Proyectos para después de la peste

Volver a la ciudad de mañana

Volvamos a la vida simple, frugal, que nuestra pobreza nos demanda. Erijamos nuevas ciudades, nuevas arquitecturas que sepan ser limpias, modestas y livianas. Busquemos la lógica, la simplicidad, la belleza.

Lacaton & Vassal: Cité du Grand Parc © Philippe Ruault.

Todas las naciones sobre la emergencia. El planeta se convulsiona, mientras todas las aparentes certezas se desvanecen en el aire. Es claro: es imperativo atender primero, y con todos los recursos disponibles, la amenaza mortal. Pero puede también ser el tiempo para, tras la demolición de las certezas, proponer un mejor, más justo y sustentable futuro.

¿Cuál debiera ser el futuro de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, de nuestros territorios?

Ciertamente no el que la inercia destructiva fue perfilando a lo largo de las décadas. A guisa de reflexión, es posible decir que el coronavirus nació de una ciudad y una civilización descompuestas.

Y nosotros, desde Guadalajara, Tepatitlán o Puerto Vallarta, corríamos sobre esa ola de putrefacción e inequidad, de nula sustentabilidad, de tristeza, contaminación y fealdad.

Aprendamos del desastre, acompañemos a enfermos y moribundos, acatemos todas las precauciones. Pero pensemos qué hacer para no seguirnos despeñando en el desastre, cuya actual muestra es un virus que quiere comerse al mundo y que es una clarísima señal de la descomposición planetaria.

Aprendamos del desastre, acompañemos a enfermos y moribundos, acatemos todas las precauciones. Pero pensemos qué hacer para no seguirnos despeñando en el desastre, cuya actual muestra es un virus que quiere comerse al mundo y que es una clarísima señal de la descomposición planetaria.

Volvamos a la vida simple, frugal, que nuestra pobreza nos demanda. Erijamos nuevas ciudades, nuevas arquitecturas que sepan ser limpias, modestas y livianas. Busquemos la lógica, la simplicidad, la belleza. Todo esto es muy ajeno al actual sistema que se tambalea. El consumismo voraz, la corrupción política, la sumisión de la ciudadanía —por no decir su complicidad— la insolidaridad, muestran ahora y con claridad los esquemas erróneos y criminales que desembocaron en un estatus quo ahora en irreversible quiebra.

Afrontemos el futuro, asumamos culpas y errores, construyamos juntos, sobre estas ruinas, la ciudad venidera. Se sabe, es un asunto demasiado importante para ser dejado en las manos de los políticos. Tendrá que venir quizá una ordenada e incruenta insurrección civil. La agenda es vasta, los retos inmensos. No le hace. Como dijo Dylan, “we shall overcome”. Podremos librarla.

Pensemos, imaginemos, proyectemos. Es la hora de la esperanza y el coraje.

* * *

La catástrofe está aquí. Esto es un modesto llamado a la insurrección. A no ser víctimas cobardes o ignorantes de un flagelo planetario, de la misma peste de que hablaba Albert Camus. A no dejar de pensar en un futuro mejor para todos. Estas reflexiones parten de que habrá un mañana. Un mañana peor si todos nos dejamos. Y un mañana que puede, no sin sacrificios, ser al final del día dolorosamente, gozosamente mejor, más justo, más solidario.

Ojalá, bien se sabe, es una expresión de origen árabe que quiere decir Quiera Dios. Es frecuentemente usada por todos. Sirva aquí para enderezar una serie de planteamientos arquitectónicos y urbanos, incluso cívicos, que pueden encontrar en esta trágica coyuntura una inédita oportunidad. Nada será mañana lo mismo que conocimos. La pregunta es si para peor o para mejor. Va esta apuesta, en colaboración con algunos colegas, de que nos espera un mejor futuro.

1. Contaminación atmosférica. Es factible medir ahora la sensible reducción de partículas suspendidas, de emisiones al aire, de descargas contaminantes en cauces y cuerpos de agua. Etcétera. Con esos datos, contrastados con los “usuales”. Se pueden focalizar los medios concretos e inmediatos con los que podamos mantener, ya, esos índices ahora corregidos. Ojalá.

Se reinaugura el silencio, la calma, la humanización de las calles, de los parques. La fauna tan perseguida regresa. Es perfectamente factible ahora reglamentar sumariamente el uso de esos vehículos, con todas las excepciones que vengan al caso.

