Ni princesa ni esclavizadora, simplemente TV

Reflexiones sobre televisión y cambio cultural en México

Los temas que hoy en día vienen al caso para telenovelas didácticas son tan numerosos como importantes: el abuso infantil, la trata de personas, la discriminación, etcétera. Así como no hay temas frívolos, si el tratamiento es serio la telenovela puede ser un recurso didáctico si así se plantea.

I. Educación y telenovelas

Silvia Derbez y Juan Ferrara en Ven conmigo

Alonso Lujambio será recordado por quienes le tienen aversión por ese fragmento de una declaración en que dice que las telenovelas podrían ser un instrumento poderoso contra el analfabetismo y el rezago educativo.

Lujambio —quien no fue el mejor secretario de Educación que haya habido, por mucho, pero sí un tipo inteligente, bien educado y profesor universitario—desde luego que no planteaba que la televisión hiciera el trabajo que le corresponde al ministerio del que era titular. Fue expresada en el contexto del trigésimo aniversario del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, el 17 de marzo de 2011.

Pero la declaración luce particularmente negativa tanto porque había una airada campaña propagandística contra Televisa por parte de un excandidato-precandidato opositor como por los malos contenidos de buena parte de la programación de la empresa, que lejos de contribuir a la educación parecen ser sus adversarios.

Se trató de un buen deseo que no se ve respaldado, no se diga en la realidad, sino en algún proyecto, plan o programa. Y un titular de la administración pública no está para manifestar buenos deseos, sino para demostrarnos lo que está haciendo y explicarnos lo que está por hacerse conforme a sus responsabilidades.

Lujambio tiene razón en lo que dijo. Aunque la finalidad de la televisión comercial no es educativa, eventualmente sí puede constituirse en un buen apoyo a la educación pública, al difundir contenidos informativos y formativos de un modo sencillo y didáctico. Una de las pocas notas que se publicaron en esos días sobre el tema fue ésta: Lágrimas, risas ¿y educación?

No es algo nuevo en México. Ya hay experiencia y con buenos resultados en asuntos del mayor interés público como la alfabetización de adultos y la planificación familiar. Se trató de telenovelas con el explícito objetivo de hacer una pinza con el gobierno en temas particularmente sensibles y prioritarios para éste tratados a modo en una trilogía didáctica producida por Televisa y con Silvia Derbez como protagonista en Ven conmigo, Acompáñame y Vamos juntos, en las que la Secretaría de Educación Pública participó directamente con la productora Irene Sabido.

¿Qué tan buenos fueron los resultados, en qué cantidad o medida? Es difícil calcularlo, un reto investigarlo, pero sí puede afirmarse que hubo un cambio cultural y que algo tuvo que ver el apoyo televisivo a las políticas públicas en la materia.

Ven conmigo (1975) es la historia de una maestra rural, Caridad Escobar, que se dedica a llevar a cabo la campaña de alfabetización del gobierno en comunidades muy pobres y aisladas. El INEA tenía apenas cuatro años en que había sido creado y a esta telenovela se le atribuye haber ayudado en la difusión de su campaña para que millones de adultos se motivaran y se animaran a aprender a leer y escribir. Fue exportada a América Latina y Estados Unidos para el mismo propósito. Con ella se dio difusión también a una campaña de salud en cuanto a vacunación.

La mayoría de los televidentes obtiene lo que quiere la mayor parte del tiempo. La televisión es una fuente inagotable de estímulos placenteros y eso es lo que comúnmente se demanda de ella. Por eso es mucho más que un medio de comunicación y sus contenidos no pueden ser clasificados en una pobre taxonomía de informativos y de entretenimiento.

Acompáñame (1977) fue una telenovela para explicar y dar confianza sobre el uso de anticonceptivos, de las ventajas de poder decidir y planear cuántos hijos y en qué momento tenerlos. Esto resultó de la mayor importancia por lo siguiente: si en los años sesenta la píldora anticonceptiva permitió la revolución sexual, fue en los años setenta cuando la planificación familiar se asumió como una política de Estado en México, prácticamente como un tema de seguridad nacional.

La tendencia en el crecimiento de la expectativa de vida de la población, así como la reducción de mortandad infantil, apuntaba a la ingobernabilidad en un país con un promedio de más de siete hijos por madre. Imposible proveer y asegurar servicios públicos a tanta gente en tan poco tiempo y sin aumentar en la misma proporción los recursos para ello. No se trataba de que en México hubiera una revolución sexual, sino de que no hubiera una revolución social.

