La guerra y la paz en el Norte de Irlanda

Breve historia de una colonia británica en Europa

En 1996 hice un viaje a Irlanda y a Irlanda del Norte, ésta es la crónica de dos semanas en aquellas hermosas tierras verdes y de una historia violenta y convulsa.

Vista panorámica de Dublín, 1890.

I. En Irlanda

Esta Irlanda existe:
el que vaya y no la encuentre,
que no le venga al autor
con reclamaciones.
—Heinrich Böll, Diario irlandés

Llegar a Dublín poco después del expresidente Carlos Salinas de Gortari —en la primavera de 1996— parecía una jugarreta, una coincidencia de mal gusto. Los diarios mexicanos publicaban cada tanto el itinerario del autoexilio de uno de los hombres más ricos, poderosos y corruptos del planeta: de Cuba (algo que el gobierno de Castro se ha empeñado en negar tajantemente) a Canadá (donde contrajo segundas nupcias) y, finalmente, a la lejana Irlanda, aprovechando la hospitalidad que le ofrecían sus amigos empresarios —¿acaso los mismos que vendieron miles de toneladas de leche radiactiva al gobierno mexicano en 1988?

Es medianoche, abordo un taxi solitario estacionado frente al aeropuerto. El chofer canoso y rubicundo sonríe al saber que vengo de México y que soy —le digo con cierto pudor— una suerte de escritor y periodista cultural. Habla, en un inglés de entonación alegre, de los monumentos literarios de su país, de James Joyce al premio Nobel Seamus Heaney, sin olvidar a George Bernard Shaw, a Jonathan Swift (“¿Ha leído usted Una modesta proposición?”), a Oscar Wilde, a Samuel Beckett ni, por supuesto, a W.B. Yeats, cuyas obras, presume, conoce de cabo a rabo. Le pregunto por Salinas. Después de una pausa me dice que ha leído en el Irish Times sobre su presencia en Dublín: “¡Un sinvergüenza bien hecho!, ¿no es así?”, y guarda silencio un momento.

Mientras cruzamos el río Liffey enciende un cigarro y me cuenta: “Dublín era un estuario habitado por tribus vikingas y normandas en el siglo IX —señala hacia el este, hacia el mar—, siempre en refriegas con los clanes celtas de la comarca. Hasta que en mala hora llegaron los ingleses… —arroja el humo por la ventanilla—. El nombre viene del gaélico Dubh Linn: estanque de agua negra. ¿Sabe? Nuestro idioma ha cambiado muy poco en los últimos dos mil años. Ahora el nombre oficial de esta ciudad es Baile Atha Cliath, que significa pueblo de carrizos…” —sonríe otra vez. Antes de dejarme en la casa de huéspedes en Ballsbridge, un barrio apacible al sur de la ciudad, me dice, a manera de despedida: “Muy bien, ya está usted en Eire, conocida desde el siglo V como la isla de los santos y de los sabios.”

Antes de dejarme en la casa de huéspedes en Ballsbridge, un barrio apacible al sur de la ciudad, me dice, a manera de despedida: “Muy bien, ya está usted en Eire, conocida desde el siglo V como la isla de los santos y de los sabios.”

La noche de la inauguración de Distant Relations1la razón por la cual me encuentro en este país—, en el Irish Museum of Modern Art, la noticia del exilio de Salinas se comenta no sin recelo entre el público y los artistas. Más tarde, en el O’Donoghues, un pequeño y abarrotado pub donde se toca música tradicional —algo parecido al folk que se escucha en las películas del Viejo Oeste— y se beben cientos de litros de espesa y deliciosa cerveza de barril, bromeo con la coordinadora Trisha Ziff y con Rubén Ortiz —uno de los artistas participantes—: “Ojalá lleguemos a verlo por ahí para darle un zape, o jalarle las orejas”. “Imagínate gritarle en plena calle: ¡Pinche pelón, hijo de la chingada! ¡Venimos por ti, cabrón!” Dos muchachas, una pelirroja y la otra de un intenso pelo negro, se acercan a preguntarnos si somos españoles. No, mexicanos. De inmediato la pelirroja se declara zapatista, admiradora de Marcos y ferviente antibritánica: “¡Son más de 800 años de ocupación! ¡Irlanda está dividida por culpa de los ingleses, Irlanda es un solo país!” La del pelo negro asiente y da un largo trago a su pinta de Harp. Alisando sus cabellos se presenta: “Me llamo Maighread”. El pub está por cerrar y todos apuran sus cervezas. Nuestras nuevas amigas nos invitan a Copperface Jack’s, una discoteca a la que podemos llegar caminando.

