Corresponsal de lo imposible

Entrevista con Óscar de la Borbolla

Hace poco más de cuarenta años Óscar de la Borbolla entró en lides periodísticas, en las que, dice, “fui corresponsal de lo imposible y reportero de mi mundo interior”. Así, una parte de su obra la ha dedicado a la escritura de las subversiones de la realidad que ha denominado “ucronías”.

Óscar de la Borbolla. Foto de Voces de mi Región.

Esas piezas, presentadas en formato periodístico, son historias que tergiversan la realidad hasta lo absurdo, pero con un tono de verosimilitud, con lo que lograron que muchos lectores quedaran embaucadas por ellas pese —o gracias— a su notoria extravagancia. Ese ejercicio, por demás divertido, nos revela muchas otras situaciones problemáticas.

Así, como escribe De la Borbolla, la ucronía, “al exagerar la mentira, al volverla demencial, introducía la sana suspicacia: engañaba como una medida de escarmiento, falseaba para denunciar, para enseñar la desconfianza y promover la crítica”.

De la Borbolla ha publicado algunas antologías de sus ucronías, dos de las cuales ahora publica el Fondo de Cultura Económica en un volumen: Asalto al infierno y otras aventuras ucrónicas / Instrucciones para destruir la realidad (2025), en las que se reúnen 63 de esos textos en los que hay desde un andrológico —un zoológico de hombres— hasta las inconveniencias de que los muertos vuelvan a vivir, pasando por el nacimiento de centillizos y el trasplante de cerebros.

Acerca de ese libro conversamos con De la Borbolla (Ciudad de México, 1949), quien es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y ha sido profesor en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, de la UNAM, y en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México. Es autor de una treintena de libros y ha colaborado en publicaciones como la Revista de la Universidad de México, Siempre!, Excélsior, El Nacional, Plural, Sábado y Sin Embargo, así como en medios como Radio Educación, Radio Trece y Proyecto 40. Ha obtenido premios como el Internacional de Cuento Plural y el Nacional de Humor La Sonrisa, además de una mención honorífica en el Concurso Internacional de Cuento Esperante.

—¿Por qué publicar un libro como este, cuando hace 43 años que empezaron sus ucronías, cuando Asalto al infierno e Instrucciones para destruir la realidad ya habían aparecido por separado?
—Porque las ucronías no han caducado. Es un trabajo que hice hace como cuarenta años, por un periodo de diez en muchos medios, principalmente en Excélsior. Luego me fui y estuve simultáneamente en la revista Siempre!, en Playboy y en Plural, e incluso algunas de las que recogí en estos libros estuvieron alguna vez en ondas hertzianas y en la televisión, en un segmento del noticiario del mediodía del canal 40, donde también hice crónica.

Fue un trabajo muy largo, y resulta que las ucronías se han vuelto a poner de moda, sobre todo con el nombre de fake news.

Al ver el estrago que ha creado el internet en la credulidad de la gente porque estas noticias falsas ahora se publican diariamente y nos están invadiendo, quise relanzar las ucronías porque no son simplemente una tergiversación de lo que está pasando. No armo con lenguaje multimedia, con imágenes, con inteligencia artificial o escenarios que le dan más respaldo a las mentiras.

Quise republicarlas porque sus contenidos son muy delirantes y, sin embargo, la gente se las creyó en su momento. Entonces, las quise poner para contribuir a algo que está haciendo falta de manera urgente: tener criterio, a lo que también llaman “pensamiento crítico”.

Creo que el primero que hizo ucronías fue Orson Welles con aquella transmisión radiofónica en la que avisaba que la ciudad estaba siendo invadida por los marcianos, apoyado en el libro La guerra de los mundos, de H. G. Wells, con lo que provocó un caos porque hubo intentos de escapar de la ciudad.

Hay cosas tan raras como que exista una estación de radio en la frecuencia de las ondas telepáticas y no hertzianas, o que resuciten muertos después de treinta días. Son contenidos muy delirantes, y busco que la gente pueda verlos ahora para entender el antecedente de lo que está pasando hoy.

