H. D. Thoreau, amanecer en Walden

El camino de la indeterminación

Hay que encontrar nuestras propias leyes. Pero éste es un camino que se construye en solitario, no caben los grupos, las escuelas, los guías. No hay salvación por parte de nada ni de nadie.1

Henry David Thoreau, ilustración de Garth Glazier para portada de libro.

¿Quién no ha intuido que el mundo es mucho más inmenso que como aparece a nuestros sentidos, y que a veces faltan las palabras para expresar la impresión ante esa u otra intuición, objeto y experiencia? Se trata de un lugar común, pero eso no impide que deje de ser algo curioso, por decir lo menos. Allí está implícito uno de los móviles que, desde la antigua Mileto, han impulsado la larga tradición del pensamiento occidental; a saber: la pregunta por lo que es. En efecto, no sería una exageración afirmar que todos estos siglos de tradición filosófica han sido, en gran medida, una respuesta ante la perplejidad de que lo que se presenta a nuestra percepción en realidad podría ser otra cosa.

Ahora bien, el modo como el hombre ha hecho frente a esa cuestión ha dado diversos resultados: desde las concepciones de los llamados filósofos presocráticos en torno a la Physis y el Ser hasta los grandes sistemas filosóficos desde Aristóteles hasta Hegel. Todos ellos encaminados a aprehender eso que, a diferencia del mundo contingente y corruptible que percibimos, fuese eterno e inmutable; aquello en lo que consistiesen en sí las cosas y que toda esa historia llamó “sustancia”. Pero esta tradición también trajo como consecuencia la escisión del mundo entre un lado finito, contingente, sujeto al devenir, etc., y, por tanto, despreciable, y otro eterno, inmutable, divino, y el único que valdría la pena intentar conocer.

Para el propósito de este texto no tiene caso repasar los efectos de ese proceso —aun con sus matices—, pero sí hemos de reconocer que siguen operando entre nosotros. Necesitamos a toda costa de algún asidero en el cual permanecer en contraposición a lo desdeñablemente común y movible. No es otra cosa la que expresamos al hablar con desprecio de la vida cotidiana, como si acaso hubiese otra. Tendemos a dividir nuestra propia vida en un intento desesperado de que nuestros actos sean algo más que agua que fluye en el agua, según la expresión de Bataille. Así, seguimos esperando la redención, las explicaciones, los sentidos, en un más allá; en otro lugar ya sea físico, temporal o lógico, pero siempre alejado de nosotros. Pocos son los hombres y mujeres que consiguen afirmarse en el mundo y a éste, en el aquí y el ahora.

Podría enumerar algunos, aunque por una razón particular relacionada con todo este preámbulo, sólo quiero hablar de Henry David Thoreau (1817–1862), quizá uno de los hombres más afectados de los que tenemos noticia en la literatura norteamericana. Pero no nos equivoquemos: esta afección habría sido la potencia y la vitalidad que después imprimiría también en toda su obra. No es casual que se haya sentido atraído por las fuerzas de la naturaleza, y que a lo largo de sus ensayos ésta va tomando diversas texturas, pliegues, olores, en consonancia con su capacidad perceptiva y de dejarse tocar por ella. En esta actitud se perfila su principal distinción con la filosofía tradicional: si hay algo que Thoreau reivindicó, aunque no como consigna sino como condición de posibilidad, es la potencia de nuestra capacidad sensible.

No es casual que se haya sentido atraído por las fuerzas de la naturaleza, y que a lo largo de sus ensayos ésta va tomando diversas texturas, pliegues, olores, en consonancia con su capacidad perceptiva y de dejarse tocar por ella.

No obstante, no se trató de apelar a la sensibilidad en oposición al intelecto como forma de acceso al Ser; en Thoreau ni siquiera hay, estrictamente, una intención epistemológica: no era un simple empirista. Por el contrario, su interés residirá en un riguroso trabajo sobre sí mismo que le permitiera asumir en la unidad de la Naturaleza las multiplicidades que tanto habían asustado a los filósofos. Por otro lado, esa Naturaleza, lejos de ser un ente indefinido, o alguna idea o deidad metafísica, consistiría en el resultado concreto del entramado entre infinitas líneas de fuerza.2 Mientras que el esfuerzo sensible es el trabajo estético que, desde la definición etimológica de ésta, incluye la consideración de lo otro, convirtiéndose también en una ética. Para Thoreau este trabajo es la conciencia de ser tocado y afectado por esas fuerzas de las que cada quien también es una.

