Los tiempos de José Rosa Villavicencio

Primer capítulo del libro en proceso Cuaderno de Santa Rosalía

Esta es una reconstrucción histórica de una región y sus hombres en el centro de la península de Baja California en la segunda mitad del siglo XIX. Sigue la trayectoria de un hombre para sugerir su tipo social, donde encajan otros contemporáneos suyos; recrea hechos y circunstancias que les fueron comunes para sugerir un clima o estado de ánimo. Todo ello ante la inminencia de la implantación de la Compañía del Boleo, que modificaría la vida de los personajes y sus descendientes.

Enmienda

La versión de que José Rosa Villavicencio1 descubrió “por casualidad” el yacimiento de cobre de Purgatorio en 1868 —versión de la que soy responsable en parte— no es exacta. Más inexacta aún parece ser la especie de que le pagaron “16 pesos por su denuncio y hasta le mandaron componer un corrido”, como si fuera un rústico ranchero en el estereotipo más elemental.

La errónea o al menos parcial versión que involuntariamente propalé la tomé del Informe sobre el Distrito Mineral de Santa Águeda de Manuel Tinoco (Editorial Porrúa, 1885) y la reproduje un tanto condimentada en Centenario de Santa Rosalía, 1884–1984 (Archivo Histórico Pablo L. Martínez, La Paz, BCS, 1984). Debí haber sido más escéptico y escuchar a Marvin D. Bernstein, quien había reproducido antes la historia como “leyenda” en The Mexican Mining Industry, 1890–1950 (New York University Press, 1964).

Ahora comprendo que me dejé llevar por la imagen del ranchero de la región percibida en mi feliz ignorancia infantil. Eché a volar mi imaginación y añadí la conjetura de que Villavicencio “buscaba una ruta más corta para llegar al mar, donde vendía a los marineros de Mulegé y Guaymas carne seca, cuero y queso de su rancho de Santa Águeda”. Ya entrado en gastos literarios, añadí circunstancias imaginarias sobre el momento del descubrimiento.

Jose Rosa Villavicencio. Fotografía cortesía de Javier Cota.

En descargo de esta licencia puedo decir que, al imaginar a Villavicencio como ranchero en un sentido muy estrecho —no como los rancheros reales de la región de entonces, practicantes de oficios varios, incluidos el de minero—, deduje una motivación comercial de su trayecto y una imaginaria clientela de sus productos. Como es lógico deducir, si el área de Santa Rosalía estaba completamente despoblada, difícilmente hubieran fondeado embarcaciones frente a sus costas, pues no tenían motivo para hacerlo en ese entonces. No imaginé que Villavicencio pudo haber andado en busca de yacimientos minerales, como parece haber ocurrido en realidad.

Que esta enmienda tardía sirva también como preámbulo al siguiente conjunto de relatos y conjeturas sobre José Rosa Villavicencio y su mundo. Indagamos en libros y documentos (puede haber más información que ignoramos), guiados por el objetivo de reconstruir un poco su contexto o contextos, pues su vida fue larga y diversa.

José Rosa Villavicencio y Ventura Arce

Fue el notario público Sergio Aguilar Rodríguez, de Santa Rosalía, quien me informó, hace tiempo ya, que Villavicencio no era ranchero sino minero con experiencia en las regiones central y sur de la península, según documentos que leyó. Poseía también ranchos serranos ganaderos. En apoyo a esta información está la relación de Villavicencio con Buenaventura o Ventura Arce, patriarca de San Ignacio durante muchos años en la primera mitad del siglo 19, cuya fortuna, se decía, había sido hecha en una mina de oro en una serranía cercana a la localidad. Villavicencio sirvió de mayordomo en la misión de San Ignacio en 1814,2 cuando Ventura Arce ya era el hombre más importante ahí. Es probable que éste haya sido también soldado de presidio, como José Urbano Villavicencio, padre de José, quien fue mayordomo de la misión de Mulegé en 1807. San Ignacio tenía entonces, a principios del siglo XIX, menos de trescientos habitantes, después de haber tenido el doble.

Ventura Arce tenía la reputación de ser el hombre más rico de este fértil y apacible villorrio que albergaba a treinta o más familias extensas. Los censos le atribuyen la propiedad de más de mil cabezas de ganado bovino: ganado libre en el monte, mostrenco, distribuido en terrenos de San Ignacio y la sierra de Guadalupe, en dirección sureste hacia la costa del Pacífico. Las propiedades de Arce se extendían también en dirección contraria, hacia el mar de Cortés, hasta la planicie irregular situada entre el volcán de las Vírgenes y la costa del golfo, en los sitios o ranchos San Francisco, San Carlos, Santa María y Santa Marta.

