Lawrence Ferlinghetti en México, 2002

Breves estampas de la visita

El invencible director de la revista Generación recuerda la visita del último poeta beatnik a México, un hombre sencillo, austero y entrañable.

Carlos Martínez Rentería y Lawrence Ferlinghetti en una cantina de Oaxaca —y una chica sin identificar. Foto de Antonio Turok.

En la presentación del libro Los Beats en Generación (octubre de 2020) dije que fue gracias al escritor mexicano Juvenal Acosta, radicado desde hace muchos años en Berkeley, como tuve mi primer contacto con Lawrence Ferlinghetti, con motivo del número que la revista Generación dedicó a la Generación Beat en 1997. Por aquellas fechas recién había fallecido Allen Ginsberg y publicamos un emotivo poema del editor de “Aullido”, así como una larga entrevista inédita que le hizo Juvenal al fundador de la librería City Lights. La portada de esa edición también fue una pintura realizada por el mismo Ferlinghetti, en la que aparecía un hombre atado a una silla eléctrica. El poeta quedó tan agradecido por aquella edición de la revista que nos mandó por correo una hoja membretada de su librería con un autorretrato y la frase: “A Generación Gracias”.

Transcurrieron varios años hasta que Juvenal me comentó la intención de Ferlinghetti de venir a México y que le gustaría mucho que yo le ayudara a realizar una presentación. Finalmente, se hicieron tres presentaciones: una muy formal en la sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, otra más irreverente y evocando el espíritu beat en el ya desaparecido cabaret Bombay, y una tercera en la Casa del Poeta López Velarde con el poeta y pintor danés Jorgen Nash —fundador del grupo Cobra y de la Internacional Situacionista—, quien coincidentemente se encontraba en México por esos días.

Ya en el automóvil rumbo al Hotel de Cortés, en donde se hospedó, le compartimos una caguama y con cortesía aceptó darle un trago, pero nos advirtió que él no era como Jack Kerouac; en ese momento se derrumbó nuestra fantasía de largas borracheras beats.

La noche que fuimos a recibir al aeropuerto a Lawrence lo primero que me sorprendió fue su sencillez y austeridad: sólo llevaba a sus espaldas una pequeña mochila. Cuando le pregunté por su equipaje, considerando que estaría en México al menos dos semanas, sólo me indicó con la mirada que eso era todo lo que traía, incluso me regaló una playera de City Lights. Ya en el automóvil rumbo al Hotel de Cortés, en donde se hospedó, le compartimos una caguama y con cortesía aceptó darle un trago, pero nos advirtió que él no era como Jack Kerouac; en ese momento se derrumbó nuestra fantasía de largas borracheras beats.

Al día siguiente, desde muy temprano, hubo un maratón de entrevistas, y al medio día Lawrence se llenó de felicidad pues llegó a visitarlo una amiga estadounidense que tenía un hotel ecológico en Ixtapa Zihuatanejo y lo acompañaría durante su nueva travesía mexicana. Obviamente, el poeta ya había estado en México varias veces; de hecho, su libro La noche mexicana es un diario poético de sus visitas anteriores, todas ellas realizadas entre los años sesenta y setenta.

En algún momento hicimos una visita a las oficinas de la revista Generación, cuyas paredes estaban grafiteadas con dibujos y mensajes de los personajes que nos visitan, desde la artista porno Rocío Boliver hasta el poeta Alí Chumacero, además de José Luis Cuevas y Philip Bragar. Ferlinghetti se entusiasmó al ver la pared y pidió que le compraran un pincel y unos acrílicos de varios colores, luego realizó una pintura que se intitula “Que vivan las mujeres” y en la que se advierte un hombre desnudo colgado de una cuerda. Alguien hizo un video de aquel momento pero anda extraviado en el tiempo. Esa pintura sigue ahí como testimonio de aquella tarde.

Los cuatro o cinco días que estuvo en la ciudad antes de irse a la playa con su enjundiosa amiga se pasaron muy rápido, mucha gente quería saludarlo. Una tarde fuimos a comer al restaurante Peces, de Marco Rascón, ahí llegó Juan José Gurrola con su hija Edwarda y el músico Benjamín Anaya, quien hizo una buena foto de Gurrola y Ferlinghetti conversando mientras orinaban en el baño. En aquel entonces Lawrence tenía 82 años, y aun cuando era muy vital y parecía que todo lo que estaba pasando era una travesura adolescente, no era muy afecto a las fiestas, así que por lo general pedía retirarse temprano.

El día de la presentación en Bellas Artes caminamos por la Alameda Central, llevaba un palo de escoba que utilizó para la lectura dramatizada de su poema “El ciego”. Aquella noche la sala Ponce estuvo a reventar, y no quisieron dar coctel porque tenían miedo de que todo terminara en borrachera. Fuimos a cenar a la cantina Covadonga, ahí estuvieron los poetas Sergio Mondragón, Alberto Blanco y el narrador José Agustín, entre otros.

La presentación en el cabaret Bombay fue una locura, no cabía nadie, ni las ficheras tenían dónde sentarse. Ahí participaron Juan José Gurrola, Jorge García Robles, llegó también el fotógrafo Héctor García y varios más. Ferlinghetti improvisó un “Padre nuestro” en el que menciona a varios santos de la contracultura. Lo ovacionaron durante largos minutos.

La presentación en el cabaret Bombay fue una locura, no cabía nadie, ni las ficheras tenían dónde sentarse. Ahí participaron Juan José Gurrola, Jorge García Robles, llegó también el fotógrafo Héctor García y varios más.

Antes de irse Lawrence me regaló un ejemplar de su libro The Mexican Night y me autorizó para que la revista Generación publicara una versión reducida al español, pues a pesar de haberse publicado por primera ocasión en 1968, nunca se había editado en México. Los traductores fueron Francisco Oyarzábal y Santiago Madariaga, y la portada es de la fotógrafa Eugenia Arenas.

Un año más tarde quedó lista La noche mexicana, que se publicó con un patrocinio del INBA, y de nuevo regresó Ferlinghetti a presentarlo también en Bellas Artes y en la ciudad de Oaxaca. La presentación oaxaqueña fue memorable, se llevó a acabo en el IAGO, con la presencia de Francisco Toledo. Una tarde el pintor Jonathan Barbieri organizó una visita a una cantina clandestina instalada dentro de un gallinero, ahí estuvo Ferlinghetti muy inquieto pues no había nada de comer. El fotógrafo Antonio Turok captó algunas imágenes antes de salir de ese arrabal de pollos y gallinas. El último poeta beat prefirió apartarse de ese grupo de borrachos que pretendían homenajearlo.

Un año más tarde fui invitado a la ciudad de San Francisco por Neeli Cherkovski —biógrafo de Charles Bukowski— y por Lawrence Ferlinghetti para presentar la revista Generación, ambos fueron espléndidos anfitriones. Lawrence me mostró personalmente su librería City Lights y me obsequió varios títulos del emblemático estante destinado a la literatura beat, varias decenas de títulos que nunca llegarán a México.

El autor de La noche mexicana me invitó una copa de vino en el legendario café Trieste, se despidió con su fraterna y traviesa sonrisa azul. Nunca más volví a verlo, ha terminado la leyenda de la Beat Generation. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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