Roger Bartra, de melancólicos y salvajes

Sobre La jaula de la melancolía e Historias de salvajes

La autora expresa sus reflexiones y consideraciones en torno a la lectura de dos obras ya clásicas del gran pensador mexicano Roger Bartra.

La jaula de la melancolía

La primera vez que leí La jaula de la melancolía (1987) cursaba la licenciatura, allá por el 2006. Si bien ya estaba fascinada con El laberinto de la soledad (1950), de Octavio Paz, leer a Roger Bartra, quien es mucho más actual, me ayudó a abrir los ojos y ver desde lo profundo al mexicano y mi mexicanidad.

Es indudable que El laberinto de la soledad es un ensayo exquisito que, considero, debería ser una lectura obligada para todos los mexicanos, pero, por otro lado, La jaula de la melancolía posee una explicación taciturna de lo que somos colectiva e individualmente: seres melancólicos, criaturas que corren lento, con una dulzura amarga que nos hace decir “sí” a todo porque el “no” es una palabra finita que nos hiere. Vivimos —pese a las fiestas y su ruido— en un intenso deseo de soledad. De no ser o de ser otro. ¿Dónde yace nuestra identificación?

Roger Bartra.

Bartra dice que los mexicanos nos decimos orgullosamente mexicanos y que chingue su madre quien nos lleve la contra, pero en la realidad —esa que nos negamos a ver— es que carecemos de pistas sobre lo que significa nuestra “raza”, por tanto nos queda el lenguaje, un código lleno de peladeces y cantinflerías que intenta rescatar un mestizaje dolorido, producto de una madre chingada que sabe cómo chingar a sus hijos para que se hagan chingones, que no es otra cosa más que la constante tensión de haber sido subyugados, obligados a nacer cuando aún debíamos permanecer en el vientre de nuestra verdadera tonantzin; Cihuacóatl, y no la madre criolla de piel morena que impusieron los españoles y que, con toda nuestra ignorancia y nuestra intuición mutilada, adoramos y adoraremos hasta el fin de los tiempos o hasta que nos llegue otra conquista con nuevos símbolos. Somos los hijos bastardos de la virgen, o bien, para no robarle su pureza que tantas muertes causó por el siglo XVI, nos conformamos con ser los hijos adoptivos que ella protege bajo su manto.

Somos mexicanos sin madre —literal y metafóricamente, aunque eso de lo literal y lo metafórico no tiene mucho sentido para nosotros—, nacidos fuera del tiempo, por eso la impuntualidad. Lejos estamos de haber sido planeados, por eso nuestra burla y la broma constante para imprudenciar todo acto solemne. La única forma para constatar nuestra existencia es mediante el chiste, el albur, el doble sentido, la ofensa.

El autor, antropólogo, sociólogo, miembro de la academia mexicana de la lengua y además vende esquites los domingos —con chile del que pica y del que no pica—, nos compara con el extraordinario axolote; anfibio de aguas dulces y mugrientas que se resiste a la metamorfosis. Este animalejo prefiere vivir en estado de larva antes que florecer en una maravillosa salamandra. Así México y sus mexicanos, pausados en el crepúsculo, en medio del camino para llevar a cabo la verdadera independencia.

He luchado algunas batallas, he perdido más de lo que he ganado, y lo que he ganado lo he ganado bien. Pero, ¿cuántas batallas más para enfrentar la guerra? —No hay guerra, Melissa —me digo—. En México no hay guerra, hay conquista, hay batallas, hay miedo.

Y aquí estamos, héroes agachados de juventud acuática con un destino de fuego que nos da miedo tomar. No detentamos porque la posesión nos compromete y el compromiso es ajeno a la naturaleza axolotera. Más bien nos adaptamos a un mañana que nunca viene, pues el mexicano no tiene lugar y, en ese no tiene lugar, sabe morir como los meros machos y las verdaderas hembras, ya que no le teme a la calaca, la festeja y la viste de colores. La muerte como regalo después de habitar una vida incomprensible.