Hoy en día esta recóndita región permanece como una de las más desconocidas y desoladas de la península, pero hubo ahí una vez un camino que desembocaba en la ensenada de San Carlos o algún otro nombre tomado de los ranchos o parajes próximos al mar y al cabo de las Vírgenes. Ulises Urbano Lassépas, que recorrió la región o sus cercanías hacia 1857, reporta: “Los productos frutales de San Ignacio se embodegan en las cuevas volcánicas de Santa María [propiedad de Ventura Arce —autor], cuyas bocas orillan la ensenada del mismo nombre, y de allí bajan a Mulegé en lanchas y canoas. Esta conducción es menos penosa y molesta que el transporte directo a lomo de mula, a través de la sierra”. Repite: “Dos caminos parten de San Ignacio para Mulegé: el de la sierra y el de los volcanes. Este último es preferible…” (Historia de la colonización de la Baja California, Ulises Urbano Lassépas, 1ª edición 1859; UABC 1995).

Municipio de Mulegé, Baja California Sur

Por su situación geográfica, la ensenada referida por Lassépas es la misma que lleva el nombre oficial de San Carlos; es tan extensa y abierta que diversos tramos de su costa pudieron tener nombres distintos; también se le identifica como Santa María por el arroyo del mismo nombre. Por esa ruta se traficó algo más que productos secos de San Ignacio a Mulegé; hubo al menos explotación y transporte de azufre de las Vírgenes a Guaymas y Santa Cruz de Mayo, Sonora, hecho identificado por fuentes de la década de 1850 e historiadores contemporáneos, pero del que casi no hay documentación. Pudo haber habido también contrabando de oro y plata, que se usaban como monedas en transacciones comerciales.

Esto último es factible, dada la escasez crónica de moneda en Baja California en gran parte del siglo XIX. La minería gambusina de plata y oro era muy pequeña y precaria pero sus productos tenían gran valor de intercambio en una época de escasez monetaria. Esto habría dado a los habitantes de la región cierta capacidad para adquirir bienes nacionales y extranjeros en el puerto de Mulegé. Una parte de ese intercambio era ilegal porque así lo dictaba la fuerza de las cosas; legal o ilegal, el uso de metales preciosos como moneda parece haber sido un factor decisivo en la vida comercial del municipio de Mulegé ligada al golfo de California en los primeros ochenta años del siglo XIX.

Lassépas proporciona datos de la aduana de Mulegé sobre exportación de azufre y otros minerales, incluido oro, e importación de materiales, equipo, incluidas bombas de agua, y herramientas en cantidad suficiente para abastecer uno o más pequeños reales mineros. Son datos del periodo 1854–1857, cuando la explotación de las Vírgenes estaba en actividad. Hay registros de exportación de oro, plata y cobre en el periodo, cifras modestas pero indicativas de actividad minera anterior al Boleo en ese lugar, unos 40 kilómetros al norte de Santa Rosalía. Otra parte de ese comercio podría corresponder a Calmallí, donde ya había actividad gambusina entonces, a más de 200 kilómetros al norte de Santa Rosalía.

Sería difícil imaginar a Ventura Arce como ajeno al tráfico de las Vírgenes, pues él era el propietario de los terrenos mismos desde 1824. Hay indicios de que sus propiedades en ese lado de la península pudieron haberse extendido hasta Santa Marta, situada en el yacimiento de cobre de Santa Rosalía, desconocido entonces como tal. Si el rancho Santa Marta mencionado por Lassépas y otros exploradores son el mismo rancho y éste tenía alguna construcción en el arroyo del mismo nombre, comprendido en el área de lo que después sería Santa Rosalía, Ventura Arce tenía un pie en los yacimientos de cobre del Boleo. Acaso murió sin saberlo. Él pudo haber sido el titular original de esos terrenos antes de que pasaran a manos de Villavicencio.

Santa Rosalía ignota

A diferencia de los sitios y regiones misionales de la antigua California, cuyos registros de actividades, recursos y personas datan de fines del siglo XVII, además de los informes y bitácoras de reconocimiento marítimo desde el siglo XVI, el área de Santa Rosalía no fue descrita sino hasta principios de la segunda mitad del siglo XIX, quizá no hollada hasta entonces. Se sabe que la fragata inglesa Dido reconoció la costa oriental del territorio, desde cabo San Lucas hasta las Vírgenes, en 1850. Siete años después, el autorizado Lassépas reportó:

El litoral que comienza al cabo de las Vírgenes y termina en San Lucas [la laguna frente a Isla de San Marcos, a unos 15 kilómetros de Santa Rosalía], está recortado por bahías, ensenadas, puntos, cabos, cinturas de rocas y prolongación de montañas, al pie de las cuales bate y se estrella el mar. Escasos de agua los sitios o criaderos, por consiguiente mantienen poco ganado. Hay llanuras de 10 a 20 leguas y más de circunferencia, propias, por la calidad de sus tierras, para el cultivo […] pero ningún manantial de consideración las riega, y sus aguajes son insignificantes (op. cit.).