Y la mejor forma que encontró para transmitir estos efectos fue la escritura. Pero no como un medio para un fin, sino que el acto de escribir se constituyó en una manifestación de la vitalidad natural. Al menos así lo deja ver al relatar lo que leyó durante los dos años que pasó en su famosa cabaña construida en los alrededores de la laguna de Walden. En el escrito resultante de esa experiencia, poco más de cien años antes que Derrida, distingue con precisión el régimen del habla de la escritura:

La [lengua hablada] por lo común es transitoria, un sonido, un dialecto, apenas, algo casi brutal, y es de manera inconsciente que la aprendemos, como los salvajes, de nuestras madres. La [lengua escrita] constituye la madurez y la experiencia de aquélla; […] una expresión reservada y selecta, demasiado significativa para ser escuchada por el oído.3

También, la palabra escrita es lo “más íntimo para nosotros y a la vez más universal”.4 La escritura puede ser leída miles de veces y, por lo tanto, traducida; lo cual es como seguir el curso de una hoja llevada por el viento: no hay una posición u ordenamientos (Sentido) últimos y perfectos de la naturaleza.

Es por eso que al final del libro en el que relata esos dos años de habitar su cabaña puede enorgullecerse de que “no se hallará en mis páginas ninguna falla mayor que la que se pudo haber detectado en el hielo de Walden”.5 En efecto, capítulos antes había detallado con minuciosidad el hielo y deshielo de la laguna; no obstante, sería injusto creer que ese proceso sólo era un ejercicio descriptivo. Por el contrario, lo que Thoreau hizo fue reeditar, traducir, reelaborar aquello que para el ojo inexperto podría haberse dicho en un par de frases, ¿recuerdan, de nuevo, lo difícil que es a veces encontrar las palabras? Pues es éste uno de los mayores logros de nuestro hombre; el haber no encontrado sino inventado las palabras para el mundo desde el mundo. Las huellas del entorno serán su punto de partida. Y así como las “fallas” en el hielo sólo son la marca de un devenir–instante, y que confluyen en todas direcciones, así la escritura de Thoreau consiste en marcas, huellas, fisuras, que es posible seguir y no. Walden, la obra, no es sobre la ubicación geográfica llamada Walden. No hay oposición. La escritura Walden es Walden.

Así, observar cómo las grietas en el hielo marcan la temperatura, el cambio estacional, pero también que cada momento de tal proceso es único y completo le da un sentido otro a la vida. No hay logos, no hay sustancia, como tampoco hay teleología alguna. La Naturaleza es eso que acontece en cada instante; es un acorde cuyas vibraciones dependen de las notas que lo constituyen en determinado momento y espacio, sin relacionarse jerárquicamente. Es así como la laguna puede no tener el mismo sentido para Thoreau que para los animales que la habitan, ni aun entre éstos es la misma cosa. Su sentido depende de las esferas vivientes por las cuales es cruzada: el ave y la laguna; el hombre y la laguna; el pez y la laguna; la marmota y la laguna; pero también: el ave y la laguna y el pez y la laguna; el hombre y la laguna y el pez y la laguna; son microesferas que al entrelazarse hacen surgir un nuevo mundo con sus propias regulaciones. Y el hombre es una línea de fuerza más; él también es una esfera cuyo despliegue dependerá, en gran medida, de las otras con las que se cruce y haga acorde.

De allí se derivará la brillante crítica de Thoreau a la sociedad, y su apuesta por la construcción de un camino propio, como el que se formaba al pasar por la nieve: fácilmente visible y difuso a la vez.