Esta es mi segunda lectura de La jaula de la melancolía. Han pasado trece años y lo que alguna vez leí en un libro de hojas recicladas ahora lo leo en un iPad y con una aplicación que me hace sentir que leo un libro. Subrayo ya no con una pluma sino con mi dedo. Pero subrayo lo mismo. Los mismos párrafos, hago las mismas notas. No he cambiado, soy un axolote. Cambio los medios, cambia mi cuerpo, pero sigo siendo esa mestiza melancólica a la que le asusta la vida, que se ríe de lo que no entiende y que se llena de valor por dos segundos para, luego, regresar a su sueño de larva primitiva.

He luchado algunas batallas, he perdido más de lo que he ganado, y lo que he ganado lo he ganado bien. Pero, ¿cuántas batallas más para enfrentar la guerra? —No hay guerra, Melissa —me digo—. En México no hay guerra, hay conquista, hay batallas, hay miedo.

Nadie, que somos todos, está listo para la guerra en contra de lo que nos minimiza. Es la ignorancia, tan bonita toda ella, la que cada día nos motiva a la corrupción, cuya filosofía es quitar de a poquito, a la simulación del sí hice, a las ganas de dormir cinco minutos más y que el mundo espere, a la amabilidad como disfraz y a la excepción que yace en el “ahorita”. Esa guerra, si se hace, la harán los otros mexicanos, los que no son de aquí.

El ensayo es bello, bello por todos lados, tanto que me dan ganas de salir a las calles y levantar una manifestación para gritar todo lo que México tiene mal, pero luego descubro que México es sus mexicanos. Así, ¿cómo cambiar toda esta cultura que presumimos a los cuatro vientos, pero que no para de llorar porque ella misma se lastima?

México, primer lugar en obesidad, primer lugar en maltrato infantil, primer lugar en feminicidios, primer lugar en ser una sociedad violenta, último lugar en nivel educativo. Así nuestra independencia, así las consecuencias de la Revolución de 1910.

Sí, todos tenemos la capacidad de cambiar el mundo, pero parece ser que los axolotes y las axolotas hoy no tienen ganas. El hoy es el tiempo perpetuo de las larvas. Ya será mañana, mañanita y si hace sol.

La ventaja del mañana es que no existe.

Historias de salvajes

Para personalidades dedicadas al entretenimiento como Enrique Bunbury, Tiziano Ferro, Leonardo DiCaprio, el mismísimo Elvis y el diseñador Tommy Hilfiger, la mujer mexicana lejos está de los estándares de belleza de la cultura dominante, que no es otro que el de ser flaca, alta, blanca, de cabello y ojos claros, lampiña, piernas largas sin caderas y, como diría mi madre, de piel nerviuda al ver sorprendida las rodillas de Angelina Jolie.

Aunque la diversidad racial es notoria en nuestro país, el estereotipo de la mujer promedio mexicana es de complexión rellena, chaparrita, de caderas anchas, de piel morena, ojos oscuros, cabello castaño, nariz chata, boca frondosa, ceja abundante y bigotito bien puesto. Unas tenemos más menos pigmentos, más menos estatura, más o menos ceja y más o menos nalga, sin embargo, lo que los “otros”, por no decir los “extranjeros” marcan como feo, es nuestra mestiza pilosidad. La mujer mexicana aguarda vellosidad en la frente, las mejillas, la zona de las patillas, brazos y piernas.

La peludez, dice Roger Bartra en sus Historias de salvajes (2017), se relaciona con lo primitivo. Y qué es lo primitivo sino el lado irracional, por no decir inconsciente, de la civilidad. Por eso todo lo que se muestra hirsuto (peludo) nos da espanto, en particular a las sociedades europeas, que son las que desde hace siglos se construyeron el mito de lo salvaje al conquistar nuevos territorios. Pareciera que ellos, los europeos, ignoran su propios pelos.