Aisslynn —la pelirroja— sabe que Salinas está en su país y asegura que pronto habrá manifestaciones de repudio: “Aquí también hay muchos políticos corruptos”, dice con indignación, pero sin embargo se expresa bien de la presidenta Mary Robinson, “una mujer respetable”. Quiere saber más de la insurrección zapatista. La calle húmeda se cimbra con el bullicio de una conversación errática que brinca entre la selva chiapaneca y la violencia en el norte irlandés. A una pregunta mía responden que las dos simpatizan con el Sinn Féin, el partido que reclama la independencia de los seis condados del norte —el Ulster— y la reunificación con la República de Irlanda. Al Sinn Féin (que significa “nosotros juntos”) invariablemente se le vincula con el Ejército Republicano Irlandés (ERI). En los diarios del mundo puede leerse siempre la misma fórmula: “El Sinn Féin, brazo político del ERI…” o bien: “El ERI, brazo armado del Sinn Féin…”, sin embargo, aunque no hay relaciones formales entre estas dos organizaciones, se sabe discretamente que muchos de sus militantes han llegado a desplegar su actividad en una o en otra de modo indistinto, pero también que muchos miembros y simpatizantes del partido reprueban la lucha armada. Aisslynn y Maighread concuerdan en que los atentados del ERI muchas veces ha ido muy lejos, causando víctimas inocentes y creando un clima de pánico y paranoia; aunque no la justifican, argumentan que la terrible era de violencia fue iniciada por los ingleses y sus testaferros en Irlanda: “Ellos son los verdaderos terroristas”.

Bajo una pertinaz llovizna y entre sobrios edificios de ladrillos rojos Aisslynn traza un poco de historia. En la Semana Santa de 1916 los irlandeses se sublevaron contra la dominación británica, logrando la independencia, después de sangrientas batallas callejeras, en 1922; sin embargo, la Corona inglesa conservó bajo su dominio la provincia del Ulster y fomentó la emigración de colonos ingleses protestantes y escoceses presbiterianos —como había venido haciéndolo desde siglos antes, en los comienzos de la ocupación— para crear una mayoría artificial contra la población católica originaria, a la que mantenía alevosamente marginada de la vida económica, social y cultural, sin perder ni por un momento la oportunidad de despojarlos de sus tierras, de humillarlos y discriminarlos, calificándolos de primitivos, atrasados y hasta de pertenecer a una raza inferior, como llegaron a asegurar con suficiencia académica antropólogos e historiadores británicos. Ya tendría oportunidad, en mi próximo viaje a Belfast y a Derry, de conocer más de cerca el origen de “los problemas”, como se le llama eufemísticamente a la tensa situación en la parte norte de la isla, que se ha prolongado durante veintisiete años.

“Dolores O’Riordan —la cantante— es un poco estúpida. Se esfuerza demasiado para ser simplemente una segunda versión de Sinéad O’Connor. Enseñó los calzones en su boda, canta canciones pacifistas sin entender realmente lo que sucede, lanza juicios contradictorios sobre el aborto y el divorcio. Es una bocona que se cree rebelde… pero le pesan más sus prejuicios católicos”.