Las recomendaciones del Banco Mundial aparejadas a los créditos que otorgaba al gobierno mexicano incluían la de reducir la tasa de natalidad por medio de métodos anticonceptivos provistos por el sistema nacional de salud.

Si consideramos la importante presencia e influencia de la Iglesia católica en esos años, queda claro que tenía una muy fuerte oposición contra el uso de métodos anticonceptivos. Acompáñame fue entonces una telenovela de vanguardia, de oposición y desafío a las presiones del clero.

En Vamos juntos (1979-1980) Derbez interpretó a Lupe Pistolas, una mujer víctima del maltrato que logra superar su condición de pobreza y baja autoestima gracias a que estudia hasta llegar a ser maestra. Un ejemplo de superación y reivindicación de la condición de mujer en un contexto machista y clasista.

El melodrama se presentó como una escuela para padres, a modo de guía sobre cómo educar a los hijos en casa, objetivo que hasta la fecha tiene relativo buen éxito en la televisión pública como Canal Once y en buena parte de la programación radiofónica, en programas de orientación y asistencia psicológica.

Se aprovechó su transmisión para también dar mayor difusión a una campaña para alimentar a los bebés con leche materna, que después sería fuertemente apuntalada por medio de la persona de Verónica Castro.

Los temas que hoy en día vienen al caso para telenovelas didácticas son tan numerosos como importantes: el abuso infantil, la trata de personas, la discriminación, etcétera. Así como no hay temas frívolos, si el tratamiento es serio la telenovela puede ser un recurso didáctico si así se plantea, tanto por sus contenidos como por el tratamiento de ellos. El problema es que Silvia Derbez haya hecho más por la educación del país que algunos secretarios de Educación.

II. Usos privados de la televisión

La mayoría de los televidentes obtiene lo que quiere la mayor parte del tiempo. La televisión es una fuente inagotable de estímulos placenteros y eso es lo que comúnmente se demanda de ella. Por eso es mucho más que un medio de comunicación y sus contenidos no pueden ser clasificados en una pobre taxonomía de informativos y de entretenimiento.

La clasificación de contenidos televisivos en los tipos informativos y de entretenimiento corresponde a un análisis de contenido formal, pero deja fuera las experiencias del receptor. Es el receptor, precisamente, el gran ausente de la generalidad de la investigación en las ciencias de la comunicación, aunque el más atendido por la mercadotecnia.

La televisión sirve al televidente para usos particulares o privados que usualmente no reconocen las teorías de comunicación —de las que el objeto de investigación no identificado es el receptor o consumidor—, pero que son claves para explicar el comportamiento de la audiencia individual y colectiva.

Algunos de estos usos privados son los siguientes:

—Como medio de relajación. Al entrar a casa, la rutina de ponerse cómodo es aflojar la ropa y los zapatos para quedar en facha, lavarse las manos, sentarse o semiacostarse de la manera más fodonga y ver la televisión. Ésta nos separa de la solemnidad o el protocolo de lo público y nos conduce al ámbito de lo privado.

La demanda determina la oferta: es el televidente con su control remoto el que le dice a productores y distribuidores lo que quiere. Por eso el programa de poesía de Canal 22 tuvo durante todas sus transmisiones un raiting de cero, porque no era útil para algún uso privado de los televidentes (ni para conciliar el sueño).

—Como medio de acompañamiento. La televisión es un fiel paliativo a la soledad. Toda esa gente que aparece en ella, con sus voces, sus risas y lo que hace, humaniza vicariamente el silencio y la ausencia. Los contenidos televisivos superan la función que solía cumplir la radio y todavía hace, podemos ver, cara a cara, a nuestros acompañantes, verlos a los ojos es casi como conocernos íntimamente. Es mejor ser acompañado por gente bonita, ni duda cabe, que por nuestra imaginación.

—Como medio de combatir el terror nocturno. Es más efectiva que rezar, no echa humo como las veladoras y es más segura. Garantiza ahuyentar a todo espanto mientras se encuentre encendida y se puede conciliar mejor el sueño que dejando la luz prendida.

—Como fuente inagotable de pornografía para los usos relativos a ella. Ni toda la pornografía que hay a disposición en internet podrá quitarle a la televisión su relación sexoafectiva o sexoservicial con el televidente. No se diga más.