Esta descripción parece hecha desde el mar. Hay otra hecha sobre el terreno diez años después, “Explorations in Lower California”, por William H. Cabb, incluida en Resources of the Pacific Slope, por J. Ross–Browne, 1867 (en internet), un año antes del descubrimiento de Villavicencio. En un pasaje, Cabb describe una expedición en mulas y caballos desde San Ignacio, pasando por las Vírgenes, en trabajoso descenso por el cerro del Infierno, en dirección a Santa Rosalía o “Rosarito”, como erróneamente escribe el autor.3 Luego de identificar el tramo que comienza en el arroyo pedregoso al pie del Infierno, en dirección al mar de Cortés, Cabb reporta que la expedición ascendió una cresta y descendió hasta un arroyo pedregoso y seco, donde está un rancho deshabitado, propiedad de Ventura Arce. El informe hace saber que los expedicionarios acordaron con Arce acampar ahí, es decir, fue éste quien los orientó. El rancho se llamaba Santa Marta: “Al llegar al fin del cañón […] habiendo pasado el Infierno, descendimos hacia el lado opuesto de la cresta, la cual se extiende hacia la costa al este, y acampamos en el rancho abandonado de Santa Marta”. Hasta ahí todo parece claro: la expedición se dirige del Infierno a Santa Rosalía o “Rosarito” y acampa en Santa Marta, que está situada sobre la ruta. Enseguida el autor introduce información que puede parecer desconcertante: “Cabalgamos siete leguas hasta Rosarito [Santa Rosalía según la situación geográfica de la expedición], donde hay un manantial y un campo minero abandonado en la base oriental de un cerro llamado San Juan”. ¿Cuál manantial? Acaso se refiera al agua de la mina San Juan, que efectivamente existió en Providencia y fue usada años después como pozo de agua por mineros. Cabb reporta: “Se han hecho algunos intentos inútiles por explotar las pequeñas vetas de cuarzo encontradas en las rocas metamórficas […] pero la cantidad de oro ha resultado muy poco remunerativa o las vetas se han agotado” (Íbid.).

La expedición de William H. Cabb estuvo ahí en 1865, tres años antes del descubrimiento del yacimiento de Purgatorio por Villavicencio. No sería remoto que se hayan encontrado, puesto que los expedicionarios pasaron después por el rancho de Santa Águeda, del que Villavicencio era propietario, y acamparon en el rancho Santa Marta, propiedad de su viejo conocido, superior y quizá pariente, Ventura Arce. Ambos pudieron haber intercambiado información del distrito con la expedición. En todo caso, esto ilustra la existencia de actividad minera en el distrito minero de Santa Rosalía (o Santa Águeda como se le conocía entonces) antes del descubrimiento de Purgatorio.

En su descripción general del territorio que abarca desde Santa Rosalía hasta las Vírgenes, el informe de la expedición dice: “Los yacimientos argentíferos son comunes al norte de Mulegé y hay grandes depósitos de sulfuros en las cercanías del volcán, no lejos de la vieja misión [de San Ignacio] […] y los jesuitas reportaron minerales de cobre, muy comunes en las costas e islas del golfo hacia el norte…” (Íbid.).

Tales son las escuetas noticias que tenemos del área de Santa Rosalía hasta antes del descubrimiento de Purgatorio. Cualquiera que sea su valor, no demeritan la idea de que Villavicencio estaba involucrado en la minería o muy cercano a información privilegiada y a los contactos necesarios. Por sus negocios en Mulegé pudo haber participado o al menos estar informado de la infructuosa empresa por explotar una mina de plata, unos seis kilómetros al norte del pueblo, hacia 1856.

Mineros, rancheros, comerciantes

Según sus ocupaciones como productor ranchero, comerciante, minero o prospector de terrenos mineros con vistas a su venta, Villavicencio parece haber vivido entre Santa Águeda, Mulegé, San Ignacio y sus ranchos en la sierra de Guadalupe. Adquirió Santa Águeda en 1823 y se mudó a vivir ahí un año después. Entre esos años y décadas subsiguientes obtuvo seis propiedades rancheras en la sierra de Guadalupe: Santa María, San Isidro, El Valle, San Miguel, San Joaquín y un sitio “sin nombre”, todos situados sobre la antigua ruta misionera de Mulegé a San Ignacio: veredas de mulas que para entonces ya habían alcanzado a Santa Águeda, 17 kilómetros al suroeste de Santa Rosalía; Villavicencio poseyó además dos huertas y un terreno de 6 mil metros cuadrados en el pueblo de Mulegé. Declaró el valor total de sus propiedades en 350 pesos el 31 de marzo de 1857, según consta o constó en los archivos de la Agencia del Ministerio de Fomento en Mulegé. La suma de 350 pesos no dice mucho, salvo que resta credibilidad a la versión de que Villavicencio habría vendido el yacimiento de Purgatorio en 16 pesos doce años después. De seguro vendió o arrendó a muy buen precio a varios compradores, la mayoría de los cuales eran conocidos suyos, aunque su mayor venta sería la del agua y terrenos de Santa Águeda a la Compañía del Boleo unos dieciocho años después.

Mulegé.

