ahí.

“Que el sexo merece ser abordado por la filosofía no me merece ninguna duda. En realidad, no creo que tenga sentido establecer una relación previa de asuntos con dignidad filosófica y asuntos que bajo ningún concepto deben ser abordados por el filósofo. No hay temas específicamente filosóficos frente a otros que no lo son: hay tratamiento filosófico como aquel que dice de cualquier tema”.

—¿Qué cree que le puede llevar a un joven ahora mismo a estudiar filosofía, con unos índices generales de paro entre la juventud en este país que sobrepasan el 50%? O de otra forma: ¿qué le guió a usted hacia estos estudios?

—Empiezo por el final: a mí me guió la pasión por la filosofía misma o, por decirlo de una forma algo menos grandilocuente, el gusto por el pensamiento. Supongo que hay decisiones previas que permiten desembocar ahí. Por ejemplo, la de si uno considera su futura actividad laboral como un fin en sí mismo o como un medio para otra cosa (supongamos, ganar dinero). En este último caso, estudiar filosofía está expresamente desaconsejado, pero si se atiende a la cosa misma, a la propia práctica del filosofar, a la satisfacción que proporciona la sensación de comprender lo incomprensible o de reconocer el sinsentido de lo que nos había parecido hasta el momento razonable, es indudable que esto de la filosofía resulta extremadamente atractivo, aunque no proporcione trabajo (por cierto, ¿qué lo proporciona en este momento y en este país a los jóvenes?).

—Señaló en una entrevista que “nos toca empezar a intentar elaborar una propuesta a la altura del tiempo y a la altura de nuestro propio poder. Nos toca elaborar una propuesta y no seguir en esta especie de indefinición posmoderna permanente”: ¿comparte o critica entonces la “modernidad sólida y líquida” de las que habla el filósofo polaco Zygmunt Bauman?

—Se puede compartir (en lo descriptivo) y criticar (en lo prescriptivo). Bauman lleva a cabo un dibujo en muchos momentos extremadamente atinado de la llamada sociedad posmoderna. El caso es si esa sociedad nos parece que constituye el horizonte histórico deseable y, sobre todo, si todavía es ése el lugar en el que estamos. Porque no parece que, tras el estallido de la crisis económica en Estados Unidos en 2008, permanezcamos en el mismo mundo de antes. Uno visita textos de los ochenta y noventa y constata en qué medida una parte enorme de afirmaciones ya no se puede seguir sosteniendo. Leer ahora textos de Baudrillard sobre el hiperconsumo y la banalidad resultan casi sangrantes en medio de la crisis que estamos viviendo. O, más en profundidad, la ausencia de cuestionamiento del orden profundo del mundo que la posmodernidad hacía nos resulta en este momento profundamente escandaloso.

—¿Es una pesada carga ser filósofo actualmente con todo el bagaje filosófico que acumula la humanidad o usted es de los optimistas que caminan a hombros de gigantes, como dijo Bernardo de Chartres?

—Puede serlo, ciertamente, hasta el extremo de llegar a resultar paralizante para el pensamiento. Quienes tienen siempre en la recámara el reproche “esto ya lo dijo…” (y aquí quien corresponda) suelen ser incapaces de pensar nada y acaban siendo presuntos adoradores de los clásicos cuando, en realidad, lo que les ocurre es que temen enfrentarse a ningún novum. Pero sin esto último no estaríamos donde estamos (para bien y para mal, por supuesto). El “no hay nada nuevo bajo el sol” contiene una parte de verdad, pero sólo una parte. Plantear las cosas en términos de alternativa entre la inconsistencia teórica de quienes ven novedades por todas partes y el estéril inmovilismo de los academicistas más resecos no conduce a ningún sitio. La historia siempre ha sido un diálogo con el pasado, al que el presente, precisamente para que el diálogo sea fecundo, debe acudir con su propia voz, conociendo su propia especificidad.

—En su libro Amo, luego existo hace un repaso por este concepto en la filosofía. ¿Por qué cree que la filosofía ha tratado —y aún hoy lo evita— tan poco el tema del sexo?

—El sexo no es un tema fácil. Desde ningún punto de vista, por cierto. Una cosa es que practicar sexo pueda resultar extremadamente placentero (“Lo más divertido que uno puede hacer sin reírse”, afirmaba Woody Allen) y otra que cualquier tratamiento que se haga de él también lo resulte. Aplicado al caso de la literatura, Juan Marsé afirmaba que no hay cosa más aburrida que la descripción de la relación sexual de un hombre y una mujer. Análogamente, cabría pensar en qué medida la cuestión por plantear no es tanto la de si el sexo merece ser abordado por la filosofía como la de con qué instrumentos ese abordaje resulta fecundo. Que el sexo merece ser abordado por la filosofía no me merece ninguna duda. En realidad, no creo que tenga sentido establecer una relación previa de asuntos con dignidad filosófica y asuntos que bajo ningún concepto deben ser abordados por el filósofo. No hay temas específicamente filosóficos frente a otros que no lo son: hay tratamiento filosófico como aquel que dice de cualquier tema.