—Como medio de distensión en las relaciones interpersonales. Es un agente intermediario para interrelacionarse indirectamente con el otro en el mismo espacio: no tiene uno que conversar de manera continua, ni siquiera fijar la vista o atención en el otro, sino que hay un tercero con quien se alterna la comunicación verbal y la no verbal. Vincula también a los desconocidos que están forzados a compartir espacio y tiempo: con una televisión se comparte algo, se tiene algo en común. Es mejor que hablar del clima.

—Como medio sometido a la voluntad propia. El control remoto y su uso en zapping nos dota del primer robot de consumo masivo. Habla quedito, habla más alto. ¡Cállate! Cambia de colores, cambia de rostros… Un aparato que nos obedece con el mínimo esfuerzo de nuestra parte.

Reconociendo estos usos privados y varios más, las teorías de alienación pierden sentido, pues es el televidente el que satisface sus deseos como un soberano para el que el tema de la calidad de los contenidos está fuera de sus preocupaciones. La demanda determina la oferta: es el televidente con su control remoto el que le dice a productores y distribuidores lo que quiere. Por eso el programa de poesía de Canal 22 tuvo durante todas sus transmisiones un raiting de cero, porque no era útil para algún uso privado de los televidentes (ni para conciliar el sueño).

La teleaudiencia es una tirana con cada vez más esclavos: cuanta más oferta televisiva obtiene el placer que quiere la mayor parte del tiempo.

Verónica Castro y el Día de las Madres

El derecho de nacer

Cuando en México se estrenó la película El derecho de nacer, en 1952, fue un escándalo. Originalmente fue una radionovela transmitida en Cuba en 1949, escrita por Félix Caignet, luego se adaptó para televisión y se transmitió en la isla poco después que la película.

Se trataba de la historia de una madre soltera, motivo de vergüenza para la familia de ella y escándalo para la sociedad. La Iglesia ordenó a sus devotos ver con mucha discreción esa película o de plano no hacerlo, incitó a prohibir su exhibición a menores e inclusive hablar sobre el tema con ellos.

Los métodos de anticoncepción “no naturales” y el aborto eran los objetivos a combatir de la Iglesia como un tema de moral pública y privada. Para las mujeres no había otra opción que conservar su virginidad hasta el matrimonio. Su condición de madre soltera hacía a la mujer menospreciada o despreciada, candidata a entregar al hijo en adopción y ser enviada a una vida conventual. En México, según la decisión de los padres, podía ser dejada en un hogar de “El Buen Pastor”, en donde purgaban sus culpas hasta que algún hombre les hiciera la caridad de casarse con ellas, como si fuera la adopción de una huérfana.

Fue hasta que El derecho de nacer, en forma de telenovela, protagonizada por Verónica Castro en 1981-1982, cuando se marcó públicamente un cambio cultural: la madre soltera no es una pecadora, sino una víctima del pecado. A partir de entonces el valor de “el derecho a la vida” adquiere primacía sobre el de la virginidad (más vale una madre soltera que un aborto).

La trama es de una joven que resulta embarazada tras una promesa de matrimonio que no fue cumplida. Para evitar la vergüenza su padre la envía a un rancho a que tenga a su hijo sin que nadie se entere y le ordena a un empleado que mate al recién nacido. Éste desobedece y lo adopta secretamente como propio. Ella después conocería a un hombre adinerado a quien le resulta atractiva, pero éste se aleja luego de que le confiesa que tuvo un hijo. No le queda a ella otro camino en la vida que el del convento. Al paso de los años el hijo se convierte en un importante médico que hace el bien y que con su propia sangre logra salvar la vida de su malvado abuelo, descubriéndose su lazo familiar con él y su madre. La moraleja es que dios puede perdonar que se tenga a un hijo fuera del matrimonio, pero no un aborto.

La vida personal de Verónica Castro se empató con la del personaje de la telenovela. Fue la imagen de la campaña gubernamental de promoción de la lactancia materna como medio de prevención de enfermedades y para reducir la mortandad infantil. En un contexto tan puritano, tan mocho, el busto de la actriz y rostro del diario El Heraldo fue mostrado legítimamente desnudo en anuncios espectaculares alimentando al pequeño Christian, tal como se hubiera visto en cualquier rancho o en el camión a cualquier hija de vecina dando el pecho a su cría.

