Poética de la errancia

Don Quijote de paseo

El paseo ha sido vinculado a la escritura literaria, sobre todo en autores como W. G. Sebald, Laurence Sterne, Robert Walser e incluso Montaigne a través de sus caminatas circulares. Ellos pertenecen a la estirpe de la ligereza errabunda y reflexiva del ensayo. Si, en todo caso, escriben como pasean, pasean como leen es cuestión de un paso.

W. G. Sebald. 1995 © The W. G. Sebald Estate.

En “El mundo por delante” (2018), el prólogo de Juan Marqués a la compilación que hace Nórdica Libros de los ensayos “De las excursiones a pie” y “Caminatas” —textos de William Hazlitt y Robert Louis Stevenson respectivamente—, se anota que las actividades leer y caminar, al menos en Hazlitt, están influenciadas por cierta presencia quijotesca. Sin profundizar al respecto, Marqués señala dos alusiones a la obra de Cervantes: la primera en torno a la gula de Sancho Panza (sin mencionar el lugar de esa alusión), y la segunda sobre el encuentro que don Quijote tuvo con Maese Pedro, ya en la segunda parte, en donde se signa aquello de que “el que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho”. La mención de Marqués vale para apuntar lo que él mismo ha visto con bastante tino: que don Quijote, “el ‘andante’ por antonomasia”, supo que leer y caminar eran, en efecto, “vehículos inmejorables para la obtención de la experiencia y sabiduría” (pp. 21–22).

El supuesto de Marqués no carece de fondo. Ya en 1960 W. U. McDonald, Jr. publicaba un artículo en el que sostenía que en la obra de Hazlitt se observan alrededor de cincuenta alusiones al Quijote. McDonald afirmaba que esas alusiones, directas o indirectas, servían a Hazlitt como ejemplos figurativos, metafóricos o ilustrativos, ocasionando de vez en vez que entre Cervantes y el inglés compartieran cierta complicidad socarrona en estilo y prosa. En este sentido, teniendo como antecedente, en principio, la caminata como actividad en Hazlitt y en Stevenson, y después a don Quijote como paradigma del andante, no es imposible pensar que la lectura que los ingleses —voy incluyendo de una vez también al suizo Robert Walser— dieron a la obra de Cervantes haya condicionado su propia manera de caminar.

Por lo general, la consabida levedad del paseo ha sido vinculada a la escritura literaria, sobre todo en autores como W. G. Sebald, Laurence Sterne e incluso Montaigne a través de sus caminatas circulares. Haciendo gala de lo que Hazlitt daba por llamar la preminencia de una metodología sintética sobre una analítica —“acumular toda una serie de ideas para examinarlas y diseccionarlas con posteridad”—, todos ellos pertenecen a la estirpe de la ligereza errabunda y reflexiva del ensayo. Si, en todo caso, escriben como pasean, agregar que pasean como leen es cuestión de un paso. Es difícil no imaginarse las caminatas de Walser, Hazlitt y Stevenson sin tener en cuenta el notorio precedente de las salidas de don Quijote.

Debe tenerse presente, por principio de cuenta, que salvo el caso de Hazlitt, no hay (o no se han encontrado para este trabajo) aquellos comentarios directos mencionados líneas arriba ni en Stevenson ni en Walser. Lo que sí hay, y que es, a fin de cuentas, lo que acaso pudiera sustentar esta conjetura, son incidencias textuales que sirven cuando menos levantar una que otra sospecha. Por presumible que sea sentenciar que los tres fueron grandes lectores de Cervantes —asunto que no podría demostrar, salvo, como dijimos, para el caso de Hazlitt—, cabe preguntarse, pues, si en ese júbilo podemos hallar una clave de lectura, no ya del Quijote, sino del modo en que estos autores comprendieron lo que don Quijote estaba haciendo las veces que salió, a saber: pasear.

