Troca, fusca y bucanas

¿Prohibir narcocorridos, ataque contracultural?

Los narcocorridos, como una de las formas más estridentes de la llamada “narcocultura”, han ganado terreno desde las últimas dos décadas en el país. No es de extrañar, por ello, la respuesta gubernamental: hay que atacar lo desconocido.

Si atendemos el término “cultura” desde un enfoque antropológico y lo definimos como todas las acciones, costumbres, ritos, desarrollos artístico y tecnológico realizados por el hombre, el concepto “contracultura” no tiene lugar en la palestra. Nada puede estar en “contra” de la cultura, porque todo es cultura. Aunque el terreno de la discusión no es tan dócil. ¿Cómo definir pues a esas normas de conducta, propuestas artísticas, nueva maneras de convivencia, artilugios sociales, nacidos en la periferia del canon cultural? Su propia clasificación ya causa problema. Si a estas “culturas alternas” le añadimos además un cariz de violencia, estética aberrante e ilegalidad, se vuelven una amenaza a los paradigmas aceptados en los discursos oficiales. Los narcocorridos, como una de las formas más estridentes de la llamada “narcocultura”, han ganado terreno desde las últimas dos décadas en el país. No es de extrañar, por ello, la respuesta gubernamental: hay que atacar lo desconocido, en tanto peligro tendiente a transgredir “la buena cultura”.

La pretendida prohibición de los narcocorridos por parte de las autoridades federales, en consonancia con lo ocurrido en Sinaloa, es muestra de la ceguera y la ineptitud oficial que permea todos los aspectos culturales. Sin ningún pliegue de diferencia, la Comisión de Justicia aprobó por unanimidad en lo general el dictamen que reforma los artículos 208 del Código Penal Federal y 194 del Código Federal de Procedimientos Penales, con lo que se prevén castigos de uno a tres años de prisión a quien realice “apología del delito”, entre ellos, quienes canten, escriban o difundan narcocorridos.

La censura a este tipo de canciones se basa en el artículo 63 de la Ley Federal de Radio y Televisión: “Quedan prohibidas todas las transmisiones que causen la corrupción del lenguaje y las contrarias a las buenas costumbres, ya sea mediante expresiones maliciosas, palabras o imágenes procaces, frases y escenas de doble sentido, apología de la violencia o del crimen; se prohíbe, también, todo aquello que sea denigrante u ofensivo para el culto cívico de los héroes y para las creencias religiosas, o discriminatorio de las razas; queda asimismo prohibido el empleo de recursos de baja comicidad y sonidos ofensivos”.

Si atendemos el término “cultura” desde un enfoque antropológico y lo definimos como todas las acciones, costumbres, ritos, desarrollos artístico y tecnológico realizados por el hombre, el concepto “contracultura” no tiene lugar en la palestra. Nada puede estar en “contra” de la cultura, porque todo es cultura. Aunque el terreno de la discusión no es tan dócil.

Para explicar esta norma habría que definir “expresiones maliciosas, palabras o imágenes procaces”. Si se trata de lo que todo el mundo entiende por “expresiones maliciosas” se tendría que cerrar el Congreso de la Unión y los congresos locales o por lo menos acallar a legisladores o gobernantes que se la pasan prostituyendo el lenguaje un día y otro también. Existe otra anomalía en cuanto a la propia definición del género. ¿Qué es un “narcocorrido”? ¿Existen? ¿Cómo distinguirlos de otros corridos? ¿Por su temática, forma o año de composición y grabación? El asunto se complica. Para empezar habría que distinguir entre “corridos de narcotráfico” y “narcocorridos”.

En los primeros se narran —no hay que olvidar que los corridos y, por ende, los narcocorridos se reconocen como herederos del romance medieval. Perdón a quienes creían que el corrido era “tradicional” de México—, decía, en los primeros se narran acontecimientos relacionados al tráfico de drogas e incluso, en algunos casos, sus protagonistas terminan “pagando con su vida” el atrevimiento de realizar actos ilegales, como por ejemplo “Contrabando y traición”, donde “Emilio dice a Camelia: hoy te das por despedida, con la parte que te toca tú puedes rehacer tu vida, yo me voy pa’ San Franciiiiiiisco con la dueña de mi vida. Sonaron siete balazos: Camelia a Emilio mataba…”; el pobre no sabía que el amor y el contrabando son dos cosas “incompartidas”.

En los segundos, propiamente los “narcocorridos”, se alaba a los capos, su vida y su cultura. “La ostentación y el consumo son partes importantes de la narcocultura; el nivel de vida, el poder asociado al dinero y la impunidad encuentran formas de expresión y proyección cosificadas en carros, alhajas, armas, celulares y mujeres que se exhiben como trofeos”, dice José Manuel Valenzuela Arce en el libro Jefe de jefes (corridos y narcocultura en México). Sin importar que haya un final trágico para los protagonistas, en los narcocorridos el carpe diem, con un halo de glamur por supuesto, es lo verdaderamente imprescindible: “La gente anda preguntando en qué trabaja el muchacho, no’más porque traigo pesos y una trocona del año. Ando muy bien arreglado y uso sombrero de lana, con una morra a mi lado y en la cintura una escuadra…” Hay que decirlo: qué pinche mal gusto para vestir del vato éste.