Hablé de la importancia de la sensibilidad y la percepción, pero hay que hacer la precisión: la percepción no corresponde al ser humano, sino a ese choque entre potencias, entre regulaciones, espacios, de las cuales el ser humano es una más. No hay, por lo tanto, algo percibido a priori. La percepción es el proceso por el cual confluyen esas fuerzas; mientras que el efecto de ese choque produce la ilusión de una exterioridad y que correspondería con lo percibido. En ese sentido, Thoreau y su escritura son también un resultado de la percepción. De lo que se tratará en su obra Walden es de la capacidad para mantenerse despierto en todos esos movimientos; de ser capaz de despertar ante los choques de los que uno es efecto.

De allí se derivará la brillante crítica de Thoreau a la sociedad, y su apuesta por la construcción de un camino propio, como el que se formaba al pasar por la nieve: fácilmente visible y difuso a la vez. En Thoreau encontramos al hombre al que no le preocupa la sustancia; que rehabilita el asombro ante la contingencia del mundo y de sí mismo, y en cuya escritura asume la voluntad de sus afectos.

Naturaleza: una crítica a la sociedad

Que desde la Naturaleza Thoreau haya desarrollado su crítica a la sociedad no significa que parta de la añeja oposición entre naturaleza y cultura, en la que la primera se correspondería con aquello libre de injerencia del ser humano. Si bien es clara su preocupación por el modo en que el proceso productivo e industrial arrasaba con los ambientes, su idea de Naturaleza no se reduce a un catálogo de animales y árboles; se trataba también, y quizá principalmente, de la interacción entre ellos. Era, en resumidas cuentas, ser testigo de la vitalidad de la tierra. Por ello lo que vio durante sus dos años de vivir en el bosque fue el modelo de la configuración de fuerzas en cualquier entorno, incluido el de los seres humanos. Así, sus palabras sobre lo que veía y sentía le dieron poderosas imágenes para mostrar el grado de mecanización y racionalización a la que había llegado la humanidad, o al menos la que tenía a su alrededor.

Para cuando Thoreau tomó por primera vez posesión de la cabaña construida con sus propias manos, el 4 de julio de 1845, la revolución industrial estaba prácticamente establecida en Inglaterra y Estados Unidos. El proceso de maquinización de gran parte de las actividades, así como el modo en que éste regulaba la vida de las personas, fue lo que más llamó la atención de este visionario. Y sus primeras invectivas las lanza contra el Estado, a quien culpa de no estar a la altura de la voluntad del pueblo, y de ni siquiera permitirles avanzar en sus propias empresas: “De este modo los gobiernos evidencian cuán fácilmente se puede instrumentalizar a los hombres, o pueden ellos instrumentalizar al gobierno en beneficio propio”.6 Hay que notar lo sorprendente de que muchas de las imágenes que nos regala Thoreau remiten a las críticas a la sociedad llevadas a cabo por otros filósofos muchas décadas después.

Aún no escribía Freud El malestar en la cultura7 cuando Thoreau vio con maestría una oposición fundamental en el gobierno de los seres humanos:

Toda máquina experimenta sus propios roces, pero es posible que se trate de un mal menor y contrarreste otros males. En ese caso sería un gran error moverlo para evitarlo. Pero resulta que cuando la fricción se convierte en su propio fin, y la opresión y el robo están organizados, yo digo: “hagamos desaparecer la máquina”.8

No sólo adelanta, aunque desde otra perspectiva que la de Freud, la posición del ser humano con respecto a la cultura, sino que también señala la que sería metáfora de muchos otros críticos: la sociedad como máquina. Así, es imposible no inmutarse ante afirmaciones como la de que “la masa sirve al Estado no como hombres sino básicamente como máquinas, con sus cuerpos” (Cfr. Marx). El ser humano se convierte en un mero engranaje en la búsqueda de la eficiencia de la maquinaria; pero lo único útil es su cuerpo, la conciencia se aliena al grado de no importar si se está sirviendo al diablo, aun sin pretenderlo, o a Dios. Nada distinto dirá Hannah Arendt cien años después. Es la banalidad del mal que nos hace actuar como meros autómatas, sin reparar, sin ser conscientes, en el lugar de nuestros actos en la cadena. Es también su formulación de la sociedad como una comunidad de laborantes en la que toda actividad está supeditada a la producción de bienes.

