La pandemia, el capital y el miedo

La muerte del desobediente

La potestad de la autoridad para infundir miedo jamás ha sido tan real. Tan amenazante y tan coercible. Las opciones que plantea el sistema–mundo son obediencia o muerte.

Las ideas básicas que caracterizan una época señalan la manera como el mundo entero se configura ante el hombre.
—Luis Villoro

Preámbulo

Considero que quien escribe debe plantear el escenario que presenta. Como en una obra de teatro, una película, un libro, y recientemente, una serie. Quien propone, plantea.

Una familia española durante la pandemia de influenza en los años veinte.

Hay dos ideas preliminares que pretenden ser satisfechas. Es decir, son dos necesidades que se anteponen a este ensayo. La primera es aclarar si uno es creyente o pensador1 —desde un simple binomio—, pues hay dos tendencias en la gente, aquellas que se bastan con las explicaciones recibidas, la educación recibida que permite conocer y vivir en el mundo en que se vive, en un determinado tiempo, y la otra gente, aquella que tiene la necesidad de entender, conocer y buscar las respuestas a las preguntas que se hace sin dar nada por sentado, nada como cierto, con dudas. A los primeros se les llama creyentes, a los segundos, pensadores.

La segunda necesidad es pensar en la dimensión humana del tiempo

La privación física es como una cárcel. Un confinamiento involuntario. Es importante decirlo, reflexionar la naturaleza de una limitación impuesta, no propia. El estado material actual de una gran cantidad de personas en el planeta es el encierro. Miles de millones de personas. Esa privación de movimiento replantea, de muchas maneras, el propio movimiento; es decir, desde las ausencias de personas, paseos y cosas hasta la falta de posibilidades; confronta a una realidad desde la superficialidad cotidiana hasta la profundidad cósmica en uno mismo. Sin mayores detalles, la vida humana globalizada y homologada, en las formas de verse y vivirse, no dan mucho margen de movimiento que promueva liberarse del proceso sistemático vigente de la vida moderna, pues abarca a la totalidad de los seres vivos y se reafirma como una forma única —aparentemente— de hacer el camino desde el nacimiento hasta la muerte. Este planteamiento inicial pretende fijar la posibilidad de cuestionar el sistema–mundo conocido y regente, reconociendo los límites y condiciones en los que se piensa la vida humana por sus integrantes, hasta plantearse la posibilidad de encontrar otras formas en el tiempo, las cuales —sin prometer nada— se antojen opciones diferentes a la sentencia que parece amenazar la vida.

El estado material actual de una gran cantidad de personas en el planeta es el encierro. Miles de millones de personas. Esa privación de movimiento replantea, de muchas maneras, el propio movimiento; es decir, desde las ausencias de personas, paseos y cosas hasta la falta de posibilidades…

Atento al color dramático de tan existencial planteamiento, es importante tener presentes los efectos de la sobrepoducción humana frente al cambio del clima global, la depredación de las selvas, los ríos, la saturación de desechos hacia los mares, el brote de un virus sin precedentes desde la aparición del humano y la confirmación del capitalismo como combustible, máquina, operador y administrador del sistema–mundo, dan la justificación aceptable del calado drama. No es poca cosa tomar en consideración el tiempo como una dimensión esclarecedora de distancias en la existencia de la vida sobre la Tierra; por ejemplo,2 como el dato que fija en 2.5 millones de años la fabricación y uso de los primeros utensilios por parte del ser humano; otro, que apenas hace 70,000 años el homo sapiens comienza a andar por todo el planeta, donde hay sincronía con el inicio de un periodo que probablemente duró 40,000 años aproximadamente, conocido como la revolución cognitiva, designado así por existir rastros de cambios novedosos en maneras de pensar y comunicarse por parte de la especie a la que pertenecemos.

Así, el tiempo se propone aquí como un elemento para medir distancias; una perspectiva que podría permitirnos medir la distancia entre cualquier causa y cualquier efecto, tratando de fijarlos con claridad, de forma práctica, para esclarecer hechos históricos, como contrastar las diversas narrativas que han sobrevivido, con las cuales se enseña y se presentan la Historia, o Historias.