En el feliz estruendo de la discoteca la conversación nos lleva a la música. Nuestras preguntas parecen divertirlas y las responden ampliamente. Es asombroso ver cómo toman, como si nos retaran. Una pinta es igual a un litro, y ya han bebido más de cuatro. La oscura y espesa cerveza Guinnes es el vino de Irlanda, decía Joyce. Aisslynn se tambalea un poco, pero conserva la lucidez. No les gusta U2 por su tibieza ideológica: “Bono y The Edge compusieron el tema principal de la última película de James Bond, el agente secreto al servicio de Su Majestad, la reina Isabel II. ¡Hazme el favor!”, dicen un tanto enojadas. “¿Han visto la mansión de Bono, frente al mar? Vayan a Dalkey, al sur de Dublín: hay policías en la puerta.” Los Cranberries no salen mejor librados. Ahora es Maighread quien arremete: “Dolores O’Riordan —la cantante— es un poco estúpida. Se esfuerza demasiado para ser simplemente una segunda versión de Sinéad O’Connor. Enseñó los calzones en su boda, canta canciones pacifistas sin entender realmente lo que sucede, lanza juicios contradictorios sobre el aborto y el divorcio. Es una bocona que se cree rebelde… pero le pesan más sus prejuicios católicos”. “Además —remata Aisslynn—, casi nunca tocan aquí y, lo que es más significativo aún: ninguno de ellos ha tocado en el norte…” (Lo cual era cierto, quizá tenían miedo de tocar en el norte… Sin embargo, dos años más tarde U2 ofrecería un concierto en Belfast para celebrar la firma del acuerdo de paz, un acuerdo siempre a punto de romperse.) La lluvia sigue, es de madrugada cuando nos despedimos. Rubén y yo tomamos un taxi a Ballsbridge.

Después del abundante desayuno —cereal, huevos, salmón, salchichas, jugo de naranja y café—, que contrarresta los efectos de la cruda y del jet lag, salgo a caminar. Decido ir hacia el centro. En plena primavera el sol es apenas una tenue mancha de luz en el cielo, el viento frío casi me congela las orejas. Busco refugio en una cafetería-librería que también exhibe modernas artesanías celtas. Reviso varios libros que hablan del pasado rural y guerrero de la isla.

Varios siglos antes de Cristo los celtas eran una de las culturas más influyentes en la Europa central, aunque las referencias históricas son más bien escasas. Los griegos los llamaban hiperbóreos, o gente del norte, y decían de ellos que practicaban la justicia y la rectitud. Sin embargo, Platón, en las “Leyes”, los clasificaba entre las razas ebrias y combativas, acusándolos de barbarie excesiva cuando irrumpieron en Grecia y saquearon Delfos en el 273 a.C. Los celtas, pueblo indoeuropeo asentado en los primeros tiempos probablemente en algún lugar cerca de las fuentes del Danubio,2 impusieron su lenguaje y sus tradiciones a los antiguos habitantes de la región —razas paleolíticas y neolíticas—, mezclándose al mismo tiempo con ellos. Del centro europeo los celtas se expandieron hacia la antigua Galia, la península ibérica y las islas británicas debido a las continuas luchas intestinas y con diversas tribus germanas, con los griegos y los romanos. Una rama, incluso, llegó al Asia Menor, fundando el estado celta de Galacia, donde, según san Jerónimo, en el siglo IV de nuestra era aún se hablaba un dialecto gaélico. Otra amiga irlandesa radicada en Los Ángeles, Jenn, hizo recientemente un viaje a Líbano, Siria e Israel y se sorprendió de la cantidad de pelirrojos que habitan en esos países, descendientes probablemente de aquellos antiguos celtas errabundos. Los modernos gallegos, asturianos y bretones, así como los escoceses, los galeses y los irlandeses llevan en las venas una buena porción de sangre celta.

II. En Irlanda del Norte

Join the British Army,
see the world, visit exotic places,
meet interesting people…
and kill them.
De una postal antibritánica

En la desolada frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte se encuentra una torreta militar rodeada por láminas como las que se encuentran en la línea que divide Tijuana de San Diego. No hay ningún soldado a la vista pero de seguro nos observan desde el interior de la árida instalación. En la carretera hacia Belfast han desaparecido los anuncios bilingües —en inglés e irlandés—, pero el paisaje sigue siendo intensamente verde.

Tropas británicas en Belfast, Irlanda del Norte, en 1969.

Durante los primeros años de la invasión los británicos cambiaron arbitrariamente nombres de pueblos y lugares, así, Béal Feirste, dos palabras que describen la boca de un río subterráneo, pasó a ser Belfast, y Doire, un bosque de robles, devino Derry, aunque los ingleses se empecinan en llamarla Londonderry.