Estar siempre en el camino

Parece un hecho incontrovertido entender el Quijote bajo el tópico literario del homo viator, es decir, como aquel que emprende una búsqueda (casi siempre a través de un viaje) que afiance, reafirme o reformule su existencia. Esta premisa es, desde luego, si así se quiere, muy atinada, y uno no tendría nada que añadir al respecto, salvo un asunto: pese a que el repertorio de figuras del homo viator se ha ido extendiendo a través de los siglos —los reyes, los peregrinos, los predicadores y reformadores, los mensajeros, el migrante, el exiliado…—, sus condiciones de cumplimiento han variado en menor medida: 1) el desplazamiento como búsqueda o indagación apremiante, 2) el aprendizaje de una verdad máxima adquirida, y 3) el regreso o transformación del viajero. De las anteriores, ninguna aplicable completamente al Quijote.

Veamos: antes que otra cosa, recordemos que don Quijote sale tres veces: la primera es narrada en los seis primeros capítulos de la primera parte (1605); la segunda en los capítulos ocho al cincuenta y dos, en donde a partir del cuarenta y siete se emprende el regreso; la tercera es ya en segunda parte, publicada en 1615, en donde se narran principalmente la estancia en el castillo de los duques y del 66 al 74 corresponde nuevamente el regreso y al fin de la historia. De este modo, sobre el primer punto —el desplazamiento como búsqueda o indagación apremiante— podríamos sostener la pregunta: ¿Y qué busca o qué indaga, pues, don Quijote? La respuesta no puede ser más que ambigua: ¿Busca la aventura? ¿Busca servir al rey? ¿Busca constatar el mundo con sus lecturas? ¿Ser caballero? Harold Bloom (2003) ha dicho que es una pregunta imposible de responder, del mismo modo en que no podemos responder acertadamente a los motivos de Hamlet. Segundo: sobre el aprendizaje o transmisión de una verdad máxima puede haber diferencias; ¿cuál sería, pues, esa verdad? ¿La de que todo tiempo pasado fue mejor? ¿La de él como caballero? ¿La de la justicia? ¿El amor? Al igual que con el primer punto, es igual de probable que todas y ninguna. Tercero y último: sobre el regreso o transformación del viajero no parece quedar del todo claro si cuando don Quijote, en su lecho de muerte, se desdice y vuelve a ser Alonso Quijano el bueno, lo haga por obra de una gran lección o aprendizaje. No lo leo así: don Quijote rara vez escarmienta, pero sobre todo, aun habiendo ido de un punto A a un punto B y de vuelta, el viaje no ha servido para aumentar ninguna de sus capacidades. Es más: parece que el viaje no ha servido en lo más minino, salvo por el mero placer de haberlo hecho.

Con lo anterior no quiere decirse que tales condiciones no le pertenezcan al Quijote, sino subrayar que a veces sí y a veces no, laguna por la cual es permisible sugerir una lectura alternativa: dada la intermitencia para cumplir a cabalidad con las tres máximas establecidas por el tópico, es justo especular que don Quijote, más que hombre de viajes —modelo del homo viator secundado en el prólogo de Marqués— fue un hombre de paseos, de paseos errabundos por las puras ganas de andar. Walser, Hazlitt y Stevenson, decíamos, tenían en común que su actividad predilecta era pasear, y que “de pocas cosas se jactaban más que de sus hazañas ambulatorias” (Amara, 2006). Pequeña pero significativa, esta hipótesis apunta a que es al menos plausible que Walser, Hazlitt y Stevenson percibieran las andanzas de don Quijote bajo este marco de comprensión, y que configuraran su propia poética del paseo a partir de esa asimilación: Walser en cuanto a la errancia (error, locura, extravagancia), Hazlitt y Stevenson en cuanto a decidir si se pasea sólo en compañía.