La oficina del municipio de Mulegé era entonces casi una choza que servía igualmente de cuartel, calabozo y arsenal. Pero este villorrio contaba también con una agencia del Ministerio de Fomento, equipada con los instrumentos básicos de ensaye de minerales, lo que confirma la existencia de actividad minera y prospectiva en la región. Dicho sea de paso, la existencia de equipo de ensaye en Mulegé sugiere que las muestras de “boleos” de Purgatorio pudieron haber sido analizadas primero ahí, no en Guaymas, como habíamos creído.

Los archivos locales contienen documentación de varias adquisiciones de pequeños terrenos en el municipio por una docena de personas de Mulegé, incluyendo a Villavicencio, desde la década de 1830 hasta 1885, cuando la Compañía del Boleo sentó ahí sus reales. Esta tendencia a la adquisición (no acaparamiento) de terrenos refuerza la información de que el municipio de Mulegé comenzó a poblarse de nuevo hacia los años de 1830 con gente de Sonora, Sinaloa y Nayarit, después de que la misión (no el pueblo) había sido abandonada en 1825. La persistencia de la adquisición de terrenos por locales y colonos en un largo periodo de abandono y pobreza sugiere la existencia de una expectativa económica por la que valía la pena correr el riesgo.

Hombres de pro

Nuestra indagación busca un poco a ciegas el perfil de José Rosa Villavicencio, uno que encaje en el contexto y semeje al de sus contemporáneos y socios. Varias descripciones del estado de ánimo típico de los californios de la región central de la península o municipio de Mulegé, incluidos los de la misión de San Ignacio, refieren un humor melancólico, una cierta indiferencia ante la vida o una sombría desesperanza. Villavicencio no encaja en esta descripción. Él y una docena de contemporáneos suyos en el municipio de Mulegé eran claramente activos, empresariales y, hasta donde se puede ver, optimistas, hombres de pro del siglo XIX. Las autoridades locales también lo eran.

La ascendencia, relaciones y trayectoria del propietario ranchero de la región son comunes en la época: exsoldados, hijos de exsoldados y domésticos de misión en labores seglares y hortícolas, los cuales eran también solicitantes de tierras, ocupantes de puestos públicos en asentamientos viejos y nuevos no adscritos a la misión, buscadores de perlas, oro, plata, piedras preciosas y, sobre todo, socios capitalistas, de preferencia extranjeros.

Como propietario afectado, Villavicencio debió participar en la generación de bajacalifornianos que impugnó un decreto del gobierno federal en 1857 que declaraba nulos los títulos de propiedad expedidos en la península desde 1825, so pena de perderlos a favor de la nación, a menos que se pagara un precio uniforme de 300 pesos para cierto rango de propiedad, donde clasificaban los propietarios peninsulares como traje a la medida.

El decreto obedeció a que algunos propietarios de la parte norte de la península habían estado especulando con terrenos fronterizos y traspasándolos a ciudadanos norteamericanos, en medio de rumores sobre una inminente nueva invasión del ejército de Estados Unidos a la península y su anexión o compra por ese país. Alarmado, el presidente Comonfort dictó el decreto de invalidez de títulos de 1857, que amenazaba con despojar a todos los propietarios de la península con títulos de la colonia, algunos de los cuales no valían el papel en que estaban escritos. El decreto no se aplicó porque irrumpió la guerra civil en México. Para nuestro relato importa constatar que los propietarios de Mulegé y del resto de la península presentaron resistencia.

Éstos son algunos rasgos y episodios que parecen definir el perfil del hombre ambicioso de la región hasta antes de la creación de la Compañía del Boleo en 1885: celosos de sus derechos, proclives a la adquisición y comercialización de terrenos, comerciantes de avío, participantes en comisiones de deslinde y prefecturas, en fin, hombres activos.

Es concebible que este ánimo optimista haya coexistido con el humor melancólico, como en cualquier lugar y época del mundo. Quizá la vena melancólica era más obvia en los rincones más apartados de una región desolada de por sí —la tierra más miserable de la península, se llegó a decir. Pero en los asentamientos de ex misiones junto al mar, el estado de ánimo de los pobladores pudo haber sido distinto, en este caso los del pueblo oasis de Mulegé, que hacia 1868 era parte de una red marítima de cabotaje con Guaymas, Loreto y La Paz, donde enlazaba con rutas más extensas, por la que circulaban bienes importados de México y el extranjero y entrega de correo una vez por mes, todo muy irregular por el desorden político y atraso económico del país. El pueblo de Mulegé tenía entonces unos 600 habitantes. El municipio en conjunto tenía más de mil, menos de la tercera parte del municipio de San José del Cabo, el más habitado de la península entonces.

Más adelante nos referiremos a la navegación marítima del golfo de California antes de la creación del Boleo. Hay investigaciones que abren la ventana a este sorprendente circuito comercial, donde la pequeña exportación de minerales, productos serranos y frutos secos, y la importación de grano, tela, indumentaria, herramienta, utensilios domésticos y algunos módicos lujos, como sombrillas o pañuelos de seda, eran parte del comercio habitual. Lassépas transcribe largas listas de artículos exportados e importados por la aduana de Mulegé en 1857. La importancia conferida a telas, confecciones y abalorios es un indicio de vida social activa, la cual no es apta para temperamentos melancólicos.