El ser humano se convierte en un mero engranaje en la búsqueda de la eficiencia de la maquinaria; pero lo único útil es su cuerpo, la conciencia se aliena al grado de no importar si se está sirviendo al diablo, aun sin pretenderlo, o a Dios.

Thoreau se pregunta por qué la mayoría de las personas se afanan trabajosamente en cuestiones tan artificiales sin poder jamás disfrutar de los beneficios de su propia actividad. Él mismo construyó su cabaña, se hacía de sus alimentos y de gran parte de los utensilios más básicos. Quizá fue de los primeros (sólo la mesura me impide nombrarlo el primero) en atisbar el incipiente consumismo y estilo de vida acelerado en el que desembocarían las sociedades occidentales, con Estados Unidos a la cabeza. Suponemos necesarias todas las instituciones, pero al cabo del tiempo se vuelven tan grandes que terminamos por volvernos siervos de ellas. Y a eso se suma nuestra ceguera e ingenuidad: “Los hombres consideran que es esencial que la Nación tenga comercio, exporte hielo, hable a través del telégrafo y viaje a treinta millas por hora, sin lugar a dudas, ya sea que ellos sean quienes lo hagan o no”.9 Al igual que hizo Freud en el libro ya citado, Thoreau también mostró la ilusión detrás del progreso tecnológico: no somos quienes hacemos uso de él, sino que al final es éste el que se vuelve en nuestra contra.

A Foucault se le atribuye haber introducido en el mundo académico el concepto biopolítica, según el cual, mediante ciertas regulaciones políticas se podrían controlar los cuerpos y, por extensión, la conciencia.10 Pues bien, quizá uno de los elementos que más estuvo presente durante la estancia de Thoreau a orillas de la laguna fue el ferrocarril, nada menos que el símbolo de la revolución industrial. Pero él señala que, lejos de ser los hombres quienes hacen uso de él, es éste el que nos aborda. Marcando los ritmos de vida de la gente alrededor de las vías, de la estación; señalando los tiempos del comercio de toda una región y, con ello, de las vidas de sus habitantes;

las salidas y llegadas de los vagones constituyen ahora las épocas en el día de la villa. Van y vienen con tal regularidad y precisión, y a tal distancia puede oírse su silbato que los granjeros ponen su relojes conforme a ellos, y de esa manera una institución eficazmente dirigida regula todo un país.11

¡Poderoso! Thoreau perfila cómo las nuevas tecnologías demandan también nuevas aptitudes y conductas en el hombre.

Advierte lo mismo en relación con la arquitectura, el diseño de los hogares, de las mercancías, de los productos innecesarios y de la moda. Elementos todos que regulan, en gran medida, la acción y la conciencia de los individuos. Mientras su pequeña cabaña, de una sola pieza, incluye alcoba, comedor, cocina, ir a la casa de algún acomodado representa para él una tortura, pareciera que todo está dispuesto para mantener a la gente lo más alejada posible entre sí, ¿o cómo explicar que haya una habitación, apartada de la intimidad del hogar, destinada sólo para las visitas? “La hospitalidad no es sino el arte de mantenernos a la mayor distancia posible”.12

Uno se siente solo en la inmensidad de la ciudad, de la gente, pero porque todo está dispuesto con miras a permanecer en el anonimato. La ciudad es un no–lugar, un espacio que no admite polisemia ni la posibilidad de crear nuevos caminos, porque allí hay direcciones establecidas con sus calles nombradas y numeradas, delimitando la posibilidad de otros sentidos. ¡Qué distinto a la experiencia en el bosque! Allí, incluso si se pierde uno, no podríamos afirmar si realmente es así, si en verdad estamos desubicados: no es posible perderse en donde no hay dirección. No contar con nada más que ese pequeño terruño en el que vivió le permitió a Thoreau visitar las granjas aledañas, pero siempre considerando que también eran su tierra, o él de ella. Porque no las poseía y, sin embargo, las habitaba como espacio multívoco, abierto en todas direcciones.