Esto tiene fuentes muy antiguas; creo que el primero que hizo ucronías fue Orson Welles con aquella transmisión radiofónica en la que avisaba que la ciudad estaba siendo invadida por los marcianos, apoyado en el libro La guerra de los mundos, de H. G. Wells, con lo que provocó un caos porque hubo intentos de escapar de la ciudad. Ése es un antiquísimo antecedente, aunque a mí no me inspiró porque hasta después me vine a enterar de su existencia.

Éste es un modo de que la gente se pueda dar cuenta del poder que tienen los medios, y sobre todo ahora que los medios son el internet, donde la mayor parte de los jóvenes se pasan, mínimo, ocho horas diarias, y se han encerrado en una burbuja informativa, por lo que tienen una forma tan tergiversada de apreciar la realidad que viven en una realidad de ficción.

La reaparición de mis ucronías va con esta intención: para que vean que uno es tan crédulo que no solamente cree en tergiversaciones de lo que está pasando. Por ejemplo, he estado scrolleando en X o Instagram, y me he quedado con la impresión de que ya no existen Tel Aviv o Teherán por los trucos que se hacen con inteligencia artificial para mostrar que ya arrasaron con el enemigo. Eso hace que toda la gente quede confundida, y la verdad es que yo, a estas horas, no sé si es una guerra de ficción o una real; así, a ese nivel. Si yo contara el número de bombas que han caído según algunos medios de comunicación, pues estaría convencido de que ya arrasaron no solamente con esa zona de Medio Oriente, sino con todo el mundo.

En el libro el lector puede ver una noticia que parece verdadera: que se inauguró un parque zoológico, pero que se llama “andrológico”, donde los seres humanos viven en jaulas. Allí, por ejemplo, hay una sección llamada “Matrimonio”, en la que se puede ver a parejas que llevan casadas uno, dos, tres y hasta treinta años, y el público puede ver en ese recorrido cómo se va deteriorando la relación. Decía que cualquiera que visitara esa zona del andrológico muy difícilmente se atrevería a entrar en esa relación. Entonces, el recorrido era bastante educativo.

Eran historias muy locas, y siguen siendo muy imaginativas, aunque tenían de fondo que eran tomadas en serio. Creo que están completamente vigentes, y por eso me animé a proponérselas a los del Fondo, a quienes les gustó. Es la recuperación de una etapa de entre diez y doce años de estar trabajando intensamente, con dos o tres entregas por semana, incluso a veces más.

Se hizo una selección, la pulí para que tuviera la dignidad de un libro y no solamente la de un artículo periodístico, que siempre se entrega con premura, por lo que va con algunos vicios de redacción y demás. Pulí los textos, los seleccioné y dejé un compendio a mi gusto y muy limpio de lo que fue mi trabajo durante tantísimos años.

—Es una compilación muy completa y muy variada…
—Es que me metí con todas las ramas del conocimiento, del arte. Así, puedes encontrar la rebelión de los entes de ficción: por ejemplo, el Pedro Páramo de un ejemplar de la biblioteca central de Ciudad Universitaria, harto ya de todos los días vivir la misma historia, decide tergiversarla.

Así se van sublevando los personajes de ficción dentro de los escenarios imaginativos de la pintura o de la literatura, y en lugar de comportarse de acuerdo con el guion que el escritor o el pintor diseñó, se insubordinan y hay un caos: uno lee un ejemplar de un libro, y luego lee otro, y las historias son distintas.

Ocurre en las ucronías que los muertos resucitan y las familias, al principio, están contentas porque ha vuelto su ser querido. Pero cuando el abuelito regresaba y quería imponer sus leyes nuevamente sus familiares empezaron a hartarse de él, por lo que unos empresarios abrieron un asilo para muertos…

Imagínate una exposición de un grupo de pintores ígneos que habían diseñado un marco con un tubo en forma de cuadrado, con pequeños pivotes a cada centímetro y que conectaban detrás unas mangueras con distinto tipo de gas inflamable. Entonces, al encender el cuadro los fuegos se calibraban con unos pivotes y se conseguía crear una pintura incluso hiperrealista. Era la pintura con fuego. En este tipo de locuras me metí también con los astrónomos, con los físicos, con todas las disciplinas habidas y por haber.