Ahora bien, ambos ambientes económicos, el serrano ganadero y el marítimo comercial, estaban cruzados por la minería, como lo ilustran las múltiples actividades de José Rosa Villavicencio y Ventura Arce, o los hermanos Vicente y Cayetano Mejía, entre una docena más de hombres de pro en Mulegé. Acaso los estados de ánimo decaído reportados por expedicionarios y viajeros hayan sido propios del momento. México era muy débil e inestable entonces, sujeto a cambios repentinos de gobierno, cuartelazos y guerras internas e imperialistas. La inestabilidad y debilidad políticas de la joven república se traducían en largo periodos de incertidumbre o de sentimiento de abandono y desesperanza para los habitantes de la península.

Viene al caso recordar que, al momento del armisticio de la guerra de Estados Unidos contra México, cuarenta residentes del sur de la península, de los que dependían 300 personas, habían tomado partido por la intervención norteamericana. Después de la guerra, ellos y sus familias fueron llevados a California por la marina de Estados Unidos. El gobierno de ese país pagó más de mil dólares a cada uno de esos cuarenta hombres por su colaboración, siendo reconocidos como ciudadanos o naturales de ese país por sus servicios prestados en la guerra (Harry S. Crosby, Los últimos californios, Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2ª ed. 2017, de la 1ª en inglés 1981). Estos hechos ilustran el sentimiento de abandono e incertidumbre reinantes en la península, aunque debe decirse inmediatamente que otros habitantes resistieron al invasor, primero en Mulegé y luego en el sur. Al frente de la columna que avanzó desde Mulegé iba Vicente Mejía, quien después sería socio minero de Villavicencio.

La guerra misma y la creciente navegación comercial entre San Francisco, California, y la costa del Pacífico americano hasta Panamá y Valparaíso —rutas que tocaban los puertos de Acapulco, San Blas, Mazatlán, Guaymas y La Paz— energizaban a las pequeñas rutas locales, como la de Mulegé–Guaymas. El tráfico marítimo era más o menos constante. Las embarcaciones que tocaban Mulegé eran pequeñas, de 20 a 50 toneladas de capacidad, y fondeaban cerca de la playa, donde eran descargadas y cargadas por indios yaquis en canoas. Mulegé recibía unas cincuenta embarcaciones por año. A los puertos más grandes de ambas costas llegaban embarcaciones mayores: inglesas, francesas, norteamericanas, panameñas, peruanas, colombianas y filipinas. La compraventa de embarcaciones ocurría en Guaymas. El ambiente comercial era plenamente mercantilista. Todo este tráfico enviaba un mensaje de modernización y poderío económico y militar, sobre todo de Estados Unidos, con su avidez de minerales debida a su expansión industrial, ferroviaria y militar. El presente y el futuro económico de la península estaban unidos a ese tráfico comercial por la fuerza de las cosas.

Avidez minera

Hacia 1868, cuando José Rosa Villavicencio descubrió el yacimiento de Purgatorio, la avidez minera estaba tomando un segundo aire en la península como una modesta segunda edición de la fiebre del oro en California y la expectativa ambivalente de anexión de la península a Estados Unidos, todo lo cual incitaba a adquirir terrenos por mera previsión y, en todo caso, trazaba el horizonte de un mayor comercio con ese país, principalmente en explotación y exportación mineras, actividades por demás alentadas por los gobiernos liberales mexicanos.

No está de más recordar que el Tratado McLane–Ocampo de 1859 preveía la venta o cesión de la península a Estados Unidos, y que el presidente James Polk había ofrecido comprarla y comprometídose a anexarla en 1845. Luego vino la guerra de 1848 y pocos años después las incursiones filibusteras, también repelidas. No bien se había enfriado el anexionismo cuando ocurrieron la invasión francesa y el imperio de Maximiliano. Los invasores franceses de la península también fueron repelidos con todo y sus simpatías y colaboradores en el sur del territorio.

No abundaremos en hechos tan conocidos y relativamente lejanos del tema de este libro. Sólo constatamos el patriotismo de los bajacalifornianos de entonces en tres guerras sucesivas y la participación de mineros y rancheros en ellas, sin dejar de lado el tema que nos atañe: que las guerras mismas elevaban el valor de la tierra y de los recursos naturales, contribuyendo así a alimentar la expectativa de los mineros y propietarios de la península de asociarse con capitales extranjeros, no necesariamente norteamericanos. Entre los primeros socios extranjeros de mineros mexicanos en Santa Rosalía previos al Boleo estaban cuatro de origen alemán, provenientes de Mazatlán y California, un norteamericano y un francés provenientes de Guaymas.