Con ese territorio y con esa conquista comerciaron y exhibieron por el mundo culto a indios de América del Norte como los tohome, chatot, calusa o yamasee. Los presentaban semidesnudos y encadenados en circos itinerantes para mostrar al refinado público que aún quedaban eslabones perdidos de la cadena evolutiva; hombres de cabellera espesa que les llegaba hasta la cintura y mujeres con vellos en los pezones que no sólo vivían en chozas hechas de piel de animal, sino que tenían diferentes lenguas y que, además, les inventaron que comían carne humana y sacrificaban a niños pequeños a sus dioses para rogar por la lluvia. Estos caballeros de negocios, dedicados al espectáculo de lo sauvage, incluso presentaban princesas amerindias de Luisiana, que, al ser mujeres jóvenes y hermosas con pelos en las axilas —como si esto fuera antifemenino—, el show no sólo se quedaba en la observación, pues por un par de monedas extra se podía arreglar un encuentro ¿salvaje? Sí, de parte del violador ilustrado.

De África, estos conquistadores de epidermis nívea exportaron negros como si se tratara de papayas. Uno de los casos más célebres fue la llamada Venus Hotentote, una mujer que padecía esteatopigia (gran acumulación de grasa en las nalgas). Esta esclava, bautizada como Sara en el margen occidental, viajó en contra de su voluntad por toda Europa como una curiosidad científica y un objeto sexual exótico mostrando su trasero y su vulva a todo aquel que pagara una “justa” cantidad por ver más de cerca. Al morir, sus enormes glúteos fueron cortados y examinados meticulosamente por los médicos de la época, que más que rigor científico, construían una serie de fantasías sobre la forma de los cuerpos, afirmando que ellos, los europeos, eran la humanidad más civilizada dada sus proporciones estéticas y su vellosidad, sobre todo la femenina, que al ser tenue y suave, sus zonas pudendas recogían cierta gracia comparada con la de las mujeres de ébano. Estos ilustrados del siglo XIX creían en la frenología, una pseudociencia que estudia la métrica del cuerpo y define la personalidad. Eso, a según, los acercaba más a Dios.

Los mexicanos no nos salvamos de ser expuestos por el viejo continente. Incluso un explorador cuyo nombre no vale la pena mencionar, al viajar a México a principios del siglo XX y convivir “afectuosamente” con grupos indígenas, mandó a Europa los dibujos que los niñitos de esas comunidades hacían representando su realidad. Se montaron varias exposiciones y, obviamente, fue un éxito. ¡Los primitivos pueden dibujar! ¡Los salvajes pueden crear una línea recta!

Y… usando ya un poco mi propia asociación histórica, creo que esos niñitos cuyos dibujos llegaron a todas las galerías de París dieron paso a la corriente artística llamada primitivismo, en la que artistas como Picasso, Gauguin —quien hizo el ridículo al desembarcar en Haití vestido de salvaje—, Matisse, Klee, Miró, entre muchos otros, descubrieron que a través de la geometría, la angulosidad, la desnudez sin pudor, los colores crudos, el supuesto vibrato del pincel y la aparente desproporción, se creaba un movimiento que defendía la perspectiva múltiple y lo natural, que no es lo mismo que la naturaleza.

Y entonces el mito de lo salvaje retoma su viejo auge. Surge un nuevo comercio: el circo de los freaks, donde ahora se muestran hombres y mujeres con deformidades físicas, como gemelos microcefálicos, enanos primordiales, jorobados, hombres con el síndrome de Marfan (gigantismo) y aquí, entra —una vez más— lo peludo con las fantásticas mujeres–lobo o mujeres–gorila, todo dependía del hacedor de copys de folletos de ese tiempo. Mujer–mono fue otro mote para la vellosidad.