Ni siquiera su pequeño hogar era un espacio de anonimato, de enraizamiento ni de propiedad. Escuchar los sonidos en el bosque; ver cómo los animales entran y salen de su morada y de la de él mismo; notar los rastros de gente desconocida que, mientras él estaba fuera, seguramente se había metido a su cabaña a tomar algún descanso. Todo ello son las posibilidades de una vida otra, no delimitada por el espacio técnico y político. No hay un afuera y adentro, como en la ciudad. Su sitio es un espacio abierto, y el discurrir de la vida se vuelve su propia diversión. Y, sin embargo, el silbar del ferrocarril siempre se escucha a lo lejos…

Para Thoreau es imposible evitar los reguladores; no fue otra cosa la que vio en la laguna de Walden al seguir con minuciosidad el movimiento de los días, de los animales y la vegetación. La pregunta, más bien, concierne a la posibilidad de crear las propias esferas y las propias relaciones de las que queremos ser efecto; los sonidos que hemos de escuchar, el mundo que habitaremos. No obstante que parezca que no podemos hacer algo al respecto. Y es en el trabajo en donde se hace más evidente esta aparente impotencia. Impresiona imaginar cuántas vidas arruinó Marx al subsumirlas a alguna clase social, y cuántos decidieron pertenecer a la clase proletaria y lo que ella significa como concepto al reducir sus vidas a la miseria, la impotencia y el resentimiento. Más le habría valido a Marx dejar el mundo solo, pues el problema no era que los filósofos no se hubiesen ocupado en transformarlo, como él creía, sino que nunca fueron capaces de ver las transformaciones que ya acontecen como múltiples instantes. Habría sido otro el Capital legado por Marx.

Para Thoreau es imposible evitar los reguladores; no fue otra cosa la que vio en la laguna de Walden al seguir con minuciosidad el movimiento de los días, de los animales y la vegetación.

Por ello no es extraño que lo más fácilmente discernible en la obra de Thoreau sea una concepción relativa al trabajo. En 1845, después de analizar los gastos para la construcción de su casa y la enorme dificultad de sus conciudadanos para hacerse de una, escribe: “El costo de una casa es lo que yo daré en llamar la proporción de vida que se requiere intercambiar por ello, ya sea de inmediato o a largo plazo”.13 Para entonces, Marx apenas comenzaba a esbozar su crítica económica. Pero ya desde entonces hay en Thoreau una crítica a la alienación en el trabajo. Una y otra vez recalca lo vivificante que es encontrarse con el producto de sus manos, el verlo terminado e, incluso, perecer. Para él no existe distinción alguna entre el trabajo y la vida; a veces acontece de una forma y a veces de otra: ¡es la realización del sueño de Marx en las fauces del capitalismo industrial! Y es así porque la vida acontece aquí y ahora, no en la realización de un mundo mejor en el futuro.

Una y otra vez recalca lo vivificante que es encontrarse con el producto de sus manos, el verlo terminado e, incluso, perecer. Para él no existe distinción alguna entre el trabajo y la vida; a veces acontece de una forma y a veces de otra: ¡es la realización del sueño de Marx en las fauces del capitalismo industrial!

En el capítulo sobre la granja de Baker aparece un enigmático personaje, John Field, un hombre de campo, agobiado por mantener a su familia y su pequeña vivienda, y que gastaba valiosas horas para apenas obtener lo suficiente para la reproducción de su mano trabajadora. Thoreau intentó mostrarle el círculo en el que se hallaba inmerso: que por no querer dejar de consumir las cosas que había en “la tierra de la libertad” se veía obligado a trabajar con la misma intensidad que los esclavos. Pero algo pasaba en la cabeza de John que le impedía dejar la vida tan miserable que llevaba y forjarse otro camino. En poco tiempo, intentaba convencerlo Thoreau, podría construirse un palacio propio. Pero no, había un obstáculo en él: esa imposibilidad para dejarse tocar por la apertura de opciones, de sentidos. Como Heráclito, se dio cuenta de que John era una de esas personas que

al cerrar los ojos, dormitar y dejarse engañar por las apariencias, los hombres establecen y confirman por doquier su vida diaria de rutina y hábitos, la cual continúa cimentándose en bases meramente ilusorias.14

A Field no le quedaba más que seguir su camino de pobreza y paupérrima existencia, mientras no se decidiera a arrojarse al vacío de la indeterminación, posibilidad única para la creación.