Los gambusinos de Baja California buscaban oro y plata, de los que siempre encontraron poco o nada, pero en sus esfuerzos descubrieron minerales de valor industrial que también aspiraban a explotar con apoyo de socios capitalistas, o calculaban vender cuando la oportunidad se presentase, de modo que cualquier yacimiento podía encerrar un gran valor futuro. Todo era cuestión de capital, tecnología y mano de obra, ninguna de las cuales se tenía en la Baja California. Estos cálculos ocupaban la mente de los hombres de pro de Mulegé cuando Villavicencio descubrió el yacimiento de Purgatorio.

Ilusiones recurrentes

Los sueños de grandes riquezas naturales en la península de California en espera de ser explotadas por audaces empresarios habían capturado la imaginación de europeos, novohispanos, mexicanos, sudamericanos y anglosajones desde el siglo XVI. A pesar de los desengaños acumulados a enormes costos humanos y económicos desde la primera expedición enviada por Cortés en 1534, el sueño minero renacía en espíritus aventureros, muchos de los cuales fracasaron, u obtuvieron pocas ganancias, y otros obtuvieron grandes pérdidas. La mayor perdedora había sido la Corona española que, harta de perder, terminó por desentenderse de la península a fines del siglo XVII.

Fue entonces cuando la Compañía de Jesús entró en escena, emprendiendo su misión evangelizadora por cuenta propia y la ayuda sustantiva de nobles legatarios hispanos, novohispanos y de otras órdenes religiosas en México y el extranjero, aportaciones recolectadas por el Fondo Piadoso de las Californias, cuyo nombre lo dice todo. Las misiones de la península siempre dependieron del apoyo financiero y material exterior, en particular de las misiones de Sonora y Sinaloa, que proveían grano, ganado y eventualmente mano de obra indígena yaqui y mayo. El propósito de las misiones no era colonizar la tierra, sino evangelizar a los indios, reacios al régimen de trabajo misional. Los misioneros se oponían a la explotación de recursos que no fueran los indispensables para comer, vestir y labrar la escasa tierra fértil. Si acaso toleraron algunas pesquerías de perlas y minas de piedras preciosas. El resto venía de afuera. La dependencia de la California jesuita del exterior inmediato y distante marcó la vocación comercial de los habitantes de la península.

La explotación minera por exsoldados y exdomésticos de las misiones por cuenta propia comenzó en la década de 1740, casi siempre en tensión con los misioneros, y se mantuvo intermitente el resto del siglo. Después de la expulsión de los jesuitas en 1767 comenzaron a arribar colonos de la otra banda (las costas de Sonora y Sinaloa), alentados por las leyes borbónicas de fomento a la colonización productiva de la península. Muchos colonos emigraron a California, otros murieron en el intento, pero se fueron quedando unos pocos, más los que fueron llegando de manera casi constante a partir de la década de 1830, y la reproducción natural de los muleginos, que era prolija.

Avances historiográficos

Nos detendremos un poco en fuentes bibliográficas para dejar constancia de que la historiografía de Baja California Sur se ha enriquecido notablemente en los últimos veinte años por varias investigaciones académicas sobre demografía, comercio y navegación.4 Un avance de estos estudios es la constatación del aumento casi constante y a grandes tasas de la población en la primera mitad del siglo XIX. Esto no lo sabíamos, suponíamos que en ese periodo había habido despoblación. Todo esto en un universo demográfico muy pequeño, menos de 0.5 de la población de México entonces. Gracias a estas investigaciones documentadas en archivos locales sabemos que la población del municipio de Mulegé, entre 1857 y 1869, aumentó de 1,025 a 1,405 habitantes, y que la del pueblo de Mulegé aumentó de 509 a 654 habitantes. Son números absolutos muy pequeños, pero las tasas de crecimiento son más altas que las del resto del país. Mulegé estaba en movimiento.

Herederos de José Rosa Villavicencio. Fotografía cortesía de Gamaliel Valle Hamburgo.

Otro avance de la historiografía contemporánea es el conocimiento de la red marítima del golfo de California, desde sus orígenes en las últimas décadas del siglo XVIII. Tampoco nos detendremos en este interesante tema, salvo para indicar que la historia de Baja California Sur sería impensable sin el concurso de esta red y sus puertos comerciales: Guaymas, Mazatlán, San Blas, San José del Cabo y La Paz, con sus enlaces a las rutas de California a Sudamérica. Fueron estas rutas las que dieron vida a la península al abrirle la oportunidad al comercio nacional e internacional, legal e ilegal. Mulegé formaba parte de la ruta marítima más al norte del golfo, de la que Guaymas era el centro proveedor y enlace con las redes más extensas.

Un tercer avance historiográfico es la información del uso de la plata y el oro como valores de intercambio ante la escasez de moneda. Esto nos ayuda a entender que la explotación gambusina de minerales preciosos, pese a su pequeña escala, era muy importante para el fortalecimiento del poder adquisitivo familiar, lo que habilitó a muchos californios como actores del comercio del golfo.

