Tres guerreros en una florería

Gallos de pelea como mascotas

Hay gallos de pelea que son famosos por sus hazañas en los palenques. Kentucky, Valente y Gurrumina, en cambio, adquirieron su fama por ser las pacíficas mascotas de una florería.

Valente.

Kentucky, Valente y Gurrumina son tres gallos de pelea que, en lugar de desplumarse en los redondeles de los palenques, viven plácidamente como mascotas de una florería. Son tres gallos urbanos que deambulan libres en un amplio camellón. Cantan y picotean el suelo entre cientos de autos que circulan a su alrededor. Saben muy bien que no deben bajarse a la avenida.

El gallo Kentucky fue el primero en llegar al expendio de flores que se localiza en el camellón de avenida Patria en su cruce con Sebastian Bach, en Zapopan. Era un polluelo desplumado. “Me lo regaló mi hijo y me lo traje para acá porque no me gustan las peleas de gallos. Tenía apenas como una semana de nacido, apenas le estaban saliendo las plumas. Yo lo abrazaba como un bebé y le decía su nombre, y él movía las patitas. Y aquí creció”, recuerda don Joel Tomás, propietario del gallo y de la Florería de la Rosa.

La florería de don Tomás Joel.

La emplumada mascota se acostumbró pronto a su hogar: el puesto de lámina y un camellón de 175 metros de largo por nueve de largo, con árboles, palmas y pasto silvestre. Es una esquina muy transitada con un continuo flujo a alta velocidad de autos y camiones.

“¿Cómo hicieron para enseñarlo a no bajarse del camellón?”

“Le gritábamos y le aventábamos una piedrita o un palito”, dice Óscar, hijo de don Tomás. “Yo le regalé el gallo, pero no me imaginé lo que iba a pasar después”.

“Yo le daba pedacitos de carne y él brincaba como perrito para agarrarlo. Eso no hacen los gallos”. Tomás muestra en su teléfono un video donde el Kentucky da pequeños saltos para pescar los premios que su propietario le ofrece.

Lo que pasó después es que el gallo además de aprender a vivir en un entorno urbano se convirtió en una consentida mascota y en símbolo del lugar.

“Mi papá le echa un chiflido y el Kentucky viene como si fuera un perro, pero solamente le hace caso a él”, afirma Óscar.

El padre lo confirma. No sólo eso. “Yo le daba pedacitos de carne y él brincaba como perrito para agarrarlo. Eso no hacen los gallos”. Tomás muestra en su teléfono un video donde el Kentucky da pequeños saltos para pescar los premios que su propietario le ofrece. “Cuando lo regañaba, se agachaba, haga de cuenta igual que un perro. Son animales muy inteligentes”.

Gallos famosos

Hay gallos de pelea famosos por sus hazañas en los palenques. Vicente Fernández ensalzó al Patas Chorreadas y al Águila Real en la canción “La muerte de un gallero”. Hay discos completos de corridos de gallos que honran al Cuervo, al Patas Verdes, al Dedo Mocho, al Sombra o al Veloz por matar o por morir en los palenques.

El Kentucky, Valente y Gurrumina, en cambio, adquirieron su fama por ser las pacíficas mascotas de una florería.  “Toda la gente los quiere mucho y algunos me han dicho que vienen por los gallos”, cuenta Tomás.

“De hecho algunos nos conocen como el puesto de los gallos”, tercia su hijo.

El Kentucky adquirió notoriedad. “Seguido lo retratan y mucha gente lo hizo famoso en internet. Una vez una señora de Estados Unidos que vino a Guadalajara y que había visto al gallo en el Facebook vino a conocerlo y a tomarse una foto con él. También una señora de Sinaloa”, dice Tomás.

Luego muestra una foto que conserva en el puesto de flores del Kentucky. “Se encariña uno con los gallos. Un día pasó un señor en un camionetón y me ofreció diez mil pesos por el gallo. ¿Pero cómo lo va a vender uno? Si aquí se crió. No es gallo de pelea, es mascota”.

“Claro que no lo iba a vender, si lo tiene bien chiqueado”, dice el hijo de Tomás.

Óscar y don Tomás Joel.

“También me lo han querido robar. Un muchacho trató de atraparlo aventándole una chamarra y yo le grité: ‘¡Quihúbole, ¡qué pasó!’ Me dijo: ‘Es que yo pensé que estaba suelto y no tenía dueño’. Otra vez uno de un carro se bajó y también se lo quiso llevar”.

El gallo Kentucky se dejaba agarrar por la gente, “menos por los cholillos, a ellos se les deja ir, como que siente a la gente mañosa”. A los perros les tiene respeto. Los ve pasar de lejecitos.

Algunos vecinos que ya lo conocían le gritaban al pasar desde sus autos: “¡Hey, Kentuuuckyyyy!” Los habituales transeúntes también lo saludaban, en especial Nachito, un niño que todos los días, al salir de una guardería cercana, pasaba por ahí en la carriola que empujaba su madre.