Acerca de las diferencias entre corridos del narco y narcocorridos, Juan Carlos Ramírez-Pimienta explica: “El corrido de narcotráfico se fue convirtiendo en narcocorrido en la medida en que la temática pasó del narcotráfico, sus peligros y aventuras para convertirse en un corrido que enfatiza la vida suntuosa y placentera del narcotraficante”.

El narcocorrido es tan antiguo como algunos de los corridos posrevolucionarios sobre Zapata o Villa. Su origen se remite a 1931 con “El Pablote”, compuesto por José Rosales e interpretado por Norberto González. La canción fue grabada en San Antonio, Texas, y cuenta la historia de Pablo González, traficante chihuahuense de principios del siglo XX, quien fuera esposo de la primera jefa del narcotráfico mexicano, Ignacia Jasso, “la Nacha”. Se demuestra con ello que la idea del héroe bandolero ronda el imaginario colectivo mexicano desde mucho antes de la estúpida guerra actual que padecemos todos los días.

Los narcocorridos sólo son la muestra lírica de la cultura del narco que es cada día más evidente en todo el país. Una cultura de la violencia y el mal gusto, es cierto, pero además una cultura que demuestra la búsqueda de nuevos parámetros de conducta social impulsados por la inoperante estructura institucional de México. En su ensayo “LaAlfombra roja del narcotráfico, galardonado con el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, Juan Villoro plantea: “Lo extraño es que [los narcocorridos] han ganado espacio en las estaciones que transmiten música popular y aun en las antologías de literatura”. Aunque no es nada “extraño” este fenómeno de los narcocorridos si nos remitimos a su referencia social. En México se te exige ser el “chingón del barrio”: tener el mejor atuendo, automóvil, casa y poseer a la mujer más bella. No importa lo detestable de tu persona o tus actos, lo verdaderamente imprescindible es tu cuenta bancaria.

Los narcocorridos sólo son la muestra lírica de la cultura del narco que es cada día más evidente en todo el país. Una cultura de la violencia y el mal gusto, es cierto, pero además una cultura que demuestra la búsqueda de nuevos parámetros de conducta social impulsados por la inoperante estructura institucional de México.

Como lo señaló Paz, la pregunta universal en esta época es “¿cuánto vales?” La única respuesta posible ante tal cuestionamiento se basa en montos económicos, reflejados en ropa, autos, artículos de consumo con un discurso de poder en nuestra cultura, donde el calificativo de la marca señala el estatus del portador de ésta. El ser ontológico desapareció para dar paso al “tener”. Ser y tener se vuelven sinónimos, términos gemelos con una relación asfixiante para el individuo.

Sería cándido señalar que el bombardeo mediático, que el arte, que los narcocorridos azuzan estas conductas, pero no dejar de ser una verdad bastante fútil. Familia, amigos, pareja, profesores, instituciones, la sociedad misma empuja y aplaude “al chingón” (“hombre exitoso”, se le llama comúnmente) que se refleja en la acumulación de posesiones materiales. Si ser chingón es tan simple, la mejor manera de hacerlo es por la vía rápida: negocios ilegales o supuestamente legales; ya que ni la preparación académica ni el esfuerzo ni el trabajo aseguran el “éxito”. Ante tal panorama, desde mi trinchera, le apuesto a la derrota, a ese digno fracaso que significa poder vivir sin cuestionarme cuánto valen mis acciones, ni mi ser.

Así, una canción que habla bien de un delincuente causa —si es que lo causa, eso aún está en discusión— menos daño en la sociedad que un político corrupto que se aferra a su puesto pese a que se le hayan demostrado los delitos que ha cometido en su administración, ya sea por dolo, incompetente o por imbécil (saludos a Moreira).

Lo grave no son las melodías, sino lo que éstas reflejan, la orgía de violencia registrada durante los últimos años que ha tapizado de muerte, incertidumbre y desolación al país. Castigar al mensajero no resolverá nada, si acaso fomentará un nuevo delito: escribir y distribuir en la clandestinidad nuevas y más agresivas canciones donde se alabe a los capos. Además, seamos sinceros, ninguno de los narcocorridos actuales se encuentra a la altura de las mejores rolas de Los Cadetes de Linares o Los Alegres de Terán, donde ser hombre significaba tener los suficientes huevos para combatir por lo verdaderamente importante, sin tomar en cuenta la derrota implícita, ¡chingao!: “Luchan por separarnos, pero es inútil… y hasta en la tumba te sigo amando, si quiere Dios”. ®

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Publicado en: Contracultura, Destacados, Noviembre 2011

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