2. Movilidad. Un porcentaje sensible de los vehículos de combustión está ahora parado. Y todo lo indispensable está ocurriendo. La contaminación del aire según algunos medios ha bajado a la mitad en las zonas metropolitanas. Se reinaugura el silencio, la calma, la humanización de las calles, de los parques. La fauna tan perseguida regresa. Es perfectamente factible ahora reglamentar sumariamente el uso de esos vehículos, con todas las excepciones que vengan al caso. Y migrar masivamente a los vehículos eléctricos que sean estrictamente necesarios. Por lo pronto, las casas que tienen dos autos o más deberán de inmovilizar permanentemente los autos sobrantes. Preservar la situación actual, en cuanto a la movilidad, es un gran reto: y más grandes serán los beneficios. Ojalá.

3. Desarrollo urbano. Es el momento de poner un enérgico freno a la manera como hasta hoy se ha venido “haciendo” las ciudades. Ese sistema está en bancarrota, podrido por la usura y la codicia, por la ineptitud y la corrupción, tanto de autoridades como de ciertos promotores. Es el momento de que los arquitectos y urbanistas (que deben ser lo mismo), geógrafos, ingenieros, historiadores, sociólogos y demás gente de buena voluntad que venga al caso, aprovechen la inacción y el ocio para generar, a partir del desastre, los modelos urbano–arquitectónicos a comenzar a aplicarse ya. Ojalá.

4. Y la lista sigue. Qué triste que sea hasta que nos llegue este coronavirus, este horrendo producto de la rapacidad capitalista y del consumismo cada vez más feroz, nos pongamos a meditar con hondura y humildad, con lucidez y audacia, lo que debe llegar. Antes de. Ojalá.

Ojalá —quiera Dios— que aprendamos, en el tiempo de la peste, y después de todos sus quebrantos, a hacer casas, vivienda razonable. Es ampliamente factible. Veamos primero por qué ahora no lo es. Entre otras cosas por la inepcia, la codicia y la miopía de muchos “desarrolladores” y de muchas autoridades. Ha existido hasta ahora un clima mental en estas instancias —con sus honrosas excepciones— que impide drásticamente hacer sesenta metros cuadrados de manera eficaz e imaginativa.

Hasta ahora la ciudad existente no ha sido más que la herramienta para hacer cuantiosas fortunas a costa de los más pobres, a costa de la ciudadanía en general. Ha sido un asunto de buitres, o de hienas.

Además, existe hasta ahora una ausencia radical en las instancias mencionadas de una idea lúcida y generosa de lo que es, lo que debe ser, una ciudad. Hasta ahora la ciudad existente no ha sido más que la herramienta para hacer cuantiosas fortunas a costa de los más pobres, a costa de la ciudadanía en general. Ha sido un asunto de buitres, o de hienas. Un asunto de prostitución y ataque a la dignidad humana. Ante este panorama: ¿Qué podría ser la ciudad?

Puede haber 60 m2 de 2.4 metros de altura, lo que da 144 m3. O puede haber —haciendo lo necesario en cuanto a reglamentaciones— 60 m2 de 4.8 metros de altura, lo que da 288m3 de espacio, no de planta construida. ¿Qué quiere decir esto? Que es factible utilizar un entrepiso ligero —madera, de preferencia— en ciertas áreas para contar con más espacios habitables y mayor amplitud. Está fácil.

Otra medida deseable es las adiciones a viviendas insuficientes y con diversos problemas de habitabilidad como fealdad o precariedad. Por ejemplo, las decenas de miles de “viviendas” unifamiliares construidas en Tlajomulco y otros municipios durante los últimos trienios. ¿Qué se puede hacer? Prescindir del coche que ocupa un ridículo porcentaje de la propiedad, edificar allí, de manera liviana y amigable un espacio extra que contará con una muy funcional escalera de caracol. De este modo se podrá aprovechar la azotea como recámara principal, estudio y cuarto extra, etcétera. Lo mismo se puede hacer en edificios completos. Para mejor ilustración de este método valdría la pena ver en internet lo que han hecho en Francia los arquitectos Lacaton y Vassal.

El sexenio pasado tuvo en el Infonavit a un funcionario de excepción: el arquitecto Carlos Zedillo Velasco, quien inventó y condujo el Centro de Investigación para el Desarrollo Sostenible en el seno de esa institución. Convocó a un amplio grupo de arquitectos de diversas regiones de México con el objetivo de realizar una profunda reflexión, mediante proyectos destinados a la realidad, de la esencia de una vivienda apropiada para cada contexto. El resultado fue espectacularmente exitoso y algunos prototipos fueron ya edificados. Se pueden consultar en internet.

Es más que hora de que la arquitectura recupere su dignísimo papel como transformador, para bien, de la realidad vital de todos los mexicanos. Ojalá haya quien recoja esta botella al mar, este reto, este saludo respetuoso. ®

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Publicado en: Arquitectura y diseño

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