Aunado, instalo un lente para ver cómo esa dimensión permite sacar la visión del ombligo propio, como síntoma (efecto) del consumo individual, que condiciona a pensar en periodos menores a la vida propia, que es lo mismo que pensar a partir del nacimiento, constreñirse a la experiencia individual y la “amenaza” de la propia muerte, que se tinta como un factor determinante para fijar el miedo a perder la vida a manera del valor, si no absoluto, sí determinante que define, el cual promueve la cosificación de la vida misma por el miedo a perderla. Aunque visualmente sofisticado, estos elementos dejan concluir parcialmente, conforme discurrimos aquí, en un devenir de ideas, confirmatorio de otro aforismo (bautizado por Nassim Nicholas Taleb como el problema de Lucrecio, quien lo atribuye a un poeta y filósofo latino quien dice escribiera): El tonto cree que la montaña más alta del mundo es la que ha visto él”.3

El tiempo y los hechos, como lo ocurrido en menos de dos décadas con el fenómeno y sus efectos: las redes sociales; así como en menos de cuatro décadas con la popularización del internet; qué decir de la idea actual de libertad y los derechos humanos como resultados de la revolución francesa en poco más de doscientos años; la fijación de términos, casi inamovibles, como principios vitales desde el Renacimiento, apenas hace cuatrocientos años; todos son factores, algunos decisivos y otros ligeramente influyentes en la conformación social, económica, ideológica y geopolítica de las sociedades hoy.

Debo aclarar que no son carriles de pensamiento exclusivos para el desarrollo de lo aquí escrito, sino marcos conceptuales propuestos con el fin de observar —a voluntad pero con distintos contrastes— en diversas dimesiones lo que poco a poco se plantea a continuación.

La jurisdicción y el ser humano social

El ser humano ha vuelto más sofisticadas las relaciones entre personas. El devenir histórico es un parámetro alimentador de experiencias suficientes con la finalidad de lograr el perfeccionamiento de sistemas que insten a desarrollar relaciones entre las personas, las cuales se piensan para respetar presupuestos reales y valorados por todos los integrantes de la humanidad (la vida y el capital), también a través de la historia misma. Así, desde hace poco más de 2,400 años (comienzo del periodo conocido del derecho romano) se regulan las interacciones de las personas con los otros, con las cosas y con las autoridades (el Estado). La capacidad del Estado para resolver problemas jurídicos tiene una característica esencial: castigar. Aquella persona que irrumpa el derecho de otro —bienes y persona— deberá cumplir con una sanción a su cargo. Ese castigo ha llegado a ser históricamente en lo corporal y en lo patrimonial. Ahora el castigo corpóreo se ciñe al aprisionamiento físico, mediante la pérdida temporal de libertad personal física. Otra manera de pagar un castigo es de forma pecuniaria. La impartición de justicia es una potestad del Estado. De cualquier Estado–nación que existe en nuestros días. La suspensión reciente de este ejercicio del poder durante más de noventa días a causa de la emergencia sanitaria ha dejado sin protección a todas las personas necesitadas de esa función gubernamental. Nada puede hacerse sin un juez, árbitro o persona investida para resolver conflictos.

El poder de castigar se conoce como la coercibilidad de la norma, poder atender, interpretar, escuchar a las personas en un conflicto y resolver sobre la cosa en disputa, pero no lo es todo. Se necesita la capacidad de ejecución de la resolución del problema legal, la ejecución de la sentencia. Las personas acudimos a los tribunales a pedir que se resuelva un asunto de interés propio que consideramos ha transgredido algo que nos pertenece legalmente, eso es la violación de un derecho propio. Cada persona tiene un catálogo de derechos que le confiere un grupo de leyes que le aplican una vez dadas ciertas condiciones de hecho. Es decir, supuestos que le ocurren a una persona por ser, por estar, por hacer o por no hacer, los cuales protege la ley ante la necesidad de regular las relaciones entre las personas a cuenta de sus derechos, pues la propiedad privada implica el respeto mutuo, de cada uno frente a los otros.

Así, las cosas que somos y que tenemos son nuestra esfera jurídica protegida, no sólo metafóricamente sino legalmente frente a los otros. Es éste, principalmente, el elemento del castigo oponible ante cualquiera que pretenda afectar nuestra persona y nuestras cosas. Es la potestad del Estado de hacer esto aun en contra de nuestra voluntad, lo que hace que sea coercible, punible y ejecutable para restaurar el derecho lastimado. Éste es el lugar común donde nace el miedo a ser castigado. Basta ese miedo para repensar anticipadamente la violación del derecho ajeno, pero también para contextualizar de manera multidimensional las relaciones interpersonales. Ésta es la necesidad de uno ante el otro para asesorarse legalmente, pues puede transgredir el derecho ajeno; sobre todo pensar en el derecho propio y el riesgo latente de ser castigado. Tal reprimenda atiende regularmente a la situación económica del infractor; el capital es también, pues, la acumulación de bienes que generan ganancias en proporción propia, por oposición, con otros conceptos como mercado, sociedad, sectores, valores, etcétera. La ley es una herramienta al servicio de los derechos. Pero mientras la idea común sea la acumulación del capital se corre el riesgo de que ese servicio sea directamente ligado a sí (al capital) y sus intereses. Ésos son todo aquello que genere la repoducción del mismo capital en el menor tiempo posible. Se ligan tres de los cuatro elementos aquí tratados: tiempo, capital y castigo.