También ocurre en las ucronías que los muertos resucitan y las familias, al principio, están contentas porque ha vuelto su ser querido. Pero cuando el abuelito regresaba y quería imponer sus leyes nuevamente sus familiares empezaron a hartarse de él, por lo que unos empresarios abrieron un asilo para muertos, un lugar al cual mandarlos para poder olvidarnos de ellos definitivamente y que no estuvieran ahí dando lata.

Había de todo, un repertorio en el que estuve metiéndome por todos los hoyos de la imaginación y hacia todos los ramos.

—¿De dónde proviene esta necesidad y hasta la utilidad de subvertir la realidad, de sembrar la confusión, de tomarle el pelo a los lectores, de exagerar la mentira?
—Al principio fue estrictamente una casualidad. Yo quería publicar cuentos, pero nadie quería publicar lo que yo escribía; en el único lugar donde encontré cabida fue en la prensa impresa, y allí tenía que disfrazarme de periodista. Entonces, adopté los géneros del periodismo: el reportaje, la entrevista, el artículo de fondo.

Pero el asunto fue que el contenido era falso porque eran las elucubraciones o las locuras de un escritor. Lo que conseguí fue una especie de hibridación de literatura y periodismo. Pero fue una casualidad; si me hubieran publicado mis cuentos, habría estado contento y en paz. Pero como tenía que fingirme periodista, pues lo asumí hasta sus últimas consecuencias.

Como fue un trabajo de muchos años, poco a poco fui cobrando conciencia del impacto que tienen la letra impresa y, en general, los medios informativos para ir moldeando la conciencia al dar una imagen de lo que supuestamente es el mundo. En el fondo, es cómo los medios construyen la realidad en la que vivimos, porque la realidad es un constructo.

Cuando me di cuenta del efecto que proponían, al reunirlas en alguna antología que hice de estas ucronías se me ocurrió el título de Instrucciones para destruir la realidad. Con este mismo sentido, ya ahora sí consciente del efecto que provocaban, despertar en los lectores la suspicacia, la desconfianza ante los medios.

Fue un trabajo que me hizo evolucionar y cobrar una conciencia distinta de lo que al principio era y en lo que se había convertido y, sobre todo, descubrir una cosa tremenda: que todos los seres humanos son muy crédulos. Así, después de describir en un texto una especie de parvada de buitres degollados que iban vertiendo su sangre sobre la zona de Tepepan, Xochimilco, la gente fue y congestionó el Periférico porque quería ver los coágulos que colgaban de los árboles como melones.

Cuando sentí así el pulso de la gente cobré conciencia del poder que tenían la palabra impresa y los medios para hacernos creer en una determinada realidad.

De los ejercicios profesionales, el de periodista es el que te da facilidad de acceso a todas las clases sociales, a todas las profesiones, a todos los lugares donde está sucediendo lo realmente interesante del mundo.

Hoy que hay un México muy distinto, si lees La Jornada o Reforma son dos México completamente irreconciliables. Así, dependiendo de dónde te informes, vives en una realidad. Creo que lo que hay que destruir es precisamente esa representación y tratar de recuperar el sentido común, el sano juicio, el sentido crítico frente a la realidad para no ser manipulado de forma tan fácil. Ahí está el sentido de esto.

—Para hacer estos textos usted adopta el papel de periodista que hace entrevistas, organiza concursos y en muchas ocasiones es prácticamente un periodista gonzo, y en una ocasión llega a mencionar el término “fantasía periodística”. ¿Qué posibilidades de expresión y de creación le dio asumir ese papel de reportero?
—Es una cosa interesantísima. Si eres abogado, te metes en el mundo del derecho y conoces jueces y a personas que están en algún conflicto que te van a buscar, y te quedas encerrado en el mundo de la abogacía. Si eres médico, todos los días ves pacientes, estás en hospitales, con fármacos y hasta con gente que va de propagandista médico a tu consultorio. Ése es tu mundo, en el que te quedas encerrado. En cambio, el periodista tiene una credencial que le permite entrar en cualquier lugar.

