Un ángel negro en tiempos de los nazis

La historia del asesino Doctor Petiot

Marcel Petiot era un vulgar ladrón que fue diagnosticado como “neurasténico, fóbico y depresivo paranoico”. Durante la ocupación nazi de Francia engañó a muchos judíos con la promesa de escapar hacia Argentina.

El siniestro doctor Petiot.

El siniestro doctor Petiot.

Aristides de Sousa Mendes, Nicholas Winton, Anton Schmid o Irena Sendler: todas ellas personas tras las que se esconde una historia fascinante y ejemplar; todos ellos, durante la Segunda Guerra Mundial, utilizaron su poder militar, su rango diplomático o sus habilidades civiles para salvar la vida de miles de mujeres y hombres acosados por el mazo asesino del Tercer Reich. Arriesgaron sus vidas —no en vano el soldado alemán Anton Schmid fue ejecutado por los propios nazis— para salvar las de los perseguidos. Sin embargo, y por desgracia, también disponemos de numerosos casos de naturaleza radicalmente opuesta: individuos que, con total frialdad y sumo cálculo, se aprovecharon de las dramáticas circunstancias que asolaban al pueblo judío en su propio beneficio. Y es aquí, en medio de esta innoble marabunta de antihéroes, donde cobra fuerza el nombre de Marcel Petiot.

El pequeño Marcel muy pronto dará muestras de su naturaleza sádica y morbosa: se entretiene y disfruta disparando a perros, metiendo gatos en cazos de agua hirviendo o arrancando los ojos a los pájaros para sentarse después a contemplar su errático vuelo.

Marcel André Henri Félix Petiot nace el 17 de enero de 1897 en la pequeña ciudad francesa de Auxerre, región de Borgoña. Hijo de un funcionario de correos y sobrino de un profesor de filosofía, el pequeño Marcel muy pronto dará muestras de su naturaleza sádica y morbosa: se entretiene y disfruta disparando a perros, metiendo gatos en cazos de agua hirviendo o arrancando los ojos a los pájaros para sentarse después a contemplar su errático vuelo. Brillante alumno, aprendiz de pirómano, coleccionista de pornografía con apenas ocho años o cleptómano impenitente, son muchas las historias escabrosas que se cuentan sobre la infancia de Marcel: por ejemplo, la que dice que, con once años, robó la pistola de su padre y disparó al techo durante una clase de historia, o la que informa de que, admirador y émulo de las artes circenses, colocó a un compañero de estudios contra una pared para lanzarle una andanada de cuchillos, afortunadamente sin causarle heridas.

En 1912 muere su madre y, poco después, su padre es trasladado a un nuevo puesto de trabajo a veinte kilómetros de Auxerre. Marcel queda al cuidado de sus tíos, situación que, lejos de calmar, agravará sus tendencias violentas: es expulsado de la escuela en dos ocasiones, acusado del robo de un buzón de correos y declarado culpable de atentado contra bienes públicos. En 1914, y tras varios reconocimientos psiquiátricos, es diagnosticado como mentalmente enfermo, lo que le eximirá de sus primeros delitos. Vuelve a ser expulsado de otras dos escuelas, completando su educación básica en 1915 en un colegio especial de París; a los dieciocho años, ciertamente, el futuro del joven Marcel no parece demasiado prometedor.

Así, con poco porvenir y menor vocación, en 1916, en plena Gran Guerra, se alista en el ejército francés. Pero nada cambia: poco después será detenido por el robo de mantas y morfina del hospital médico, adonde acude tras ser herido en el pie por una granada, y se le recluye en la prisión militar de Orleans. Transferido al psiquiátrico de Fleury–les–Aubrais, es declarado “neurasténico, fóbico y depresivo paranoico”. En 1918 es devuelto al frente, pero será expulsado de nuevo tras herirse a sí mismo. En todo caso, la decisión de ingresar en el ejército le terminará resultando muy beneficiosa: comienza a percibir una pensión por discapacidad de 40%, que posteriormente será revisada hasta alcanzar 100%. Además, le permite acogerse al programa de estudios acelerados para veteranos de guerra, y en unos escasísimos ocho meses acaba sus estudios teóricos de medicina. Tras dos años de prácticas en un pabellón psiquiátrico, el 15 de diciembre de 1921, con apenas 24 años y un más que notable historial de desatinos, Marcel Petiot es nombrado médico por la Universidad de París.

Marcel Petiot a los 24 años.

Marcel Petiot a los 24 años.

En 1922 Petiot abre su primera consulta en la población de Villeneuve–sur–Yonne, donde muy pronto obtiene gran popularidad gracias a su estilo desenfadado y a la vacunación gratuita que ofrece a la gente más desfavorecida; sin embargo, no dejará de robar todo el material médico que se le ponga por delante, y comenzará una larga carrera delictiva en el tráfico de drogas y en el ejercicio de abortos ilegales. Petiot no duda en integrar a sus pacientes en los planes de asistencia médica del Estado, de manera que pueda cobrar doblemente por su tratamiento: del enfermo en cuestión y del Estado francés. Su carta de presentación, la nota publicitaria que mandó imprimir, no puede ser más elocuente: “El doctor Petiot es joven, y sólo un joven médico puede mantenerse al tanto de los nuevos métodos nacidos de los grandes avances en el campo de la medicina. Ésta es la razón por la que los pacientes inteligentes tienen confianza en él. El doctor Petiot trata, pero no explota a sus pacientes”.

