Las izquierdas españolas no habrían sido las mismas sin la aportación de militantes cristianos que se implicaron en la lucha obrera desde la convicción de que así eran fieles al mensaje del Evangelio.

Si en 1931 y 1936 los templos fueron objeto de la ira anticlerical, a finales del franquismo se convirtieron en espacios de libertad, refugios de la oposición democrática frente a un régimen que no reconocía el derecho de reunión. Si a principios de los años treinta, católico y de derechas acostumbraban a ser sinónimos, durante la transición a la democracia un apreciable sector de creyentes se había escorado hacia las filas de la izquierda, e incluso de la extrema izquierda. ¿Qué sucedió para que en tan pocos años se produjera una evolución tan prodigiosa?
Desde un punto de vista anticlerical, católico y progresista son, por definición, términos opuestos. No se niega la existencia de católicos avanzados, pero no serían verdaderos creyentes sino una especie de heterodoxos, de desviados de las verdaderas esencias. Para el escritor Carlo Frabetti los católicos de izquierda no son, en realidad, auténticos católicos sino pura y simplemente herejes, lo sepan o no. En su opinión, hay muchas formas de ser cristiano, pero sólo una de ser católico, aceptar al pie de la letra los dictados de la Iglesia, una institución intrínsecamente conservadora y contrarrevolucionaria. No es posible, pues, permanecer en su seno y aceptar la homosexualidad o los anticonceptivos. Para Frabetti no hay duda de que la religión es “el opio de los pueblos”. No necesita entrar en ningún tipo de distinciones y piensa que los que no comparten su opinión, aunque tengan buena voluntad, son víctimas de un delirio.
Los cristianos, según Holbach, sólo están dispuestos a acatar al poder civil en tanto sus normas se ajusten a las de su religión. Si, por el contrario, el poder se aleja de los preceptos cristianos, la rebelión de los súbditos está más que justificada.
Esta postura cerradamente antirreligiosa, paradójicamente, viene a hacer el juego desde la izquierda a los obispos más conservadores, siempre desconfiados de cualquier forma de contestación. Los cristianos más avanzados, en cambio, reivindican su derecho a disentir sin por eso sentirse menos parte de la Iglesia. Ése era el caso, entre muchos otros, de Enrique Miret Magdalena, el famoso teólogo seglar:
Algunos se extrañan de que yo siga llamándome católico en este tiempo de involución de la Iglesia de Roma. No comprenden que ser católico —al menos, según la tradición de san Agustín y santo Tomás— no es lo mismo que ser una oveja muda o un robot que sólo sigue la voz de su amo. Es, según esos dos santos, mejor exponer un católico a la excomunión que dejar de seguir la propia conciencia.
Se han escrito miles de páginas sobre el papel de la religión como respaldo del poder. En realidad, la relación entre el estamento eclesiástico y las autoridades civiles es mucho más ambivalente. Un ilustrado ateo, Holbach, apuntaba en el siglo XVIII que “el clero fue y será siempre el rival de la realeza” y que los sacerdotes, por definición, eran “los súbditos menos sumisos”. ¿Y esto por qué? Porque los cristianos, según Holbach, sólo están dispuestos a acatar al poder civil en tanto sus normas se ajusten a las de su religión. Si, por el contrario, el poder se aleja de los preceptos cristianos, la rebelión de los súbditos está más que justificada. Es la política la que debe someterse a la religión, no al revés.
Con tal premisa se puede justificar, de hecho, cualquier tipo de protesta. Una de tipo conservador contra un régimen progresista o una de tipo progresista contra un régimen conservador. La legitimación de la insurrección, en ambos casos, viene a ser la misma: el derecho del creyente a rebelarse contra la tiranía para seguir los dictados de su propia conciencia.
Se ha repetido que la Iglesia, en tanto institución, ha procurado hallarse presente dentro de todas las tendencias políticas, lo mismo en las estructuras del poder que en las filas de la oposición, para tener así bazas que jugar sucediera lo que sucediera. Habría tratado, en suma, de ponerle una vela a Dios y otra al diablo. Pero esta tesis, demasiado conspirativa, pasa por alto que el catolicismo, por su ideología universalista, es transversal. Se dirige a hombres y mujeres de todas las clases y de todas las convicciones. Por eso, tiende a reproducir en su seno la pluralidad y los conflictos de la sociedad civil.
