Treinta años de Screamadelica

Revolución híbrida y nostalgia por el rock

Screamadelica es un disco rupturista por hibridación; conectan el primer Floyd con los incipientes techno–kids uniendo dos generaciones lisérgicas, la del 67 y la del 87, todo hilado por grooves suaves, subidones eufóricos y coros gospel, mientras amalgaman el bass culture o la “ciencia del dub”.

Screamadelica, óleo sobre tela de Justin Robertson.

A mediados de los años ochenta Bobby Gillespie era un larguirucho con cara de bebé, casi inmóvil, aunque quizás más bien taimado, que tocaba los tambores de pie para la banda escocesa The Jesus & Mary Chain, emulando la forma en que lo hacía Mou Tucker, con golpes incisivos y monótonos en The Velvet Underground veinte años antes.

The Jesus & Mary Chain no recordaba a los Velvet que habían desarrollado originalmente ese sonido aplastante y continuo gracias a las lecciones de Lamonte Young que John Cale había introducido al grupo norteamericano con su viola amplificada; los de Glasgow lo extremaron hasta hacer una pared sónica distorsionada que bordeaba los límites del chirrido puro, de no ser por esas voces espectrales a coro, melodías dulces desprendidas de una pasión por los Beach Boys y guitarras que revelaban una veneración por Bo Diddley.

Los conciertos de la banda al comienzo de su carrera eran rallies de madrazos entre la audiencia salpicados con algunos cuantos minutos de música. La leyenda dice que quince y no más. Esta rabia sónica quedó plasmada en un disco debut espléndido, Psychocandy, de 1985, y luego la enjundia desapareció. The Jesus & Mary Chain se convirtió en una banda de rock pop más o menos ruidoso aunque muy accesible para las audiencias en general.

Con un pie en The Eagles y el folk rock al clásico estilo de la escena del Troubadour de Los Ángeles y otro en los Rolling Stones relavados de los ochenta, Primal Scream le regresaba al rock el feeling hippie en una época en que en la música inglesa prevalecía el sonido electro–pop de Wham, Duran Duran o Culture Club.

Bobby estuvo con los Jesus sólo en ese primer disco y luego a lo suyo. A finales de la década de los ochenta reaparece con su proyecto llamado Primal Scream, banda desabrida que no le hacía honor a su nombre, que sugería continuidad con la estética kamikaze de The Jesus. Con un pie en The Eagles y el folk rock al clásico estilo de la escena del Troubadour de Los Ángeles y otro en los Rolling Stones relavados de los ochenta, Primal Scream le regresaba al rock el feeling hippie en una época en que en la música inglesa prevalecía el sonido electro–pop de Wham, Duran Duran o Culture Club, y su ironía se perdía porque la música sonaba simple y desanimada.

Tuvo que ver la casa disquera en la que grababan para que Primal Scream desarrollara su potencial. Creation Records1 había sido fundada por Alan McGee, un personaje conflictivo en el submundo londinense, con buen ojo y mejor oído, que vagaba por los clubes británicos cazando talentos, como una década atrás lo había hecho Tony Wilson en Manchester con su disquera Factory y su club The Hacienda.

En Manchester había nacido con The Happy Mondays —cuyas letras Wilson comparó con Yeats— y con The Stone Roses2 —ambas bandas con actitud  hijueputa y desplantes pandilleros como antes The Jesus & Mary Chain— un estilo que privilegiaba el rock groovy o cadencioso y abandonaba la beligerancia y el salvajismo punk en el sonido, aunque no en la actitud de los músicos; citas constantes al Mersey Beat en los Roses y la pinta anti–glamour del hooligan de la casa de al lado en los Mondays complementaban una apuesta que a la postre iba a desembocar en el brit pop de los noventa.

Primal Scream tomaba nota y después de dos discos olvidables y olvidados el 23 de septiembre de 1991 aparece la tercera entrega de la banda, un álbum que alcanzará a ser disco platino y que será apreciado igual por las audiencias expertas del underground británico y europeo como por el público masivo que gusta de los hits del momento: Screamadelica, disco que se construye de entrada citando otros discos de otros músicos, lo que de hecho caracteriza al rock desde siempre. Pero Primal Scream reduce las influencias como quien deja evaporar un caldo y da lugar a un concentrado casi puro, psicoactivo sin duda.

En Screamadelica los temas y sus puntos de anclaje se integran en el sonido mismo, no como cut and paste sino embebido en la forma múltiple que tiene cada canción.