Por esa época Petiot lleva una vida relativamente modesta, a pesar de lo cual conduce un coche último modelo con el que causa múltiples accidentes. Roba a propios y extraños, y no duda en vender los muebles de las casas en las que vive como inquilino. Pero no será hasta 1926 cuando, al parecer, el doctor Petiot asuma el salto a la alta delincuencia, al acabar presuntamente con la vida de la hija de uno de sus pacientes, con la que había mantenido un tórrido romance. A pesar de todo, el cuerpo de Louise Delaveau fue hallado con grandes signos de descomposición, por lo que Petiot no pudo ser culpado. Poco después de este polémico asunto contrae matrimonio con Georgette Lablais, hija de un próspero comerciante, dando así el pistoletazo de salida a su carrera política. Petiot llegará a ser alcalde de Villenueve–sur–Yonne, puesto del que será suspendido tras varios desfalcos de dinero público y numerosos robos, entre los que destaca la sustracción de los tambores de la banda de música local y de una cruz de piedra de la que se encaprichó. En 1933, tras repetidos problemas con la justicia, Petiot se instala en París. Varios años de éxito laboral, de delitos de diversa índole, de ingresos en prisiones y en centros psiquiátricos. En 1939 estalla la Segunda Guerra Mundial, será entonces cuando arranque el verdadero tiempo tenebroso del doctor Petiot.

A finales de 1941, Joachim Guschinow, peletero judío, comunica a su vecino Petiot sus deseos de huir de Francia. Petiot no lo duda: se identifica como el jefe de una red secreta especializada en llevar a cabo, previo pago de 25 mil francos, traslados furtivos de París a Argentina a través de Portugal.

En 1941 Petiot compra una vivienda en la calle Le Sueur, en el centro de un París sometido a la ocupación del ejército nazi. Petiot convierte la casa en una clínica privada, que le servirá tanto para la atención de pacientes como para el tráfico de drogas. Construye un muro en el patio de la casa —lo que le permite esquivar la curiosidad de sus vecinos—, repara el pozo del sótano y manda instalar una inquietante caldera dentro de un pequeño cuarto equipado con una mirilla: todo está preparado para llevar a cabo su maquiavélico plan.

Así será. A finales de 1941, Joachim Guschinow, peletero judío, comunica a su vecino Petiot sus deseos de huir de Francia. Petiot no lo duda: se identifica como el jefe de una red secreta especializada en llevar a cabo, previo pago de 25 mil francos, traslados furtivos de París a Argentina a través de Portugal. El 2 de febrero de 1942 Guschinow acude a casa de Petiot con todas sus pertenencias, listo para la huida: nunca más se volverá a saber de él. El mismo derrotero correrá Jean–Marc Van Bever, un notorio toxicómano que había denunciado a Petiot por tráfico de drogas.

Estas dos víctimas no serán más que pequeños ensayos de Petiot, que cambia su nombre por el de Docteur Eugène y se lanza a la conquista del numeroso colectivo de judíos adinerados que, marcados por su condición, desean abandonar Francia a toda costa. Comienza entonces la época dorada de Petiot: rápidamente su red de fugas se convierte en un éxito, cada vez son más los perseguidos que deciden ponerse en sus manos para escapar de París; incluso, en una inteligente y truculenta estrategia mercantil, se atreve a lanzar “ofertas especiales para grupos”. Su economía crece exponencialmente, al igual que su fama, que él mismo promueve. Tanto que la Gestapo empieza a sospechar de las actividades de Petiot, a quien suponen miembro de la Resistencia francesa, y se proponen capturarlo. Para ello obligan al prisionero Yvan Dreyfus a infiltrarse en la red como si de otro posible cliente se tratase; desaparecerá sin dejar rastro. Finalmente, la Gestapo arresta a tres socios de Petiot, que, tras una larga tortura, acaban confesando quién se esconde tras el seudónimo de Docteur Eugène: Petiot será detenido y torturado durante ocho meses en la prisión de Fresnes, pero se mostrará incapaz de delatar a otros miembros de La Résistance, puesto que carecía realmente de cualquier vínculo con ellos. Liberado sin pruebas, decide borrar toda evidencia de su actividad criminal, será entonces cuando surja el fuego.

La policía francesa saca cadáveres de la casa de Petiot.

La policía francesa saca cadáveres de la casa de Petiot.