No es de extrañar, por ello, que cuando se inician las revoluciones liberales a finales del siglo XIX encontremos ya a cristianos pioneros que militan en sus filas bajo el impulso de sus convicciones religiosas. Se producirá entonces una “guerra teológica” entre los que intentan hacer compatible su fe con las nuevas ideas de libertad y los que, por el contrario, identifican la religión con la cultura política del Antiguo Régimen. Entre ambos extremos detectamos una amplia gama de matices.
Hace ya algunos años, con motivo del 200 aniversario de la Constitución de Cádiz, se publicaron múltiples comentarios sobre su carácter revolucionario en tanto que primera ruptura con el absolutismo. Se echó a faltar entonces la referencia a los católicos liberales, algunos tan relevantes como el sacerdote Diego Muñoz Torrero, uno de los grandes protagonistas en la defensa de la soberanía nacional. Representaba una Iglesia aperturista, cuyo desarrollo frenó en seco la represión de Fernando VII, como muestran los estudios sobre los exilios de sacerdotes tras el fin del Trienio.
Por otra parte, una historiografía centrada en la vertiente eclesiástica de la religión ha dado la espalda a las expresiones de fe en las que la vivencia espiritual iba de la mano de una apuesta por la modernidad. Sin embargo, estudios como el clásico de Alfonso Botti, España y la crisis modernista, han puesto de relieve no sólo la dimensión creyente del krausismo, la corriente de pensamiento más importante de nuestro siglo XIX. Se ha tendido a presentar a sus miembros como personas alejadas de la Iglesia, sin percibir adecuadamente su sentido de pertenencia a ésta, o el sufrimiento que les produce distanciarse de ella. Tampoco se ha valorado bien el anhelo de una fe más sincera y en armonía con la racionalidad. A partir de aquí el profesor Botti ofrece una reveladora conclusión:
Entre todos los fragmentos de catolicismo liberal que asoman en el país (…), el relativo al krausismo no solo es el más significativo, por su explícito carácter y por su sugerente incidencia en el plano cultural, sino que también es el que define mejor la peculiar esencia del catolicismo liberal español en relación con el europeo.
Por suerte, ahora sabemos mucho más de los católicos disidentes como los que apoyaron a la Segunda República, durante mucho tiempo olvidados en una especie de agujero negro historiográfico. Así, en Por lealtad a la república (2013), José Luis Casas biografió a Gallegos Rocafull. Ese mismo año, en Otra Iglesia, un equipo de historiadores bajo la coordinación de Feliciano Montero, Antonio C. Moreno y Marisa Tezanos, aportó diez perfiles biográficos de otros tantos sacerdotes que se distinguieron por apoyo a la causa de la democracia. Se pretendía así diseccionar una muestra representativa de un colectivo más amplio y heterogéneo de lo que hasta entonces imaginábamos.
Respecto al franquismo, lo habitual, hasta hace no tantos años, era prescindir en las obras de síntesis de la aportación de movimientos confesionales como la JOC, la HOAC o los curas obreros. No faltan, ciertamente, razones históricas para tal negligencia. La mayoría de los especialistas se formó en época de Franco, en lucha contra un régimen que tenía a gala su fidelidad a la Iglesia. Sin embargo, una nueva generación de estudiosos ha contribuido a renovar nuestras perspectivas, aunque todavía queda mucho para aproximarnos a Francia, donde los estudios de temática religiosa sí han adquirido carta de naturaleza.
La militancia cristiana destaca, en primer lugar, por su presencia cuantitativa. Incluso en 1970, en plena crisis postconciliar, los veintiún movimientos de apostolado seglar sumaban más de 300 mil miembros, más que todos los grupos clandestinos juntos. La amplitud de la contestación eclesial está documentada, entre otras muchas fuentes, a través de las memorias de los jerarcas franquistas, desconcertados ante el cambio de rumbo de una institución cuyo respaldo juzgaban moralmente obligatorio, vista la protección que el gobierno le había dispensado desde la guerra civil. Contamos, además, con innumerables documentos policiales de la época.
