LAS TRAMPAS DE LA MEMORIA

Los efectos nocivos de la nostalgia

¿Por qué creemos que “todo tiempo pasado fue mejor”? De todos los lugares comunes, éste es uno de los más repetidos y, por cierto, uno de los menos veraces. El pasado, si creemos que es mejor, es porque está saturado de fantasía.

Mis amigos regresaban a Venezuela con la idea secreta de quedarse. Luego de cinco años en el extranjero añoraban el calor familiar, las playas y el clima tropical. Por encima de todo, extrañaban el ritmo relajado con el que, pensaban, se vivía en su país de origen. Por eso se inventaron esas vacaciones repentinas para visitar a la familia. No hicieron nada drástico, como vender o alquilar la casa. Aun así tenían todo planeado en caso de querer hacerlo.

La fantasía les duró hasta que se bajaron del avión. En cuanto pisaron tierra se estrellaron con la realidad que los llevó a emigrar; el mismo desorden de siempre, empezando por la descortesía altanera de los oficiales de aduana; siguiendo por el acoso de particulares para vender dólares en el mercado negro, para ofrecer traslados piratas, para embaucarlos y robarlos. En fin, para resolver el día en un país que no va para ningún lado.

Por encima de todo, extrañaban el ritmo relajado con el que, pensaban, se vivía en su país de origen. Por eso se inventaron esas vacaciones repentinas para visitar a la familia. No hicieron nada drástico, como vender o alquilar la casa.

Ya luego en Caracas, y por si les quedaba algún resquicio de esperanza de que algo hubiese mejorado, se encontraron con una ciudad más asimétrica en sus contrastes; mayor pobreza ahogando pequeños nichos de nuevorriquismo, ciudadanos más irritados; familiares con peores dificultades económicas; más caos. A estas alturas ya la pareja había acordado que la nostalgia les había generado una locura temporal, una pérdida momentánea de la razón y que, a todas luces, habían hecho muy bien en forjarse un destino en otro lugar.

A los días esta conclusión fue confirmada. Estando en la playa, les pusieron una pistola en la cabeza para robarles lo que tenían; celular, zapatos, dinero y tarjetas de crédito. Ya no había nada más que buscar. Con la misma velocidad con la que inventaron el viaje, adelantaron el regreso a Canadá, país al que ahora consideran su nuevo hogar.

Esta historia es frecuente. Miles de inmigrantes asentados vuelven a su país de origen, tanteando el regreso, pero concluyendo que ya no pertenecen a ese lugar. La estructura se repite también en muchas parejas que terminaron que se reencuentran al cabo de un tiempo para intentarlo otra vez. El asunto es que, si no cambiamos como personas —si seguimos siendo los mismos— el patrón se repite; vivimos de nuevo lo malo que dejamos atrás.

Así las cosas, la gran pregunta es ¿por qué creemos que “todo tiempo pasado fue mejor”? De todos los lugares comunes, éste es uno de los más repetidos y, por cierto, uno de los menos veraces.

Pueden darse muchas explicaciones al asunto. Por ejemplo, para los psicoanalistas lacanianos es el resultado de cómo está configurada nuestra mente. Ellos afirman que además de la dimensión de lo real —de las pulsiones que proceden del cuerpo—, y de la dimensión simbólica —del lenguaje que usamos para entendernos—, hay una dimensión imaginaria, un espacio mítico, donde alucinamos que, de algún modo, estamos completos y nada nos falta. El pasado, si creemos que es mejor, es porque está saturado de fantasía.

Destaquemos acá que los psicoanalistas freudianos, anclados en imágenes concretas, dicen que ese pasado es el del útero, donde éramos uno con nuestra madre; donde todo era perfecto, precisamente porque no existíamos como seres independientes que sufren por los avatares de la realidad. De manera que, para el psicoanálisis, el refrán en cuestión indica nuestra inconformidad con la vida, a la vez que la esperanza en el retorno al vientre materno. Sería, en definitiva, la confirmación de lo imposible de la existencia o, como dice Sartre, del peso de la libertad.

Digamos que la memoria es un proceso activo, que nuestros recuerdos no son estáticos, sino que se encuentran teñidos por nuestras necesidades del momento.

Reconociendo que las elaboraciones de este estilo son interesantes, aunque inútiles, yo prefiero tomar una actitud más pragmática ante el asunto. Digamos que la memoria es un proceso activo, que nuestros recuerdos no son estáticos, sino que se encuentran teñidos por nuestras necesidades del momento. ¿Pienso que soy una víctima? Pues no recordaré ni un solo momento feliz en mi infancia. ¿Me siento solo como estoy? Pues creeré que en ese otro lugar yo era feliz. Damos mayor énfasis al vaso medio vacío o medio lleno dependiendo de nuestra perspectiva.

Los que trabajamos con hipnosis clasificamos la frase “todo tiempo pasado fue mejor” como un trance diario de tipo negativo. Dicho de otro modo, es una sugestión que a fuerza de ser repetida nos parece verdadera, aunque no tenga asidero en la realidad. El pasado no es ni mejor ni peor. El pasado es complejo y está lleno de matices; de alegrías y tristezas, de luces y sombras, de éxitos y fracasos. Así que lo mejor que podemos decir del pasado es que, simplemente, fue (y no volverá a ser). Como dijo Heráclito, no nos bañamos dos veces en el mismo río. Podemos volver al mismo lugar, pero es otra el agua que por ahí corre.

Ésta es la gran lección a tener presente para protegernos de los efectos nocivos de la nostalgia. La cura, por supuesto, es sacar de la mente el embrujo. Una recomendación práctica en esta dirección es: cada vez que te atrape la fantasía respecto del pasado pregúntate: ¿Qué es lo que estoy dejando de lado? ¿Qué es eso negativo que no quiero afrontar? ®

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Publicado en: Destacados, El pasado reciclado, Noviembre 2010

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