Si en los ochenta se hicieron álbumes en donde la “cultura del remix” se expande gracias a los DJs y productores de música electrónica que recibieron la estafeta desde los días de las discotecas de Nueva York y de Chicago en los setenta y se expresaron en producciones que van del Planet Rock de Afrika Bambataa hasta Paul’s Boutique de los Beastie Boys, generando  la amalgama o el híbrido de múltiples géneros musicales a partir de fragmentos pregrabados de otros discos, Screamadelica, en cambio, primero parte del rock hecho por una banda con instrumentos típicos del rock y de ahí difiere a otras sonoridades, regresando siempre al rocanrol pero cargado de un índice de referencias sónicas.

En Screamadelica los temas y sus puntos de anclaje se integran en el sonido mismo, no como cut and paste sino embebido en la forma múltiple que tiene cada canción. Ahí están las casi imperceptibles huellas del jazz blues irredento de John Mayal y Alexis Korner casi de los cincuenta pero ya en los sesenta, que son la fuente originaria del rock inglés y de ahí consienten, la  erótica machista pero al mismo tiempo amanerada de Led Zeppelin, que se refina al filo de la navaja andrógina arty de Roxy Music.

De eso a las descargas guitarreras de T. Rex hay medio paso, y al darlo completo se convierte en punk y entonces en giro oblicuo va a parar al reggae del año 1976; sin los aspavientos del amateurismo ni la frialdad maquinal de la new wave, Primal Scream se apodera del zeitgeist que envuelve a las juventudes sónicas noventeras que ya predican la preferencia instantánea y se pasan fines de semana enteros en las fiestas clandestinas para bailar beats electrónicos en las “raves”.

Gracias a su ingeniero en el estudio, el productor y DJ Andrew Weatherall, que a partir de esto terminará siendo una celebridad, Screamadelica es un disco rupturista por hibridación; conectan el primer Floyd con los incipientes techno–kids uniendo dos generaciones lisérgicas, la del 67 y la del 87, todo hilado por grooves suaves, subidones eufóricos y coros gospel, mientras amalgaman el bass culture o la “ciencia del dub”, el antecedente teórico y práctico del remix, el northern soul, que a su vez es el origen del libertarismo multi–étnico del punk original, sin olvidar  cierto guiño al prog rock y claro los venenos simbióticos dosificados fifty–fifty del Beggars Banquet y el Sgt. Pepper’s.

No es casualidad que precisamente Mani, de los Stone Roses,  Shields, de My Bloody, junto a otros grandes músicos de algunas de las esferas sonoras que hemos mencionado, como Bernard Sumner de New Order, además de Liam Howlett de The Prodigy, los Chemical Brothers, Jaki Liebzeit, de Can, y años más tarde hasta Robert Plant, terminaron tocando con Primal Scream.

Screamadelica, junto con el Nevermind de Nirvana del mismo año y el Loveless de My Bloody Valentine del 92, cerraron una etapa en el rock, por no decir que quizás lo agotaron de una vez por todas; los de Seattle con sus himnos pop–metal–punk, sacrilegio no escuchado antes, y su venganza de las guitarras contra los sintetizadores, y de forma similar pero al contrario, los guiados por Kevin Shields, convirtiendo las guitarras sampleadas digitalmente en capas multidimensionales, dinamitando la frontera entre lo virtual y lo físico, entre saturaciones de decibeles al extremo —como lo inauguró The Jesus— y un etéreo de empalagoso pop casi Abba que lleva al límite el neobarroco de los Cocteau Twins.

No es casualidad que precisamente Mani, de los Stone Roses,  Shields, de My Bloody, junto a otros grandes músicos de algunas de las esferas sonoras que hemos mencionado, como Bernard Sumner de New Order, además de Liam Howlett de The Prodigy, los Chemical Brothers, Jaki Liebzeit, de Can, y años más tarde hasta Robert Plant, terminaron tocando con Primal Scream, que después de Screamadelica volvió a una medianía espantosa que sirvió a fin de cuentas para que cocinaran lo que a fines del milenio dio lugar a ese portento de álbum de punk industrial ultrapolitizado: XTRMNTR, del año 2000, el metal box de los millennials… otra historía que ya contaré luego. ®

Notas
1 Creation lanzó entre 1991 y 1994 Screamadelica, de Primal Scream, en 91; Loveless, de My Bloody Valentine, en 92, y Definitely Maybe, de Oasis, en 94, el que mayor éxito global tuvo.
2 The Stone Roses publicaron su disco debut y luego tuvieron problemas con su compañía de discos, querella que evitó que pudieran grabar su segunda entrega y los hizo prácticamente desaparecer; se cree que estaban destinados a ser más exitosos que Oasis.

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Publicado en: Música

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