La enseñanza en España

Librémonos de pedagogos y religiosos y eduquemos todos

¿Cómo es posible que sigamos aplicando a los jóvenes unos métodos de enseñanza ridículos, inútiles y crueles? ¿Cómo puede ser que la época de la vida de una persona en donde la emoción, la pasión y la curiosidad están a flor de piel se convierta en muchos casos en un trauma?

La situación del sistema educativo en España es cada vez más preocupante. En apenas treinta años de democracia, luego de la larga noche franquista, se han redactado varias leyes de Educación, a cada cual más floja, y los datos sobre nuestros resultados en las diversas materias no hacen sino empeorar. A eso hay que unir el índice de abandono escolar: duplicamos el de muchos países de la Unión Europea, con un impresentable 28% de escolares que lo dejan en la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO, alumnado de doce a quince años). Como es bien conocido, el bipartidismo imperante en esta monarquía parlamentaria motiva que las concepciones de cómo acometer la educación oscilen entre la privatización y el moralismo religioso de la derecha, cada vez más ultraderecha, del Partido Popular, y la apuesta por la enseñanza pública, tutelada por pedagogos con teorías extravagantes, del Partido Socialista Obrero Español. Ahora estamos en el ciclo de la derecha, tras el fraude electoral de Mariano Rajoy, que se alzó con el poder mintiendo y que designó como ministro de Educación a José Ignacio Wert, alguien que dice estupideces tan gigantescas como que es buena para España la fuga de cerebros. Una fuga que se ha acelerado con la crisis económica y que supone un nuevo exilio, esta vez intelectual, como el que se produjo a raíz de la Guerra Civil de 1936: serán otros países los que se beneficiarán de los conocimientos de nuestros compatriotas, a los que hemos pagado entre todos los españoles, en la mayoría de los casos, sus carreras universitarias.

Ricardo Moreno: el lastre de pedagogos y obispos

Ricardo Moreno

Ricardo Moreno, catedrático de Instituto en Madrid, saltó a la palestra al publicar en 2006 su libro Panfleto antipedagógico, al que siguió en 2008 De la buena y la mala educación. En ambos cuestiona el papel de los pedagogos a la hora de marcar las nuevas leyes de Educación en España y lo hace analizando los pésimos resultados que estamos obteniendo y la cada vez más conflictiva situación en las aulas, con faltas de respeto e incluso agresiones a los profesores.

Según explica este veterano profesor, que se doctoró en Filosofía con una tesis sobre Historia de la Matemática, “la enseñanza pública está desapareciendo en España. Literalmente. Va camino de convertirse en una educación puramente asistencial”. Para Moreno, se está confundiendo educación obligatoria con enseñanza unificada. “Que la educación obligatoria se amplíe hasta los dieciséis años —hasta los dieciocho pretenden ahora— debería ser un progreso, pero no tiene que ser la misma, pues hay alumnos que estarían más contentos aprendiendo a arreglar motos o construyendo máquinas, lo que antes se llamaba oficios. Quien no quiera estudiar debería tener esa posibilidad. Pero al ser la educación obligatoria, muchos están descontentos. Y a quien repite una vez el curso, luego, según la ley, tienes que pasarlo, pues no puede estar hasta los dieciséis con niños de diez. Así, tienes casi que aprobar por decreto a los que repitan y te encuentras con los que no se enteran de nada porque tienen ocho asignaturas pendientes y a los que no les interesa. Así un profesor no puede trabajar”.

Cursos Cero Intensivos

El problema del fracaso educativo español se refleja en muchos aspectos, algunos de ellos casi desconocidos para los que no estamos insertos en el ámbito de la enseñanza. Ricardo Moreno cuenta cómo en muchos cursos de ingenierías, ya en la Universidad, se habilitan “Cursos Cero Intensivos” que se imparten en septiembre y en los que se enseñan temas que antes sabía un niño normal y corriente a los catorce o quince años (para entrar en la Universidad lo normal es tener diecisiete o dieciocho). Pero los nuevos ingenieros ya han egresado de las facultades y Moreno habla con los empleadores: “Todos prefieren a ingenieros con más de treinta años, los que estudiaron en el sistema antiguo. A éstos no les tienes que explicar que a un cliente no se le recibe con una gorra puesta y mascando chicle. Algún empresario me confesó que para cubrir cuatro plazas de ingeniero le quedaron vacantes dos y una de las cubiertas lo hizo con un polaco”.