El oeste de Belfast es predominantemente católico. Ahí se encuentra el barrio de Springhill, mejor conocido como Springhell, uno de los pocos bastiones del Ejército Republicano Irlandés. De los postes aún penden banderolas verdeanaranjadas con milicianos de cartón con fusil y pasamontañas e insignias con las iniciales del IRA, testimonios de un festival político-musical que se realizó apenas dos días antes. Estoy hospedado en la pequeña casa de Jane y Ciaran, una pareja de jóvenes universitarios que encuentra delicioso pero fuerte el tequila “Chamuco” que les obsequié. Como la mayoría de los jóvenes de su generación, proceden de familias católicas pero ellos han dejado de ser religiosos: su nuevo credo es la independencia del norte de Irlanda, la reunificación con el país y, eventualmente, la instauración de una democracia socialista.

Les digo que me sorprendió ver las insignias del ERI colgadas de los postes, como si nada, como si se tratara de avisos o de anuncios… pero todo el oeste de Belfast se distingue por su apoyo a la resistencia civil o armada contra los ocupantes británicos y sus aliados, quienes han hecho del norte irlandés prácticamente un estado policiaco, con leyes y reglamentos absurdos y desventajosos para la población católica.

Después de la cena Jane y Ciaran toman un poco de tequila y preparan para mí una bebida caliente a base de whisky, clavo y limón, un eficaz remedio contra la gripe. Les cuento de dónde proviene el tequila y del pueblo jalisciense con ese nombre —y que el tequila también es bueno para los resfriados. Ciaran, a cambio, explica que tanto el whisky como la palabra —oische— son de origen irlandés, y que antiguamente la región que hoy conocemos como Escocia llegó a ser parte de un gran país llamado Irlanda. De haber llegado un par de días antes, dicen, habría podido disfrutar del festival, al que llegaron grupos musicales y delegaciones de varios países. Les digo que me sorprendió ver las insignias del ERI colgadas de los postes, como si nada, como si se tratara de avisos o de anuncios… pero todo el oeste de Belfast se distingue por su apoyo a la resistencia civil o armada contra los ocupantes británicos y sus aliados, quienes han hecho del norte irlandés prácticamente un estado policiaco, con leyes y reglamentos absurdos y desventajosos para la población católica. Tener materiales en casa como pilas eléctricas, alambre, masking tape y cutters puede ser suficiente para acusar de sospechosos de terrorismo a toda una familia y detenerla sin más averiguaciones. La policía norirlandesa —la Royal Ulster Constabulary— está compuesta en su mayoría por elementos protestantes que actúan a discreción y que no pocas veces son cómplices de los temibles grupos paramilitares leales al Imperio británico. Nunca, desde la matanza del Domingo Sangriento en Derry, en enero de 1972, ningún policía ha sido detenido o procesado por abusos, torturas o incluso la muerte de civiles irlandeses inocentes, en tanto que en las cárceles del Ulster y de Inglaterra permanecen aún cerca de 500 presos políticos acusados de terrorismo o de subversión.

A mis preguntas sobre los objetivos del Ejército Republicano Irlandés responden que éstos casi siempre han sido instalaciones militares o policiacas, pero que a veces ha sido imposible contener a los elementos más radicales. Muchos de éstos se escindirían más tarde del ERI para formar el ERI Auténtico y expresar su desacuerdo con las pláticas de paz. Los salvajes atentados del ERI Auténtico contra objetivos civiles hablan más de odio y enceguecimiento que de una tradición de resistencia y de una voluntad independentista.

Muchas son las maldiciones que se alzan al cielo en este piadoso país, un país que si bien es católico, jamás fue pisado por las legiones romanas: un trozo de Europa católica más allá de las fronteras del Imperio Romano.
—Heinrich Böll, Diario irlandés.

En la otra cara de la moneda está la violencia de la Fuerza de Voluntarios del Ulster, uno de los organismos paramilitares que se ha distinguido por la fiereza de sus actos terroristas y los asesinatos de ciudadanos católicos comunes y corrientes, casi siempre obreros o choferes de taxi muertos de un tiro en la nuca.

A la mañana siguiente, antes de salir a trabajar, Jane y Ciaran me dicen cómo puedo llegar al centro y me recomiendan que evite caminar por las aceras cuyos bordes están pintados de azul y rojo, los colores de la Gran Bretaña, ya que son zonas protestantes. Las zonas católicas están delimitadas por aceras de colores verde y naranja.