El ranchero típico del siglo XIX

Por sus antecedentes misionales y militares muy cercanos, el ranchero de Baja California del siglo XIX era austero, disciplinado y versátil: vaquero en terreno abrupto, herrero, carpintero, talabartero, quesero, horticultor, veterinario, cazador, en fin, hacía todo lo que podía hacer con sus propios medios, en el riguroso estilo de vida jesuita. Pero también estaba orientado al comercio porque la necesidad lo imponía. Así que producía excedentes que eran muy demandados por mineros y comerciantes. En su pequeña escala, los rancheros eran productivos y comerciaban bien sus productos. Todo esto pudo contar para mantener una población en aumento a lo largo del siglo XIX, antes de su disparo en la segunda mitad de los 1880 por la creación de la Compañía del Boleo.

El descubrimiento del yacimiento de cobre de Purgatorio ocurrió en medio de un renovado interés de inversionistas mexicanos y extranjeros debido a la reanudación de la actividad minera en el sur de la península, San Antonio y El Triunfo principalmente, en la sierra de Cacachilas y en las islas San José y Espíritu Santo, que recibieron inversiones de Estados Unidos, Inglaterra y México; en la región central de las Vírgenes y en los placeres de oro en Calmallí, en el paralelo 28, división de los dos territorios de la península. Cayetano Mejía, del pueblo de Mulegé, coetáneo y comprador de terreno minero de Villavicencio, tuvo ahí un placer de oro en 1882.

La existencia de yacimientos minerales diversos al norte y al sur de la misión de Mulegé está reportada por fuentes jesuitas desde la década de 1740 (Historia natural y crónica de la antigua California, S. J. Miguel del Barco, UNAM, 1973). Los primeros informados debieron ser los soldados de las misiones, pues eran quienes conocían el terreno y custodiaban los viajes y expediciones de los misioneros. La tensión entre la explotación y la no explotación de esos y otros recursos naturales está en la base de la fundación civil, económica, secular e individualista de la antigua California de raigambre hispánica, entre la segunda mitad del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX. Ésta fue una tensión entre el régimen misional jesuita y el personal militar y doméstico en busca de espacios económicos propios, mineros y perleros, no ganaderos en su origen, como se suele creer.

Fueron las explotaciones mineras las que crearon la necesidad de ranchos que las proveyeran de alimentos, cuero y ganado como fuerza de tracción. Este tema ha sido estudiado por Jorge Amao en Mineros, misioneros y rancheros de la antigua California (Plaza y Valdés, 1997) y en otros estudios suyos disponibles en internet. El tema es retomado por Ignacio del Río en Baja California Sur. Historia breve, con María Eugenia Altable Fernández (El Colegio de México/Fideicomiso de las Américas/Fondo de Cultura Económica, México, 2000). Las observaciones de Amao y del Río ratifican el patrón de coexistencia minero–ranchero–agrícola en el orbe novohispano, documentado por otros historiadores, notablemente David Brading en Mineros y comerciantes en el México borbónico (FCE, 1975).

La abrupta disolución de la orden jesuita en 1767, después de setenta años de existencia, fue seguida por ambiciosas iniciativas de la monarquía borbónica en fomento a la creación de asentamientos realeños o reales mineros y de otros recursos naturales. El impulso realeño tenía fuerza propia en la antigua California desde unos treinta años antes, cuando el exsoldado Manuel de Ocio, de la misión de Loreto, inició la explotación de perlas en Mulegé y luego la minería en el sur de la península por cuenta propia, con avío de Guadalajara, en la década de 1740. Para nuestro relato importa destacar la relación entre minería, ranchos y pueblos seculares no dependientes del régimen misional, espacios de nuestro personaje José Rosa Villavicencio, quien era hijo de soldado de presidio, y ejerció el cargo de mayordomo de la misión de San Ignacio en 1814, y posiblemente otros cargos después.

No podemos cerrar esta sección sin definir un poco la palabra “avío”, clave para entender la dinámica económica de los reales y enclaves mineros. El avío es el abasto de bienes de consumo y trabajo, del cual dependían mineros y rancheros, y cuyo pago era diferido a cuenta de los productos mismos. El avío se pagaba generalmente en especie, pero no era trueque, porque las transacciones se basaban en los valores del oro y la plata, minerales que, como hemos dicho, también fungían como moneda. El flujo de valor de este círculo terminaba concentrándose en el comerciante.

Un hombre longevo

José Rosa Villavicencio fue longevo, tanto que es difícil creer que en 1868, a sus más de setenta años, haya andado explorando parajes tan desolados y carentes de lo más indispensable para la vida como el de Purgatorio. Es probable que él haya sido el organizador y patrocinador de la prospección que llevó al descubrimiento de Purgatorio en terrenos de su propiedad, pero la exploración pudo haber sido hecha por otros, probablemente sus propios hijos, que aparecen como herederos de sus propiedades en documentos oficiales posteriores.