“Nachito siempre le traía un regalo, un pedacito de galleta o de pan y se lo daba”, dice Tomás. Pero el niño y el gallo crecieron.

El Flaquencias y la gallina de Oregon

¿Quién no tuvo un pollito de kermés? Era una costumbre general que en ferias y fiestas los niños recibiéramos como regalos o premios pollitos vivos. La práctica no ha desaparecido, pero disminuye paulatinamente.

En los años setenta los pollitos de kermés conservaban su color natural: amarillo. Con el paso de los años, para hacerlos más vistosos, los comenzaron a pintar de llamativos colores. Al cuidado de los infantes, la mayor parte de las aves perecen en los días subsiguientes asfixiados entre las manos de los niños, ahogados en cubetas donde los meten a bañar o incluso quemados en hornos de microondas en los que se pretende secar a los que aguantan al remojón.

O como la gallina de Oregon cuya historia recuperó el escritor estadounidense Paul Auster cuando en 1999 convocó a la audiencia de un programa de radio a contar historias reales.

Algunos, muy pocos, sobreviven. Mi hermana logró criar a una parvadita de pollos que la seguían como si fuera su mamá. En una calle del barrio de Santa Tere un pollito de kermés, bautizado como el Flaquencias, se convirtió en un gallo bravo que picoteaba a los miembros de la familia. A pesar de ello los cuatro niños lo querían. Era su mascota. Un día el animal desapareció. “Se escapó”, explicó la mamá a los chiquillos al tiempo que servía un suculento caldo de pollo que ellos no quisieron probar.

Pero hay aves con mejor suerte como el Kentucky, Valente y la Gurrumina que viven felices como mascotas. O como la gallina de Oregon cuya historia recuperó el escritor estadounidense Paul Auster cuando en 1999 convocó a la audiencia de un programa de radio a contar historias reales.

Linda Elegant, de Portland, envió el relato de una gallina que encontró en la calle Santon. La siguió hasta la Avenida Dieciocho donde el ave giró hacia el sur, caminó todavía un poco, subió los escalones de una casa “y picoteó con decisión sobre la puerta metálica. Momentos después, la puerta se abrió y la gallina entró”.

Valente y Gurrumina

La “Florería de la Rosa” es un pequeño puesto de lámina pintada de color verde. La cornisa y sus paredes muestran publicidad de El callejón de las almas perdidas, la nueva película de Guillermo del Toro.

Doña Ofelia Patiño de la Rosa, quien falleció recientemente, fundó la florería hace unos quince años. Además de coloridos ramos y los tradicionales arreglos, ofrece osos, jirafas, caballos y perritos hechos con flores. “Mi esposa fue una artista que nos enseñó todo esto. Decían que tenía manos de escultora”, dice don Tomás, y añade: “Aquí seguimos en este negocio familiar donde trabajan también mi hijo, mi yerno y mi sobrino”.

Gurrumina.

Dentro del puesto de lámina está el nido donde duermen Valente y Gurrumina, hijos del Kentucky.

“¿Qué le pasó al Kentucky?”

“Cuando creció se empezó a estresar porque le faltaban sus gallinitas”, responde Óscar. “Entonces me lo llevé a la gallera y allá se dio vuelo, el canijo”. Cuando nacieron dos de sus hijos Tomás se los llevó al puesto y crecieron con los mismos cuidados que el Kentucky, quien de vez en cuando vuelve a visitar su antiguo territorio.

“Este tiene nombre de gallina porque de chiquito no parecía gallo. Cuando creció vimos que sí era gallo, pero ya tenía el nombre de gallina y se le quedó”, explica Óscar.

Los hijos de Kentucky se llaman Valente y Gurrumina. “Este tiene nombre de gallina porque de chiquito no parecía gallo. Cuando creció vimos que sí era gallo, pero ya tenía el nombre de gallina y se le quedó”, explica Óscar. Al igual que el Kentucky, sus hijos atienden al silbido especial con que don Tomás los llama. Solamente a él le hacen caso.

Todos los días Tomás les lleva 40 pesos de maíz quebrado que comparten con un montón de palomas que también son bienvenidas. “No les falta su maíz que con la bendición de Dios les podemos traer diario”.

Los gallos también picotean el piso de tierra donde encuentran algún insecto. En el enorme camellón deambulan libremente. “A veces juegan, como que van a pelearse”. Eso sí, ya saben que si se bajan a la avenida corren el riesgo de morir atropellados. Aprendieron con el mismo método que el Kentucky.

“También les pusimos un palo y una jardinera para que se trepen. Y ahí andan de arriba para abajo. Ya en la noche, como a las nueve, ello solitos se meten a dormir, ya saben su hora”, dice Tomás.

En la madrugada, cuando la ciudad comienza a desperezarse, los motores de los autos de los últimos desvelados y de los primeros autobuses no logra acallar los puntuales cantos con que Valente y Gurrumina anuncian, rodeados de flores, la llegada de un nuevo día. Con la enjundia de su linaje de guerreros demuestran así que el que es buen gallo, donde quiera canta. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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