Desciendo hacia la calle principal y me encamino hacia el centro. Unas calles adelante se encuentran las oficinas del Sinn Féin, en una esquina protegida por grandes rocas para evitar las colisiones de los coches-bomba lanzados por los paramilitares protestantes. Hay estaciones policiacas cada cinco o seis calles, y casi siempre junto a escuelas, iglesias o centros comunitarios, en un intento por desanimar a los militantes del ERI a cometer atentados. La policía y el ejército en el norte de Irlanda son quizá los mejores pertrechados del mundo, con los últimos adelantos de la tecnología bélica. En las siniestras torres de vigilancia los vigías disponen de telescopios equipados con potentes micrófonos que permiten ver y escuchar a cientos de metros de distancia. En zonas como Springhill es común ver un helicóptero suspendido durante horas en el cielo, como un gigantesco mosquito al acecho. Una opinión común entre los republicanos es que la obstinación inglesa por permanecer en Irlanda del Norte responde a motivos militares: a falta de otras colonias en el mundo, los británicos tienen en esta parte de las islas un campo para ensayar nuevos armamentos y tácticas represivas. En el minúsculo territorio de Irlanda del Norte se han concentrado, en ocasiones, hasta 30 mil soldados del ejército inglés.

No hay nada en los rostros de la gente que compra y se detiene frente a los aparadores que hable de religiones o de ideologías, ningún gesto de odio o desprecio. No sé si la hermosa mesera que me atiende en un café es protestante o católica, leal o republicana, al igual que el niño que maneja una máquina de videojuegos.

Una larga barda de ladrillos separa el barrio de Springhill de otro protestante. Por suerte, en el centro nadie sabe quién es quién y las aceras sólo lucen el color del cemento. No hay nada en los rostros de la gente que compra y se detiene frente a los aparadores que hable de religiones o de ideologías, ningún gesto de odio o desprecio. No sé si la hermosa mesera que me atiende en un café es protestante o católica, leal o republicana, al igual que el niño que maneja una máquina de videojuegos. Tierra de nadie o zona de todos, en el centro de Belfast parece no existir el grave conflicto que ha costado ya miles de vidas. Me pregunto hacia dónde estarán el mar y los grandes astilleros donde se construyó el malhadado Titanic, tragado por las heladas aguas del Atlántico norte junto con cientos de obreros y campesinos irlandeses que huían del hambre, la pobreza y el desempleo, tratando de olvidar los interminables años de opresión y sufrimiento, la vista y la esperanza fijas en las costas americanas.

Llamo por teléfono a Rory, un amigo que conocí en la exposición de Distant Relations y que ahora está en Belfast para visitar a sus abuelos. Su madre, Rita, quien vive en Dublín, no puede viajar al norte porque es buscada por la justicia inglesa: hace años, para defenderse de una agresión militar, se vio obligada a atacar a un soldado, hiriéndolo gravemente. Una de cal, pensé cuando me contaron el suceso. Rita estuvo una vez en la prisión de Armagh, donde las condiciones llegaron a ser infrahumanas, con un trato siempre degradante y frecuentes torturas físicas y psicológicas para doblegar y amansar a los presos de espíritu más rebelde. Las humillantes condiciones higiénicas de la cárcel orillaron a las mujeres a urdir una protesta extrema: embadurnar las paredes de las celdas con su propia sangre menstrual y con sus excrementos.

Debo caminar hacia una terminal de taxis colectivos —preciosos autos negros, de los años cincuenta— y abordar uno que diga Glen Road y bajarme en Norfolk Drive. En el taxi la gente me mira con curiosidad y una niña, al ver mi cámara, me pregunta si soy “americano”. Sí, le contesto, y añado que México es parte de América del Norte.

La voz de Rory se oye un tanto nerviosa cuando me da las indicaciones para llegar al barrio donde viven Bill y Maureen —poco después advertiría cierto nerviosismo también en la voz de la telefonista del sitio de taxis, cuando llamé para solicitar uno que me llevara a la estación de autobuses. Debo caminar hacia una terminal de taxis colectivos —preciosos autos negros, de los años cincuenta— y abordar uno que diga Glen Road y bajarme en Norfolk Drive. En el taxi la gente me mira con curiosidad y una niña, al ver mi cámara, me pregunta si soy “americano”. Sí, le contesto, y añado que México es parte de América del Norte. Ella también se baja en la misma calle y me lleva a la puerta de la casa de los abuelos de Rory. En la casa de al lado, me enteran después, vive Gerry Adams, el presidente del Sinn Féin.