Falacias del sistema educativo español

Según el catedrático madrileño, el actual sistema de enseñanza en España adolece de falacias fácilmente desmontables. “La primera, que ese sistema considera la educación un derecho, pero su conculcación no es considerada delito”, apunta. Se refiere con ello a la poca protección que tienen los profesores a la hora de verse boicoteados e incluso agredidos por alumnado violento o pasota. Relacionada con ésta se infiere la segunda falacia: “Es un sistema de enseñanza obligatoria que no obliga”, esto es, no obliga a respetar a compañeros y profesores, lo cual provoca, a la larga, desidia y poco interés tanto en unos como en otros, al crearse un ambiente poco propicio para aprender y enseñar.

Se considera, y he aquí la cuarta falacia, que un sistema educativo para todos debe bajar necesariamente su calidad. Ricardo Moreno lo considera, y con razón, un dislate, de la misma manera que no toleraríamos que una sanidad universal —que también está en peligro en estos momentos en España— rebajase la calidad asistencial por el simple hecho de que es para todos.

La tercera falacia, siempre según Moreno Castillo, es pretender mantener una educación obligatoria hasta los dieciséis años con la excusa absurda de que antes nadie está en condiciones de decidir su futuro. Pero al obligar a un chico que no quiere estudiar a estar en clase se da la paradoja de que, con su actitud rebelde o agresiva, sí pone en solfa el futuro de sus compañeros.

Se considera, y he aquí la cuarta falacia, que un sistema educativo para todos debe bajar necesariamente su calidad. Ricardo Moreno lo considera, y con razón, un dislate, de la misma manera que no toleraríamos que una sanidad universal —que también está en peligro en estos momentos en España— rebajase la calidad asistencial por el simple hecho de que es para todos.

Ya la última falacia consiste en que se quieren resolver al mismo tiempo problemas que sólo se consigue solventar consecutivamente. Primero habrá que proporcionar un ambiente de estudio propicio a quien quiera estudiar y luego se habrá de resolver qué hacer con los que no quieren estudiar. Si la segunda se resuelve por la fuerza, metiendo a los que no quieren estudiar con los que sí quieren, la primera ecuación nunca se solventará.

José Antonio Marina: toda la tribu educa

No vamos a echarle toda la culpa al sistema educativo, a las leyes que marcan nuestros políticos, aconsejados en un caso por sectas católicas como el Opus, donde el clasismo y el fanatismo son su pan de cada día o por pedagogos en otro caso que nunca han dado clase de nada y todo su aporte es llamarles a lo de siempre de otra manera para que parezca novedoso. Pero hay también estamentos que quieren justificar nuestro fracaso educativo poniendo el punto de mira en los padres de los escolares y en concreto en su baja formación. El argumento no es válido: en España con el sistema anterior a la LOGSE (la ley del 90, anterior a la actual LOE) un estudiante normal terminaba la educación obligatoria a los catorce años y sabía más que lo que hoy sabe un escolar de enseñanza obligatoria a los dieciséis. En más tiempo en el colegio, peores resultados: ¿acaso estaban los padres de aquellos alumnos mejor formados que los de la última hornada? Y ya no digamos si vamos más atrás, a tiempos de mis padres, cuando la educación del franquismo apenas alcanzaba hasta los diez años: esos niños no podían aprender nada en casa pues la mayoría de sus progenitores eran analfabetos. Y sin embargo, salían de la escuela con nociones básicas y firmes de las que cojean muchos alumnos hoy a los dieciséis.

Hablábamos antes de que no se podía echar la culpa a los padres con poca formación del fracaso educativo de sus hijos pero sí se les puede acusar de motivar a sus retoños poco, o simplemente de pasar de ellos y confiar tan sólo en el colegio para que sus hijos estudien y se formen.