Creo que, de los ejercicios profesionales, el de periodista es el que te da facilidad de acceso a todas las clases sociales, a todas las profesiones, a todos los lugares donde está sucediendo lo realmente interesante del mundo.

Es una profesión, insisto, que te permite moverte con un pasaporte universal para poderte colar en todas partes. Es la propia naturaleza de ese oficio la que me permitió meterme en cuantas cosas se me ocurrían.

Claro, me tuve que ir documentando y entrenando para poder manejar los diferentes vocabularios que se emplean en cada uno de los casos. Entonces, imagínate lo que tuve que estudiar de filología cuando hice, por ejemplo, la ucronía en la que hablo de los males del castellano. Allí entrevisto a un médico que ha descubierto que, por cómo debía pronunciarse, a los primeros nativos americanos que hablaron el español les daba cáncer en la lengua. Pero la anatomía del nativo de estos lugares, que era tan sabia, había suavizado la pronunciación de ciertas palabras, de ciertas letras que son fricativas: si dices “Zaragoza”, “cielo” y “zanahoria” tienes que rozarte los dientes superiores con la lengua, lo que produce a la larga cáncer en la boca, como le pasa a los fumadores.

Para poder respaldar todas las locuras que se iban ocurriendo me tuve que ir metiendo en un montón de zonas del conocimiento que para mí no eran del todo familiares y que, al haberlas recorrido, me dieron una formación maravillosa.

La especialidad que yo tenía, la filosofía, de pronto se vio enriquecida, por lo que terminé teniendo, por razones laborales, una formación como la que daban en la época del Renacimiento. Parece que me metí en una universidad donde enseñaban el trivium y el cuadrivium, o sea, todas las disciplinas, una verdadera formación integral, lo que me ha dado una visión maravillosa.

Al menos yo ya no me siento ajeno en ninguno de los campos, sin ser especialista en nada. Ahora sí que, como decía por ahí Salomón, nada humano me es ajeno.

—¿Cuál es la relación de la ucronía con la utopía? Lo comento porque usted escribe que la primera es su manera de hacer la revolución, “aunque sea metafísica”. En el “Manifiesto ucrónico” afirma que es una solución fantástica, “trasladarnos en bloque a la ucronía para fundar una civilización distinta”.
—Separo tu pregunta en dos. ¿Qué significa la palabra “ucronía”? Me la encontré en un filósofo francés, Charles Renouvier, quien escribió un libro que se llama Ucronía, no sobre la historia como fue, sino como debía de haber sido. Inventó la palabra, formada con raíces griegas, al igual que “utopía”, lo que no tiene lugar, mientras que ucronía es lo que no tiene tiempo. Tome la palabra de allí porque me pareció hermosísima.

En mis propias filias, en mis inclinaciones —las que uno tiene medio raras—, a mí me gustaban mucho todas las literaturas de vanguardia; me refiero al futurismo, al dadaísmo, al surrealismo, con esa cantidad de locos que hubo a principios del siglo XX y que lanzaban manifiestos, como Tristan Tzara, André Breton y Marinetti. Yo leía eso y me sentía como en un tiempo desangelado. Cuando yo entré en este mundo no había una corriente como la que vivieron los artistas de principios del siglo XX, cuando inventaron los happenings y la literatura estaba viva.

Esa integración entre el arte y la vida yo no la notaba en México, en donde, cuando mucho, los escritores se emborrachaban en las presentaciones de libros, aplaudía la gente y hasta allí. Eran situaciones muy convencionales.

Cuando apresaron a Marinetti por decir algunas cosas en contra de la moral, los jóvenes de Milán salieron a la calle y sitiaron el lugar donde estaba siendo juzgado. Fue tal la presión social que el jurado lo tuvo que declarar inocente. Él salió triunfante y las multitudes se lo llevaron, como si fuera un torero, a recorrer las calles de la ciudad.