Mural en memoria de Bobby Sands, Belfast.

Bill y Maureen, él protestante y ella católica, han vivido ahí por más de cincuenta años. Durante los bombardeos alemanes en la Segunda Guerra corrieron a buscar refugio en las colinas que se alzan a cien metros de distancia. Aunque existen algunos matrimonios mixtos éstos cada vez son más raros, ya que muchas parejas han sufrido agresiones fatales de uno y otro bando. El helicóptero sigue zumbando allá arriba.

Al día siguiente Tom Bradley, viejo militante del Sinn Féin, nos lleva a Trisha y a mí al cementerio de West Belfast, donde yacen los restos de cientos de víctimas de la represión inglesa. Justo a un lado de la entrada se levanta una torre de la policía. Entre las tumbas rematadas con cruces gaélicas destaca la de Giuseppe Conlon, cuya historia y la de su familia injustamente acusada de terrorismo y encarcelada durante catorce años fue llevada al cine: En el nombre del padre, se llama la película.

De regreso a Springhill me desoriento un poco y pregunto a una pareja por la dirección de Jane y Ciaran. Quiere una extraña coincidencia que el hombre sea el mismo que tres años antes —en 1993— pintara un mural al alimón con Rubén Ortiz. El mural, en una esquina del mismo barrio, tiene las imágenes de Zapata y un voluntario del ERI. Ya Rubén me había hablado de Gerard Kelly, alias el Mo’hara —nunca supe por qué—, y me lo había descrito como un bombardero loco y acelerado. Cuando supo que era mexicano sonrió y me habló con entusiasmo del mural y de Rubén, su “amigo de México”. Le pregunté si había participado en el festival y me dijo que había pintado varias mantas y carteles. Parecía llevar prisa, así que nos despedimos. Abrazó a su mujer y se fue en sentido contrario al mío.

No puede describirse lo verde que es el verde de estos árboles y praderas.
—Heinrich Böll, Diario irlandés.

Vaya que es verde y húmeda la campiña irlandesa. Desde el autobús que me lleva a Derry no se ven grandes elevaciones, el paisaje parece una gran alfombra ondulada con apretados racimos de árboles aquí y allá. Llueve. Encuentro rápidamente el departamento de Hawks y Deckie, a sólo dos cuadras de la terminal. Hawks está desempleado, como otros tantos hombres y mujeres jóvenes en todo el Ulster. Desde hace cuatro generaciones los mejores empleos son para los protestantes. Deckie es cantante y compositor en un grupo de rock local, The Screaming Bin Lids, llamado así en alusión a las tapas de los botes de basura que golpean las mujeres durante las protestas callejeras. Las letras del grupo, que combina un rock duro de corte clásico con ciertos toques de folk, hablan de detenciones arbitrarias, juicios ilegales, condenas por crímenes no cometidos, desempleo, abandono y drogas.

En el Dunghloe’s, el ruidoso pub al que siempre concurren Hawks y Deckie, me cuentan de las agresiones gratuitas de la policía, que se divierte a veces esperando la salida de los alegres parroquianos, ebrios y charlatanes, en su mayoría católicos o republicanos, para dispararles balas de plástico. A pesar de la prohibición expresa de no disparar a los manifestantes sino solamente debajo de la cintura, la policía con frecuencia dispara a la cara, a los brazos y al pecho, reventando ojos y manos, despedazando corazones, hiriendo y matando civiles cuyo derecho a exigir libertad, independencia y democracia simplemente no existe. Salud en irlandés se dice sláinte, y las oscuras cervezas se suceden una tras otra. Aileen McGinnis habla un poco de español y quiere practicar conmigo. Le gusta mucho la poesía de García Lorca y algún día piensa viajar a México.

Los murales republicanos son famosos en toda Irlanda del Norte, aunque los grupos paramilitares leales también cubren las paredes con leyendas y personajes alusivos a la fidelidad al Reino Unido. Derry fue el escenario, en el siglo XVII, de la batalla del Bogside, donde las huestes protestantes del rey Guillermo de Orange derrotaron a los católicos del norte irlandés.

