Vida digital después de la muerte

¿Quién heredará mi muro de Facebook?

E-mails, fotos, perfiles en Facebook, tweets, blogs. Dejamos cada vez más huellas en la web pero no hay certezas sobre el destino de nuestros datos una vez que ya no estemos. En medio de casos dolorosos y vacíos legales surgieron hasta empresas para guardar contraseñas. Pero, sobre todo, surgieron muchas dudas.

Nuestra proporción de “vida digital” no para de crecer. Personas de todas las latitudes pasan cada vez más tiempo conectadas a internet para una infinita variedad de propósitos. Descartados los motivos estrictamente obligatorios, queda claro que la gente se entretiene cada vez más en las redes sociales, donde entre tweets, comentarios y likes cada uno arma la versión más marketinera de sí mismo mientras escribe una autobiografía inevitable.

El “tamaño” de la web está disparándose: IBM estima que en este 2012 “pesa” unos 2,7 zettabytes (en términos de datos almacenados), lo que equivale a la cantidad necesaria de discos compactos para cubrir la distancia entre la Tierra y la Luna unas 20 veces. Hay todavía algo más sorprendente: según IBM la mitad de ese astronómico volumen de información se generó en los últimos dos años.

¿Nos estamos volviendo locos? ¿Estamos digitalizándolo todo y a todos y en todas partes? Puede que la respuesta sea afirmativa y, sin abrir juicios de valor, es claro que el aumento de los datos en la web está motorizado sobre todo por “el gran público”. Obsesionados con mostrarnos —lo admitamos o no— cientos de millones de personas vamos armando, con más prisa que pausas, un gigantesco e inconmensurable escaparate virtual de fotos, ideas, comentarios o resultados de juegos en línea.

Mientras tanto, la muerte sigue siendo, como decía Benjamin Franklin, “lo único seguro” (junto a los impuestos). Según cálculos actuales, 375 mil usuarios de Facebook mueren cada año en Estados Unidos. Cuando esto ocurre los muros desbordan de reacciones imprevistas de desasosiego mientras el emblemático “me gusta” se queda —por una vez— inutilizado e inutilizable. Tras esa catarsis virtual, sin embargo, sobrevienen interrogantes mucho más mundanos sobre la supervivencia de los “yo” digitales.

“Escríbele en su muro”

A pesar de su infalibilidad, la “muerte” no estaba inicialmente incluida en las condiciones de uso de las redes sociales. No es de extrañar que, tras los decesos de los primeros usuarios, llegaran también las dudas sobre cómo proceder.

¿Suena todo demasiado frío o absurdamente técnico tratándose de una muerte? Seguramente, pero quienes opten por esta suerte de recordatorio online pueden estar tranquilos: el fallecido ya no le será sugerido como amigo a nadie y tampoco aparecerá como una de las “personas que quizás conozcas”.

En 2004, cuando Walter Thompson trabajaba como community manager de Tribe.net, había más preguntas que respuestas sobre la sombra digital de los muertos. El escenario podía tornarse aún más confuso si los parientes del fallecido daban indicaciones contrarias al sitio. Eso fue exactamente lo que le sucedió a Thompson, quien recibió sendos correos electrónicos de parte de la hermana y la hija del difunto. La primera exigía el cierre de la cuenta. La segunda, por el contrario, su preservación puesto que “mi padre ha puesto mucho esfuerzo en ella”. Asesoramiento legal mediante, Thompson finalmente le dio la razón a la hija por tener un grado de parentesco más próximo. Pero, por fuera de esa base jurídica, la decisión no deja ser discutible.

Con la masificación de las redes sociales la muerte dejó de ser una rareza imprevista. Aunque no quedó exenta de sobrevolar por los perfiles de los usuarios de modos insospechados. Quien haya perdido algún ser querido con perfil en Facebook quizás haya leído —como parte de esas insistentes sugerencias que la red reserva para su margen superior derecho— la frase “escríbele en su muro” debajo de la foto del muerto/a. Este momento potencialmente desagradable tiene una explicación absolutamente técnica: Facebook registra nuestros vínculos frecuentes en la red y cuando el sistema detecta que pasó un tiempo considerable sin comunicarnos, simplemente nos alerta.

Para evitar esos raros disgustos nuevos, desde 2007 Facebook no sólo clarificó el procedimiento para que familiares y amigos de un muerto puedan pedir el cierre de la cuenta (acreditación de vínculo mediante) sino que instituyó la opción de convertir el perfil en una especie de sepultura digital. Se trata de la opción “convertir cuenta en conmemorativa” (es textual) que se puede marcar en el mismo formulario en el que uno avisa sobre el deceso de su ser querido. La red de Zuckerberg habilitó esta alternativa en 2007 tras la sangrienta masacre del Virginia Tech, tiroteo en el que murieron 33 personas, la mayoría estudiantes universitarios.

¿Suena todo demasiado frío o absurdamente técnico tratándose de una muerte? Seguramente, pero quienes opten por esta suerte de recordatorio online pueden estar tranquilos: el fallecido ya no le será sugerido como amigo a nadie y tampoco aparecerá como una de las “personas que quizás conozcas”.