Una poética de la errancia

Llegados a este punto, si ha de aceptarse lo anterior, es preciso hacer mención de las incidencias textuales que justificarían tal comparación. Por ejemplo, en “El Paseo”, ensayo de 1917 de Robert Walser, se observan cuatro: hacia las primeras páginas, mientras Walser introduce los beneficios y bondades de pasear, se lee lo siguiente:

Tierra y cielo fluyen y se precipitan de golpe en una niebla relampagueante, brillante, apelotonada, imprecisa; el caos empieza y los órdenes desparecen. Trabajosamente, el conmocionado intenta mantener su sano conocimiento; lo consigue, y sigue paseando confiado. ¿Considera usted del todo imposible que en un suave paciente paseo encuentre gigantes…? (p. 44).

Posteriormente seguimos leyendo:

Pero no era media noche, y hasta donde alcanzaba la vista no era ni el caballeresco medievo ni el año mil quinientos o mil setecientos, sino claro día laborable, y un tropel de gente, junto a uno de los más descorteses y anticaballerescos, desabridos e impertinentes automóviles… (p. 54).

Líneas más adelante, apunta esto:

Daría mucho, daría el brazo izquierdo, o la pierna izquierda, si con semejante sacrificio pudiera devolver al país y a sus gentes el viejo y buen sentido de la integridad, de la antigua sobriedad, aquella rectitud y modestia que sin duda se han perdido de muchas maneras y para desgracia de todos los hombres honrados… (p. 12).

Y, finalmente, esto también:

Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada […] Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios. […] Encerrado en casa, me arruinaría y secaría miserablemente. Para mi pasear no sólo es sano y bello, sino conveniente y útil (p. 42).

Cuatro incidencias: 1) pasear y encontrarse a “gigantes” —aludiendo, desde luego, a los molinos quijotescos—, 2) la referencia aproximada a los siglos de la obra (siglo XV y siglo XVII), 3) el guiño hacia el brazo inutilizable de Cervantes tras la batalla de Lepanto en 1571 y, por último, 4) donde cabe suponer alguna armonía con Ginés de Pasamonte convertido en el titiritero Maese Pedro y el afamado aforismo “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho” (II, 25) citado en el prólogo de Marqués.

La profesora Christine Orobitg (2015) ha propuesto leer el Quijote como una escritura de la errancia, es decir, “como una poética del errar tomada en toda su polisemia (recorrido espacial, error, locura, y también escritura “caprichosa” e inventiva que se sale de los caminos y moldes tradicionales…” (p. 88). Como prueba, Orobitg señala que los términos “errante” y “andante” tienen tanto peso como la palabra caballero. El término “andante”, menciona la profesora, aparece trescientos cincuenta y siete veces. De acuerdo con el diccionario de autoridades —continúa— andante es aquel que “anda y vaga inútilmente”, y que desde el latín se comprende bajo el término errabundos, o sea, como un “itinerario sin objetivo preciso, un trayecto improductivo (por lo menos a primera vista), “realizado por la propia voluntad o incluso por capricho…) (p. 88). Robert Walser, lector propenso al vagabundeo y al derecho de tiempo, tenía por ideal “salir de su habitación en busca de los acontecimientos que la calle o el camino rural le prometían” (Amara, párr. 9).

Fotografía del hallazgo de Robert Walser muerto en uno se sus incontables paseos, el día de Navidad de 1956.

Tomando camino por corazonadas, don Quijote y Walser sabían que frente a las ganas de andar no había negativa que le hiciera frente. No está de sobra traer a cuento las palabras con las que Walser abre su ensayo, lo cual parece confirmar un eco con la iniciativa de don Quijote:

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle… (p. 3).

Después continúa: “Toda la tristeza, todo el dolor y todos los graves pensamientos se habían esfumado […] y esperaba con alegre emoción todo lo que pudiera encontrarme o salirme al paso durante el paseo” (p. 3). Cabe añadir que el talante errabundo con el que Walser se condujo toda la vida, y con el cual dota a sus personajes —recordemos, por ejemplo, el peregrinaje de los hermanos Tanner, sin oficio, sin casa, ideal o meta específica— es el de don Quijote, quizás, como suele decirse a menudo, más cercano al flâneur de Baudelaire (Palacios, 2006) que a las hazañas de Ulises (ejemplo por excelencia del homo viator).