En efecto, el 11 de marzo de 1944, tras varios días respirando un denso y maloliente humo, los vecinos de la calle Le Sueur, alarmados, llaman a los bomberos. Una vez allí les informan a éstos de extrañas visitas nocturnas, de camiones que entran vacíos en el gabinete del doctor Petiot y salen repletos de maletas. Cuando los bomberos penetran en la casa se encuentran un panorama dantesco: decenas de cuerpos devorados por las llamas, miembros humanos, piel, vísceras, ojos conservados en formol. Cuando Petiot, minutos después, llega a su casa, afirma con orgullo que se trata de cuerpos de nazis y de colaboracionistas asesinados por la Resistencia y confiados a su custodia. Gracias a su fina habilidad para el embuste los agentes le creen y le dejan marchar. Con Petiot en paradero desconocido, la investigación continúa, dirigida por el experimentado comisario Georges–Victor Massu. El sótano de la clínica, auténtica cámara de los horrores, esconde, al menos, 27 muertos; también se encuentran 72 maletas y 655 kilos de objetos de diversa índole. Entre estos objetos se halla el pijama del niño de origen judío René Kneller. Massu comienza a tener claros indicios de que las víctimas no son precisamente soldados alemanes.

Mientras tanto, Petiot se mantiene escondido gracias al apoyo de unos pocos amigos que aún lo creen inocente, ante los que asegura que la Gestapo quiere acabar con su vida. Se deja crecer la barba, adopta el sobrenombre de Capitaine Valéry y se alista en las tropas francesas. Pero será de nuevo su exhibicionismo el que le descubra: la policía, segura ya de la verdadera condición asesina de Petiot, publica un artículo en el diario La Résistance titulado “Marcel Petiot, soldado del Reich”. La megalomanía de Petiot lo lleva a responder al periódico con una carta manuscrita, negando la acusación, de este modo la policía deduce que muy probablemente aún se encuentre en París. Por fin, el 31 de octubre de 1944 es detenido en una estación de metro de la capital francesa. Entre sus posesiones se hallará una pistola, 31,700 francos y 50 documentos de identidad.

El juicio comenzó el 18 de marzo de 1946. Petiot fue acusado formalmente de haber matado a veintisiete personas, a lo que respondió con énfasis: “¿Cómo que veintisiete? Querrá usted decir sesenta y tres…”. A pesar de ello, continúa defendiendo su inocencia, argumentando que es el líder de una red de resistencia llamada Fly–Tox, encargada de acabar con los traidores de la patria francesa. Pero nadie conoce esa red, ningún resistente lo identifica como miembro. El juicio es un disparate: Petiot lo mismo dormita que se enzarza en violentas discusiones con la acusación. Terminó por reconocer diecinueve asesinatos, pero afirmando en todo momento actuar en nombre de Francia. Después de tres semanas de juicio es declarado culpable de 24 de los 27 crímenes y condenado a morir en la guillotina: quedó demostrado que Petiot, tras recibir el pago de 25 mil francos de cada uno de sus clientes, y tras solicitarles que acudieran a su gabinete con todas sus pertenencias con el objeto de emprender el tan deseado viaje a Argentina, les administraba una inyección letal con la excusa de tratarse de una vacuna imprescindible para poder partir.

El juicio del doctor Petiot.

El juicio del doctor Petiot.

Varios interrogantes en torno al caso planean aún hoy: ¿qué ocurrió con el botín acumulado por Petiot, estimado en el equivalente actual de 50 millones de euros? Nada: hasta la fecha, y tras numerosas investigaciones y demoliciones, nada se ha podido saber sobre el destino final de éste; la mujer, los hijos y los familiares directos de Petiot, por su parte, llevaron una existencia humilde y sencilla hasta el final de sus días. Por otro lado, hace poco se supo, tras la desclasificación de los archivos policiales del caso, que The Pond, la organización de inteligencia estadounidense anterior a la constitución de la CIA, había contado con los servicios secretos de Petiot en calidad de informador. ¿En qué consistía realmente su actividad? ¿En qué sentido pudo beneficiarse de esta colaboración? ¿Tuvo realmente Petiot alguna relación con la Resistencia francesa? ¿Era realmente un loco incorregible? Muchas incógnitas y muy pocas certezas.

Lo que es irrefutable es que el 25 de mayo de 1946 Marcel Petiot es conducido a la guillotina. Según los testimonios, llegó hasta el cadalso con total tranquilidad, antes incluso que los propios verdugos. Se negó a recibir consuelo espiritual y, cuando le preguntaron si tenía algo de declarar antes de morir, respondió con un enigmático “Soy un viajero que se lleva su equipaje”. Petiot murió con el mismo cinismo e ironía con los que había vivido: justo antes de que la cuchilla descendiera alzó su cabeza y se dirigió a los testigos de la ejecución en los siguientes términos: “Caballeros, les sugiero que no miren. No va a ser algo bonito”. Instantes después, la hoja afilada cayó sobre su cuello: hay quienes afirman que la cara de Petiot esbozó una última y eterna sonrisa mientras su cabeza rebotaba en el canasto. ®

Publicado originalmente en nuevatribuna.es. Se reproduce con permiso del autor.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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