Si creemos que los movimientos cristianos antifranquistas fueron tan minoritarios que pasaron inadvertidos para muchos, habría que aplicar ese criterio, con muchísima más razón, a todas las fuerzas de oposición, sin excluir al Partido Comunista o a un Partido Socialista del que pudo decirse que había estado cuarenta años “de vacaciones”.
Si cuestionamos la existencia de un compromiso democrático en un amplio sector del clero… ¿cómo explicamos que la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes, en 1971, solicitara perdón por el papel de la Iglesia en la guerra civil? La petición no se hizo oficial porque, por muy pocos votos, no alcanzó la mayoría requerida de dos tercios, pero de todas formas refleja un sentimiento muy extendido.
El problema surge de utilizar distintos raseros en función de si tratamos con un movimiento laico o un movimiento confesional. Si creemos que los movimientos cristianos antifranquistas fueron tan minoritarios que pasaron inadvertidos para muchos, habría que aplicar ese criterio, con muchísima más razón, a todas las fuerzas de oposición, sin excluir al Partido Comunista o a un Partido Socialista del que pudo decirse que había estado cuarenta años “de vacaciones”. Feliciano Montero, uno de los grandes nombres de la historia religiosa en nuestro país, puntualizó que se trataba de reconocer el papel de una minoría muy activa que “progresivamente va contagiando al conjunto”. Los hechos le dan la razón: por más que la Iglesia no llegara a romper formalmente con la dictadura, hay un abismo entre el cardenal Tarancón, en 1975, y el cardenal Gomá, en 1940.
La importancia del cristianismo progresista, con todo, no ha sido proporcional a su visibilidad social. La razón de que su presencia se haya diluido parece clara: los militantes cristianos han intervenido activamente en diversos tipos de entidades a título individual, sin llegar nunca a actuar de forma corporativa. Algo obligatorio, puesto que movimientos como la JOC o la HOAC, por su propia naturaleza apostólica, no podían asumir un compromiso político o social explícito. Dada su vinculación eclesiástica, éstas y otras organizaciones no se implicaron como tales en los conflictos de su época. Por ejemplo, en las huelgas de Asturias de 1962. En cambio, sí formaron a una serie de personas que desarrollarían un activismo social muy intenso.
Los especialistas en ciencias sociales no lo han tenido fácil a la hora de identificar el factor católico como un agente relevante de transformación social. Hay que vencer, por otra parte, el sesgo anticlerical de los medios de comunicación: se publicitan, con toda justicia, los casos de sacerdotes pederastas.
En otros casos, el anonimato fue algo conscientemente buscado, a partir de una mística determinada. Tal es el caso de los curas obreros, un colectivo que no buscaba hacer proselitismo sino dar testimonio a través del ejemplo. Por eso, muchos de estos sacerdotes se mezclan con la clase trabajadora en oficios manuales como la construcción, asumiendo su modo de vida, pero sin hacer pública su condición eclesial. En consecuencia, sus compañeros no saben que comparten el día a día con un miembro del clero. Desde el punto de vista de la pureza doctrinal, la opción de estos curas resulta irreprochable. Desde un punto de vista “mediático”, en cambio, contribuye a oscurecer la presencia de voces católicas alternativas.
Todo ello ha complicado una valoración ajustada de la influencia de la Iglesia en determinados ambientes. Los especialistas en ciencias sociales no lo han tenido fácil a la hora de identificar el factor católico como un agente relevante de transformación social. Hay que vencer, por otra parte, el sesgo anticlerical de los medios de comunicación: se publicitan, con toda justicia, los casos de sacerdotes pederastas. Lo que ya no es tan justo es que se obvie el trabajo de los sacerdotes honrados, enfrentados las más de las veces a circunstancias difíciles, por no decir heroicas.