Esta actitud como de quien siempre está de paso, a la vez maravillado y suspicaz, les costó ser tomado por chiflados. Sus paseos fueron percibidos como excentricidades fuera de la norma: mientras que don Quijote recibió toda clase de burlas, Robert Walser pasó, voluntariamente, los últimos veinticinco años de su vida en un sanatorio mental.

He aquí, en el “alejamiento de la línea recta y de sus significaciones metafóricas (razón, molde, camino predeterminado, obediencia a los modelos y a los maestros)” (Orobitg, p. 89), en el “recorrido que no corresponde a una trayectoria rectilínea, predeterminada o trazada de antemano” (p. 89), en donde las andanzas de uno resuenan en el otro. Walser, decíamos, seguía el camino que fuera antojándosele. Enemigo de toda prisa y atosigamiento, se permitía uno que otro disparate también: mientras pasea, Walser acostumbraba visitar dependencias gubernamentales para requerirles enérgicamente que se le otorgara la tarifa más baja en todos y cada uno de sus gastos, pues es un escritor y un escritor necesita pasear. Incluso, a la usanza de don Quijote y Sancho de imaginar que sus aventuras serían registradas posteriormente, Walser, mientras paseaba, fantaseaba también que todo se escribirá en un libro de nombre El paseo.

Esta actitud como de quien siempre está de paso, a la vez maravillado y suspicaz, les costó ser tomado por chiflados. Sus paseos fueron percibidos como excentricidades fuera de la norma: mientras que don Quijote recibió toda clase de burlas, Robert Walser pasó, voluntariamente, los últimos veinticinco años de su vida en un sanatorio mental. Lo anterior no se dice, desde luego, como consecuencia de los paseos, sino para señalar el paralelismo —como dice Luigi Amara— “entre la literatura, entendida como paseo, y el paseo como única forma de vida” (párr. 15).

¿Hay que pasear solo o en compañía?

Para el inglés William Hazlitt (2015) “una de las experiencias más placenteras de la vida es una excursión a pie” (p. 25) en donde la naturaleza es compañía suficiente: “El alma de una excursión es la libertad, la completa libertad para pensar, sentir y hacer exactamente lo que uno desee”, dice el inglés, para inmediatamente después afirmar que “eso sí, yo prefiero hacerlo a solas” (p. 25). En su ensayo “De las excursiones a pie” cita aquella famosa frase de Laurence Sterne —“Déjenme tener un compañero de viaje aunque sólo sea para observar cómo se alargan las sombras y declina el sol”—, la que señala como encantadoramente bella, pero falsa y desatinada, pues nada altera más la impresión voluntaria de las cosas que viajar acompañado. “No puedo ver el encanto de pasear y charlar al mismo tiempo”, dice Hazlitt, del mismo modo que aborrece “intercambiar buenas palabras y regresar a los mismos tópicos manidos una y otra vez”. Robert Louis Stevenson, que lo leyó y, de una u otra forma, contestó a su ensayo, compartía la misma animadversión. En “Caminatas” apunta que

…una excursión a pie debe realizarse en solitario. […] Ha de realizarse a solas porque la libertad forma parte de su esencia, porque uno ha de ser capaz de detenerse y seguir, continuar por una senda o por otra, según lo dirija la voluntad, y también porque uno tiene que marcar su propio ritmo y no trotar junto a un caminante de campeonato ni dar pasos remilgados al compás de una muchacha (p. 66).

