La construcción de la patria

México: un “ya no” en “ya más”

No hay mejor manera de conocer el México profundo que hacerlo en calidad de constructor de puentes y pozos en zonas apartadas, donde rige la ley del revólver y se detesta al chilango. El autor recuerda sus años de arquitecto al servicio de una constructora y algunos de sus viajes memorables.

© Charles C. Ebbets

Mi más reciente experiencia —no sé si última, eso nunca se sabe— en el medio de la construcción fue como contratista para mantenimiento y reparaciones en las viviendas de cierta empresa que las construía y vendía con esos créditos usureros para ilusos, plenamente consciente de que el área de mantenimiento y servicio tendría que ser tan grande como la constructiva: es más barato construir mal con garantía perecedera que hacerlo bien y para siempre. No encontré nada nuevo, por supuesto. Los reiterados insultos a la buena fe de los compradores agotaban las posibilidades de la chapuza: desagües sin céspol, techos sin impermeabilizar, drenajes inexistentes, acabados con muescas o descarapelados, muros desalineados, ángulos de 73º, habitaciones donde no cabe ni un ratón dormido, cocinas suficientes para freír un huevo —uno.

Hacíamos nuestro trabajo y la gente nos lo agradecía como si fuéramos el mismísimo San Judas. Al turnar a la empresa nuestros generadores y facturas esperábamos meses para que no las devolvieran con ajustes que sólo nos dejaban dos opciones: financiar nosotros los arreglos o reducir los costos lo bastante para unirnos al engaño corporativo. Para ciertas cosas soy moralista: opté por quebrar y aún estoy pagando caras las consecuencias.

Adelanté que nada hay de nuevo en esto: la empresa hacía lo mismo que muchas otras, tanto privadas como gubernamentales. Si merece mención es porque se trata de hacinamientos que pululan por la inmensa Ciudad de México y no aparecen en el mapa turístico ni en el de los programas de inversión. Mucho menos en los legislativos que podrían hacer leyes para que la gente no sea timada de tal modo. Pero sirven para el turismo político cada época de ordeña electorera.

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Petacalco, Guerrero, sí está en los mapas, pero no para los turistas sino porque ahí —junto con muchos otros— construimos una de las grandes plantas de producción eléctrica. Llegamos con nuestro inmenso camión Ford 50 con la perforadora Williams montada en él. Se trata de una máquina gigante y poderosa. Un inmenso taladro para perforar la tierra tanto como lo exija casi cualquier tipo de cimentación profunda. Las brocas de este juguete llegan a tener hasta 3 metros de diámetro. El camión, naturalmente, no consigue velocidades notables, aunque en bajada logra sus vertiginosos 30 km/h, que no conviene permitir so riesgo de que los frenos no consigan detener tal tonelaje. Trasladar tal maravilla es una aventura para gente a la que le gustan la ruleta rusa y el futbol llanero. Por aquel entonces Petacalco era un pequeño pueblo casi en la frontera con Michoacán, muy cercano a Lázaro Cárdenas, que vivía de la pesca y otros negocios que siempre han prosperado en aquellas playas a donde se llega “por los caminos del sur”. El mar, hoy veneno puro, era paradisiaco, sea dicho de paso, por no dejar, y aunque todo mundo lo suponga de antemano. Cuando llegamos hicimos todo en el orden habitual: comprar refrescos, emplazar la máquina en la zona de trabajo, reconocer el terreno, acordar lo necesario con los superintendentes del cliente y largarnos cuanto antes al primer puesto de comida que encontráramos. Lo siguiente, claro, era hallar alojamiento y descansar un rato. En el único hotel el dueño se me quedó mirando casi un minuto y finalmente me dijo: “No, güero, mira: aquí no nos gustan los chilangos, te pueden matar, mejor alójense en Lázaro Cárdenas”. Me pareció bastante claro el mensaje y seguí el consejo. En la ciudad michoacana nos alojamos en hoteles de medio pelo extrañamente adecentados, uno de ellos hasta con alberca.

Otros seis días más de peones, electricistas, técnicos, albañiles y supervisores me hicieron probar suerte en el segundo de los antros. Estaba a reventar y por todas partes había extraordinarias bellezas michoacanas en top-less. Un grupo de habituales, todos con escuadras bien visibles, me hicieron un sitio en su mesa. El tema principal era una dama a la que no se veía por ninguna parte pues se la pasaba dando servicio en la trastienda.

