La ciudad, entre la autenticidad y el simulacro

Los gentrificadores han sido gentrificados.

La autenticidad urbana se transforma en mercancía cultural, diseñada para turistas y nuevos residentes de sandalias Birkenstock y tenis Golden Goose, en busca de consumir un estilo de vida cuidadosamente empaquetado.

Un sábado en la avenida Chapultepec, en la colonia Americana, Guadalajara. Foto de Smart City University.

En barrios como la Roma y la Condesa en la Ciudad de México, o la colonia Americana en Guadalajara, lo que alguna vez definió la identidad del lugar —cafés de esquina, talleres, librerías de segunda mano— ha sido reemplazado, lenta pero inexorablemente, por cadenas transnacionales o locales “artesanales” que parecen más inspirados en Nueva York o Berlín que en su propio barrio. Lo que antes era espacio de comunidad y cultura local se ha transformado en una experiencia reproducible, cuidadosamente diseñada para parecer única; de esas que no dejamos pasar la oportunidad de subir a Instagram.

Jean Baudrillard lo anticipó en los ochenta: la ciudad deja de reflejar su historia o su carácter y se convierte en hiperrealidad, donde la autenticidad se construye, se exhibe y se consume, en lugar de vivirse. La ironía es que creemos diferenciarnos a través de nuestros hábitos y patrones de consumo, pero terminamos ocupando un lugar dentro de un catálogo de estilos disponibles. Incluso los productos más exclusivos, alternativos o underground por los que pensamos distinguirnos forman parte de un gesto ya previsto, mercantilizado e integrado al mercado. Por más que nos sintamos especiales al escapar del consumo masivo, en realidad permanecemos atrapados en la lógica del mismo sistema.

En muchas ciudades lo que consumimos como “auténtico” es casi siempre un modelo global adaptado localmente. La experiencia urbana se vuelve una mezcla de historia local, aspiración global y simulacro mediático.

Sharon Zukin observa que la autenticidad puede funcionar como recurso económico y advierte con ironía que la demanda de experiencias “auténticas” a menudo contribuye a expulsar a quienes dieron su carácter original a los barrios. Esto se observa claramente en la colonia Americana, donde negocios hipster han elevado los precios de renta, desplazando a pequeños negocios de artistas que le dieron atractivo al barrio, y quienes, a su vez, años atrás desplazaron comercios familiares que durante años fueron puntos de encuentro para vecinos. Los gentrificadores han sido gentrificados. La autenticidad urbana se transforma así en mercancía cultural, diseñada para turistas y nuevos residentes de sandalias Birkenstock y tenis Golden Goose, en busca de consumir un estilo de vida cuidadosamente empaquetado.

La paradoja alcanza su punto más nítido en los cafés y bares que parecen genuinos aunque suelen replicar modelos de ciudades como Nueva York o Berlín. Un ejemplo: el dueño del café de moda viajó hace años a Brooklyn, y en el barrio de Dumbo descubrió la cultura del café de especialidad y la cerveza Hazy IPA, servida por una pelirroja estudiante de cine posmoderno japonés. Al regresar, decidió replicar la experiencia en su ciudad. Lo que parecía un espacio “auténtico” es, en realidad, un simulacro de un simulacro: un híbrido de aspiración global y cultura local, cuidadosamente curado, un tanto excluyente y diseñado sólo para aquellos que saben “reconocerlo”.

Pierre Bourdieu lo expresó de manera lapidaria: “El gusto es, ante todo, repulsión e intolerancia visceral hacia el gusto de los otros”. La percepción de autenticidad está mediada por clase social, capital cultural y hábitos de consumo. Los cafés, bares y restaurantes “auténticos” funcionan también como espacios de distinción: quienes los frecuentan se diferencian por su estilo de vida, al tiempo que escuchan despreocupadamente playlists con música de Mark Lanegan, Richard Hawley o Nick Drake, y saben, sin necesidad de palabras, que pertenecen a un círculo selecto de gusto y conocimiento refinado. Porque los gustos no son elecciones libres, sino producto de lo que Bourdieu llamó el habitus, reflejo de la posición social de los consumidores.

¿Cómo habitar la ciudad apreciando lo auténtico, cuando incluso lo que parece genuino seguramente ya ha sido replicado, curado y empaquetado como experiencia sofisticada, lista para consumirse y compartirse en Instagram?

Este fenómeno no es exclusivo de la Ciudad de México o de Guadalajara, en muchas ciudades lo que consumimos como “auténtico” es casi siempre un modelo global adaptado localmente. La experiencia urbana se vuelve una mezcla de historia local, aspiración global y simulacro mediático. No es que desaparezca la autenticidad, pero se mediatiza, se negocia y se reproduce, especialmente en barrios que atraviesan por procesos de renovación urbana y gentrificación.

La pregunta que surge, con un dejo de melancolía urbana, es inevitable: ¿cómo habitar la ciudad apreciando lo auténtico, cuando incluso lo que parece genuino seguramente ya ha sido replicado, curado y empaquetado como experiencia sofisticada, lista para consumirse y compartirse en Instagram? ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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