También está el caso de los disturbios preciosos que se armaban con los dadaístas alrededor del cabaret Voltaire. Esa integración entre el arte y la vida yo no la notaba en México, en donde, cuando mucho, los escritores se emborrachaban en las presentaciones de libros, aplaudía la gente y hasta allí. Eran situaciones muy convencionales.

Tenía una especie de nostalgia por lo no vivido, y quise hacer una corriente literaria que fuera este híbrido de literatura y periodismo en el que se han lanzado un montón de manifiestos. Así, también tengo un “Manifiesto ontofóbico” que está en otro libro mío que se llama Filosofía para inconformes, y hay otros, como un manifiesto a quien corresponda y que es el esquema de una protesta, no importa contra qué. Yo armaba la articulación para que le metieran los contenidos y protestarán. Había un espíritu de subversión del que no me ha apartado nunca y que me hacía sentir enfebrecido.

Intenté hacer un grupo como el que existió en Puebla hace algunos años: el de los estridentistas, con Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide. Yo quería armar una corriente literaria así, pero pues nadie me secundó, aunque hubo muchos copiones, porque cuando esta columna tuvo éxito en el periódico inmediatamente empezaron a imitarme en otros medios. Pero nunca entramos en un conjunto para armar orquestadamente una revuelta literaria. Me quedé gritando solo y cada vez delirando más.

Voy a confesar algo verdaderamente satisfactorio en mi vida: cuando un escritor publica, rara vez se encuentra después con un interlocutor. Tienen que pasar meses, a veces años, para encontrarse en la calle con alguien que te reconoce y te dice: “Oiga, yo leí su libro”. Pero cuando yo publicaba una nota de éstas al día siguiente empezaba a sonar el teléfono y había gente que protestaba, que preguntaba, y hasta se quejaba en el periódico porque se había sentido víctima de un mentiroso.

Era maravilloso experimentar de manera instantánea la reacción de la gente frente a las locuras que a mí se me ocurría inventar. Por eso prolongué tanto esa etapa: quedé enviciado de ver el impacto que producía la imaginación en la realidad.

Fueron épocas muy gozosas. Mi esposa me decía: “¿Vas a publicar eso?” En las ucronías recogidas en Asalto al infierno de plano me atreví a que el personaje se llamara Óscar de la Borbolla y a que aparecieran mi esposa, mi hijo y mis amigos, y fue para meterlos en el mundo de la fantasía.

—En sentido contrario a la utopía, y si podemos compararla con la ucronía, observo que varios textos son discrónicos, por decirlo así, como los dedicados a la tecnología: apagar la tele, la literatura cuántica —hoy más vigente que nunca—, la domesticación genética y la publicidad telepática.
—En mi tiempo fui un gran lector de utopías; leí con gustísimo la primera de todas, que fue La República, de Platón, que ahí se inventa un mundo donde las cosas son tan raras que hasta el gobernante es un filósofo.

Luego hubo una etapa importantísima, entre el siglo XVI y XVII, en que nace la palabra “utopía” en un texto de Tomás Moro. Después vinieron las de Campanella, Francis Bacon y un montón más en aquel tiempo.

Posteriormente, a mediados del siglo pasado aparecieron unas distopías maravillosas, como 1984, de Orwell, y El mundo feliz y Mono y esencia, de Huxley. Hubo incluso una escritora muy reaccionaria, Ayn Rand, que escribió un montón de distopías contra el comunismo, como Los que vivimos y La rebelión de Atlas.

Aquí es el único lugar donde hay pintores que pintan con fuego, donde se resucita a los muertos, donde hay un teléfono que permite que los sueños no sean exclusivamente íntimos, sino que te puedes comunicar con el de otro, y hasta hay pistolas que lanzan alfileres de hielo que no dejan rastro a la hora de la autopsia.

Fui un lector asiduo de utopías, y cuando encontré el libro de Renouvier, en el que lo que hacía no era un lugar, sino un tiempo nuevo que corría paralelo al nuestro, me dediqué a hacer estos artículos breves, que son como mosaicos que van armando un mundo paralelo.