El cuarto elemento es el miedo

Si la acumulación de bienes (capital) se hace cada vez más redituable es en la dimensión del tiempo, a mayor rendimiento en menor tiempo, mejor ganancia. Pero, en el supuesto de hacerlo en menoscabo del otro deberá haber un castigo, el cual si se aplica de manera directa y propocional con la violación cometida sentará las bases del miedo suficientes para que uno piense, dos veces al menos, la falta de respeto del derecho de los otros. Dicho de esta manera la dimensión construida con el tiempo, propuesta al inicio, parece no tener mayor engrane en la impartición de justicia. Sin embargo, es justamente este elemento por el cual podemos apreciar, en la historia de la humanidad, el resultado de la ecuación de los cuatro elementos: el tiempo, el capital, el castigo y el miedo.

Hay quienes deciden correr el riesgo al castigo; lo previsualizan, lo miden y actúan.

En el municipio más grande de Colima reza la publicidad en lugares públicos al alcance de todos: “El coronavirus te puede causar la muerte, evita el contacto físico con otras personas”, ¿cómo se corrompe a un virus que amenaza efectivamente a uno, al servicio de los intereses de un Estado que opera a favor del capital?

La corrupción del sistema de justicia desdibuja la función del castigo, pues quien tiene el recurso propio para torcer el proceso de administración de justicia lo deja sin mucho efecto, diluye la creación del miedo desde esta plataforma; lo que hace necesaria la creación de una dimensión más elemental, básica en la vida humana: la muerte. El presidente constitucional de México (en el año 2020) dijo que la emergencia sanitaria nos ha caído como anillo al dedo, refiriéndose a la factibilidad para instrumentar su proyecto sexenal de gobierno: la “cuarta transformación”, que él encabeza. Narrativa importante que propone presupuestos bastantes al tenor de los cuatro elementos planteados aquí. Sin embargo, propongo no perderse ante tal provocación y enfocar la atención en ellos; no cabe duda de que la amenaza de la muerte sostiene el presupuesto suficiente necesario para que las personas respeten los derechos de los otros, mientras que, quienes mantienen la capacidad de seguir generando capital, durante el periodo en que la amenaza es vigente, cuentan con las prerrogativas favorables para la reproducción de su capital. La acumulación de sus recursos.

La potestad de la autoridad para infundir miedo jamás ha sido tan real. Tan amenazante y tan coercible. Las opciones que plantea el sistema–mundo son obediencia o muerte. Mientras que la segunda, la muerte, es una oferta del castigo autoinfligido, pues desde el mensaje de los Estados–nación se le hace responsable a uno de este suceso como consecuencia muy probable ante la desobediencia de la norma, la ley ya dispone para la protección de la raza humana el aislamiento, la abstención del contacto físico con los otros; lo contrario sería desobedecer la ley, aun cuando existen las sanciones más administrativas dipuestas para ello, la amenaza implícita que genera el miedo necesario es la muerte del desobediente. En el municipio más grande de Colima reza la publicidad en lugares públicos al alcance de todos: “El coronavirus te puede causar la muerte, evita el contacto físico con otras personas”, ¿cómo se corrompe a un virus que amenaza efectivamente a uno, al servicio de los intereses de un Estado que opera a favor del capital?

El problema de Lucrecio

Toda persona vive un proceso constante mientras sigue con vida. Cada persona viva en este tercer planeta vive un proceso que percibe individual, su propia vida. La trampa es creer que es el único, el más importante e incluso que nada tiene qué ver con los otros miles de millones de procesos que se viven, que vivimos los otros. Ese proceso está aparentemente determinado por un tiempo, la distancia entre la causa y el efecto, el nacimiento y la muerte; no es tal. Pensarse desde el presente inmediato —el ahora— puede dar esa impresión. Sin embargo, si se piensa en la historia de la humanidad, en el momento en que se descubrió el fuego, apareció el lenguaje, las ropas, el concepto del amor, la necesidad de Dios, la selección de un método de alimentación, el descubrimiento territorial de todo el planeta y la biopolítica, uno podría establecer una nueva dimensión menos reduccionista. Asumir una visión desde la cual la vida humana no es ni propia ni individual, aunque se sea parte de ella, incluso llevaría a pensar que la vida humana no es la vida. La compartición momentánea de los recursos naturales de la tierra son mucho más que eso, integrar una visión horizontal, no utilitaria de todo lo vivo, podría llegar a ser la puerta trasera que ofrezca una salida —no necesariamente segura— del laberinto en el que vivimos, incluso con la posibilidad de vencer al minotauro. ®

Notas
1 Savater, Fernando (2009), Historia de la filosofía sin temblor ni temor. Espasa.
2 Harari, Yuval Noah (2013), De animales a dioses. Debate.
3 Taleb, Nassim Nicholas (2012), Antifrágil. México: booket

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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