—Algunos filósofos ateos consideran que el estudio de la teología es una pérdida de tiempo, un análisis de “la nada” que, por ejemplo, robó mucho tiempo a eminencias en el pasado como Descartes. ¿En qué posición está usted?

—Es evidente que la teología puede constituir una pérdida de tiempo. Como, por cierto, uno puede tener la sensación que los lógicos dedican ingentes esfuerzos a cuestiones que sólo a ellos interesan, los estetas a disquisiciones sutilísimas acerca de asuntos que únicamente a ellos hacen vibrar, etc. En todo caso, habría que empezar por señalar que la teología nos sirve para reflexionar acerca de una de las ideas más influyentes en nuestra cultura, y uno puede interesarse en ese asunto incluso aunque piense que tal idea es sólo eso, una idea, sin ningún ser realmente existente que le corresponda. O sea, que incluso a un ateo, desde el punto de vista de la historia de las ideas, podrían interesarle algunos textos teológicos.

”Luego estaría la cuestión, asimismo muy interesante, de hasta qué punto la teología señala algo distinto a lo que nombra. Quizá Feuerbach aquí podría venir en nuestra ayuda y señalar que los textos sobre Dios que a lo largo de la historia los hombres han ido escribiendo de lo que en realidad nos informan es de lo que los propios hombres piensan acerca de sí mismos y de aspectos de sus vidas, sólo que en una clave particularmente desplazada hacia la trascendencia. El anhelo de trascendencia, pongamos por caso, es un anhelo humano de trascendencia, no la prueba de que la tal trascendencia tiene un referente que nos convoca desde fuera hacia sí.

—Filosofía y mujer: parece que, como en otras muchas facetas de la historia, al género femenino apenas se le ha reconocido. En España es difícil que el ciudadano medio diga una sola filósofa y los que han estudiado algo, apenas saben nombrar a María Zambrano, Celia Amorós, Victoria Camps o Amelia Valcárcel. Y sucede lo mismo a nivel internacional: ¿por qué esta falta de visibilidad de la mujer también en la filosofía?

—En la pregunta ya se encuentra contenida la respuesta (concretamente en la puntualización “como en otras muchas facetas de la historia”). En Barcelona, Fina Birulés lleva años dirigiendo un seminario sobre la producción filosófica de las mujeres. Y una cosa interesante que se observa es que, al hecho incontrovertible de que por razones obvias la producción de las mujeres ha sido en el conjunto de la historia sensiblemente menor, se le añade el silencio en el que en el pasado cayeron sus textos o, más cerca de nosotros, el escaso eco que obtuvieron, precisamente por ser de mujeres. De hecho, todavía hoy se produce una identificación, tan interesada como perversa, entre “de mujeres” y “feminista”, que permite a mucha gente justificar su escasa atención a la producción filosófica de las mujeres con un argumento del tipo “a mí es que no me interesa mucho el feminismo”.

—Usted ha escrito mucho sobre historia de la filosofía y sobre el pasado en general. La manida frase que dice “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, ¿no es una falacia? ¿Cree que el conocimiento de la historia impide o previene las tragedias de cada época?

—Soy sumamente escéptico al respecto de ese tópico. Por supuesto que siempre es mejor el conocimiento que la ignorancia. Pero hay engaños tan dañinos o más que la ignorancia misma. El matiz obvio que se impone reivindicar es el de que la aprehensión del pasado se dice de muchas maneras. Y, supongamos, una historia conmemorativista, aplicada en exclusiva a evocar de manera acrítica determinados episodios, con enorme frecuencia es el instrumento privilegiado para, precisamente por no cuestionar auténticamente el pasado, ponerse a tiro de reiterar sus errores.

—Al hilo de lo anterior: Alessandro Baricco señala en su obra Los bárbaros que las actuales generaciones somos tan superficiales porque hemos visto que, en el siglo XX, los países más cultos y educados de entonces fueron los que mantuvieron una guerra más cruenta. Tanta educación, tanta filosofía, tanta música difícil de interpretar y comprender, para acabar muriendo y matándonos a millones. ¿Puede refutarlo?

—Es que no le falta una parte de razón a Baricco, en el sentido de en que el siglo XX (y, si se quiere, en el Holocausto en particular) se muestra la escasa consistencia de un convencimiento muy extendido acerca de la educación y la cultura. Lo realmente inquietante de determinadas experiencias históricas, absolutamente atroces es precisamente que pudieran producirse en el corazón de la Europa más culta. Y eso, en buena medida, está todavía pendiente de pensar (porque no creo que baste con criptoteológicas aseveraciones acerca de la maldad congénita del ser humano, etcétera).

”Lo que ya no veo tan claro es que ésa sea la causa de la superficialidad reinante, que mucho me temo que debe ser analizada con otros parámetros, entre los cuales la deriva del capitalismo con sus necesidades expansivas en el consumo es fundamental.

“Siempre me he resistido a la interpretación ahistórica de las preguntas filosóficas. Tiendo a pensar que cualquier pregunta es histórica, entre otras cosas porque decir lo contrario, afirmar que nos seguimos preguntando lo mismo, de la misma manera, sin ningún matiz diferencial, desde el origen de los tiempos equivaldría a considerar que todo lo pensado hasta hoy ha sido rigurosamente inútil, no ha servido en sentido fuerte para nada”.