En el tour político de la mañana siguiente Deckie me señala el muro donde se lee la inscripción “You are now entering Free Derry”, borrada repetidas veces por los ingleses y vuelta a pintar otras tantas por varios artistas, entre ellos el mismo Deckie. Los murales republicanos son famosos en toda Irlanda del Norte, aunque los grupos paramilitares leales también cubren las paredes con leyendas y personajes alusivos a la fidelidad al Reino Unido. Derry fue el escenario, en el siglo XVII, de la batalla del Bogside, donde las huestes protestantes del rey Guillermo de Orange derrotaron a los católicos del norte irlandés, victoria que celebran con un desfile, año con año, los Caballeros de la Orden de Orange tratando de atravesar los principales barrios católicos de las ciudades del Ulster, con las consiguientes protestas de los republicanos y las violentas escaramuzas entre los dos bandos. Los orangistas, al igual que los militantes del ERI Auténtico, también se opusieron a la firma del Tratado de paz del 10 de abril de 1998.

El muro donde se lee la inscripción “You are now entering Free Derry”, borrada repetidas veces por los ingleses y vuelta a pintar otras tantas por varios artistas.

Pero Derry fue también el violento escenario del Domingo Sangriento. Don Mullan, activista y escritor, explica lo sucedido aquella soleada tarde de enero de 1972 y sus antecedentes inmediatos:

El 9 de agosto de 1971, con ayuda de las tropas británicas, el régimen de Irlanda del Norte implantó el encarcelamiento sin juicio. Recuerdo muy bien que esa madrugada me despertaron los gritos de unos vecinos que protestaban por el arresto de un familiar. En toda Irlanda del Norte cientos de dirigentes católicos defensores de los derechos civiles fueron simultáneamente arrestados y trasladados a campos de reclusión. Esta medida severa y repentina sacudió a la comunidad nacionalista irlandesa e hizo que muchos de su jóvenes se volcaran hacia la resistencia armada, dando como resultado la creación de áreas de “acceso restringido” controladas y patrulladas por el ERI.
El 30 de enero de 1972 la Asociación de los Derechos Civiles de Irlanda del Norte organizó en Derry una manifestación contra el encarcelamiento sin juicio. Dado que la resistencia armada contra la presencia británica en Irlanda ganaba terreno, los organizadores de la manifestación se preocuparon por reducir cualquier posibilidad de violencia que pudiera poner en peligro a los participantes; ese riesgo se incrementó debido a que el gobierno de Irlanda del Norte había prohibido la marcha programada. Por lo tanto se negoció un acuerdo entre el Movimiento en pro de los derechos civiles (comprometido con la resistencia pacífica) y el ERI, para que este último se mantuviera claramente fuera del área donde los manifestantes desarmados serían los únicos en confrontar al ejército británico.
[…]
Los acontecimientos cambiaron de manera repentina e inesperada, cuando a las 3:55 de la tarde un francotirador del ejército británico disparó sin aviso a los manifestantes, hiriendo a un muchacho de quince años y a un anciano de nombre John Johnston. Tanto los civiles como los testigos de la prensa coinciden en que no existió provocación y en que no había dudas de que los heridos se hallaban desarmados cuando les dispararon.
[…]
Al mirar a mi alrededor pude ver a cientos de personas replegándose frente a varios vehículos blindados, camiones, un Ferret scout con una ametralladora Browning y un gran número de paracaidistas a pie. Todavía puedo ver a las tropas abrirse en abanico para perseguir a los manifestantes. Recuerdo muy bien a tres soldados que capturaron a un joven, lo tiraron al suelo y violentamente comenzaron a golpearle la cabeza y el cuerpo con la culata de sus rifles. Otro soldado se colocó diagonalmente en posición de disparar […] De pronto, se dejó escuchar el sonido inconfundible de los rifles de alta velocidad SRL. A dos pies y medio de donde me encontraba parado un joven de diecisiete años se agarró el estómago, lanzando un grito de incredulidad y desesperanza…

Los testimonios de cientos de participantes y testigos son elocuentes y desgarradores. Trece muertos, entre muchachos, adultos y ancianos desarmados que clamaban pacíficamente por sus derechos civiles más elementales. A pesar de la investigación que hizo el gobierno británico para esclarecer los hechos, y de las mentiras divulgadas por los medios en el sentido de que los soldados habían sido agredidos primero, no se hallaron culpables, la tropa salió exonerada y, peor aún, las víctimas resultaron con “serias dudas acerca de su inocencia”. Don Mullan publicó en su libro Eyewitness Bloody Sunday los resultados de una minuciosa investigación que desmentía el informe oficial que “ofrecía” pruebas de una conjura militar para agredir la marcha del Domingo Sangriento. En enero de 1997 se transmitió por la televisión británica un programa especial basado en el informe de Mullan que sacudió a la opinión pública de la Gran Bretaña, obligando al primer ministro Tony Blair a establecer un nuevo tribunal de investigación.