Tanto en “De las excusiones a pie” como en “Caminatas” hayamos dos enunciados que nos sugieren indirectamente la presencia del Quijote. Hazlitt afirma que “No es posible leer el libro de la naturaleza con la continua molestia de traducirlo para beneficio de otros” (p. 32). Robert Louis Stevenson, por su parte, afirma que “[El paseo] Si se hace en compañía, incluso en pareja, deja de ser una caminata en todo menos en el nombre; es otra cosa, más cercana a la naturaleza de una merienda campestre (p. 66) Y remata: “¿Acaso no es hermosa la rosa silvestre sin un comentario?” (p. 29). No descarto la posibilidad de que, frente al rechazo enérgico a la presencia de un agregado, ambos autores tuvieran en mente, en efecto, a Sancho Panza.

Es así como Hazlitt y Stevenson —Walser no lo dijo tal cual, pero no se tiene registro de que caminara a menudo en pareja— el asombro por la naturaleza podía ser la única compañía conveniente. Don Quijote, por su parte, viaja acompañado siempre, explicándole a Sancho las circunstancias, traduciéndole el camino y soportándole —tal como dice Hazlitt que hay que hacerlo con los acompañantes— retruécanos, aliteraciones, antítesis y contraargumentaciones (p. 29). Aunque al final de su ensayo confiese que no tiene objeción alguna en “discutir una cuestión con cualquiera que a lo largo de treinta kilómetros de acompasado camino” (p. 32), no será por placer.

¿Hay, pues, que pasear solo o en compañía? Me parece un cuestionamiento oportuno para el entrecruzamiento de estos autores. Tanto Hazlitt como Stevenson preferían entregarse a sus impresiones antes que someterlas a discusión, declaraciones de este calibre lo prueban: “Nunca me hallo en esos momentos menos solo que cuando me encuentro a solas” (p. 26) o

¿No estoy de humor para criticar los setos ni los lomos negros del ganado. Salgo de la ciudad con el objetivo de olvidarla, así como todo cuanto esta contiene […] Me gusta la soledad, cuando me entro a ella, por sí misma, no requiero un amigo en mi retiro a quien pueda susurrar: la soledad es dulce” (Hazlitt, p. 26).

Es probable que el español Enrique Vila–Matas, otro autor proclive a la meditación en primera persona y a la novela en movimiento, haya dado en el clavo: “El que viaja en compañía tiende a comentar con los otros todo lo que ve y a encontrarlo todo muy extraño. Y no percibe —sólo si viaja solo se da cuenta de ello— que en realidad el extraño siempre es él” (2005, s/n). Una buena síntesis del Quijote, quien, hasta que sale de paseo, descubre, boquiabierto, el mundo por primera vez. ®

Referencias

Amara, Luigi (2006). “Robert Walser o la escritura como paseo”, en Letras Libres.

Bloom, Harold (2003). “¿Qué busca don Quijote?”, en El País.

Fadanelli, Guillermo (2005). “Destierro voluntario (paseo por las novelas de Robert Walser”, Los mejores ensayos mexicanos. Edición 2005. Selección e introducción de Antonio Saborit, México: Joaquín Mortiz.

Hazlitt, William; Louis Stevenson, Robert (2015). Caminar. Traducción de Enrique Maldonado Roldán. Madrid: Nórdica.

McDonald, W. U. (1960). “Hazlitt’s use of “Don Quixote” allusions”, Romance Notes, vol. 2, no. 1, pp. 22–30.

Miranda, Marcelo; Bustamante; Leonor, Pérez, Carolina (2010). “Robert Walser: el más solitario de los escritores. La influencia de su enfermedad en su creación literaria”, Revista Médica Chile, 138, pp. 373–378.

Orobitg, Christine (2015). “La poética de la errancia en el Don Quijote”, Criticón, 124, pp. 87–100.

Palacios Cruz, Víctor H. (2006). “Caminando con Robert Walser hacia el no–lugar de su literatura”, Revista Humanidades, VI, no. 1, pp. 147–172.

Vila–Matas, Enrique (2005). “Pasear y pensar”, Letras Libres.

Walser, Robert (1996). El paseo. Traducción de Carlos Fortea. Madrid: Siruela.

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Publicado en: Ensayo

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