—Filosofía y democracia: ¿qué opina de movimientos como el 15M en España o el YoSoy132 de México? Detrás del Mayo francés había filósofos: ¿por qué ahora apenas los vemos, salvo al sociólogo Castells y algún listado en la red, apoyar estas causas con su verbo y presencia, o incluso algunos que se dicen filósofos, como Fernando Savater, los llaman tontos?

—Opino, y lo he dicho por escrito en alguna ocasión, que son la expresión de un profundísimo malestar en todos los órdenes de la vida (social, económico, político…), al tiempo que una reacción frente a la hegemonía del pensamiento conservador en todos los ámbitos. Es cierto que los filósofos (no incluyo a Savater en este grupo porque él nunca rehuye el debate acerca de cuestiones que importan en la esfera pública) no parecen estar muy presentes o, si lo están, parecen esquivar el asunto, pasar de puntillas con invocaciones genérica tipo Bauman (“falta más reflexión”, “todo es muy complejo”, etc.) que contrastan con su locuacidad anterior, cuando, visto con perspectiva, los problemas con los que se enfrentaban eran menores (la tolerancia, la necesidad del diálogo intercultural…). Muchos, desde luego, no parecen estar soportando la cruda interpelación que les está haciendo la realidad.

—Uno de mis filósofos más admirados es Diógenes de Sinope: ¿podría repetirse alguien como él en estos tiempos? ¿O existe pero nadie le hace caso?

—El enunciado de la pregunta contiene, claramente, dos. A la segunda probablemente habría que responder que Zizek se cree el nuevo Diógenes, o por lo menos parece que le gustaría ocupar ese lugar, largamente vacante (¿casi toda la historia del pensamiento?). A favor de su convencimiento juega el hecho de que, en efecto, vivimos en una época que, nada casualmente, evoca la del helenismo. Descomposición del Imperio y crisis absoluta en la forma de representarse lo existente. En medio de tanta desolación reaparecen propuestas (por ejemplo, de matriz estoica) que incitan a un repliegue del individuo sobre sí mismo, a una desvinculación con determinadas dimensiones de lo real en busca de un cierto equilibrio, una cierta ataraxia, etcétera.

”El único problema para que pueda, en efecto, emerger una figura comparable a la de Diógenes es el hecho de que nuestra cultura (en sentido laxo) parece haber generado sus propios anticuerpos frente a ella. La provocación, la iconoclastia, etc., forman parte de la misma sociedad del espectáculo y, en consecuencia, hace tiempo que perdieron su potencialidad revulsiva. Tal vez sea un ejemplo poco ilustrativo, pero pocas cosas le parecen hoy a un espectador más anacrónicas que la aparición de una muchacha desnuda en medio de un espectáculo teatral, imagen que en el famoso libro Do it representaba el escándalo mismo (recuérdese la imagen de la muchacha entrando, desnuda y portando en una bandeja la cabeza de un cerdo, en la convención del Partido Republicano).

—Se supone que la filosofía sigue buscando contestación a las “últimas y primeras preguntas” (qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos, qué hacemos aquí). ¿Es entonces esta tarea de “Pensar por pensar” aquella que tan bien definió el mito de Sísifo?

—Siempre me he resistido a la interpretación ahistórica de las preguntas filosóficas. Tiendo a pensar que cualquier pregunta es histórica, entre otras cosas porque decir lo contrario, afirmar que nos seguimos preguntando lo mismo, de la misma manera, sin ningún matiz diferencial, desde el origen de los tiempos equivaldría a considerar que todo lo pensado hasta hoy ha sido rigurosamente inútil, no ha servido en sentido fuerte para nada. Si decidimos mantener la definición según la cual la historia de la filosofía es la historia del preguntar, entonces se impone puntualizar que es la historia del preguntar cada vez mejor. Porque, en efecto, incluso las preguntas que parecen subsistir, cuando uno las analiza con detenimiento, constata que subsisten, pero con matices diferenciales importantes en muchos casos. Hoy la pregunta “de dónde venimos” o “a dónde vamos”, en la medida en que se siga planteando, viene descargada de muchas de las connotaciones teológicas con las que se planteaba antaño.

”Junto a esto, hay que añadir que otras preguntas consideradas inmutables, eternas, permanentes durante buena parte de la historia de la filosofía, llegó un momento en el que, merced al desarrollo de las diferentes esferas del conocimiento, perdieron esa condición de pregunta filosófica pata negra para convertirse en asunto abordable (y resoluble) por alguna disciplina específica. Pensemos por ejemplo en cuestiones como “la naturaleza de la materia”, considerada irresoluble y, por tanto, en la misma medida, filosófica (se diría que a menudo se le endosan a la filosofía aquellas cuestiones con las que otras disciplinas no acaban muy bien de saber qué hacer) durante largo tiempo y que hoy es considerada resuelta desde la física. ®

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Publicado en: Destacados, Filosofía contemporánea, Julio 2012

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