El trabajo de sí: la expectación del amanecer

Pero así como la Naturaleza no corresponde con lo no tocado por la mano del ser humano, de igual modo la sociedad no es un monolito perfectamente identificable. Thoreau toma como punto de partida y llegada la Naturaleza, pero la considera un campo de fuerzas que acontece a la manera de sentidos. La Naturaleza es mucho más que nuestra naturaleza. No es a lo que se opone el ser humano, sino aquello de lo que éste es elemento y resultado. Por eso es que al criticar la sociedad no lo hace suponiéndole el poder de oprimir a los individuos. Por lo demás, ¿qué es la sociedad? ¿En dónde está ella? No es alguna entidad permanente; por el contrario, la hacemos aparecer en cada uno de nuestros actos, ésos que ejecutamos sin siquiera ser conscientes de la cadena en la que se insertan. La sociedad, los gobiernos que critica Thoreau son, en última instancia, la incapacidad de hombres y mujeres para hacerse cargo de su destino; son su somnolencia aun con el Alba pegándole en los ojos. La sociedad, para Thoreau, es nuestra complacencia con la rutina, incluso viviendo en el bosque.

De allí su sorpresa ante la vida de John Field, un hombre de trabajo, habitante del campo y, no obstante, esclavo. De curioso apellido: Field. Poco importa que haya sido o no un invento, pues el conjunto de relaciones que implican el Field que retrata Thoreau hacen emerger a un John pobre, triste, inconsciente del lugar en el que está colocado por decisión propia. En efecto, Field, Campo, es el apellido, la marca de John, el campo de fuerzas de su tristeza. No interesa el lugar geográfico en el que éste se encuentre, en cualquier lado lo seguirán las relaciones del acotamiento subjetivo. El ferrocarril siempre se escuchará a lo lejos…

Y, sin embargo, lo que se ha heredado de los padres, como el apellido, hay que adquirirlo para poseerlo, dijo el poeta. Se siente entre las líneas de Thoreau la capacidad de colocarse en las relaciones de las que quiere ser efecto. De ser consciente de las que emerge en cada instante. Y para esto se requiere de un arduo trabajo sobre sí mismo, así como de la capacidad perceptiva y sensible. Si algún filósofo quisiese hablar de la ontología de Thoreau ésta sería la de la posibilidad, pues “la opción era todo cuanto quería”15 él, y por ello su vida en Walden la dedica a todos aquellos que creen no tener un sitio en el mundo en el que están inmersos; a quienes presienten que la vida puede ser otra y notan lo vano que resulta esforzarse tras el viento. Y se dirige a ellos para mostrarles que siempre hay otro camino. Si acaso, lo único que le impone al hombre es el deber de mantenerse despierto, y de poseer, como afirmación, eso de lo que se es efecto.

El trabajo no es sencillo. Thoreau tuvo que valerse de las relaciones sociales como metáfora para mostrarlo; es por eso que en su obra hay dos niveles críticos. El primero concierne a los textos “políticos”. Éstos tienen exactamente el mismo estatuto que los relatos fantásticos de su experiencia al ver dos razas de hormigas luchar entre sí, por ejemplo, o el ir y venir de ciertos animales, o el hielo y deshielo en la laguna. La sociedad descrita en esos textos sólo es otro de los tantos escenarios hallados en la Naturaleza, ese infinito campo de fuerzas. Pero quizá tenía que hacerlo así: considerándose a sí mismo como Centro le impediría al hombre extraer lecciones con tan sólo ver la potencia vital en el movimiento de unas hormigas. La solución fue seguirle el juego a la humanidad y darle importancia a los suyos, sus movimientos. Sólo así puso en papel esas luchas entre los seres humanos, y entre cada quien consigo mismo.