Durante su larga vida activa José Rosa Villavicencio fue “el hombre más influyente entre San Ignacio y Loreto”, afirma Harry S. Crosby (op. cit.). Tal vez este juicio deba ser matizado. Por sus propiedades, todas pobres aunque productivas y otras potencialmente ricas como explotaciones mineras, Villavicencio figura en la tabla media de propietarios de predios rurales de la región en los reportes oficiales que conozco. Hubo otros individuos que tuvieron tantas o más propiedades que él, también áridas, o fértiles pero pequeñas, y ocuparon puestos públicos. Uno de ellos, Teodoro Riveroll, de Mulegé, fue el primer gobernador electo por la Diputación Territorial en 1860, más otros personajes que figuran como prefectos o subprefectos de Mulegé, como Pablo Pozo. Todos eran hombres de pro y estaban relacionados o hacían transacciones comerciales con Villavicencio.

Varios de ellos fueron pioneros en los yacimientos del Boleo. Los mineros de Mulegé que compraron o recibieron derechos de explotación de Villavicencio fueron por lo menos Vicente y Cayetano Mejía, Vicente Gorosave y el americano–alemán Guillermo Blumhardt, radicado en Mulegé desde 1854. Junto con ellos llegó Julio Müller, de Mazatlán, atraído probablemente por Blumhardt, su socio en una de las primeras minas del Boleo. Un hermano suyo, Juan Müller, explotaba entonces una mina de plata en El Triunfo. Otro pionero es Manuel Tinoco, que arribó a Mulegé como agrimensor en 1870, adscrito a la agencia local del Ministerio de Fomento. Fue él quien hizo o se apropió del primer trazo del fundo minero de Santa Rosalía, se asoció con los Mejía en la mina de Providencia y se casó en Mulegé. De otro pionero destacado, Eustaquio Valle, sabemos que nació en Puebla y que llegó a Mulegé como joven adulto, donde se casó y tuvo cinco hijos. Pablo Dato era alemán, llegado al parecer de California, se asoció con muleginos y se casó con una mulegina llamada Amelia. De Carlos Gaxiola sabemos casi nada, sólo que permaneció en el Boleo hasta los primeros años de la compañía francesa.5 Los hermanos Carlos y Guillermo Eisenmann, también pioneros, sin datos sobre ellos, salvo que sus nombres figuran como dueños o socios de algunas minas, en contratos de traspaso de derechos a la Compañía del Boleo, y en un litigio que Guillermo Eisenmann e Irineo Paz emprendieron contra esta última por la explotación de la leña de la región, en la década de 1890.

Los hombres de pro nativos o foráneos asentados en Mulegé fueron los primeros en quienes Villavicencio pensó para compartir su descubrimiento mediante contratos específicos, cuya documentación sería interesante conocer. Desde un punto de vista sociológico, destaca la emergencia de una clase económica y social mulegina en torno a la minería, fincada en negocios precedentes y relaciones familiares de larga data.

Villavicencio pudo haber muerto a más tardar en 1886, pues su nombre no aparece en el contrato que la Compañía del Boleo firmó ese año con los “Herederos de José Rosa Villavicencio” para el aprovechamiento y conducción del agua de Santa Águeda a Santa Rosalía. La longevidad que atribuimos a Villavicencio —pudo haber vivido más de noventa años— no era inusual entre los habitantes de aquellas rancherías. Sabemos que en 1860 había en el municipio de Mulegé más de veinte personas con más de noventa y cien años de edad (Lassépas, op. cit.). ®

Notas
1 Rosa es el segundo nombre de pila del personaje.
2 El año 1814 nos da una referencia para estimar la edad de José Rosa Villavicencio. Supongamos que para ser mayordomo de misión tendría unos diecisiete años. Esto significa que en 1868, cuando descubrió (o denunció) el yacimiento de Purgatorio, tendría setenta y uno, lo que pone en duda su participación directa en el hecho del descubrimiento.
3 Sería el primer sitio llamado “Rosarito” registrado en la región y sus alrededores. La bibliografía conocida no lo registra. La dirección y el contexto descritos corresponden a Santa Rosalía.
4 Destacamos “Declinación y crecimiento demográfico en Baja California, siglos XVIII y XIX. Una perspectiva desde los censos y padrones locales”, Demí Trejo Barajas, Historia Mexicana, El Colegio de México, enero–mayo 2005; La formación del mercado en Baja California Sur hasta la Revolución mexicana, Cristina Ortiz Manzo, ISC/AHPLM, La Paz, BCS, 2011; “El triángulo de oro del Golfo de California. Mazatlán, Guaymas y La Paz”, Alfonso Guillén Vicente, Conacyt/UABC, 2002 (internet).
5 Manuel Tinoco (op. cit.) cuenta que Carlos Gaxiola se resistió a vender su mina a la Compañía del Boleo, de la que no salía para evitar que la ocuparan. Al parecer terminaron arreglándose, pues hay por lo menos un documento francés que se refiere a él como invitado a una comida en la colonia francesa en buenos términos en 1887.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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