México se corona, y lo digo orgullosamente, como la cuna de la fémina más fea del mundo: doña Julia Pastrana, una norteña que vivió sólo 26 años y medía poco menos de 1.50 metros de estatura. Nació en 1836 con una condición llamada hipertricosis congénita universalis —exceso de pilosidad en todo su cuerpo a excepción de las palmas de las manos, las plantas de los pies y la zona de los ojos— y displasia gengival, que hacía que su quijada fuera más prominente de lo normal.

Su vida fue una verdadera tragedia de explotación, sin embargo, cuando fallece al dar a luz a un bebé con su misma condición, que vive muy poco tiempo, su cuerpo fue momificado a petición de su esposo, un gringo que la compró a un gobernador mexicano, la subió a un escenario para que bailara y cantara para así “administrar” las ganancias que doña Julita obtenía por sus presentaciones. No contento con la pérdida de su mujer y su hijo, vio la oportunidad de lucrar con sus restos sin apenas haber cumplido un tiempo considerable de luto.

El miedo a lo primitivo aún no acaba, se manifiesta en el consumo de rastrillos, ceras, cremas depiladoras, máquinas que quitan hasta los pelitos de la nariz y personajes que, si bien no nos damos cuenta, siguen siendo parte del circo de los freaks.

Su cuerpo momificado fue lindamente ataviado con un vestido de costura ruso para que se mostraran brazos, piernas y pantorrillas. Su cadáver viajó por el mundo mediante ferias, teatros y circos, incluso estuvo resguardada por años en un museo de corte médico, hasta que en 2013 una artista mexicana, quien se enteró de la historia, no hizo menos que reclamarle a los noruegos su regreso argumentando dignidad. Ya en México, a Pastrana se le cambió la ropa y se le vistió con un huipil hecho a mano. La sepultaron muchos metros bajo tierra con una sólida capa de cemento para que su cuerpo, nunca más, y después de más de cien años de nomadismo, vuelva a ser profanado.

De Julia, la mujer horripilante, la mujer peluda que de inmediato era juzgada por su apariencia, se dice era una joven dulce y amable. De agradable voz y siempre con un bordado pendiente en mano. Ella fue una sensación por representar el primitivismo, esa idea del europeo que nos ha llegado y que hemos traducido, junto con ellos, de que lo peludo es malo o sucio o feo. Julia fue la conexión imaginaria del prehombre con el hombre. Y así, como una maravilla se le trató, pero no por ser bonita —lejísimos estaba de la belleza caucásica o de cualquier otro tipo de belleza—, no por ser blanca —su piel morena y gruesa reafirmó más su animalidad—, no por ser lampiña —su hirsutismo la condenó hasta después de fallecida—, sino por ser diferente.

La híbrido maravillosa, como decía su jaula con letras rojas bien redondeadas, vivió el encierro y la soledad más profunda, acostumbrada a recibir sólo miradas morbosas que la dejaban sin descanso, sin que nadie se diera el tiempo de descubrir que detrás de esos pelos y ojos brillantes no había una salvaje, sino una mujer desafortunada, como lo dijera tristemente Darwin cuando analizó su caso.

El miedo a lo primitivo aún no acaba, se manifiesta en el consumo de rastrillos, ceras, cremas depiladoras, máquinas que quitan hasta los pelitos de la nariz y personajes que, si bien no nos damos cuenta, siguen siendo parte del circo de los freaks. ¿Qué le pasa a la historia de Tarzán que Disney reproduce desde 1927? ¿O la de la Bella y la Bestia? ¿La Sirenita? Que al tener algo de animal es considerada inferior y por eso se hace humana sin importar el costo. ¿Quién es el Pato Donald sino un humano salvaje domesticado, o Mickey Mouse, una criatura antropomorfa cómicamente cruel y agresiva? ¿O Tribilín, que es un perro bípedo que viste ropa y tiene como mascota —irónicamente— a Pluto, un perro aparentemente “normal”?

¿Las mexicanas somos feas? No. Solamente somos pilosas de manera poco europea. ®

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Publicado en: Libros y autores

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