Una novela en haute couture

Boquitas pintadas, de Manuel Puig

Hay mucho que decir de esta maravillosa pieza en alta costura: el tema, la polifonía, la enorme cantidad de referencias al cine y a la música; la poderosa capacidad del escritor para crear escenas y evocar imágenes, además de los recursos de los que se vale para hilar la historia.

Deliciosas criaturas perfumadas,
quiero el beso de sus boquitas pintadas…
—Alfredo Le Pera

Hasta antes de la década de los ochenta Boquitas Pintadas no era lo que hoy conoce gran parte de México —y quizá de Latinoamérica—: una agrupación de música pop cuyos nombres de sus integrantes llevan el escándalo implícito. No. Aunque Boquitas Pintadas suena muy cool para llamar así a una girl band ochentera mexicana —Flans también me gusta—, es en realidad el título de una de las novelas más transgresoras, quizá, de la segunda mitad del siglo pasado.

Hay mucho que decir de esta maravillosa pieza en haute couture confeccionada por Manuel Puig: el tema, la polifonía, la enorme cantidad de referencias al cine y a la música; la poderosa capacidad del escritor para crear escenas y evocar imágenes, además de los recursos de los que se vale para hilar la historia. Si fuera un vestido, sería sin duda un Dior; si fuera un tango sería la voz de Gardel con las letras de Alfredo Le Pera. Oigo la estática; veo la aguja tocando el disco. Todo está en blanco y negro.

Puig (1932–1990) fue escritor un argentino sumamente prodigioso y prolífico, cuya obra es lectura obligada en las escuelas de literatura. El primer acercamiento que tuve a él fue con El beso de la mujer araña (1976), una novela posterior —Boquitas pintadas fue publicada en 1969—, y desde entonces quedé impresionado con su virtuosismo.

El autor argentino me recuerda a Truman Capote. Los dos fueron novelistas y dramaturgos abiertamente homosexuales que supieron atrapar el glamour de la época, algo que formó parte de la visión literaria de ambos: exploraron los sentimientos, el drama de las pequeñas cosas, la caída de las ilusiones, la imposibilidad del amor, todo esto sin llegar a lo cursi o superfluo.

Lo primero que tenemos en Boquitas pintadas (Penguin Random House, edición de Kindle) son cartas, una correspondencia entre Nené (Nélida) y doña Leonor, fechadas entre mayo y julio de 1947. Nené, una ama de casa, que se entera de la muerte de su antiguo prometido —no estoy spoileando nada—; doña Leonor, la madre del difunto Juan Carlos, víctima de tuberculosis.

Las habitaciones, los documentos legales, médicos, el monólogo interior, las llamadas telefónicas, artículos periodísticos, agendas, y hasta una pequeña voz narrativa, configuran una obra compleja, llena de matices, pero sin pretensiones.

Podríamos pensar que se trata de una novela epistolar, pero no, aquí las cartas no son los únicos documentos que hablan. Las cartas son el pésame, la desdicha, la expiación, la envidia, el recuerdo de todo aquello que pasó en Valles diez años antes en un baile de coronación —el cine y la literatura nos han dejado muy en claro que los bailes de coronación están malditos—. Más bien es en esta parte donde se gesta una intriga: Cecilia quiere emparentar a su hermano, Juan Carlos, con Mabel, quien es de su misma clase social, pero Juan Carlos lisonjea a Nené, una clase inferior —Marx nos dice que la historia de las clases sociales es de luchas y en esta novela se dan con todo—. Cecilia también era amiga de Nené hasta que ya no, hasta que su amiga la pobre, la orillera, la hija del jardinero, le sabotea las intenciones.

Juan Carlos y Nené son elegidos como la pareja del baile, a pesar de Cecilia, a pesar de Mabel. Vaya lío. Agrego: no es una historia de amor, es una historia de engaño, porque Juan Carlos no solamente enamora a Nené, también a Mabel, también a la viuda y a cuanta se le cruce en el camino. Es el machismo andando. Cuántas lecturas se podrían hacer hoy en día si se leyera desde los feminismos, no porque la novela incite al machismo sino porque es el reflejo de una época. No quiero detenerme en esto, pero la discusión ahí está.

Los álbumes fotográficos cuentan otra parte de la historia. La manera en como están dispuestas las fotos y el tipo de papel que la protege, los colores y el material del forro, toda minucia que diga algo de los personajes sin necesidad de hablar a ellos. Un recurso bastante original y aún novedoso.

Las habitaciones, los documentos legales, médicos, el monólogo interior, las llamadas telefónicas, artículos periodísticos, agendas, y hasta una pequeña voz narrativa, configuran una obra compleja, llena de matices, pero sin pretensiones, tanto que logra alimentar la intriga y el suspenso del lector en cada capítulo. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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