¿Quiénes son las verdaderas víctimas?

Nuestros enemigos, nuestros adversarios, los fifís…

El obradorismo ha construido durante años un relato en la que ellos son los buenos, los puros, los honestos y sus oponentes —tanto en lo electoral como en lo social— son los malos, los corruptos, los violentos.

Pío y su hermano Andrés Manuel.

Este discurso del presidente lo podemos ver cuando se refiere a sí mismo como una víctima, todo el tiempo; algo que si bien llegaron a hacer otros presidentes contemporáneos (Fox sobre el caso de Martha Sahagún y la familia Bribiesca, y Calderón con el caso de su supuesto alcoholismo) no llega al tamaño de doctrina del “complot” que han cimentado el macuspano y sus seguidores.
Basta con ver que cuando se cayó la Línea 12 del Metro se declararon víctimas después de la debacle electoral que los llevó a perder la mitad de las alcaldías de la Ciudad de México, y el presidente desdeñó la inteligencia de la gente “humilde” que “entiende que estas cosas pasan”.

¿Que se publican videos del hermano del presidente recibiendo dinero en sobres por parte de un exfuncionario del gobierno de Chiapas de Manuel Velasco? La víctima es el presidente por parte de una campaña de desprestigio de la derecha del “periódico Reforma” y de “Claudio X. González”.

También como personajes afines al obradorismo ofrecieron dinero para descalificar a la periodista que publicó unas fotos de Emilio Lozoya, criminal confeso que recibió sobornos de la empresa Odebrecht, cuando cenaba en un restaurante de lujo; así para todos los conflictos: la única víctima perpetua es el presidente y su círculo.

¿Que se publican videos del hermano del presidente recibiendo dinero en sobres por parte de un exfuncionario del gobierno de Chiapas de Manuel Velasco? La víctima es el presidente por parte de una campaña de desprestigio de la derecha del “periódico Reforma” y de “Claudio X. González”. ¿Que se publica la riqueza nauseabunda e irregular de Manuel Barltett, Irma Eréndira Sandoval y John Ackerman? De nuevo estos tres impresentables señalan que es un montaje de Carlos Loret de Mola y Latinus.

El presidente siempre arguye: “Yo fui víctima”; juega siempre al desprotegido cuando es el hombre más poderoso de México desde el salinismo. Tiene control casi total en ambas cámaras; aprobó una ley de seguridad que nos dio la Guardia Nacional y una política que ha militarizado la seguridad pública mucho más que Calderón y Peña Nieto. Su fiscal Gertz Manero ha integrado unos lamentables expedientes para mantener presa a Rosario Robles, no por la estafa maestra, sino por una credencial apócrifa que ellos mismos le fabricaron y por un “alto riesgo de fuga”; ha perseguido a Ricardo Anaya por una declaración que ha sido alterada a conveniencia en varias ocasiones por un criminal confeso como Emilio Lozoya.

Pero quí lo importante es salirnos de la narrativa, las víctimas no son los poderosos, que se persiguen de forma facciosa; la víctima no es AMLO ni Claudia Sheinbaum ni Ricardo Anaya, Felipe Calderón o Peña Nieto.

Las verdaderas víctimas

En los primeros tres años de este gobierno ha habido más de 53 mil víctimas de homicidios dolosos en el país, y casi 7 mil feminicidios, de acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad pública. Esto es 16% más que en los últimos 36 meses del gobierno de Peña Nieto, y tristemente es mucho más que los seis años de Calderón, cuando se reconocieron 64 mil muertes, mientras conteos periodísticos contaban 83 mil.

Todos estos asesinatos, ocurridos en el contexto de la violencia por el narcotráfico y otras actividades criminales en México, han dejado un país mutilado y ensangrentado; es raro quien no conoce por lo menos a alguna persona afectada por la desbordada violencia, que también suma más de 90 mil desaparecidos.

estamos hablando de cientos de miles de personas que murieron en un contexto trágico de una guerra para poder traficar, vender y distribuir drogas y otras actividades ilegales.

Uno de los chicos que creció conmigo, Rigoberto Ávila Montoya, amaneció encobijado en el municipio de El Salto, Jalisco, en el año 2013. He ahí el problema, que no son sólo estadísticas: estamos hablando de cientos de miles de personas que murieron en un contexto trágico de una guerra para poder traficar, vender y distribuir drogas y otras actividades ilegales, como lavado de dinero.

Pasa igual que como las víctimas de las guerrillas desaparecidas en los años setenta por el Estado mexicano; nadie está diciendo que los muertos y desaparecidos eran todos blancas palomas o nobles almas caritativas, pero de ninguna manera merecían morir en las condiciones en que murieron, muchos en casos de torturas y desapariciones forzadas. Miles de familias lloran el dolor de perder así a seres queridos, o peor aún, no saben ni siquiera dónde están sus restos. En todo caso, si cometieron algún crimen o ilegalidad tendrían que haber sido sometidos a un proceso justo y condenados de acuerdo con el código penal.

Éste es el gran dolor de México, el gran mal. La gran herida que ha causado más muertes que la Revolución mexicana y que, tristemente, el popular gobierno actual que prometió la paz con abrazos y balazos no ha cerrado: sigue abriéndose. Pero el presidente sigue insistiendo en que las víctimas son ellos. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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