Pero también ve que incluso allí, entre las redes más densas, es posible hallar los intersticios del acontecimiento. Es entonces cuando aparece el segundo nivel en su obra, que es el de Walden, por ejemplo. Aunque, estrictamente, los dos niveles atraviesan transversalmente todas y cada una de sus palabras, de sus textos y frases. Sería absurdo dividirlos. Es como él mismo lo afirma: no había ninguna distinción entre la cabaña que había creado y la vida en el bosque. Se confunden porque no hay cabaña y bosque, o afuera y adentro, como no hay sociedad y naturaleza. Ni alguna pobre dualidad bajo la cual subsumirse. Por eso en los mismos escritos que ingenuamente llamé políticos hay ya esas mismas fuerzas surgiendo entre la densidad de las redes de la somnolencia: es la invocación a la sensibilidad para con los otros, así como a la conciencia de saber que nuestros actos forman parte de una inmensa cadena. Es una invocación de la ética, ¿cómo somos capaces de afirmar defender la justicia y al mismo tiempo apoyar, directa o indirectamente, fuerzas contrarias a ella?

Por eso, si estás llevando tu dádiva al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu dádiva allí enfrente del altar, y vete; primero haz las paces con tu hermano, y luego, cuando hayas vuelto, ofrece tu dádiva.16

Así podemos ofrendar cuerpo y alma a los más altos y bondadosos conceptos sin ser capaces de mirar a quien tenemos al lado. Lo cual sólo es posible agudizando la sensibilidad y permitir que ésta sea como el depósito de agua afectado por una, dos, tres, o cualquier número de piedras que son arrojadas en él. Habrá que mirar cómo las ondas producidas por su choque con el agua se entrecruzan. Perfilarnos en su potencia, pero también en su fugacidad. Ir con ellas. Eso es la sensibilidad. Hay que desaparecer, que es al mismo tiempo dislocar la rutina que somos. Ser cada uno de los puntos de cruce de las ondas en el agua. Thoreau lo mostró al no ser siempre lo mismo, al dejarse afectar por las relaciones en que se hallaba en cada momento. Es caminar sin pensar en los puntos cardinales de la brújula, y no hay peor brújula que el yo. Uno debe borrarse.

La ciudad, no obstante, es también espacio del anonimato. Estás allí, pero no hay forma de que tú, nada ni nadie, acontezca desde su nombre propio. Es lo contrario a estar en el bosque, ¿te has perdido alguna vez en uno? La pregunta ni siquiera tiene sentido.

Caminar no es otra cosa que dejarse perder. Nadie puede hacerlo en la ciudad. No importa que no sepas en donde estés, ten por seguro que están en algún lado. Las calles nombradas, numeradas, imposibilitan el extravío. No puedes irte. La ciudad, no obstante, es también espacio del anonimato. Estás allí, pero no hay forma de que tú, nada ni nadie, acontezca desde su nombre propio. Es lo contrario a estar en el bosque, ¿te has perdido alguna vez en uno? La pregunta ni siquiera tiene sentido, considerando que allí no hay referencias. No tiene sentido la orientación en el bosque porque éste no es un lugar para habitar como se habita una ciudad.

Todo hombre tiene que aprender de nueva cuenta los puntos cardinales de la brújula tan pronto como se despierta, ya sea del sueño o de cualquier abstracción. En otras palabras, no es hasta que nos hallamos perdidos, hasta que hemos perdido el mundo, cuando empezamos a encontrarnos a nosotros mismos, a darnos cuenta de dónde estamos y a reparar en el grado infinito de nuestras relaciones.17

Perderse es también volverse cada una de las ondas en el agua, así como sus cruces. Es ver más de lo que la vista podría permitir. No es casual la cercanía de Thoreau con Agassiz. Hay en ambos una subversión de la mirada, una transmutación en la que ésta deviene aquello que presiente. Cerraban los ojos para dejar abierta la mirada. La pupila es amalgama de las líneas de fuerza, de las multiplicidades. Por un instante la mirada es capaz de disolverse en ellas en unidad:

sabían cómo concentrarse en una hoja o una pradera con algo parecido a la disciplina de un poeta japonés (y echar a perder su mirada, sin lugar a duda, con una fácil moraleja).18

Fáciles moralejas como cualquier cliché, pero tan poco comprendidas como lo son ellos. En esas aparentes nimiedades Thoreau vio salir el sol.