La recepcionista era una belleza asombrosa. Tras esas jornadas de trabajo que sólo dejan la energía para cenar callados y largarse a dormir unas horas, yo tiré de juventud y me le puse pizpireto a la chica. Por su actitud estaba seguro de que se me aparecería a las tres de la mañana, extraña hora en que terminaba su turno. Aproveché el tiempo llenando la bitácora, ajustando cuentas y adelantando estimaciones. A las tres y pico tocaron a mi puerta. Abrí con cara de galán suertudo y me encontré a un gigantón que con una 45 en la mano me preguntó si ésa era la putita a la que estaba esperando. El espacio para alegatos era bastante parco, me contenté con darme por informado de que ninguna mujer de la ciudad estaba a mi disposición, que para eso estaban las putas. El caballero tuvo la gentileza de darme los datos de dos antros. Los guardé sin intención de ir.

Tras una semana contemplando a diestra y siniestra bellos y sudorosos trabajadores de la construcción decidí acercarme a uno de los centros de recreo que me habían recomendado. Yo era el único cliente. Una puta bailaba con dejadez mientras otra me sacaba cervezas y me exploraba el paquete. De pronto pareció furiosa: “¿Eres marica? Toca aquí, cabrón, toca aquí, soy vieja y tengo panocha”. Obedecí y comprobé que decía —como todos— media verdad. La otra mitad de la verdad no tenía por qué decirse: quizá se trataba de la mujer más fea del orbe y la historia. Dije lo habitual: No sé qué me pasa, mejor nos vemos mañana, ando corto de lana, cualquiera de esas cosas. Me mandó a chingar a su madre y se fue a bailar con su colega. Pagué mi cuenta y las cervezas de la mujer con panocha. Cuando iba de salida me encontré a un gorila que me pescó de la solapa y me dijo: “A nuestras viejas las respetas, güero hijo de la chingada”. Entre él y un amigo me condujeron amablemente a la trastienda del antro y no tuve otra opción que “respetar” lo mejor posible a la dama que tuvo la consideración de permitirme usar preservativo.

Otros seis días más de peones, electricistas, técnicos, albañiles y supervisores me hicieron probar suerte en el segundo de los antros. Estaba a reventar y por todas partes había extraordinarias bellezas michoacanas en top-less. Un grupo de habituales, todos con escuadras bien visibles, me hicieron un sitio en su mesa. El tema principal era una dama a la que no se veía por ninguna parte pues se la pasaba dando servicio en la trastienda. Ellos mismos tenían su turno y regresaban sudorosos y mustios. De pronto me anunciaron que iba yo, que ellos pagaban. Habían hablado de ella de un modo que la volvía irrenunciable. En efecto, me encontré con uno de los rostros más hermosos de que tenga memoria. Vi en la penumbra una sonrisa extraña. Me dio la espalda para desnudarse. Cuando la vi de frente me limité a preguntarle si ahí todos tenían pistola. Creo que le simpatizó mi forma de reaccionar. Quedamos en que ninguno diría nada y él, infeliz, Joaquín, dejaría descansar su agotado ano durante un rato. No me atreví a preguntar nada acerca de quién manejaba esos negocios y cómo funcionaba todo eso en Lázaro Cárdenas.

Cuando terminamos la cimentación en Petacalco supe que todos los del equipo de trabajo habían ido a ese antro, cada cual por su cuenta. Nadie dijo si había cogido. Coincidimos en que Petacalco y Lázaro Cárdenas, tan cercanos uno del otro, no tenían más diferencia que su tamaño en el mapa. Que eran dos lugares magníficos para una empresa de turismo para suicidas y enfermos terminales. Así lo hablamos, aunque nuestra clase media y nuestros intelectuales no puedan creer que operadores, albañiles y maestros de obra puedan manejar perfectamente ese lenguaje y esos conceptos.

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© Dionisio González

A Tamuín, en la Huasteca potosina, cerca de la rivera del Pánuco, llegamos tras una intensa aventura carretera. Construían la termoeléctrica y el pueblo, ya ciudad, prosperaba notablemente. Nuestro contrato era para cimentar un tramo de torres de trasmisión que llevarían energía a la termoeléctrica. A las cinco de la mañana desayunábamos en la panadería-restaurante que está sobre la carretera y a las seis agarrábamos rumbo a El Encino, ya en Tamaulipas. A medio camino nos internábamos entre los ejidos y recorríamos quince kilómetros sorteando la vía del tren, varios campos de pastura para toros de lidia en los que nos rifábamos para bajarse a abrir las cercas divisorias, varios riachuelos escarpados en los que había que hacer milagros para no atascar la máquina ni la camioneta 31/2 y algunos lodazales que no se veían hasta que las llantas anunciaban catástrofe.

