Nuestra peste

Todos somos responsables de todo y por todos

Existe la felicidad que no olvida nada, ni siquiera el asesinato, dice Camus. Lo sabe cualquiera que haya padecido una desgracia. Si no fuera por la felicidad, ¿qué sentido tendría la vida?

Albert Camus, c. 1945, director del diario Combat.

En la red circulan algunos comentarios sobre La peste, de Albert Camus. Se dice, por ejemplo, que el argumento de la novela va de mantener la entereza moral frente a la catástrofe. Esta idea es más o menos acertada, pero hay algo más en juego.

Todos los días mueren personas y hay razones que lo justifican: los sistemas militares y policíacos asesinan cotidianamente con base en algún fundamento escrito en alguna parte; la miseria mata personas, pero no podemos salvarlos a todos.

Lo razonable, piensan algunos, es no angustiarse por lo que está fuera de nuestro alcance. Si hay que asesinar para mantener nuestro estilo de vida, ¡adelante!: hay asesinatos justificables.

Es verdad que tenemos limitaciones. No podemos evitar todo dolor y toda muerte causados por nuestra sociedad. Por este motivo, solamente podemos aspirar a ser imposibles “asesinos inocentes”, porque todos somos asesinos y en algún lugar nuestras acciones han cobrado víctimas, pero tenemos que intentar recobrar la inocencia.

“Todos somos responsables de todo y por todos” es una idea que atraviesa Los hermanos Karamázov, novela de Dostoyevksi con la que conversa La peste. ¿Por qué podemos ser responsables de todo? Porque vivimos en sociedades complejas en las que todo es producto del trabajo o el esfuerzo de alguien y cada acción tiene consecuencias en alguna parte. Siempre estamos expuestos a ser increpados para responder por nuestras acciones y nos vemos obligados a hacernos responsables.

Es verdad que tenemos limitaciones. No podemos evitar todo dolor y toda muerte causados por nuestra sociedad. Por este motivo, solamente podemos aspirar a ser imposibles “asesinos inocentes”, porque todos somos asesinos y en algún lugar nuestras acciones han cobrado víctimas, pero tenemos que intentar recobrar la inocencia.

¿Se puede ser feliz con esta conciencia? Se puede: existe la felicidad que no olvida nada, ni siquiera el asesinato, dice Camus. Lo sabe cualquiera que haya padecido una desgracia. Si no fuera por la felicidad, ¿qué sentido tendría la vida? Y es que la vida se justifica por los sentimientos alegres, no por alguna razón trascendente, como las invocadas por los verdugos —ideas abstractas como la Justicia o el Bien—. La verdadera peste es justificar el asesinato y dar razones que lo sustenten. La peste es el nihilismo.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, declaró: “¿Van a morir algunos? Van a morir, oye, lo siento. Ésta es la vida, ésta es la realidad”, y argumentó: “No podemos detener la fábrica de automóviles porque hay 60 mil muertes por el tráfico al año, ¿verdad?”

Ahí está la racionalidad perversa que justifica el asesinato. El nihilista justifica la muerte con automóviles, no se le ocurre que la proporción de accidentes señalan la urgencia de reducir el uso de éstos.

La posibilidad de volverse un apestado es permanente. Hay que negarse.

Rousseau es una medicina en nuestro tiempo:

Es la razón la que engendra el amor propio; la razón la que hace replegarse al hombre en sí mismo, le aparta de todo lo que le incomoda y aflige. La filosofía lo aísla; por ella, ante un semejante que sufre, dice el hombre para sus adentros: Sucumbe si quieres, yo estoy a salvo. Ya lo único que turba el sueño tranquilo del filósofo y lo arranca de su lecho son los peligros de la sociedad entera. Puede asesinarse impunemente al prójimo bajo su ventana: No tiene más que taparse los oídos con las manos y argumentar un poco para impedir que la naturaleza que se rebela en él lo identifique con la víctima. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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