¿Cómo sortear la aparente impotencia de determinados campos de fuerza? ¿Cómo vencer el hastío y la sensación de una vida acotada por la necesidad? ¿Se tratará de sortear, de oponerse? Aun en el campo Field no era capaz de mirar más allá de su propio campo. Para él un árbol sólo era eso; igual que cualquier otro elemento con el que se encontrara, era aquello que sabía por pura costumbre. Nuevamente, así como no hay oposición entre naturaleza y sociedad, no es necesario estar en una u otra para despertar. La posibilidad está aquí. Sólo falta abrir la mirada:

Tendemos a imaginarnos extraños y placenteros lugares en algún rincón remoto y celestial del sistema, detrás de la constelación Casiopea, lejos del ruido y del ajetreo. Descubrí entonces que mi casa en realidad se asentaba en una apartada zona del universo, pero por siempre nueva y sin profanar.19

La necesidad de crear las propias reglas es también no oponerse a las existentes. Es fácil caer en la tentación del gasto de energía que implica sabotear a quien imaginamos como nuestro opresor: pero ojalá empezáramos por derrocarnos a nosotros mismos.

Un hombre más sensato se habría hallado mucho más a menudo en “oposición formal” a lo que se consideran “las leyes más sagradas de la sociedad”, profesando obediencia a leyes aún más sagradas, y de esa forma habría puesto a prueba su resolución sin apartarse de su camino.20

Hay que encontrar nuestras propias leyes. Pero éste es un camino que se construye en solitario, no caben los grupos, las escuelas, los guías. No hay salvación por parte de nada ni de nadie. No hay ningún fin ni objetivo últimos. El grupo sólo es la culminación del ensueño, es el cuerpo empezando a pudrirse, es la subordinación al Ideal que no existe. Únicamente asumiendo nuestra soledad y abandono, podremos comenzar a responder también por otros:

Para aquel cuyos pensamientos elásticos y vigorosos coinciden con el paso del sol, el día es una mañana perpetua. No importa qué digan los relojes o cuáles sean las actitudes y ocupaciones de los hombres, la mañana es cuando yo estoy despierto y hay en mí el alba. ®

Notas
1 Este ensayo es el resultado del seminario “H. D. Thoreau: la expectación del amanecer”, coordinado por el filósofo y amigo Salvador Gallardo, así como del trabajo colectivo de reflexión que allí tuvo lugar. A Salvador y mis compañeros, les agradezco por ese camino recorrido.
2 Quizá valga la pena señalar algo sobre la idea del Thoreau ecologista. No cabe dudar de su interés en el ambiente y el modo como el proceso industrial incipiente estaba arrasando con éste, pero considero que sería reducir por mucho la noción de Naturaleza a lo que entendemos comúnmente por ella: lo no tocado por el hombre. Para Thoreau, por el contrario, esta idea es una metáfora del devenir humano, y que hace alusión al constante juego de fuerzas y potencialidades (no jerárquicos) que allí tienen lugar.
3 H. D. Thoreau, Walden, México: UNAM, 2014, p. 119.
4 Ibid., p. 120.
5 Ibid., p. 355.
6 H. D. Thoreau, Desobediencia civil, Diario Público, 2015, p. 38.
7 S. Freud, El malestar en la cultura, Buenos Aires: Amorrortu, 1976.
8 Ibid., p. 42.
9 Thoreau, Walden, p. 111.
10 M. Foucault, Fragmentos sobre biopolítica, París: Gallimard, 2001.
11 Thoreau, op. cit., p. 136. Cursivas mías.
12 Op. cit., p. 271.
13 Op. cit., p. 48.
14 Op. cit., p. 114.
15 Op. cit., p. 100.
16 Mateo 5:23, 24.
17 Op. cit., p. 193.
18 G. Davenport, La inteligencia de Louis Agassiz, México: Libros Magenta,p. 48.
19 Thoreau, Op. cit., p. 106.
20 Op. cit., p. 352.

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Publicado en: Ensayo

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