Sin novedad en el Vaticano

Dos papas, una sola Iglesia

Los dos papas deviene la pintura en que se estrechan el último papa alemán y el primer papa argentino, o el “encuentro entre la izquierda y la derecha”.

El inmenso cartel publicitario en Vía della Conciliazione. Foto © religiondigital.org/

Al cristianismo católico siempre se le ha dado bien el binarismo. Por la historia de sus conquistas han pasado diversos dualismos: la cosmovisión persa de ángeles y demonios, el gnosticismo griego que separa materia y espíritu, así como la antropología agustiniana que alimentó una tradición misógina quasi dogmática. En sus doctrinas binarias ha quedado impresa la moral que salva o que condena y que fija el muro que divide la vida espiritual de la terrena. Un binarismo incapaz de dialogar con el repertorio místico de otras religiones y con la racionalidad contemporánea que da cuenta de la multiplicidad de la experiencia humana. En la historia del conocimiento moderno no sólo Dios dejó de ser el centro del universo: también han sido desplazados de éste el ser humano, la tierra y la célula vista por un microscopio. Aunque el binarismo mantiene su vigencia y no precisamente aquél que funciona bien a la informática. Es el binarismo vaticano que, como juez supremo, se afana en separar el trigo de la cizaña.

Como un retrato biográfico de dos figuras de autoridad en la Iglesia, la película Los dos papas (Netflix, 2019) deviene la pintura en que se estrechan el último papa alemán y el primer papa argentino, o el “encuentro entre la izquierda y la derecha”, evocación surgida del filme y de su crítica. Bien diferenciados el dogmatismo de la nueva Santa Inquisición o la Congregación para la Doctrina de la Fe —encabezada por décadas por el teólogo alemán Joseph Ratzinger— y, en contraparte, la ventisca liberal del jesuitismo latinoamericano —plasmado, no sin imprecisiones, en Jorge Bergoglio— el filme de Fernando Meirelles, en franca simpatía por el hombre latinoamericano, expone la solución al problema del renovador Concilio Vaticano segundo: el arribo de un nuevo modelo de Iglesia en la persona del papa Francisco.

La opinión difundida acerca de la injusta presentación del papa Benedicto XVI, marcado por la falta de cultura mundana de tal trasunto de anacoreta, queda corta si se observa lo que atrae al ojo crítico e ignora la producción: el lugar de las mujeres en la Iglesia.

El guion de Anthony MacCarten explica la transición entre los dos papas actuales del catolicismo en términos de muros (“Necesitamos puentes, no muros”), dando por hecho que la llegada al papado de un miembro de la Compañía de Jesús —congregación tenida por progresista en Latinoamérica— borraría la brecha del poder en la Iglesia. En una visión social e histórica más realista, el problema eclesiológico radica más bien en la tajante división entre mujeres y hombres, seglares y ministros, pecadores y santos en la Iglesia presidida desde Roma. Resulta falsa pero digerible la presentación fílmica de dos únicos modelos de Iglesia divididos por la línea —que para el guion es clara y definitiva— que separa tradición y modernidad y que se simboliza con la elección del inglés sobre el latín, los grupos Abba o los Beatles sobre otra música europea, sagrada o nacionalista. Un carismático Francisco I versus un doctrinario Benedicto XVI.