Dolor y derechos

Y si la vida “real” tiene testamentos y últimas voluntades que pueden dejarse plasmadas para cuando uno no esté, su contraparte virtual no se ha quedado atrás. Alrededor del vacío jurídico que rodea al tema han florecido —cómo no— empresas a las que podemos confiarles nuestras contraseñas. Estas firmas (todas estadounidenses) sabrán qué hacer con ellas cuando nuestras almas estén en el descanso eterno.

Una de estas ingeniosas compañías se llama Entrusted. Su fundador reconoce que se inspiró en el controvertido caso de Justin Ellsworth, un marine de 23 años asesinado en Irak. Tras ser notificados de la muerte de su hijo los Ellsworth quisieron recopilar y publicar la correspondencia que mantenían con Justin. Era una forma de homenajearlo porque, según su madre, el soldado quería que “las generaciones siguientes” leyeran la palabra de alguien que había combatido por su país.

La disputa comenzó tras el suicidio de Benjamin en 2010. Los padres, desconsolados, solicitan acceder a la cuenta de Facebook de su hijo fundándose en que les ayudará a encontrar información para comprender “la trágica decisión” que tomó. Del otro lado, sin embargo, interpretan que el dolor no da derechos y que una política de confidencialidad está hecha para ser cumplida.

Ni la emotividad ni el patriotismo tocaron las fibras íntimas de los responsables de Yahoo, que se negaron a proporcionar la contraseña del e-mail a los padres de Justin alegando que eso violaba su política de privacidad. Se desató entonces una polémica nacional sobre la privacidad en general y lo sensible del caso en particular. Finalmente, una sentencia judicial obligó a Yahoo! a entregarle a los Ellsworth un CD con toda la correspondencia virtual de su hijo muerto.

En 2012 Entrusted ya tiene varios competidores en este insólito negocio que navega entre legislaciones ambiguas e inexistentes. En cualquier caso, el gobierno de los EE.UU recomienda oficialmente a sus ciudadanos que tomen la precaución de redactar su voluntad sobre los asuntos relativos a sus perfiles digitales.

Mientras tanto, los litigios entre familiares de usuarios muertos y alguno de los gigantes de la web (Google, Facebook, Twitter) siguen cursos y desenlaces diferentes. Cada caso renueva el controvertido asunto de la privacidad postmortem. Muchos activistas por los derechos civiles sostienen que, independientemente del dolor, los padres no deberían acceder a la correspondencia de sus hijos muertos.

Facebook, al menos en el caso de Benjamin Stassen, piensa exactamente lo mismo. Por eso hay una batalla con final abierto entre Helen y Jay Stassen y la red creada por Mark Zuckerberg. La disputa comenzó tras el suicidio de Benjamin en 2010. Los padres, desconsolados, solicitan acceder a la cuenta de Facebook de su hijo fundándose en que les ayudará a encontrar información para comprender “la trágica decisión” que tomó. Del otro lado, sin embargo, interpretan que el dolor no da derechos y que una política de confidencialidad está hecha para ser cumplida.

El brazo corto de la ley

De a poco el vacío legal sobre el asunto ha empezado a disiparse, al menos en Estados Unidos. La aprobación de leyes en cinco estados (Oklahoma, Nebraska, Connecticut, Indiana y Rhode Island) empieza a crear marcos mínimos en los que puedan resolverse eventuales litigios. El común denominador de todas las normas recae en la figura de un “online executor”, una persona explícitamente designada para que se ocupe de nuestra vida online cuando no estemos.

Pero como suele suceder, las leyes y la tecnología corren a distintas velocidades. En Connecticut la ley data de 2005 pero ya tiene algo de “vieja”. Y es que la norma sólo se refiere al correo electrónico y no a las redes sociales ni otro tipo de cuentas de usuarios (como blogs, por ejemplo). En Nebraska, donde su sanción es reciente, la legislación estipula que el ejecutor online designado se queda a cargo de todo lo que tenga usuario y contraseña. “Todo” puede incluir la cuenta de un sitio como eBay, lo que inmediatamente hace temer por situaciones descabelladas con barniz legal: ¿podrá “técnicamente” un muerto vender o comprar?

Olvídalo

Elucubraciones jurídicas aparte, queda claro que la versión virtual de nuestra vida real terminará archivada en alguna parte. El no-registro es la meta de quienes predican y proponen el “derecho al olvido”, pero parece algo utópico en esta web obsesionada por rastrear todos nuestros clicks.

La “guerra” por el derecho a que se borren nuestros datos de la web apenas ha comenzado. De hecho, en una de sus primeras batallas, la Unión Europea todavía debe consensuar algo tan elemental como el alcance de las disposiciones legales porque, pese a estar en la era “virtual”, los gigantes de internet como Facebook y Google insisten en regirse por las leyes de California, su domicilio “real”.

Mientras tamaña vaguedad jurídica se acomoda, nuestras biografías digitales —cada vez más sólidas, cada vez más intensas— siguen poblando el ciberespacio. Hablan cada vez más de nosotros y ocupan cada vez más gygas. Eso sí, cuando la muerte nos sorprenda quedarán más suspendidas que suprimidas. Habrá pena pero es difícil que haya olvido. ®

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Publicado en: Destacados, Internet hacia el futuro, Septiembre 2012

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