Éstos eran contratiempos menores al lado de los importantes. Contraté ejidatarios para el trabajo de peones: no hablaban, obedecían de manera humillada y miraban de un modo más escalofriante que la más grotesca aparición nocturna. Llegábamos a los emplazamientos y nos encontrábamos con que las mojoneras (señales que deja el cliente para indicar dónde es el sitio a perforar) eran estúpidas estacas que el ganado se había comido discrecionalmente. Avisábamos y nos decían escandalizados que ya mero llegaban a ese punto y necesitaban la cimentación terminada, pero enviarían a los topógrafos. Éstos tardaban hasta un día entero, día perdido. Trazaban nuevamente, perforábamos lo posible y aparecían los de construcción que, indignados por nuestro atraso pasaban el descuento, lo que significaba reducción de pago al presentar las estimaciones.

Pero el mayor problema era el terreno. En esa zona predomina la lutita, un material resinoso, tremendamente duro, al que los lugareños llaman “choy”. Cuando la broca ya no rompía más y empezaba y la barrena empezaba a reparar como caballo asustado, teníamos que bajar a dos peones con mazas y barras para romper el suelo al estilo Buonarotti. Aún no teníamos la perforadora Watson que, después, nos permitiría salvar fácilmente esos escollos. Había dos peones en cada pila (hoyo), con un calor infernal y las manos sangrando. Evidentemente eso nos obligaba a pagarles mucho más que lo habitual. Lo increíble es que agradecían esas miserias que les dábamos.

Contraté ejidatarios para el trabajo de peones: no hablaban, obedecían de manera humillada y miraban de un modo más escalofriante que la más grotesca aparición nocturna. Llegábamos a los emplazamientos y nos encontrábamos con que las mojoneras (señales que deja el cliente para indicar dónde es el sitio a perforar) eran estúpidas estacas que el ganado se había comido discrecionalmente.

Cierta estimación no fue pagada a tiempo por el cliente y se me avisó el viernes por la tarde que no había para pagar la raya ese sábado. No pegué pestaña con pestaña. Por la mañana me calé la .380 y me fui con la 31/2 a llevar la mala nueva. Entonces sí que hablaron, poco, pero claro: “Nosotros vivimos al día y nuestra gente traga diario, a ver cómo le hace pero nos paga”. Esos indígenas mestizos Pujal Coi son más bravos que los toros de la regón. Miraban el piso esperando mi respuesta mientras chapoleaban hermosamente con sus machetes como si limpiaran un terreno para la siembra. Les ofrecí como garantía la camioneta. Uno de ellos hizo un movimiento que Tarantino envidiaría y me dijo que su familia no tragaba fierro. Saqué el revólver y les dije que no había mucho que discutir, lo tomaban o lo dejaban. Aceptaron de mala gana. El lunes les pagué cumplidamente pero yo no volví a descuidar mi espalda en el tiempo que seguimos trabajando.

Error mío: ellos habían olvidado el incidente. Cuando terminamos los trabajos mataron una gallina. Ojalá nos traigan más trabajo, decían. Lamenté no poder cumplir su deseo de hacerles un pozo: no importa por qué, pero esa máquina no sirve para eso y menos en esa región. Les pregunté qué había de verdad en que el gobierno les regaló tractores. “Cierto, muy cierto, arqui. Los usamos un año, vino la sequía y se perdió la cosecha, aguantamos otro año y los vendimos para tragar. Ahora ya son cinco años de sequía, los muchachos se fueron pa’l otro lado y nosotros hemos vendido hasta las semillas”.

Este ejido, como tantos otros, no está en el mapa. No está en la agenda. Ni siquiera lo ven las garzas que lo sobrevuelan diario sin detenerse a turistear.

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En cierta región de Guanajuato nos encargaron un puente. Nos dieron un mapa donde señalaban poblados que no existían, un río que no existía y una carretera que no existía. Para llegar nos topamos con un barranco librado por un puente derruido. Tuvimos que construir un puente para llegar al sitio en que teníamos que construir un puente. No nos perdimos, verificamos datos, el puente que se nos encargó iba de ninguna parte a ninguna parte. El presupuesto era ilimitado pero había premura. Se nos dijo, sin empacho, que el puente tenía que aparecer en el libro de egresos antes de las elecciones. Apareció, claro está. Y en un periódico local apareció en páginas interiores que un muchacho de diecinueve años, tras un accidente de trabajo en que se había roto una pierna, fue atendido en un hospital del Estado con tan mala suerte que murió de septicemia. La Compañía Constructora estaba en litigio contra el gobierno y el Seguro Social para la reparación de los daños, la indemnización de los deudos y la resurrección de los muertos. El mismo periódico lamentó, dos años más tarde, no tener espacio para publicar que la Constructora y los deudos del muerto perdieron el juicio en un país que parece haber nacido con el juicio perdido. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Crónicas antiturísticas, Destacados

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