La opinión difundida acerca de la injusta presentación del papa Benedicto XVI, marcado por la falta de cultura mundana de tal trasunto de anacoreta, queda corta si se observa lo que atrae al ojo crítico e ignora la producción: el lugar de las mujeres en la Iglesia. En su propio universo cinematográfico apenas se permite a las mujeres ser lo que dicta la tradición eclesiástica: la tentación del demonio (como se aprecia en el cuerpo erotizado expuesto en la entusiasta escena del fútbol en que pierde Argentina) y el cuidado doméstico (las monjas en sus hábitos, únicas autorizadas en el espacio íntimo del Vaticano, cuyo paso exclusivo deriva en el servicio de la mesa). Si bien es cierto que se ha normalizado una inferioridad de las mujeres en la Iglesia, su presencia disminuida en Los dos papas deja en evidencia una de las paradojas más comunes en las religiones y ampliamente aceptadas socialmente: la población mayoritaria y base laboral de la Iglesia tiene vetado el acceso al ministerio ordenado y, en consecuencia, a la jerarquía (“poder sagrado”), es decir, a las cúpulas de gobierno. Este hecho, en cuya aceptación laten argumentos biológicos y prejuicios culturales, confirma que tanto el viejo como el “nuevo” modelo de Iglesia representado en el papado permanece en su práctica excluyente justificada desde la doctrina inmutable de sus patriarcas electores de los papas, jamás cuestionado por el cine de esta sociedad “moderna”.

En un ardid estético, el sínodo carmesí enmarca la elección multiétnica del papa, que abre y cierra el drama de la voluntad divina, leit motiv del diálogo de los papas protagonistas. En la presunción de mostrarnos las entrañas eclesiásticas se nombran los pecados de los papas: el soslayo, la indiferencia, la diplomacia y, de paso, la mención de los conflictos de la Iglesia: la pedofilia eclesiástica y el celibato sacerdotal. La sencillez del papa Francisco transparenta una tradición de pobreza pretendida, practicada y medianamente alcanzada por pastores y ministros latinoamericanos vinculados con la teología de la liberación latinoamericana. Esa tradición de pobreza se vincula al pensamiento social de la Iglesia en que abreva la lucha por la justicia laboral y política impulsada por el papa León XIII a finales del siglo XIX. En la película, por su parte, se vuelven invisibles temas propios del aggiornamento del Concilio Vaticano segundo (1962–1965) y las décadas siguientes: la participación laica y el lugar de las mujeres en el ministerio ordenado. Como asunto menor, el personaje de Bergoglio (caracterizado por el actor Jonathan Pryce), refiere el servicio de las niñas en el altar, tema frecuentemente analizado desde la misma teología dualista que asume que la biología de las mujeres, tenida por impura, impide la presencia femenina en los altares.

En su propósito narrativo Los dos papas es un filme atractivo, complaciente y falsamente crítico del anquilosamiento del catolicismo. Si bien la producción no tenía un deber crítico, apostó a una revisión que resultó binaria en tanto que ha simplificado el conservadurismo de Joseph Ratzinger en categorías que dividen vida interior y la vida del mundo, mientras que ignora a la Iglesia que existe fuera de Roma: las comunidades que la hacen circular por la historia. De esas renovaciones son protagonistas personajes enterrados por el poder y apenas reconocidos. Justamente ha sido el papa Benedicto XVI quien ha restituido nombres no eclesiásticos como el de la teóloga medieval que la cristiandad condenó al olvido, a causa de su fama y liderazgo, o pese a ello: la botánica y mística Hildegarda de Bingen. La lista de reformadoras es extensa aunque la mayoría de ellas, marginales al poder, han sido ignoradas por la historia.

Una historia de los papas será siempre una historia del poder y no del movimiento. El cambio histórico, como lo anuncia el marxismo, viene de las bases. El efecto esperado de la visión binaria de Los dos papas es su inocuidad ante la cúpula vaticana, de modo que su anuncio ha podido cubrir la fachada de un edificio de la ciudad sagrada. Tampoco se advierte alguna protesta de la Compañía de Jesús por el uso de su imagen, aun cuando no sean veraces algunos hechos de menor importancia que se le asignan con cierta gracia: el supuesto entrenamiento obligatorio en bromas o la práctica del servicio de las mesas de sus miembros más comprometidos. La producción también resulta inocua a la cultura fílmica que, mediante el fútbol, hace un guiño a las audiencias populares de dominio masculino.

No hay novedad en la Ciudad Eterna. ®

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Publicado en: Cine

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