Personalismo, falla fatal del gobierno

Hybris, el gran mal de la democracia

Los gobiernos personalistas son víctimas de sus propias prácticas, la primera de las cuales es el descontrol de los asuntos. La razón es clara: un solo hombre no puede estar al mando.

¿Quién manda aquí?

Todos los yerros del gobierno de López Obrador derivan de su conducción personalista. El vicio inherente a esta forma de gobierno es la hybris o soberbia. Por su naturaleza, todo gobierno personalista tenderá a concentrar el poder. No es una falla cualquiera, es precisamente el gran mal que la democracia ha pretendido evitar desde sus orígenes en Atenas.

El triunfo electoral de López Obrador y el movimiento Morena en 2018 exhibió una falla de educación política abismal del electorado: creer que la corrección del rumbo del país depende de una sola persona u hombre providencial. El voto masivo a favor de esta opción no podía sino abotagar aún más la soberbia nata del personaje.

Como es obvio, López Obrador no tiene partido, tampoco equipo de gobierno ni consejeros, de los que ni siquiera los monarcas suelen prescindir. Morena no es partido y López Obrador ha amagado con abandonarla en cualquier momento. Sus secretarios no forman equipo, son asistentes designados para cumplir sus encargos u ocurrencias. Como es lógico, viven con el Jesús en la boca. La suerte del país depende de un solo hombre, de sus pálpitos, prejuicios, vicios morales, idiosincrasia, datos personales y raciocinio, cualquiera que éste sea.

El descontrol de los asuntos conduce a la rigidez, a la negación y, llegado el caso, al golpe sobre la mesa, como ha ocurrido en diversos episodios desde el inicio de su gobierno, cuando ufano declaró: “Tengo las riendas del poder”.

Los gobiernos personalistas son víctimas de sus propias prácticas, la primera de las cuales es el descontrol de los asuntos. La razón es clara: un solo hombre no puede estar al mando, ni siquiera al tanto, de todos ellos, pues son muchos, son acumulativos, son dinámicos y se ramifican. Ahí está la desastrosa gestión de la pandemia, para no ir más lejos. La renuencia de López Obrador a usar cubrebocas es sintomática del problema aquí descrito: usarlo mostraría debilidad, algo que la soberbia no puede tolerar.

López Obrador jura y perjura que no es autoritario, pero una cosa es lo que él piense —si es que lo piensa— y otra la lógica de su forma de gobierno. El descontrol de los asuntos conduce a la rigidez, a la negación y, llegado el caso, al golpe sobre la mesa, como ha ocurrido en diversos episodios desde el inicio de su gobierno, cuando ufano declaró: “Tengo las riendas del poder”, con gesto napoleónico, como si llevara las riendas de un caballo.

Dada la imposibilidad material de controlar todos los asuntos, el gobernante personalista tenderá inevitablemente a incurrir en contradicciones, inconsistencias técnicas o al simple olvido. Cuando los yerros son abrumadores y señalados por la opinión pública, como es el caso, el gobernante personalista tenderá a adoptar posturas cínicas, a hacerse el desentendido o a improvisar; en suma, tenderá a la descomposición, pero nunca aceptará un error ni corregirá, pues hacerlo derrumbaría su edificio.

Por estas y otras razones los gobiernos personalistas suelen terminar de manera trágica en medio de la desolación y la ruina de los países que pretendieron gobernar. ®

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Publicado en: Política y sociedad

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