Otro asunto es que todos los científicos que menciono en el libro son mexicanos: hay una cantidad de inteligencia potente en el país en todas las áreas, y las cosas que pasan en México son maravillosas, mejores que las que pasan en Nueva York, Tokio o París. Aquí es el único lugar donde hay pintores que pintan con fuego, donde se resucita a los muertos, donde hay un teléfono que permite que los sueños no sean exclusivamente íntimos, sino que te puedes comunicar con el de otro, y hasta hay pistolas que lanzan alfileres de hielo que no dejan rastro a la hora de la autopsia.

Imagínate qué talento de este México que yo adultero, que muevo un poco de la línea temporal, tanto que a mí me dieron ganas de cambiarme a vivir allá. Además, quería que me acompañaran y que todos nos mudáramos al mundo de los sueños. Nosotros nos pasamos un tercio de la vida en el sueño, dormidos, y dime si no es una verdadera necedad haber decidido que la vigilia, este momento en el que estamos despiertos, donde hay policías y gobernantes, ricos y pobres, sea la realidad que hemos elegido. Deberíamos habernos instalado en el sueño y venir aquí a comer.

Si nosotros pensáramos que el sueño es la verdadera realidad y viviéramos allá, pues haríamos lo que se nos diera la gana. Además, los sueños se pueden entrenar: no tienes que estar ahí soñando lo que tu imaginación te produce en la noche, sino que, con un poco de entrenamiento, puedes hacer los sueños seriados, y ahí se te cumplen todos tus deseos.

—En una de las ucronías más divertidas, “Asalto al infierno”, el demonio ubica al periodista, al escritor, y hace una severa opinión: “Tú no eres más que un mentiroso, un fabulador al que nadie cree. Ni tú mismo te crees, en este momento piensas que eres tú quien está inventando esta historia”. ¿Usted qué le respondería?
—Entrevisté al diablo y me criticó, pero yo también lo critico. Hice esta convocatoria para que bajáramos al infierno y rescatáramos a los difuntos del castigo eterno, pero llegamos hasta el final apenas unos pocos, los más necios. Descubrí entonces que los muertos no estaban sufriendo, sino que andaban todos borrachos y armando parrandas en el averno, en el pandemónium. Le dije al demonio: “Oye, ¿por qué no metes en orden a tus diablos, que cumplan con su deber?” Cínicamente me contestó: “Ni que fueran ángeles para estar cumpliendo con su trabajo. Ya me desorganizaron todo esto”.

Mira, sobre eso que dice el diablo de que soy un mentiroso que ni yo me las creo, le dije: “No te creas: sé más por tantos años de ucrónico que tú. La gente sí me cree”.

Instrucciones para destruir la realidad…

—Hay un tema recurrente: la muerte. Están el viaje al infierno para rescatar a los finados o el regreso de los muertos a la vida. ¿Qué nos dicen sus ucronías de la muerte?
—La muerte es un asunto filosófico que a mí me ha preocupado siempre. Es la razón por la que me metí a estudiar filosofía, un poco entender qué pasaba. En sentido estricto, cuando te mueres no hay más allá y no hay más que esto: se te funde el cerebro, que es lo que permite las percepciones subjetivas, la conciencia, la sensación de que tienes un yo. Te mueres e, igual que cuando te anestesian profundamente, se borra absolutamente todo. Eso es lo que yo sé.

Desde hace milenios la muerte se ha convertido en un sitio donde cada quien se imagina lo que se le pega la gana y, si te pones a ver las versiones que las religiones dan acerca del más allá, es un repertorio de ofertas.

A veces, a mí me han dado ganas, por ejemplo, de convertirme a la religión azteca, a la visión agua del más allá del inframundo, porque el más allá de Tláloc está lleno de albercas, de cascadas y de agua. Además, el Mictlán es para toda la chusma.

Hay muchísimos más allá, pero yo creo que es una especie de pantalla en la que cada quien proyecta los sueños que le da la gana. Y como no hay manera de comprobar ninguno, pues puedes creer lo que quieras. ®

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Publicado en: Libros y autores

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