Los últimos cien años

Quizá junto a mi hija,
aspirando su olor,
va el asesino de su madre.

Niña migrante.

1

Te espero aquí
donde la arena se junta con el cielo
donde las bombas incendiaron el aire
Aquí, donde el azul tornó en naranja.

Mis ojos, que ya no pueden ver
te esperan para ocultarte todo
para esconderte el miedo
para enterrar la sangre, el excremento, el odio.

No sé por qué te esperan
¿Para qué mantenerme en pie
cuando la vida que queda ya no es nada?

Por fortuna mis ojos ya no ven
Se cansaron del horror de miembros esparcidos
Se murieron de golpe aquella noche en que la vi vejada
y me obligaron a presenciar su saña.

Me quedó la piel como un espejo para mirar el mundo
Reseca, sucia, mancillada
Sobrevivió a la guerra
A ésta y a otras tantas.

Sobrevivió sólo para esperarte.

2

En la penumbra adiviné tu rostro
el rostro de la niña que dejé aquel día de octubre
en que la muerte arrancó camino para Salamá.

Mis manos te tocaron
Hicieron en el aire un pañuelo de seda
Te pedí que me hablaras
Tu voz no era tu voz
Tu olor era tan acre que se confundió,
de pronto, con el mío.

¿No quedaste al margen de la guerra?
¿No pudiste escaparte del espanto?
¿Qué pasó, mi niña, con tu vida?

Mis dedos tocaron tus lágrimas
Tu cuerpo se convulsionó en mis brazos
Con un hilo de voz me dijiste despacio
“La guerra se ha acabado”.

3

De pronto la cárcel de mi cuerpo me dejó libre
Sentí como un torrente saliendo por mis pliegues
los harapos volvieron a ser vestidos
las costras de mis pies, las mejores sandalias
Pensé en comer
en beber
en hacer una ronda
y fumar hasta que el calor me devolviera el día
Te tomé de la mano y empezamos a andar sobre la arena húmeda.

Yo quería acordarme de tu cara
Me esforzaba en silencio
Por traer aquellos ojos ávidos,
Tus ojeras, la boca de tu madre
Ya no sabía qué edad podrías tener
12, 15
Demasiados…

4

Ya no morí. ¿Y ahora?
No tengo a dónde ir
No sé cuál es mi pueblo
No sé dónde se acaba la masacre.

Caminamos ¿a dónde?
Sólo sé que otros van de prisa
Me queda su hedor y el breve sonido de sus pasos
Hacia allá, todos van hacia allá
Y nosotros con ellos.

Supongo que, hombro con hombro,
avanzamos amigos y enemigos
unos y otros huimos de lo mismo
los monstruos que nos devoran las entrañas
las mutuas ruindades, venganzas y bajezas
La pulsión de la muerte.

Quizá junto a mi hija,
aspirando su olor,
va el asesino de su madre.

Ella aprieta mi mano,
Por un momento vuelve a tener cinco años
¿Qué pasa?
Voy a parir un hijo… ®

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Publicado en: Poesía

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