El Vaticano II aportó, sin duda, un punto de referencia que hacía posible la concordia entre religión y democracia, pero su impacto en cada país, en palabras de Pamela Radcliff, “dependía de las dinámicas internas de cada Iglesia nacional”. Así, en España, encontramos que un sector importante de la jerarquía se resiste a asimilar la renovación por más que proclamen su teórica sumisión a las directrices romanas. Mientras tanto, la actuación de los denominados “curas contestatarios” o “nuevos curas” no obedecía sólo al impulso del concilio sino a una evolución propia.
Con su incorporación a la izquierda, los cristianos contribuyeron a desactivar el tradicional anticlericalismo que ha lastrado la historia de España. Durante la Segunda República, la religión era un problema y se quemaban iglesias.
Autores como Laboa o Montero han planteado que la transición dentro de la Iglesia constituyó un factor decisivo para la viabilidad de la posterior transición a la democracia. Se trataría de un proceso previo al cambio político que uno de sus protagonistas, Alberto Iniesta, el “obispo rojo” de Vallecas, data entre la clausura del Vaticano II y la muerte de Franco. Por otra parte, diversos representantes de la izquierda política y sindical han reconocido la aportación cristiana a la lucha contra Franco. En 1967 Santiago Carrillo declaró a la prensa italiana y francesa que comunistas y católicos constituían las fuerzas opositoras más influyentes dentro del mundo obrero y el universitario. Por su parte, el exsecretario general de CC.OO., Antonio Gutiérrez, elogió a la HOAC por prestar una contribución fundamental para la existencia y consolidación de su sindicato.
Con su incorporación a la izquierda, los cristianos contribuyeron a desactivar el tradicional anticlericalismo que ha lastrado la historia de España. Durante la Segunda República, la religión era un problema y se quemaban iglesias. En los años sesenta, en cambio, todo eso pertenece al pasado. Existen, sin duda, otros factores, como el proceso de secularización, pero no hay que olvidar que ateos y cristianos han combatido en las mismas trincheras contra el monstruo de la dictadura.
Esta iglesia de izquierdas ha generado dos reconstrucciones antagónicas. La primera, afectiva, nostálgica y militante, por parte de los propios protagonistas, teñida de lo que podríamos denominar “conciencia subversiva”. La segunda, a cargo de sectores conservadores que perciben la irrupción del progresismo como un elemento desestabilizador en la Iglesia. Desde su punto de vista, lo propiamente espiritual quedó relegado ante la urgencia de lo sociopolítico. De este parecer se muestra Mercedes Gordon, profesora de la Universidad Complutense, cuando critica que las homilías de los sacerdotes parecieran discursos político–sindicales, salvo excepciones a las que califica de “honrosas”. Su visión de aquellos años se caracteriza por un tono fuertemente crítico:
De aquellas lluvias vinieron los lodos que afectaron y siguen afectando a la Iglesia y a la sociedad española: escasa formación cristiana, pérdida de valores, sincretismo, agnosticismo y relativismo. Y, por tanto, un laicismo creciente en medio de una sociedad del bienestar y de un hiper-consumismo alienante. Un verdadero neopaganismo que fue insistentemente denunciado por el papa Juan Pablo II.
Otros, en cambio, señalan que el Vaticano II no es la causa de los males del mundo católico, sino el factor que logró atenuar un desastre de consecuencias imprevisibles. Desde esta óptica, sin la reforma conciliar, se hubiera producido una explosión interna por la frustración de los sectores más aperturistas. Sin embargo, también es cierto que, desde posiciones anticlericales, se ha cuestionado la realidad del cambio de la Iglesia. Ésta sería una institución definida por su compromiso con una dictadura sangrienta, no por la JOC ni por los curas obreros. Aquí, por el contrario, apuesta por mostrar el lado más avanzado del cristianismo español y poner en valor su contribución a la actual democracia. La idea es demostrar que la historia religiosa, hecha desde una perspectiva laica, resulta imprescindible para una comprensión exacta de nuestro pasado. La izquierda no habría sido la misma sin la aportación de tantos militantes cristianos que se implicaron en la lucha obrera desde la convicción de que así eran fieles al mensaje del Evangelio. ®