El filósofo español José Antonio Marina, preocupado por el cada vez más decaído sistema educativo de este país, se puso manos a la obra y fundó la Universidad de Padres. Su lema es “Para educar a un niño, hace falta la tribu entera”. Según Marina, toda la sociedad debe ayudar en esta tarea. Según se destaca en su web, universidaddepadres.es, es una fundación sin ánimo de lucro y —es importante reseñarlo— sin ninguna relación religiosa o política, financiada por personas e instituciones privadas. Sus objetivos principales son proporcionar información rigurosa sobre la educación de los hijos, asesorar a los padres para que encuentren su propia manera de educar, proporcionarles recursos educativos y crear comunidad para que los padres intercambien inquietudes y experiencias.

Hablábamos antes de que no se podía echar la culpa a los padres con poca formación del fracaso educativo de sus hijos pero sí se les puede acusar de motivar a sus retoños poco, o simplemente de pasar de ellos y confiar tan sólo en el colegio para que sus hijos estudien y se formen. Como rezaba aún este mes de agosto una pintada en una calle de Lugo: “El trabajo te hace digno pero no ves a tus hijos”. Y así es: en un país emergente como ha sido España en las últimas dos décadas, muchos padres se han dedicado en cuerpo y alma —ambos— a sus trabajos y han descuidado el tiempo que pasaban con sus hijos. Ni siquiera vigilaban si llevaban los deberes hechos a clase. Estoy con Marina en que educamos todos y si el escolar no ve en casa un espíritu curioso de los padres, un interés por lo que ellos hacen, y si tampoco se les proporciona un ambiente de estudio y un tiempo para hacerlo, la niña, el niño, no pueden avanzar en su formación, y más en los tiempos de las pantallas distractoras por doquier. Como les pasa a los nuevos ricos, muchos padres españoles han creído que con que el niño tuviera todo el material escolar y las necesidades cubiertas, ya estaba. El valor del esfuerzo no se puede comprar en los centros comerciales a los niños, hay que inculcarlo en casa.

El programa o los asesinos de la creatividad

Xurxo Mariño

Hace tiempo que he visto y escuchado la conferencia de sir Ken Robinson sobre educación en la siempre recomendable web ted.com, donde se pretende divulgar a los mejores conocedores de cada rama del saber. Ken Robinson, el educador y conferenciante británico, sostiene que el actual modelo educativo mata la creatividad en los alumnos. En su charla en TED —dedíquenle veinte minutos, les aseguro que merece la pena— asegura que en los próximos treinta años, según la Unesco, se van a graduar más personas de las que han existido hasta ahora —en cálculos estimativos— en la historia de la humanidad. Pero esto significa que, de pronto, los títulos no valen nada: terminas la escuela básica, quizás el bachillerato, incluso la universidad, y no te aseguras un puesto de trabajo. “Este proceso de inflación académica indica que toda la estructura de la Educación se mueve bajo nuestros pies”, señala. Antes he citado cómo el periodo de la enseñanza obligatoria en mi país ha pasado de los diez hasta los dieciséis años, nada menos, y ahora quieren elevarlo a los dieciocho: nuestros políticos se aseguran así unos años en que no irás a pedir trabajo, pueden así maquillar, de forma estúpida, las cifras. Pero Robinson indica que debemos cambiar radicalmente nuestra idea de inteligencia:

Si un extraterrestre viera nuestra educación y preguntara: “¿Para qué sirve la educación pública?”, creo que tendrías que concluir, si miras el resultado a los tienen éxito en este sistema, a quienes hacen todo lo que deberían, a los que se llevan las estrellitas, a los ganadores. Tendrías que concluir que el propósito de la educación pública en todo el mundo es producir profesores universitarios, ¿o no? Son las personas que salen arriba. Y yo solía ser uno, así que ahí tienen. Y me gustan los profesores universitarios, pero no deberíamos considerarlos el logro más grande de la humanidad. Son sólo una forma de vida, otra forma de vida. Y son extraños, y digo con esto con afecto.