Liam Bradley, a la derecha, con gorro, ayuda a cargar el cuerpo de Jackie Duddy (17) en el barrio de Bogside durante el Bloody Sunday. Fotografía Irish News.

Hawks tenía cinco años cuando la matanza del Domingo Sangriento en Derry. Un periodista estadounidense fotografió los rostros angustiados del pequeño niño y de su madre. En los últimos días del siglo XX el frágil acuerdo de paz en Irlanda del Norte corre a cada momento el riesgo de romperse. Los odios provocados por la prolongada ocupación inglesa se exacerban de un lado y del otro, a pesar de los esfuerzos de políticos y organismos civiles.

Epílogo en Londres

En el metro y en los autobuses londinenses hay avisos que previenen contra bultos o bolsas de apariencia sospechosa. Hay que notificar inmediatamente a la policía, sugiere el letrero. La tregua propuesta por el ERI para que el Sinn Féin pudiera participar en las negociaciones de paz acabará pronto y habrá más bombazos en Londres y otras ciudades inglesas e irlandesas.

En 1998 John Hume y David Trimble, líderes irlandeses republicano y protestante, respectivamente, son galardonados con el premio Nobel de la paz. El rancio comité de ancianos de Estocolmo decidió solayar descaradamente a Gerry Adams.

David Swift, un amigo inglés jazzista y comediante, me invita unas cervezas en el pub irlandés Mc Millans, a orillas del Támesis. “Los irlandeses definitivamente alivianaron los pubs ingleses”, me dice con una gran sonrisa.

En el avión de regreso a México empiezo a leer la biografía de Bobby Sands, One Day in my Life; Sands permaneció nueve años en la cárcel de Long Kesh y murió después de 66 días de huelga de hambre, en protesta por las humillaciones que sufrían los presos políticos irlandeses en las prisiones del Reino Unido. Tenía 27 años solamente y acababa de ser elegido por el pueblo norirlandés como diputado al parlamento británico.

Hace unos día pensaba en el Mo’hara: ¿sería él ahora un militante disciplinado o, como decía Rubén, un extremista hambriento de venganza, colocando bombas a diestra y siniestra? ¿Quién lo sabe? ®

[1996-1998]

Bibliografía

Böll, Heinrich, Diario irlandés, Barcelona: Laia Literatura, 1979.
Carasso, Jean–Pierre, El rumor irlandés. ¿Guerra de religiones o lucha de clases?, México: Siglo XXI Editores, 1972.
Sands, Bobby, One Day in my Life, Dublín: Banner Press, 1983.
Ziff, Trisha (ed.), Cercanías distantes. Un diálogo entre artistas chicanos, irlandeses y mexicanos, México: Instituto Nacional de Bellas Artes, 1997.
Ziff, Trisha (ed.), Hidden Truths. Bloody Sunday 1972, Los Ángeles: Smart Art Press, 1998.

Notas

1 Distant Relations fue la exposición organizada por la curadora y cineasta inglesa Trisha Ziff con obras de artistas irlandeses, chicanos y mexicanos, y que se exhibió sucesivamente, de noviembre de 1995 a abril de 1997, en las ciudades de Birmingham, Londres, Dublín, Los Ángeles y México. La edición en español del libro-catálogo se publicó en abril de 1997: Trisha Ziff (edit.), Cercanías distantes. Un diálogo entre artistas chicanos, irlandeses y mexicanos, México: Instituto Nacional de Bellas Artes, 1997.
2 Según el doctor T. Rice Holmes, quien también describe a la raza celta, a diferencia de la germana, como “hermosa, guerrera y dominante”. Los celtas, además, tienden a ser de coloración rojiza, encontrando once hombres y mujeres, de cada cien, con el pelo completamente rojo. En T.W., Celtic, Myths and Legends, Londres: Senate, 1995.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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