Tan arraigados y extendidos estaban estos valores que, con todo y laicidad del Estado, hasta hace pocos años el registro civil todavía distinguía en las actas de nacimiento entre “hijo legítimo” e “hijo natural”. El punto es: la televisión no es un medio netamente conservador, sino semiconservador. Se apega a valores tradicionales, pero estira un poco los límites de lo convencional y permitido. Eso causa un poco de morbo, controversia… y, en consecuencia, raiting. Si fuese completamente conservador no daría motivo a polémicas y, en cambio, el escándalo es una de sus materias primas.

Un buen productor, en televisión abierta, siempre juega con los límites de la moral, con lo permitido convencionalmente: mostrar desnudos o muy escasa vestimenta, cada vez más lenguaje altisonante, tramas en que se ponen en duda. Éste fue el caso de Muévete, del que comento en el siguiente apartado.

Múevete: el zapping show

Después de una década ininterrumpida sin haber podido derrotar en el raiting del horario sabatino matinal a su competencia en Canal 13 de TV Azteca, fue el productor argentino Roberto Romagnoli quien logró que el Canal 2 de Televisa, el de “las estrellas”, recuperase su primacía gracias al producto más elaborado de toda la televisión en México y tal vez en el mundo: Muévete (2006-2010), una obra maestra de producción y dirección de cámaras que logra suplir el control remoto para imitar el efecto visual y anímico del zapping.

Muévete sintetizó una televisión total: lucha libre, futbol rápido, volibol de playa, tae-bo, noticias de las estrellas, entrevistas con los artistas más exitosos, grupos musicales “en vivo”, concursos de chistes, competencias de conocimientos, certámenes de belleza, modelaje de ropa íntima, todo ello y mucho más con un ambiente de fiesta imperecedera y la omnipresente presencia de conductores y participantes fisicoconstruidos en rigurosas sesiones de gimnasio y, en algunos casos, complementada su performación con la ayuda de la ciencia médica en su aplicación plástica.

Si bien se cuidó la equidad de género en cuanto al atractivo visual, como decía Raúl Astor, con la conducción de Maribel Guardia y Latin Lover, el éxito de cada titánico programa de más de cinco horas de duración no se centraba en las cualidades evidentes de ellos y su reconocimiento social como símbolos sexuales, sino en la veloz dinámica de sucesión de imágenes y cambio de actividades. La toma de cada cámara aparecía en pantalla apenas unos cuantos segundos y frecuentemente con movimientos semioscilatorios o pendulares, mientras que el omnipresente logotipo de Muévete era redundante con su apariencia: algo que nunca está quieto, que con su tipografía y colores producía un efecto como el que una sonaja hace en un bebé.

Tempranito no fue derrotado por su contrario sino por su extremo: las minifaldas fueron vencidas por las tangas, los escotes superados por escotes en bustos de mayores tallas, los bailes coquetos por una multitud de bailarinas en bikini o microshort, los contenidos sosos sobre las celebridades de la farándula por su versión lobotómica, la irreverencia avasallada por el circo, las vaciladas por una feria de comediantes, la informalidad por una lluvia incesante de papeles de colores como en un desfile. En suma una orgía de imágenes en la que el telespectador participaba de la fiesta sin levantarse de su cama.

Se trató de un programa a la medida del telespectador matinal sabatino, en la que no requiere invitación y ni siquiera cumplir con lo que los conductores le solicitan para sentirse bien. El productor sabía que nadie va a hacer jogging en su casa porque Latin Lover exhortara a ello (la televisión no tiene el poder de la aguja hipodérmica), y que el televidente no necesita más información que la que le proporciona la propia televisión para sentir que es más listo que quienes salen a cuadro al responder con presteza a preguntas sobre quién es la ex de fulanito, quién el galán de fulanita o el nombre de algún personaje de la telenovela de moda.

Ésta es la obra maestra de la producción de televisión: todo en uno, la capacidad de síntesis, la intensidad permanente y la sucesión alternada de los mejores, como la Banda del Recodo, K-Paz de la Sierra o los Kumbia All Starz. La televisión nunca volverá a ser la misma: Muévete estableció su nueva era y un paradigma del entretenimiento. ®

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Publicado en: Letras libertinas, Octubre 2012

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  1. Interesante, no conocía esos ejemplos de hacer una televisión más educativa. Saludos.

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