El otro día —y finalizo con este texto— he leído algo semejante, con lo que también estoy muy de acuerdo, en un texto del divulgador científico español Xurxo Mariño. En “El programa”, publicado originalmente en la revista Amazings, coincide con esta idea de Robinson sobre la necesidad de no enseñar siempre lo mismo, tan sólo lo que aparece en los libros de texto, a nuestros niños.

Estábamos a comienzos de los años ochenta y habíamos visto en la película Juegos de guerra a unos adolescentes manejando ordenadores personales. En España ninguno de nosotros había tocado nunca un ordenador personal, unos cacharros que parecían extremadamente interesantes. Inicié una campaña de intenso desgaste emocional para que mis padres se decidieran a invertir su dinero en el ordenador personal más barato del mercado, un aparato que acababa de empezar a venderse en algunas tiendas de las grandes ciudades: se llamaba ZX-81, tenía 1K de memoria RAM y carecía de disco duro. Para mí era como pilotar una nave espacial.

Ese invierno todos los amigos nos reunimos alrededor de mi flamante ZX-81; recuerdo perfectamente la primera vez que lo conecté. Aprendimos a programar y comprendimos de manera natural y espoleados por nuestra curiosidad cómo funcionaba por dentro.

Esto de los ordenadores personales no era la materia de ninguna asignatura, no estaba en EL PROGRAMA, ni siquiera existía la materia de “informática”; lo nuestro era simplemente curiosidad. En la sociedad empezábamos a conocer en qué consistían los ordenadores, pero en el instituto todavía eran inexistentes.

¿Cómo es posible que en esos primeros años en que surgía una tecnología fascinante, jamás, a ningún profesor del instituto se le ocurriera decirnos dos palabras sobre esas máquinas?

Ah, ya… no entraba en EL PROGRAMA.

[…]

Desde que descubrí las obras inmortales de la literatura y la filosofía no he dejado de leerlas con avidez. En los buenos libros está condensada la mente de otras personas, las cuales tienen además cosas interesantes y útiles que contar. Como es natural, en cualquier época, la mayoría de esas personas ya están muertas, ya que los grandes autores vivos son únicamente la punta de la lanza. La emoción que tengo hoy en día al descubrir una buena obra de literatura es similar, o mayor, a la de ver el cometa Halley, el vuelo de una garza real o enchufar por vez primera el ZX-81.

Pero la literatura y la filosofía llegó tarde y despacio ya que, según EL PROGRAMA, los alumnos que elegíamos la rama de “ciencias” no debíamos exponernos a esas cosas que sólo se le mostraban a los de “letras”. Y viceversa. Soy incapaz de comprender semejante crueldad. ¿Cómo es posible que a alguien se le ocurra cortarnos las alas de esa manera? Pues a alguien se le ocurrió, y se le sigue ocurriendo. Pero es que ni siquiera, a los alumnos de “letras”, les dejaban observar a sus garzas reales. No recuerdo que nos visitaran poetas o escritores, que también los hay vivos, para hablarnos de su pasión por la literatura.

En definitiva, ¿cómo es posible que sigamos aplicando a los jóvenes unos métodos de enseñanza ridículos, inútiles y crueles? ¿Cómo puede ser que la época de la vida de una persona en donde la emoción, la pasión y la curiosidad están a flor de piel se convierta en muchos casos en un trauma?

Desde luego que, afortunadamente, en algunos centros de enseñanza hay profesores que, interpretando EL PROGRAMA a su manera, les enseñan a sus alumnos a descubrir el mundo que tienen a su alrededor. Salen del aula y miran hacia las estrellas y hacia la naturaleza de su entorno. Yo tuve que hacerlo por mi cuenta, en compañía de mis amigos y ayudado por la mente abierta de mis padres. Ahora doy clases en la Universidad, cuyo PROGRAMA sigue siendo una ridícula soga que constriñe la imaginación.

¡Qué ganas tengo de romper EL PROGRAMA! ®

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Publicado en: Agosto 2012, Destacados, El fracaso de la educación

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